Ciencia y género: entrevista a Ana María Cetto

Por Luis Felipe Gómez Lomelí (junio, 2016).

¿Qué pensaría si le dicen que un mexicano ha recibido dos veces el Premio Nobel? Mejor aún, ¿si le dicen que ese mexicano es una mujer, una científica que es profesora en la UNAM? La leyenda reza que estos galardones son otorgados a individuos solitarios y geniales que un día tuvieron una idea revolucionaria que desarrollaron ellos solitos: Alberto Einstein trabajando como burócrata en la oficina de patentes mientras escribía y publicaba The Electrodynamics of Moving Bodies, el artículo donde presenta la teoría especial de la relatividad.

Sin embargo, una mirada más atenta a los premios da fe de que, en primer lugar, la mayoría de las preseas son dadas a equipos de personas y, salvo en literatura, no a individuos (Rowland con Crutzen y Molina, por ejemplo, el Nobel de Química de 1995). Y, en segundo lugar, que a veces los equipos son tan grandes que se nombra a la institución en lugar de a las personas. Ahora imagine que un mexicano ha recibido dos veces el galardón en esta última categoría (como miembro de una institución) y que, además, tenía un rango importante en dichas instituciones: ¿usted cree que ya hubiera oído hablar de él?

Pues bien, ese mexicano existe: se llama Ana María Cetto. La primera vez que recibió el premio, en 1995, era miembro del consejo de las Conferencias Pugwash y, la segunda en 2005, era directora general adjunta del Organismo Internacional de Energía Atómica de la ONU. Ambos, Premio Nobel de la Paz.

A continuación la entrevista.

 

Luis Felipe Lomelí: La historia de la ciencia ha mostrado que lo que hoy en día consideramos como conocimiento científico proviene en muy buena parte del trabajo de las mujeres (desde la clasificación de casi todas las especies domesticables para usos alimenticios o médicos hasta Maria Curie, Rosalind Franklin o Lynn Margulis), sin embargo la visibilidad de las mujeres en la ciencia, desde los libros de texto y otros medios tradicionales, sigue sin dar fe de esto. ¿Qué acciones o proyectos te parecen que han sido más significativos para ir revirtiendo este fenómeno, ya sea en el extranjero o en el caso mexicano? ¿Cómo han sido sus estrategias para mostrar una imagen más fehaciente de la historia de la ciencia, para mostrar a las nuevas generaciones de mujeres que su participación en la ciencia es esencial?

Ana María Cetto: Se ha dicho y escrito mucho sobre el tema. Se publican estudios y estadísticas, se realizan congresos, cumbres, encuentros, se crean secretarías, comités y organizaciones, se emiten declaraciones […]. Hay una enorme inversión de esfuerzos, y cuesta trabajo hacer un balance de lo logrado. Ciertamente es más ‘natural’ hoy en día ver caras femeninas asociadas a la ciencia que hace 50 o 100 años. ¿Qué tanto esto es gracias a las acciones mencionadas? Algo han de contribuir, pero cuando se trata de un asunto de profundas raíces históricas y culturales, en el que intervienen factores de diversa índole, es difícil separar causa de efecto. Pongamos un ejemplo: en algunas universidades españolas, hace menos de un siglo las pocas mujeres académicas debían conseguir autorización expresa de sus esposos antes de publicar sus trabajos. ¿Qué hizo que se derogara esta ley, que hoy en día nos parece tan absurda?

Cabe mencionar que no todas las medidas ‘proactivas’ logran el efecto deseado, en ocasiones sucede lo contrario. Hay estudios recientes que hacen ver el efecto contraproducente que tiene sobre la psicología de las mujeres el que se les haga conscientes de que, como grupo social, están en desventaja. Ahora se exploran medidas para contrarrestar este ´temor al paradigma’.

LFL: Una lectura de la historia del ingreso de las mujeres a la universidad, con las “amazonas” rusas, muestra que el primer espacio en el que se involucraron fue precisamente el de las ciencias naturales. No obstante, también muestra que parece haber habido una respuesta institucional para suprimir dicho espacio y redirigir el interés a otros ámbitos, como “economía doméstica”. Así, la participación de una mujer en la ciencia parece ser ineludible de la participación política. En tu caso, cómo fue el proceso que te llevó no sólo dedicarte a la ciencia sino también a la política dentro de la ciencia, tanto dentro de la UNAM y la Facultad de Ciencias, como en el grupo de la Conferencia de Pugwash y el Organismo Internacional de Energía Atómica de la ONU. Qué ha implicado, o cómo has compaginado, tu labor en ambos ámbitos.

AMC: El compaginar estos diferentes aspectos de mi actividad profesional ha sido para mí una cuestión de índole práctica; por el lado de la coherencia profesional no me ha parecido que haya conflicto alguno sino al contrario. Pero a juicio de muchos de los colegas – incluidos los que nos evalúan – sí son incompatibles. En particular si las mencionadas actividades ‘extracurriculares’ las realizas fuera del establishment, son juzgadas fácilmente en demérito de tu trabajo científico.

LFL: Dentro de la academia existe un gran grupo de científicos que abogan por la especialización. No obstante, tu labor ha sido más bien diversa, desde la mecánica cuántica hasta artículos sobre desarrollo sostenible, pasando por la divulgación científica y el Museo de la Luz. ¿En qué sentido consideras que la especialización académica puede ser productiva y en cuáles un obstáculo? O, al revés, ¿en qué sentidos crees que la dispersión es enriquecedora para la labor científica?

AMC: Yo abogo por la especialización en la medida en que te permite profundizar en el área, llegar más hondo en la comprensión de un problema. Pero si te encierras en la especialización, tu esfuerzo puede resultar árido. El nutrirte del conocimiento de otras áreas o disciplinas te abre los ojos a otras formas de abordar los problemas, aún dentro de tu disciplina.

Por otra parte abogo por que los científicos busquemos la forma en que nuestro trabajo no sea de interés puramente académico y tenga impacto social, lo cual significa diversificar nuestras actividades, sobre todo en un país que, como el nuestro, cuenta con una fracción de los científicos que debería tener. Pero hay que tener presentes los riesgos de la dispersión, para no caer en la superficialidad.

LFL: ¿Qué cuestiones de la ciencia han necesitado de una mujer para convertirse en preguntas socialmente válidas dentro de la academia (puesto que antes, ningún hombre las había siquiera formulado)?.

AMC: Un ejemplo claro es el de la contaminación de los ambientes naturales por pesticidas. Rachel Carson tuvo que dar la batalla en muchos frentes, con base en sus propios trabajos de investigación, para que el tema fuera aceptado socialmente. Necesitó enfrentarse a políticos, a la industria química y a la propia academia. Finalmente logró que se publicaran sus libros y que se creara en Estados Unidos la agencia gubernamental de protección ambiental, la primera en su género. Sin embargo hoy se le identifica como ‘divulgadora’, no como bióloga que fue.

LFL: Y en consecuencia, ¿qué áreas de la ciencia consideras que se beneficiarían más al incorporar enfoques diversos, en particular, desde la visión de las mujeres y desde la visión de los países periféricos?.

AMC: Todas las áreas. En una sociedad sana, no debe tener nada especial ser hombre o ser mujer, sin que esto signifique que somos iguales, sino precisamente porque no lo somos. La ciencia se enriquece con la participación, no sólo de los dos sexos, sino de personas provenientes de diferentes contextos culturales y geográficos. En otras épocas de la historia,  la ciencia tuvo sus polos de desarrollo en China, la India, la región árabe, la mesoamericana[…]. La ciencia en el mundo globalizado de hoy tiene la oportunidad más que nunca de incorporar enfoques diversos.

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