La ciencia y las mujeres de Mayra Santos-Febres

Por Luis Felipe Gómez Lomelí (diciembre, 2015).

¿Cómo han contribuido las mujeres a la ciencia? ¿A qué tiene que renunciar una mujer para ser científica? Ambas preguntas, a pesar de que hace más de cien años las “amazonas” rusas marcaron el parteaguas de la entrada de las mujeres a la academia, siguen sin tener una respuesta que satisfaga a todos. Pero ahora (por fin) aparece una novela que hace algo mejor que proponer otro intento de respuestas unívocas, más bien, vuelve a problematizar dichas preguntas, a poner en la balanza los pros y contras: La amante de Gardel, de Mayra Santos-Febres (Planeta, 2015).

La novela plantea las vicisitudes de Micaela Thorné, estudiante de enfermería en la Escuela de Medicina Tropical de Puerto Rico, quien puede tener la oportunidad de convertirse en la primera mujer negra que se titule como doctora en medicina en toda la isla… eso, claro, si a cambio entrega la receta de su abuela, Mano Santa, una curandera que mantiene el legado y el conocimiento ancestral de la herbolaria, a la doctora Roberts, su supuesta amiga y mecenas. La receta, ni más ni menos, podría conducir al desarrollo de la primera píldora anticonceptiva.

Estamos en 1935. Es el boom de los programas de eugenesia y frenología, lo que se traduce en el boom de los programas que se proponen esterilizar (ligando trompas de Falopio, por ejemplo, sin el consentimiento de las afectadas) y/o prohibir la reproducción de todos aquellos seres humanos que el Estado considere inferiores (negros, judíos, indígenas, pobres, personas con síndrome de Down, asesinos, locos, disidentes políticos, etc…) Es también la época donde las sufragistas, como Margaret Sanger, también abanderan la causa del control de natalidad como vía indispensable para el empoderamiento de las mujeres (y sí, una y otra campaña se entrelazarán de formas escalofriantes: abogarán por la legalización del aborto las feministas, sí, pero también lo harán los partidarios de la “superioridad racial”; en el caso de México son estos últimos los principales promotores del aborto “para que no se reproduzcan más los indios”).

Es 1935, época en que los científicos blancos y primermundistas conducen los más variados experimentos con cepas mortales en seres humanos de “segunda categoría” en pos del avance científico (la apoteosis vendrá poco después con el infame Josef Mengele en los campos nazis, pero antes estarán el caso Rhoads –descrito en la novela y llevado a cabo en Puerto Rico- y muchos otros). Es la época en que las compañías farmacéuticas comienzan a ser de primera importancia mundial y agrandan el saqueo y robo de conocimientos ancestrales vía patentes (ya sea en el caso de la penicilina o en el de la píldora anticonceptiva y, sí, ¿por eso es que la abuela de Micaela está en contra de pasarle la receta a la Dra. Roberts? ¿O es sólo que quiere asegurar que le den la beca a su nieta para que estudie medicina y entonces sí, sin problema, pasar la receta? ¿O en realidad quiere que su nieta mantenga el legado ancestral de la herbolaria?).

1935. Por último, la antesala de la Segunda Guerra Mundial, casi el fin de la resistencia de las universidades de América y Europa ante el embate de las mujeres que no se conforman con estudiar “cosas de mujeres” (como economía doméstica o los horriblemente llamados cursos para “learned midwives”) ni, mucho menos, con estudiar lo mismo que los hombres pero que sus títulos no sean, en realidad, “licencias” para laborar (sí, de ahí viene la palabra “licenciatura”).

En este escenario, entonces, es donde se abordan en la novela las dos preguntas iniciales. La primera pregunta, “¿cómo han contribuido las mujeres a la ciencia?” se parece mucho a otras que más bien están formuladas de forma errada o que buscan en sí mismas buscar un supuesto argumento de “superioridad” racial o de género (¿cómo han contribuido los negros a la ciencia?, ¿los mexicanos?, ¿los maoríes?, ¿los judíos?, ¿los españoles?..) pues, como se desprende de lo ya dicho, la “ciencia” sólo considera los parámetros que ella misma ha creado para validarse a sí misma. Más bien habría que cambiar la pregunta por otra, qué tal la de Clifford Conner en su A People’s History of Science: ¿eran estúpidos los cazadores-recolectores?

Piénsela un momento. La historia de la ciencia tradicional nos cuenta que gracias a la ciencia (europea, ilustrada y moderna, principalmente) es como hemos podido progresar como sociedad. No obstante, como muestra el propio Conner o Jared Diamond en Armas, gérmenes y acero, resulta que, básicamente, no sólo todas las especies domesticables (salvo el café y alguna otra) sino también todas las propiedades terapéuticas y/o medicinales de las plantas ¡ya se conocían desde antes de la escritura! Más aún, como se puede corroborar en cualquier mercado latinoamericano, por ejemplo, las principales portadoras, transmisoras y desarrolladoras de este conocimiento eran y siguen siendo mujeres. Sólo que este conocimiento no estaba dentro de los circuitos ilustrados de los científicos o, cuando ingresa, lo hace desprovisto de su historia cultural y atribuido a algún muchachón blanco y primermundista. Y aquí uno de los dilemas de Micaela: renegar del conocimiento de sus ancestros o continuarlo, dar la receta para ingresar al mundo machista y capitalista de la academia a sabiendas de que, si progresa, tanto ella como su abuela serán borradas de la historia del descubrimiento o quedarse con el puesto de curandera de su abuela.

¿A qué tiene que renunciar una mujer para ser científica? Algunas teóricas son tajantes. Para Evelyn Fox Keller, sólo se puede ser científica si la mujer lleva a cabo “una radical enajenación de sí misma”: ¿no es eso lo que tiene que hacer Micaela cada que los remedios de su abuela son denostados por ser cosas de “negros”, de “bárbaros” y de “ignorantes”? Para Leanna Standish está esa opción (la “super-male”) o resignarse a ser una suerte de sirvienta o secretaria de los científicos: ¿no es eso lo que le ofrecen al inicio como “gran oportunidad” a Micaela, que estudie enfermería? Y también está la opción, por supuesto, de que la mujer renuncie a su vida amorosa o que se convierta en “la esposa de” algún científico.

Todo lo anterior plantea la novela de Mayra Santos-Febres, lo cuestiona, lo que se ha ganado y lo que se ha perdido, lo que viene. Y, claro, también habla de Gardel, porque Micaela será amante del Morocho del Abasto cuando éste esté de gira por la Isla del Encanto. Pero de eso, por descontado, hablarán otras reseñas.

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