El elitismo de las universidades públicas

Por Luis Felipe Gómez Lomelí (noviembre, 2016).

Una de las principales razones del aumento de la violencia en México, nos dicen, es la falta de oportunidades de desarrollo para los jóvenes. Y también, afirman, la principal vía de inversión social o ascenso social es la educación; tanto la educación obligatoria como la media superior y, por supuesto, la superior.

Es decir, para que un niño que nace en la pobreza económica no esté condenado –como si fuera esclavo o siervo de otras épocas- a pasar toda su vida en la misma pobreza económica, nos dicen que lo que tiene que hacer –la vía pacífica y legal para salir del bucle- es estudiar. Y, de preferencia, que estudie una carrera universitaria.

Para promover este proyecto, tanto las universidades públicas como las privadas ofrecen becas de estudio para personas con “bajos recursos”. Y hasta aquí todo suena muy bien, pero veamos qué tan fácil es llevarlo a la práctica.

Supongamos, primero, una fantasía: el nivel académico de los bachilleratos a donde acuden los estudiantes de bajos recursos de este país tienen un nivel de excelencia, tanto los bachilleratos urbanos como los rurales y los telebachilleratos. Es decir, supongamos que no llegan con una desventaja tremenda en su preparación a presentar el examen de ingreso que los pondrá a concursar por los mejores puntajes para ser admitidos. Supongamos que su preparación es la misma.

Supongamos también que usted vive en uno de esos millones de hogares monoparentales del país (alrededor del 20 por ciento), con su mamá y un hermanito menor. No vive en la miseria sino que pertenece al III o IV decil de ingreso del país, es decir el ingreso de su mamá va de $5000.00 a $6,800 mensuales (http://www.inegi.org.mx/est/contenidos/proyectos/encuestas/hogares/regulares/enigh/enigh2014/tradicional/doc/resultados_enigh14.pdf ). Además, supongamos que no hay crisis económica ni devaluación ni nada por el estilo.

Así, su mamá le dice “ándele, m’ijito, póngase a estudiar pa’ que nos saque adelante”. Y usted dice “sincho, jefecita, se lo debo: a usté y a mi carnalillo”.

Le pide prestado a su madre para ir al ciber-café y lo primero que se encuentra es con que tiene que ponerse a trabajar ya para pagar el costo del examen de admisión. Los precios varían, la Universidad Autónoma de Nuevo León cobra poco más de 800 pesos por el examen y, en Puebla donde el ingreso promedio de la población es mucho menor que en Monterrey, la BUAP cobra 750 pesos.

Pero usted está decidido. Va a echarle hartas ganas no sólo para pasar el examen sino también para conseguir beca. Y se mete a trabajar. Es su día de suerte, consigue un maravilloso empleo de medio tiempo (recuerde que aún está estudiando la prepa) que sólo está a un camión de distancia (20 pesitos diarios aproximadamente) y le pagan más del mínimo: 3 mil pesos. Se imagina, sueña, piensa usted que con eso pagará el examen de admisión, los gastos de la carrera y hasta podrá contribuir al gasto de su casa.

Y paga el examen y lo presenta y lo admiten y hasta le dan una beca (del 50 por ciento, porque usted no es pobre pobre, usted pertenece a los deciles III y IV). El futuro es suyo. Porque en este futuro imaginado también sus horarios de clases le permitirán mantener su trabajo, sólo tendrá que tomar cuatro camiones más al día (60 pesitos diarios nomás) y comer en la calle (encontró una fonda increíble a 40 pesitos la comida corrida). Hace cuentas y todo es posible: más de la mitad de su sueldo se va en camiones, cambia la comida corrida de la fonda por una sopa de pasta en un tóper, usa una sola libreta para todas las materias, estudia exclusivamente de los libros de texto que hay en la biblioteca y usa las computadoras de ahí para hacer su tarea. Es más, incluso le alcanzará para darse algunos lujos, como comprarse una soda de vez en cuando en la universidad y ayudarle a su madre con el súper una vez al mes.

No faltarán las cuotas extras, los maestros desconsiderados que quieran que gaste cientos de pesos en fotocopias, pero usted se las arreglará y será perfectamente capaz de sacarle tiempo al tiempo para hacer sus tareas muy bien y estudiar para sus exámenes lo suficiente para mantener su beca: porque el camión es un gran lugar para leer. Y saldrá adelante. Su carnalito incluso podrá estudiar una carrera con más holgura.

Por supuesto, para que lo anterior suceda hay que tener mucha convicción, mucho tesón y mucha suerte. En la realidad, los empleos de medio tiempo que paguen más del salario mínimo no abundan y los horarios de clases de licenciatura tampoco suelen permitir –en muchas facultades- estudiar y trabajar. Más aún, los bachilleratos de las zonas de “bajos recursos” tienen en general un nivel académico inferior a los de clase media y media alta, de modo que obtener uno de los puntajes más altos (y así ser mejor visto para obtener una beca) es casi imposible. Y eso, en el caso de que los puntajes sean públicos y transparentes. En universidades como la Autónoma de Nuevo León no se publican los puntajes de los exámenes de admisión, sólo se indica si fuiste aceptado o no.

Así, ingresar a una universidad pública en México y conseguir graduarte es bastante más complicado (salvo, claro, por la UNAM, la UACM y alguna otra). El albur de pagar 800 pesos más o menos es uno que se siente perdido de antemano, de modo que se parece más a una farsa: hacemos como que nos importan los pobres pero los costos de ingreso y el panorama de cuotas y gastos futuros los excluyen. Y peor aún se verá como una oportunidad clausurada a partir del próximo año en que la crisis económica y la devaluación encajen su factura.

Si la educación, como generadora de oportunidades, se concibe como un antídoto a la violencia, algo se tiene que hacer –y rápido- con las cuotas de las universidades públicas –empezando por las cuotas para hacer los trámites de admisión- para que en verdad lo sea.

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