Cuando la ideología amaga a la ciencia: El camarada Lysenko

Por Luis Felipe Gómez y Jorge Félix (junio, 1999).

Es bien conocido el atraso de la ciencia occidental durante el dominio eclesial de la Edad Media. Entre los casos más tétricos están los que tienen que ver con medicina: la incompetencia para frenar la peste, las sangrías como supuesto remedio para todo, la brujería como explicación de las enfermedades no conocidas. Quien quería estudiar medicina tenía que dejar el continente del toro e irse a tierras islámicas, donde además florecía el álgebra y la ideología gubernamental no asfixiaba a la ciencia. Otros casos conocidos son los relacionados con la astronomía (Copérnico) y las matemáticas (Giordano Bruno).

Aunque éstas parezcan historias de caballeros y dragones, aún en nuestro siglo encontramos situaciones semejantes en las que una ideología ųllámese religión, línea filosófica o modelo económicoų endémica al grupo de poder de un país ha maniatado la ciencia a intereses no científicos. En la mayoría de los Estados islámicos, la investigación y la tecnología carecen de la libertad que tenían durante las Cruzadas; por ejemplo, la televisión arribó a Arabia Saudita hasta la Guerra del Golfo como un requisito de Estados Unidos para tomar parte activa en el conflicto. En la ex Unión Soviética, bajo la edición tutelar de Stalin, varias ramas de la ciencia estuvieron sujetas por los grilletes del comunismo.

Mendel, un burgués

En 1948, durante una sesión de la Academia de Ciencias Agrícolas de Leningrado (Vaskhnil), Trofim D. Lysenko dio un discurso de 49 cuartillas titulado La situación de las ciencias biológicas, con el cual proscribió las leyes de Mendel por ser «anticomunistas e idealistas». A Lysenko, enfrascado en la ideología marxista-leninista, le parecía inconcebible aceptar que hubiera seres vivos superiores a otros de su misma especie debido a la información genética con la que habían nacido. Era una herejía, significaba que había hombres superiores a otros y no por sus logros en vida, sino por su herencia genética. Era una supuesta razón científica para descalificar el comunismo.

Con un categórico cierre puso fin a la investigación genética en su país: «¿Cuál es la actitud del Comité Central del partido con mi reporte? Yo respondo: el Comité Central del partido ha examinado mi reporte y lo ha aprobado». Y llovieron los aplausos, las ovaciones, y la concurrencia se puso eufórica de pie.

En busca de sustento para sus ideas, Lysenko optó por retomar a Lamark. Asumió que todo organismo puede ser entrenado en vida para adecuar su estructura biológica y ser mejor, así podía ser posible el nuevo hombre soviético.

Stalin, el editor científico

Los historiadores de la ciencia rusos Rossi-yanov y Esakov, que han tenido acceso a los archivos originales del Comité Central del PCUS, afirman que Lysenko envió a Stalin su discurso meses antes de su lectura en público.

El camarada Stalin tachonó párrafos completos del texto, le cambió una cantidad considerable de palabras para que pareciera más científico y menos político, insertó nuevos párrafos y hasta se burló de ciertas afirmaciones. Por ejemplo, a un lado de la frase «toda ciencia tiene orientación de clase por su propia naturaleza», aparece el comentario: «šHa-ha-ha! ƑY qué hay de las matemáticas? ƑY qué hay del darwinismo?»

Por supuesto que el hombre fuerte de la Unión Soviética quería que la ciencia apuntalara la ideología política de su país, pero también había otras razones para su labor como editor científico. Hay evidencia de que Stalin estaba interesado en la filosofía de la ciencia.

En 1906 publicó un artículo titulado ƑAnar- quismo o socialismo?, en el que analiza el debate entre neolamarkeanos y los que llamaneodarwinistas, mostrándose a favor de los primeros. De hecho, en el manuscrito original de Lysenko se nombra ese artículo pero, por alguna razón, Stalin lo tachó para no ser citado.

Stalin, como todo ser humano, sentía inclinación por la ciencia, pero él sabía muy poco de ella. Sin embargo, el poder político y la autoridad intelectual-oficial que envolvían a su persona le permitieron opinar y mandar sobre cualquier tema.

Analfabetas científicos

Lysenko y sus ideas triunfaron por mucho tiempo. A los que estaban en contra se les encarceló, como a Vavilov, o fueron perseguidos y tuvieron que salir del país, como Dubinin. Triunfaron a pesar de sus repetidos fracasos para tratar de convertir el trigo en cebada o el centeno en enebro. Lysenko jamás pudo cumplir su promesa de duplicar la producción agrícola soviética. Lo que sí logró, con increíble eficacia, fue dejar a la biología de la Unión Soviética fuera de la revolución genética.

Otras ramas de la ciencia también fueron afectadas. Una excepción, aunque sufrió sus embates, fue la física, por la necesidad de tener una bomba nuclear propia.

El Estado, la ideología del Estado y el poder intelectual de ciertas personas se filtraron casi hasta los últimos recovecos. Pero, como mencionamos al inicio, no son cuentos de caballeros y dragones que sucedieron en otro tiempo o en lugares muy apartados. En nuestro país y en todas las naciones existen analfabetas científicos que, como Stalin, sobre su trono de autoridad intelectual en política, literatura o cualquier otra disciplina, hablan sin conocimiento y consideración sobre temas como el big-bang, la clonación o la mecánica cuántica. A tales individuos, como dijo Mark Twain, «…hay que saberlos identificar y tener cuidado de ellos».

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