Planck en el país de las maravillas

Por Luis Felipe Gómez y Jorge Félix (enero, 1999)

Fue a mediados del siglo pasado cuando un matemático con inclinaciones literarias inventó a la niña más inocente, simpática y atolondrada de la literatura: Alicia. Lewis Carroll dio vida al personaje inspirado en Alice Liedell, una mocosa que gustaba de pasar las tardes jugando en los jardines de la Universidad de Oxford, donde el matemático-escritor daba clases.

Para Alicia, Carroll creó un mundo rarísimo en el que suceden ese tipo de cosas con las que todos hemos soñado algún día: hacerse grandote, hacerse chiquito, flotar, festejar un no-cumpleaños y muchas otras. Sin embargo, las comidas gratis no existen ni siquiera en los cuentos infantiles (si es que realmente el texto de Carroll es un cuento infantil): a cambio de sus singulares experiencias, Alicia tuvo que soportar al Sombrerero Loco, los enigmas de Chester y la pesadez de otros personajes, además de múltiples incomodidades y amenazas.

Un hecho peculiar, en el caso de Alicia, es que el fascinante, bello, fértil e incomprensible mundo de sus aventuras estaba encerrado en un recoveco de su ambiente cotidiano.

Por increíble que parezca, en el mundo real hay también un recoveco en el que las cosas se comportan extrañamente, quizás un poco más que en el mundo de Alicia: el reino de lo extremadamente pequeño, el mundo de la mecánica cuántica.

Para seguir a Lewis Carroll, llamaremos «el mundo de Planck» al país de lo pequeño, en honor a Max Planck, el físico alemán que, al comienzo de este siglo, sentó las bases de lo que más tarde sería ųgracias a Heisenberg, Schrödinger y Diracų la rama de la física que revolucionaría nuestras vidas como ninguna otra: la mecánica cuántica.

Dentro del mundo de Planck hay pelotas que traspasan paredes o que se salen de su caja sin mayor razón. Los objetos se vuelven fantasmalmente ilocalizables. «Ahí está» es una frase que no existe en el mundo de Planck. Todo es difuso, mareante, porque es el lugar donde Dios sí juega a los dados. Es el precio que hay que pagar.

ƑLos beneficios? Si bien es cierto que los fenómenos del mundo de Planck no nos permiten hacernos grandotes ni chiquitos ųde hecho nos prohíben volvernos chiquitosų, también es cierto que nos ha hecho regalos maravillosos: toda la ciencia del láser y la física del estado sólido, a partir de las cuales se han desarrollado áreas y aparatos como la electrónica, la miniaturización, la telefonía celular, los discos compactos, las lámparas de halógeno, los transistores, los microscopios electrónicos de barrido, las computadoras personales, etcétera. Prácticamente todas esas cosas que hacen que nuestra vida actual sea como es.

Alicia vivió sus aventuras de forma ficticia, bien lo sabemos, un sueño que termina en la última hoja. En cambio, la mecánica cuántica es real, sus aplicaciones, se encuentran a nuestro alrededor y las utilizamos día con día: vivimos en el mundo de Planck.

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