Genética vs. destino

Por Luis Felipe Gómez y Jorge Félix (noviembre, 1998).

«Mamá, mamá, ¿puedo clonar a mi hermanito? ¿Ya viste mi nueva mutación?» Ante los avances de la ingeniería genética, la embriología y áreas afines, han ido apareciendo frases como las anteriores a manera de mofa fatalista para el futuro cercano. Al parecer, la raza humana ha encontrado la veta de otra posible panacea, sobre la cual hay que hacer un replanteamiento de nuestra forma de concebir el mundo, de nuestros preceptos morales. Sin embargo, la situación es un poco más compleja de lo que se nos plantea ya sea por los medios masivos de información, a través de películas, «expertos bien intencionados» en programas de polémica, revistas o noticieros.

Muchas veces se cree que una vez que se complete la decodificación de las secuencias de bases en el ADN, es decir, una vez que se conozcan todos los genes y su función, la personalidad y la vida de cada ser humano se verán reducidas a una tabla de probabilidades (Gattaca, la película; o El mundo feliz, de Aldous Huxley).

Gracias a su simplicidad, ese razonamiento parece cierto a primera vista: cada gen tiene la información para expresar una característica en el individuo. Entonces, si se posee el gen de la violencia (o cualquier otro) uno tiene tendencia a la violencia o existe la probabilidad de actuar violentamente en algún momento de la vida. Por lo tanto, gracias a un análisis del ADN, un director de empresa podría negarle el trabajo a una persona con dicho gen para después no llevarse la sorpresa de que un día aparezca en la oficina con una pistola y mate a la secretaria, al conserje y al perrito french poodle de una viejita que andaba por allí.

La escena anterior es ridícula, y para documentar su ridiculez podemos recurrir a postales de la historia o a conceptos de la propia ingeniería genética. Veamos primero la historia.

La inclinación del hombre por la tragedia es ancestral, tal vez inherente. La fe en el Hado (destino) incontenible fue la base de la cultura griega. Los griegos creían en las predicciones de sus oráculos con el mismo fervor que los europeos del medievo en el infierno y el paraíso, como algunos cristianos protestantes en la vida escrita por el dedo indeleble de su dios, como muchas personas de este siglo confiaban o siguen confiando en los dictámenes de la sicología. En fin, nos gusta la tragedia y por eso nos fascina el terror de la genética.

Muy probablemente el lector ya esté cuestionando la veracidad del último enunciado. Y eso es lo importante, porque para diferenciar entre ciencia y religión tal vez baste la frase de Bertrand Russell: «En la antigüedad, la religión fue la ciencia de una sociedad sin ciencia; y en la actualidad, la ciencia es la religión de una sociedad sin religión». La cuestión es que el comportamiento y el desarrollo de un hombre solo distan mucho de ser los mismos para ese individuo si se encuentra en un grupo de personas o si su medio ambiente es otro muy distinto.

En la jerga biológica tenemos los términos fenotipo y genotipo. El genotipo es la información almacenada en el ADN: el conjunto de genes agrupados en cromosomas, que a su vez suman casi la totalidad de la información genética (para fines prácticos podemos hablar de totalidad). El fenotipo es lo que se llega a expresar o manifestar del genotipo. Dicha expresión depende de muchos factores. Uno de ellos (hay que recordar las clases de secundaria donde nos hablaban de los chícharos de Gregorio Mendel) es la cualidad de recesivo o dominante que puede tener el gen (alelos). Otro, y tal vez el más significativo, es el ámbito en el que vive la persona (organismo, para ser más generales): el medio ambiente, el clima, la sociedad, las condiciones económicas, la familia, etc. Factor o factores de los que se han ocupado varias sendas del conocimiento desde hace siglos, sin lograr conclusiones determinantes.

Las ideas de Aristóteles acerca del comportamiento humano son cuestionables, también Freud y su libido, la sociología de Durkheim, las teorías de Dewey y Watson. En resumen, la obra de cualquiera que haya tratado de explicar el comportamiento humano. No creemos que suceda algo muy diferente con la genética.

Se podrán conocer todos los genes y qué hace cada uno, pero es muy difícil que logremos saber cómo funciona el conjunto en un ente social: tal vez al quitar un gen «no favorable» a una persona, ésta también pierda alguna de sus cualidades positivas, pues no sabemos cómo están relacionadas unas con otras. Por lo tanto, no creemos que se deba adoptar a la genética como el nuevo oráculo de Delfos, como una nueva forma de Tarot que nos hable más nítidamente del futuro. La ingeniería genética es una gran ayuda para prevenir enfermedades hereditarias, pero no debe convertirse en otra herramienta de discriminación y enajenación social.

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