¿Creced y multiplicaos?

Por Luis Felipe Gómez y Jorge Félix (junio, 1999).

La extinción de la especia humana ųpero además por mano propiaų es un peligro real del que hemos tomado conciencia hace relativamente poco tiempo: aproximadamente 60 años. Mucho contribuyeron las dos guerras mundiales, la bomba atómica y la Guerra Fría. Pero además del miedo a desaparecer porque a algún demente de cualquier lado del Atlántico le diera por hacer clic en su arsenal nuclear, hubo quien se percató de que si seguíamos explotando nuestros recursos naturales indiscriminada e irracionalmente, convertiríamos a nuestro planeta en una pocilga inhabitable y acabaríamos con el alimento disponible.

Bajo este escenario tomó bríos una disciplina científica a la que poca atención se le había puesto anteriormente: la ecología.

En la actualidad, la palabra ecología y algunos de sus conceptos son ya parte de la cultura pop, ingrediente de charlas de lavadero, de foros intelectuales y de conversaciones snob. Pero al inicio la cosa no fue tan fácil. La ecología tuvo ųy tiene aúnų que sortear infinidad de obstáculos. Estos han querido ser reducidos por algunos a «la avaricia de malvados empresarios», «la ignorancia de la gente» y, en menor medida, a las dificultades científicas y tecnológicas que representa el aprovechar sustentablemente nuestros recursos.

Pero queremos hacer énfasis en otro problema que suele pasarse por alto, y es el que más de algún ingrediente de la cultura occidental impide que ésta sea tierra fértil para la semilla ecológica.

Dentro de la tradición judeo-cristiana el hombre ha sido creado para dominar la naturaleza. «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.» (Gen. 1, 28-29). Siendo así, Ƒqué tiene de raro que tantos exploradores o conquistadores europeos hayan llegado hace unos siglos a la isla Fulana y luego de desbastar su flora y fauna la declarasen «lugar indigno de cristianos» para pasarse a la siguiente? Si fuimos hecho para dominar la naturaleza, Ƒqué hay de raro en que sigamos haciéndolo?

En esa misma tradición, la creación del Señor es basta, inmensa. Aunado a las catástrofes climatológicas, epidemias y demás problemas que han azotado a cualquier ciudad del mundo civilizado a lo largo de la historia llevaron a popularizar la idea (aún en el siglo XIX) de que el hombre era incapaz de cambiar radicalmente su entorno. Tomó tanta fuerza (y Ƒcómo no? šSi nos exime de tanta responsabilidad!) que todavía bien entrado el siglo XX, y aún hoy, es común encontrar grupos de pescadores convencidos de que su pesca no afecta en lo más mínimo a la población de peces.

Estas dos ideas están tan bien ancladas a nosotros que la mayoría de las veces ni siquiera las percibimos, pero lo están y gobiernan nuestra visión del mundo de una u otra forma. Claro, pudieron ser válidas en otro periodo histórico, cuando nuestro conocimiento del mundo era insuficiente como para pensar que podíamos echarlo a perder además de que nuestra tecnología no nos lo permitía de todas formas.

Pero la cosa ha cambiado y hoy sabemos que sí podemos alterar nuestro entorno natural total e irreversiblemente, así que si no queremos estropearlo por completo habrá que renunciar al Génesis o, al menos, reinterpretarlo: quizá estemos habilitados para dominar la naturaleza, usarla a nuestro favor, pero no para desaparecerla.

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