El problema del argot en la ciencia

Por Luis Felipe Gómez y Jorge Félix (enero, 2001)

«¿Qué repercusiones filosóficas tiene conceptuar al planeta Tierra como un organismo viviente?», preguntó un asistente a la conferencia ofrecida por Lynn Margulis recientemente en el Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste, en la Paz, Baja California Sur. Tal pregunta se esperaba šy cómo no! Si lo poco (o mucho) que ha oído el ciudadano promedio acerca de Gaia es justo eso: que el planeta que habitamos es un organismo viviente. Incluso la misma doctora Margulis comentó en su charla que un buen número de «astronautas y cosmonautas», gente con la oportunidad de ver la tierra desde afuera, apoyan la idea.

Sin embargo, la respuesta ofrecida por la doctora no trató de sutilezas filosóficas sino de explicar que su idea de Gaia no es la de un organismo vivo sino la de una Tierra que, a diferencia de Marte o Venus, no puede explicarse en términos puramente físicos y químicos sino que requiere de la vida para poder entender la forma en que ha cambiado. Enfatizó que esa es su idea y que pensar en la Tierra como un ente vivo le parece más poesía que ciencia, aunque sea así como lo propone Lovelock. Pero preguntas por el estilo se repitieron una y otra vez, tal vez porque el español de nuestra conferencista no es excelente, aunque por otro lado puede ser porque siempre que tenemos una idea fija, más que escuchar a lo que la gente dice, interpretamos todo a conveniencia personal.

Los estudiosos de la comunicación humana llaman «disonancia cognoscitiva» a tal fenómeno, es decir, cuando una persona (emisor) envía un mensaje a otra (receptor), pero éste último entiende algo totalmente diferente de lo que el primero buscaba comunicar. El problema más grande viene cuando ambas partes creen que el mensaje ha sido entendido («šQué bien habla este fulano, piensa igual que yo!», «šqué chavo tan inteligente, le cayó el veinte luego, luego!»).

Cuando la disonancia cognoscitiva tiene lugar dentro de una explicación científica pueden pasar muchas cosas, entre ellas, que la enseñanza de la ciencia (elemental, media o superior) se vuelva pésima: en donde la culpa no es del estudiante imaginativo sino del despistado maestro (suponiendo que en realidad conoce la materia que imparte) que no se preocupa por verificar que le entiendan. A continuación mostramos un ejemplo:

No es extraño encontrar en artículos sobre comportamiento animal que las hienas hembras (o las lobas, o las hembras de Fulanus sutaniesis) abandonan su manada en época de apareamiento en busca de machos con mayor «diversidad genética» para «evitar endemismos y/o cuellos de botella en su población». Si uno toma estas palabras al pie de la letra puede pensar que las hembras de F. sutaniesis tienen conciencia de su ADN. Imagínese a usted tomar conciencia de su ADN y decir: «šCámara! No voy a tener chamacos con mi prima, por que ya me dí color de que ella tiene los mismos alelos recesivos que yo, y si nos rejuntamos, el escuincle saldrá defectuoso!» Es algo absurdo, pero no es para sentirnos menos que las hembras F. sutaniesis, porque ellas tampoco están concientes de su ADN (hasta donde se sabe). Es solamente una forma de explicar las cosas.

No sabemos quién ganó la batalla conceptual en aquella conferencia de la doctora Margulis, pues aunque desde su trinchera seguía intentando dejar en claro su idea, algunas personas del público continuaron disparando preguntas metafísicas. En una de sus respuestas insistió en que el escucha no tenía porqué sentirse regañado, ya que el problema no era tanto de él sino de quien le había enseñado el tema. Nosotros coincidimos con la postura de la doctora y esperamos que tanto maestros, doctores, periodistas, como divulgadores de la ciencia en general tengamos más cuidado en el uso de las palabras que empleamos para comunicarnos y, por supuesto, nos preocupemos más porque nuestro escucha realmente haya entendido.

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