La ciudad sustentable: volver al empedrado

Por Luis Felipe Gómez Lomelí (enero, 2016).

El acuerdo de París sobre cambio climático traerá consigo un impulso a la industria de tecnología “verde”. Y también será un estímulo para que los gobernantes, sobre todo del Tercer Mundo, busquen formas tanto de mitigar la generación de emisiones como de fomentar la creación y mantenimiento de “sumideros de carbono”; es decir, de espacios que contribuyan a reducir el impacto de la contaminación: como los parques y similares.

Lo anterior puede tener esta lectura porque, aunque todavía no se especifica el funcionamiento del fondo monetario para el apoyo de estas acciones y la transferencia de tecnología, su inclusión en el acuerdo por lo menos implica que se seguirá promoviendo lo que ha sucedido hasta ahora: los alcaldes pueden acceder a fondos internacionales para solventar este tipo de proyectos.

Ante esta situación, como ya se ha visto con la proliferación de ciclovías más o menos inútiles y otros tantos proyectos de genial o dudoso impacto, es de esperarse que los gobiernos locales se lancen ávidos por estos fondos (porque hacer obra pública es la mejor forma de hacer campaña electoral fuera de campaña) y no siempre atinen a lo que sea mejor para su comunidad. Por lo tanto, aquí me atrevo a hacer una propuesta para que la analicen los expertos: volver al empedrado.

Obviamente, siempre es más bonito trabajar con modelos utópicos de ciudades utópicas, y suena mucho más lindo tratar de emular lo que hacen esas ciudades preciosas (como Oslo, que en tres años habrá prohibido el uso de automóviles en el centro), pero es más conveniente trabajar con la realidad: con lo posible.

Hace casi dos años que vivo en una ciudad donde buena parte de las calles está empedrada. Es una ciudad con clima tórrido y el primero de los efectos benéficos del empedrado salta a los poros cuando uno camina: ¡la temperatura es menor donde hay empedrado que donde hay pavimento o concreto hidráulico! Además, donde hay empedrado suele haber más arbolitos y eso trae como consecuencia el menor uso de combustibles fósiles para accionar ventiladores y aires acondicionados.

El segundo beneficio viene en la época de lluvias. Como es de esperarse, la precipitación pluvial es copiosa y súbita con o sin huracán de por medio: ¡y el empedrado ayuda a que el agua se filtre más rápidamente a los mantos freáticos! Con lo que las inundaciones, accidentes y pérdidas económicas son proporcionalmente menores a otras ciudades con climas parecidos que han optado por el concreto, el asfalto y los sistemas de drenaje entubado (por supuesto, las hay, porque es imposible contener o encausar lluvias de tal magnitud). Esto, a su vez, y pensando en números para que los usen los políticos, se puede traducir en una menor huella hídrica de la ciudad (el agua que se extrae para su uso menos el agua limpia que se regresa a los mantos).

El tercer beneficio es social: en calles empedradas hay menor número de automovilistas que se hinquen en el acelerador y, por tanto, aunque no tengo la estadística, podría asegurar que hay un número proporcional menor de accidentes viales y atropellados que en las ciudades que han optado por el pavimento.

El cuarto beneficio tiene que ver con lo que vive en el empedrado. Entre la tierra suele haber, por un lado, insectos y; a mayor número de insectos, mayor número de aves (sobre todo en esas áreas donde hay poca circulación y crece el pasto y otras plantas entre las piedras). Ergo, aunque tibia, hay una mayor biodiversidad que en las ciudades con pavimento. Por otro lado, en esta misma tierra y sobre las piedras suelen vivir especies vegetales y microorganismos fotosintéticos, como las nitrófilas que, aparte de transformar el dióxido de carbono en oxígeno (¡sumidero de carbono!) también suelen fijar nitratos, fósforo, potasio y azufre. Dicho de otro modo, también ayudan a reducir los contaminantes urbanos, tanto hídricos como atmosféricos, y otros gases de efecto invernadero más allá del dióxido de carbono. Evaluar el volumen de la reducción de estos contaminantes en kilómetros cuadrados de empedrado (y su transformación a pesos, dólares y euros) requerirá mayor análisis.

Existen otros beneficios del empedrado, pero creo que estos son suficientes pues ahí está el incentivo económico. Ahora bien, ¿dónde habría que poner los empedrados?, ¿habría que transformar las autopistas urbanas en empedrados de diez carriles?

Como mencioné anteriormente, hay que trabajar con lo que hay. Y para esto se requiere consultar los números de densidad y flujo vehicular en las calles de cada ciudad. Pero mi rancho, Villa de Álvarez-Colima, puede servir de ejemplo para otros lares. Las calles con alto flujo de automóviles y las autopistas urbanas están pavimentadas. Las que tienen un flujo, digamos, medio, ya sean calles o avenidas, están empedradas pero tienen “marcas de rodamiento”: delgadas bandas de concreto hidráulico, dos por carril, para que por ahí circulen los neumáticos. Y, las que tienen poco flujo, están empedradas. Algo similar podría hacerse en el resto de ciudades. Pero, incluso, se podría empezar con algo más simple.

En las últimas tres o cuatro décadas hemos visto, tanto en México como otros lugares del mundo, el aumento en el número de calles y barrios privados. Desde los vecinos, hartos de que algún automovilista arrolle a sus hijos, alzan rejas en un extremo y otro de la cuadra (tan común en el D.F., por ejemplo) hasta los nuevos fraccionamientos, ya sea de casas de interés social o de estrato económico alto, que no sólo están amurallados y tienen caseta de vigilancia a la entrada, sino que ¡también tienen calles privadas dentro del mismo barrio privado!

Pues bien, en los últimos reglamentos se ha obligado a que estos barrios incluyan ya algunas medidas ambientales (como una planta de tratamiento de aguas) y se ha fomentado el uso de tecnologías con menor huella ecológica (como los calentadores solares). ¿No sería simple y efectivo incluir una legislación más?: que toda calle privada y todo fraccionamiento privado tenga, por ley, que prescindir del pavimento y el concreto hidráulico y esté obligado a que el 100 por ciento de sus calles estén empedradas.

El componente cultural (creer que el pavimento otorga estatus primermundista) seguro será un obstáculo, pero se puede sobrellevar con un poco de educación ambiental y propaganda. Y al final del día los mismos vecinos, al notar que sus calles y barrios se han vuelto no sólo más “naturales” sino más humanos y frescos, se volverán sus principales defensores (de entrada, el empedrado es una mejor idea que llenar de topes las calles o gastar recursos en poner ciclovías donde el calor las vuelve inútiles).

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