Calidad educativa en las comunidades rurales de México

Por Luis Felipe Gómez Lomelí (Julio 2015)

Uno de los errores típicos al tratar de entender la realidad es confundir los efectos con las causas. Y, entonces, estudiar los efectos y atenderlos para así tratar de remediar las causas. Como si todos los días nos levantáramos con dolor de cabeza porque alguien nos da con un mazo en la nuca cada mañana y, para aliviarnos, primero nos hiciéramos unos costosísimos estudios para determinar que, en efecto, nos duele la cabeza y, después, nos recetáramos una aspirina. Suena estúpido, ¿cierto? Lo peor del caso es que si tuviéramos una discusión a medio día al respecto, habría muchos que dirían que la solución fue una maravilla.

Más o menos esto es lo que sucede, a mi juicio, con la Reforma Educativa y los vítores de que ésta está funcionando para mejorar la calidad de la educación. ¿Por qué?

Mantenga usted en mente que nuestro objetivo es mejorar la calidad educativa. Ahora, vayamos por partes.

Primero, la reforma constitucional (que usted puede consultar aquí) sólo es específica en lo que respecta a este objetivo -oh sí, como dicen los maestros- como una reforma laboral. ¿Por qué?: porque en lo referente a contenidos educativos e infraestructura sigue siendo igual de vaga que siempre. Pero en lo que corresponde a los maestros, no. Ahí especifica que:

 

“[E]l ingreso al servicio docente y la promoción a cargos con funciones de dirección o de supervisión en la educación básica y media superior que imparta el Estado, se llevarán a cabo mediante concursos de oposición que garanticen la idoneidad de los conocimientos y capacidades que correspondan. La ley reglamentaria fijará los criterios, los términos y condiciones de la evaluación obligatoria para el ingreso…”

Si usted es una persona con una carrera universitaria, alguien –digamos- que además tiene una maestría, que vive en una ciudad y trabaja en la iniciativa privada, entonces muy probablemente el párrafo anterior le parece de lo más atinado y justo, puesto que es lo que usted mismo experimenta en su labor, ya sea como empleado o como jefe. Y sí, con ese tipo de silogismos es que las empresas mercantiles no sólo buscan la excelencia sino que incluso, a veces, la consiguen.

El problema, claro, es que un país no es una empresa mercantil.

Me explico, más allá de los detalles “diminutos” que pueden volverse grandes (¿por qué hay que volver a evaluar a un recién egresado de la escuela normal para su ingreso al servicio docente?. ¿el Estado se está desconociendo a sí mismo?. ¿o sólo desconoce o invalida las evaluaciones de sus propias escuelas normales? ¿O de algunas de ellas?). Más allá de eso, hagámonos una pregunta honesta y veamos los datos.

La pregunta honesta: ¿qué le tendrían que ofrecer a usted para que deje su trabajo y se vaya a laborar como maestro o maestra de primaria en una comunidad rural?

            La pregunta no es sólo retórica, no es que quiera hacerle manita de cochino y hacerlo sentir mal porque, efectivamente, las personas preparadas, con educación superior y preocupadísimas por la calidad educativa, como usted, no dejarían su trabajo para irse a dar clases a San Juanico, B.C.S., y así dar la mejor educación posible a nuestros niños, ¡al futuro de México! No. La pregunta es pertinente porque según los datos del nuevo y luminoso Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (en general, aquí, y, por estado, acá) resulta que para la llamada educación comunitaria hay menos docentes que escuelas para educación preescolar y, en promedio, un solo maestro por escuela en las primarias y en las secundarias.

En el rubro llamado “tipo de servicio indígena” el asunto mejora un poco: dos docentes por escuela en preescolar y tres por primaria.

Mientras que en el rubro “General” hay: 3 docentes por escuela en preescolar, 6 por primaria y 19 por secundaria.

Viendo estos números, ¿de veras necesitamos concursos de oposición para mandar al único profesor que quiere dar clases en alguna de las miles y miles de preescolares, primarias y secundarias que cuentan con un solo profesor… o con ninguno?

¿O lo que necesitamos es preparar a más profesores y darles mejores prestaciones para que todas las escuelas de México tengan la mejor calidad posible, con gente preparada, como usted, que esté deseosa de irse a dar clases a un pueblo perdido en la sierra?

Cuando al país se le concebía como un país y no como una empresa mercantil se idearon algunas propuestas para lograr esto. Por ejemplo, se prometían plazas vitalicias para que las personas preparadas tuvieran un incentivo para dejar la ciudad e irse a dar clases a algún lugar recóndito. Mejor aún, aquella gente tan palurda incluso concibió que, al correr de los años en aquel lugar recóndito, la siguiente persona más preparada después del profesor sería… ¡la hija o el hijo del profesor! Así que quién mejor que ella o él para tener la siguiente plaza en la escuela y, de paso, ir incrementando la cantidad de gente preparada en el rancho, la variedad de oportunidades de desarrollo y, con eso, frenar la migración y la violencia.

Por supuesto, este esquema se corrompió y no tiene el más mínimo sentido en las grandes ciudades del país. Sin embargo, no sólo lo tenía en el México rural de 1921, sino que más vale tener una estrategia fallida que ninguna para mandar profesores a las comunidades rurales del país (de hecho, como menciona Alicia Civera, la Reforma Educativa y el miedo a la represión han ocasionado lo contrario: deserción y baja en las solicitudes de ingreso en las normales rurales).

Ése es el mazazo a la cabeza de todas las mañanas: la educación en el campo está abandonada y la Reforma Educativa la abandona aún más.

No obstante, no falta quien dice que la aspirina sí está funcionando a todo dar, como la senadora Ana Lilia Herrera (PRI), quien así lo cree porque muchos maestros sí están presentando la evaluación y eso, incluso, implica un “cambio de paradigma”.

¿O será que, en realidad, con la Reforma Educativa se busca un objetivo totalmente distinto?

P.S.- Le pregunté por Twitter a la senadora qué se requeriría para que ella se fuera de maestra rural… a la fecha, sigue sin contestarme. ¿Considerará que es un empleo menor, no acorde a sus aspiraciones? Y si es así, ¿se dará cuenta de la contradicción que implica pensar eso y hablar de “calidad educativa”?

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