El culto a la ilegalidad

Por Luis Felipe Gómez Lomelí (19 de agosto de 2015)

“Sin embargo, como las hadas en los corros infantiles, los ‘Hermanos de la Costa’ conservarán para siempre el lugar mágico de Extranjeros sobre la Tierra”, así concluyen J. y F. Gall su ensayo anarquista sobre filibusteros o piratas de todos los tiempos.  Y al parecer acertaron, más de medio siglo después de la traducción de su libro y publicación en el Fondo de Cultura Económica, basta darse una vuelta por las fiestas infantiles (o por Disneylandia) para corroborarlo.

Y es que los piratas, dicen, aparte de tener un halo “surrealista” en el siglo de la razón (el XIX), “no se preocupan lo más mínimo por saber si están o no dentro de la ley. Han cortado los puentes que los unían a la sociedad. Libertarios por esencia, sólo cuenta para ellos su condición de hombres libres. Y si el placer del lucro coincide casualmente con el de la libertad, lo más frecuente es que no pase de ser un salario.”

Una maravilla de muchachos, ¿cierto? Estos mismos muchachones a la Jack Sparrow que, en voz de uno de ellos, se referían así de la gente: “Ésta es la estirpe de la mayoría de los soldados centroamericanos. Las clases bajas son flojas y cobardes, les interesa poco la política y se dejan impresionar fácilmente”. Y los trataban con toda deferencia: “habíamos recibido órdenes de matar al primer grasiento [greaser] que se asomara, sin siquiera esperar a que dijera algo”. Ambas citas son tomadas de “La experiencia de Samuel Absalom, filibustero”, que fue publicada por The Atlantic Monthy en 1859-1860 y que en realidad no se llamaba Samuel Absalom sino David Deaderick.

Salvo su mejor opinión y una investigación más detallada, es probable que la gran mayoría de estos “libertarios por esencia” tuvieran la misma apreciación racista y sanguinaria del mundo que Deaderick/Absalom y no esa personalidad romántica y robinjudesca que suelen pintar las películas para niños. Peor aún, ¿no le parece una atrocidad que se hagan películas para niños y juguetes infantiles a partir de asesinos a sueldo?

Volviendo a los Gall, si bien atinaron en decir que la figura mágica de los piratas perduraría, y además dan una explicación casi marxista y detallada de cómo y por qué las apariciones de grupos de piratas se dan de forma cíclica en la historia, erraron al concluir que “es muy poco probable que la piratería, con su potencia antigua, retorne jamás”. O, tal vez, el mundo existe precisamente para mostrarnos cómo lo que es “muy poco probable” también suele suceder. ¿Por qué?: porque la piratería, en sus diversas manifestaciones, ha vuelto a ser parte fundamental del mundo contemporáneo.

En primer lugar, están los piratas marítimos propiamente dichos, los que asaltan navíos de carga hoy día ya sea en el océano Índico, el Pacífico o el Caribe y que no suelen salir en las noticias (salvo por los somalíes) pero que, como otrora todos los piratas europeos contra el comercio español, comparten la característica de tomar –por la fuerza- parte de este comercio mundial o globalizado del que son excluidos. Y así como para los españoles los filibusteros del resto de Europa eran meros criminales mientras que para el resto de Europa solían ser héroes (Sir Francis Drake, Lorencillo, etc…), es muy probable que en las poblaciones entre las que reparten su botín los piratas contemporáneos también sean bien vistos.

Esto nos lleva al segundo punto. Los piratas no marítimos. O dicho de otro modo, si le parece lindo que su hijo juegue a que es el capitán Cook, entonces no tendrá problema con que juegue con estos monitos: los santos malandros de Venezuela. Y es que, salvo por el hecho de que son marineros de tierra firme, qué diferencia tienen los piratas y filibusteros de antaño con los narcos y sicarios de hoy. Ya se dijo, por un lado: han cortado los puentes con la legalidad, son “hombres” (y mujeres) libres “y si el placer del lucro coincide casualmente con el de la libertad, lo más frecuente es que no pase de ser un salario.”  Y, por otro, ¿no tienen una ética similar a la de Deaderick/Absalom?

Más aún, los Gall mencionaban que una de las causas de la piratería era “la existencia de un pueblo pobre vecino de un país de comercio desarrollado” (ellos se referían, claro, a los pueblos pobres de Europa en comparación de la rica España).  Y continuaban “la envidia viene a ser, en este caso, la razón de ser de la piratería; el oro, su único objeto, sinónimo de saciedad, de opulencia”. Un anhelo frecuentemente frustrado para la mayoría, tanto para los sicarios “desechables” de hoy como para la gran parte de las tripulaciones que jamás alcanzaron un título nobiliario como sí lograron sus capos o capitanes.

En tercer lugar estarían los piratas cuyo asalto no es violento sino económico, a partir de la producción o venta de copias y clones de productos de marcas transnacionales. Los Gall mencionaban que una vez que los piratas alcanzan cierta consolidación “se han convertido ya en una fuerza con la que va a ser necesario contar. Algunos países tendrán que comprarlos para sentirse protegidos. Y así se iniciará un sistema de tributo”. ¿No es esto, como mencionara Saviano en su libro Gomorra, lo que ya han hecho las compañías transnacionales con los fabricantes de piratería? ¿Y los propios gobiernos? ¿O ve usted que la industria pirata –china, mexicana, italiana, rusa, cubana- esté en vías de desaparición debido a los embates de las fuerzas internacionales del orden público?

Si los descendientes de los piratas de antaño, ahora triunfadores y ricos, han hecho un culto de la ilegalidad (y películas, parques temáticos, etcétera), cómo es posible mantener este doble discurso, cómo es posible ensalzar en el pasado lo que se combate en la actualidad. O dicho de otro modo, el problema con la historia es que a veces nos muerde la mano.

Para leer más:

-Gall, J. y F. (1957): El filibusterismo [L’Essai Anarchiste des “Frères de la Côte”], Fondo de Cultura Económica.

-Vargas, J. C. (2008): Tropical Travel: The Representation of Central America in the 19th Century, Editorial Universidad de Costa Rica.

-Saviano, R. (2006): Gomorra, Debate.

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