Discriminación y utopía nuclear

Por Luis Felipe Gómez Lomelí (febrero, 2016).

Es “el paraíso”, dijo el San Francisco Chronicle. “La utopía”, afirmó el Bussines Week. Y el Christian Science Monitor fue, curiosamente, más realista en sus adjetivos: “Es una ciudad modelo… una que debe ser estudiada detenidamente por los urbanistas”. Para replicarla.

Todos ellos referían sus impresiones luego de visitar, terminada la Segunda Guerra Mundial, la Reserva Nuclear de Hanford, al oriente del estado de Wáshington, EU.

Sólo que no lo habían visto todo. O, tal vez, no habían querido verlo (porque era invisible, porque no importaba o porque les era vedado el acceso). Y se concentraron en Richland, la nueva ciudad inventada por los directivos de DuPont para los trabajadores, para ciertos trabajadores, de la primera fábrica de plutonio en el mundo.

Y Richland se replicó. Fue el prototipo de lo que hoy conocemos como el “suburbio residencial de clase media estadounidense”: casas amplias de tres recámaras construidas sobre terrenos amplios, llenos de jardines y con callecitas que van caracoleando para dar una sensación de intimidad, de vivir “en medio de la naturaleza”; más un centro con todos los “servicios”, diversiones y negocios deseables. Un suburbio “familiar”.

Pero la población de Richland, aparte de estar constituida por familias, tenía otras características: todos eran blancos, sólo los “jefes de familia” trabajaban en la fábrica y, en su inmensa mayoría, eran protestantes (unos cuantos católicos y muchos menos judíos).

Los reporteros pasaron por alto los índices de radiación que había en la zona así como algunas preguntas básicas: ¿quiénes habían construido la ciudad (y el complejo-fábrica de plutonio)?, ¿dónde vivían las mujeres que trabajaban en los laboratorios de química?, ¿quién producía y de dónde llegaban los insumos de Richland?

“Esta mano de obra requiere una tercera segregación”, escribió el teniente-coronel Frank Matthias, encargado del proyecto de Handford, cuando se vio acosado por cumplir con los plazos previstos y hacerse de empleados, “ya que los mexicanos [méxico-americanos] no vivirán con los negros [afroamericanos] y los blancos no vivirán con los mexicanos”.

Esta segregación, además, obedecía a cuestiones de seguridad nacional. O al menos eso afirmaban. Y de ahí su renuencia a contratar tanto afro-americanos como méxico-americanos. ¿Es que pensaban que unos y otros iban a traficar inteligencia militar con, precisamente, los nazis? ¿O con los japoneses? En este sentido el argumento carecía de sustento. Pero tal vez otro sí era importante, por lo menos para su percepción: tanto unos como otros eran “menos estadounidenses” que los blancos protestantes, “menos patriotas” y, en resumen, “menos deseables”.

Pero la urgencia por tener una bomba atómica antes de que acabara la guerra, al parecer, forzó a Matthias a contratarlos. Primero afroamericanos. Y, para compensar los costos de la segregación “requerida” (barracas para negros, baños para negros, etc…), se optó por pagarles menos que a los blancos. Sin embargo no fue suficiente y hubo que contratar méxico-americanos. En este caso, como ya señalaba el teniente-coronel, una tercera segregación implicaba mayores gastos, recursos y espacios, así que se optó por una “mejor idea”: los mexicanos (y, eventualmente, los negros que ya no cupieran en los lugares para negros) vivirían en otro sitio, en otra población lo bastante alejada para que no fueran un “riesgo”: en el poblado de Pasco. Las casas las construirían ellos mismos como pudieran y con lo que pudieran y el costo de la trasportación (dos horas de camino al lugar de trabajo) lo pagarían con su salario: ¡así no se incurriría en más gastos!

Eventualmente, conforme los trabajos de construcción -donde eran principalmente empleados tanto negros como mexicanos, es decir: eran los únicos puestos que se les ofrecían sin importar su preparación- fueron terminando, Pasco se convirtió en un “problema”. Y, por supuesto, se solucionó mandando al Ejército a deportar a los, palabras de ellos, “indeseables”. Pero en el ínter Matthias creyó tener una mejor idea: hacer un contrato con una compañía privada a cargo de algunas cárceles para que llevara prisioneros a trabajar en la súper-secreta fábrica de plutonio. Puros prisioneros blancos y protestantes. Nada de asesinos ni criminales peligrosos sino pacifistas y presos políticos.

¿No era más riesgo para la “seguridad nacional” contratar presos políticos que méxico-americanos o afroamericanos? Para Matthias, por supuesto, no. Y para ellos, oh sí, sí se hizo sin problema aquella “tercera segregación” que no se hizo para los mexicanos. Al final del día, los prisioneros resultaron pésimos trabajadores y la compañía tuvo pocas ganancias recolectando la fruta de las granjas confiscadas.

Cuando la distintas partes del complejo industrial fueron terminándose y empezaron a funcionar, hubo de necesidad de contratar más trabajadores. Trabajadores “especializados”, lo que en resumen quería decir: personas capaces de repetir una y otra vez las mismas operaciones de la misma manera, con sumo cuidado. La solución: contratar mujeres.

Pero no las mujeres, las esposas, de los “trabajadores” de DuPont. Sino otras mujeres. De preferencia solteras y sin importar su grado de estudios aunque, de preferencia, con secundaria terminada y/o con experiencia en la cocina. La mayor parte de ellas fue consignada a la planta química donde se separaba el plutonio.

Las mujeres, como los méxico y afroamericanos, recibían un salario menor que los machos blancos. Además, como los méxico-americanos, debían de buscarse un lugar para vivir (alejado de Richland, por supuesto) y costearse el traslado.

Peor aún, a pesar de que ya se conocían los efectos mutagénicos de la radiación y hubo la sugerencia de que no se contrataran mujeres pre-menopáusicas, la mayoría de las mujeres que laboraron en la planta eran jóvenes, aún no tenían hijos y, debido a la prisa para hacer la bomba, buena parte de las medidas de seguridad brillaron por su ausencia. Así, las “laboratoristas” veían tras la ventana de su lugar de trabajo cómo los ingenieros de DuPont, esos que vivían en Richland, en la ciudad modelo, les daban indicaciones cuidándose de no entrar en el mismo recinto que ellas debido a los riesgos radioactivos.

Esto y el resto de la historia lo cuenta maravillosamente Kate Brown en su libro Plutopia (Oxford, 2013). Pero creo que con lo anterior queda claro a qué se referían los reporteros con “paraíso” y “utopía”: a un grupito de gente viviendo de maravilla mientras una muchedumbre pagaba los costos en una vida miserable e insalubre.

Y el modelo, como se dijo, fue replicado una y otra vez.

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