En la Tierra de Dios

Por Luis Felipe Lomelí

Para Miryam y Rafa y Liliana

“Lo mismo puede decirse, respecto de la perfecta sabiduría
que no es menos precisa que las matemáticas,
que si no hubiera habido lo mejor entre todos los mundos posibles,
Dios no hubiera creado ninguno”.
Leibniz, Teodicea.

Hubo disparos. Askari ya sabía reconocerlos porque ese tipo de estímulos difícilmente se olvidan. Lo piensa ahora que camina a su trabajo y pasa a lado de una iglesia (¿presbiteriana? ¿evangélica?: No sabe distinguirlas). Fueron en la noche, cuando estaba a punto de dormir y se preguntaba de nuevo qué carajos hacía aquí: sí, claro, le ofrecieron trabajo y a él le pareció de lo más simpático mudarse: vivir en Wáshington, D. C., durante el primer año de Obama, del cambio, y sentir otra tierra. Pero los disparos hicieron eco en las ventanas y en sus ojos, de ahí los recuerdos. Entonces quiso pensar que eran otra cosa, cualquier cosa. Sólo que el sentimiento de amenaza no se borra fácilmente.

Justo antes de llegar a su trabajo pasó por un edificio que anunciaba contar con un refugio a prueba de ataques nucleares. El anuncio habrá sido pomposo, hace años, hace treinta años. Y la renta habrá sido más cara precisamente por eso (Askari recuerda que de niño a veces jugaba a que se acababa el mundo, a que los rusos y los gringos lanzaban sus bombas pero Askari y sus primos sobrevivían dentro de la cueva que habían excavado en el lote baldío frente a su casa).  Al lado del edificio hay otro templo (¿calvinista? ¿de los santos de los últimos días?). Y Askari se pregunta cuántas personas habrían corrido al templo y cuántas al refugio en caso de una guerra atómica. En Lerdo, Durango, sólo había iglesias: ni templos ni refugios.

Los disparos.

Acerca su llave electrónica/identificación al lector y entra al edificio de su trabajo. Le duele la cabeza. Luego de los disparos vinieron los gritos y después las sirenas (Wáshington está llena de sirenas, su alarido reboza los edificios: a toda hora, todos los días). Y Askari sólo atinó a retirarse de las ventanas, a tomar un cuchillo de la cocina y ponerse a lado de la puerta por si acaso alguien deseaba esconderse en su departamento. Más tarde, mientras leía a Toni Morrison para distraerse, caería en cuenta de lo ridículo que se habría visto con el cuchillo cebollero junto al picaporte, como en una película de terror chafa. Pero no se rió de sí mismo, ni siquiera sonrió.

Saluda a la recepcionista. Camina por el hall y toma el elevador. No hubo necesidad de ver el periódico para saber que alguien había muerto ayer en la esquina de su edificio (por otro lado, nunca hay ejemplares en las máquinas de su barrio, todas están destruidas: su barrio es una frontera: al oriente los negros, al oeste los salvadoreños). Simplemente lo sabía. Y por eso le parpadea, automática, incontrolablemente, el ojo derecho. Sale del elevador y, antes de llegar a su escritorio, pasa a un lado de la secretaria particular del director de la agencia de estándares. Ella atiende una llamada. Así que Askari aprovecha para saludarla sin verla a los ojos: no vaya a ser que le aparezca el tic y su trabajo se vuelva aún más insoportable. Tanto el director como la secretaria son mexicanos, mejor dicho, son el cliché de los mexicanos en el extranjero, el chiste de los cangrejos:

Un turista se encuentra en la playa a un hombre pescando cangrejos en dos cubetas diferentes: una con tapa, la otra descubierta. Cuando el hombre atrapa a un animal, lo mira y entonces decide a cuál de las dos arrojarlo. Así que el turista, intrigado en saber por qué pone a unos animales en una y a otros en la otra, le pregunta cuál es la diferencia. “Muy fácil, amigo, los de la cubeta tapada son japoneses: si no la tapo, en chinga se organizan para salirse todos juntos”. “¿Y la otra?”. “Ah, esos son cangrejos mexicanos, y cuando ven que uno se va acercando a la libertad, los demás lo jalan de las patas para que se quede igual de jodido que todos”.

Así que cuando el director vio que Askari podía brillar un poquito en el área de investigación y desarrollo, lo confinó a organizar bases de datos, ya no le dio la oficina prometida sino que le puso un escritorio chiquito al lado de la secretaria particular, quien no sólo no le pasa los recados o le pasa mal la información para hacerlo quedar mal, sino que también tiene el síndrome de la mexicana fea: cree que todos quieren acostarse con ella. Así que mejor no mirarla a los ojos, no vaya a ser que le parpadee el derecho y entonces…

–¿Por qué todos en la casa tenemos que acoplarnos a tu agenda?—Logra oír que dice ella al teléfono.

  El resto de la mañana la secretaria está como ida, triste. Askari trata de bromear con ella, distraerla un poquito y distraerse a sí mismo de los disparos que siguen resonando en su cabeza. No lo consigue. Ni lo uno ni lo otro. Siente que debería de decirle a la mujer que no se preocupe, que todo va a estar bien. Y se convence de que se lo dirá después de la comida porque ya debe de irse para alcanzar a regresar a la cita que tiene en la oficina a las dos de la tarde.

En su camino a una cafetería pasa a un lado de un templo masón del rito escocés. No es que lo distinga, el edificio lo anuncia. Y Askari piensa en los mapas de esta ciudad, en que fue diseñada de acuerdo a las tradiciones masónicas: el trazado de las calles, la figura misma de las manzanas para que desde el aire fueran un símbolo para dios, con el obelisco justo en el lugar donde debe de estar según el dictado de los astros. Sonríe: toda mitología tiene su encanto, piensa Askari aunque él no profese religión alguna, aunque para sí mismo se considere ateo.

La cafetería está llena. Son las doce y media de la tarde. Busca entre las mesas a la persona que parezca más amigable y se dirige a ella con la charola en la mano (sándwich de roast beef, papas fritas y té helado). La muchacha es rubia y tiene el pelo cortado de forma que parezca que no se lo ha cortado en mucho tiempo, viste una camiseta con la imagen de Frida Kalho y sobre la mesa hay unos panfletos que anuncian Marx is back!!

Justo después de sentarse, Askari se da cuenta de que ha cometido un error, porque él ya no parece estudiante universitario y entonces vendrá el discurso, ya que ella no tiene manera de saber que Askari, el guerrero, fue líder estudiantil, que Askari López, el hijo del lobo, perteneció a lo que quedaba de las juventudes maoístas en Lerdo, Durango. Askari es sólo un oficinista de traje y corbata. Es alguien del sistema.

Y viene el discurso.

Y sigue.

Y no para.

Marx is back!!

Y Askari quiere terminar su sándwich lo más rápido posible.

Pero la muchacha sigue.

Y lo regaña.

Y le dice que, por gente como él, el sistema de salud está quiebra, la economía capitalista ha colapsado, la bolsa de valores, el 401 (k) se ha ido con todos los sueños de la gente, la industria inmobiliaria del lavado de dinero, el futuro.

Don’t you know, they’re talking about a revolution –canta Askari en su cabeza y sigue cantando a Tracy Chapman hasta que de repente, quién sabe por qué, la muchacha está ahora hablado de su padre. Dice:

“Le tiene pavor a la muerte. Me ha dicho que cuando se decida a morir, se comprará un cámper e irá a un parque natural en Wisconsin o en Montana y una tarde se tomará una foto y me la enviará por correo, se tomará un montón de pastillas, apagará la calefacción y dormirá con las puertas y ventanas del cámper abiertas. Antes de dormir, me mandará un mensaje de texto al celular para que vaya a recoger sus restos”.

Sounds good to me, sounds like a Mexican way to deal with death.

Are you Mexican?!

Su expresión cambia. Todo en ella cambia e incluso parece atractiva. Askari no parece de ningún sitio. Su bisabuelo vino a América de alguna ciudad islámica a comerciar con el algodón en La Laguna –le cuenta—era rubio y de ojos azules (de ahí su nombre árabe, guerrero) y su bisabuela del otro lado del árbol genealógico era una esclava negra que huyó de Texas hacia México, hacia donde ya no sería propiedad de nadie. Le cuenta eso y que del resto de su familia no tiene idea de dónde vinieron, que serían españoles y apaches, sefarditas y tlaxcaltecas, y se deja para sí mismo hablar de la muerte de su padre y que gracias a la abuelita, la hija de la esclava, en su casa todos lo conocen como “El Chichimoco”, porque de niño estaba dientón y agüerejado.

Mira la hora en el celular, se disculpa por tener que irse pero quedan de verse más tarde para tomar una cerveza.

Al llegar a la oficina, la secretaria particular del director le dice en tono de regaño:

–Te estuvieron esperando pero ya se fueron.

–¿No era a las dos?

–Sí, ¿verdad?, je je, llamaron en la mañana para cambiarla a la una… ups.

El resto de la tarde sigue en más de lo mismo. Askari ya no trata de distraer a la secretaria ni de decirle que todo va a estar bien. Sólo se concentra en las bases de datos que de vez en cuando son atravesadas en su mente por algún disparo. No es que le tenga coraje, sólo  olvido.

En el bar después del trabajo Askari pide una cerveza. Y otra. Y otra más. La chica de la playera de Frida no aparece por ningún sitio. Piensa que la habrán aprehendido por comunista, que estará sufriendo algún interrogatorio aunque seguramente la estarán tratando mejor que a los prisioneros en Bagdad o Guantánamo. Luego se da cuenta de que se está volviendo paranoico y otra vez está con el cuchillo cebollero junto al picaporte.

Pero al volver a su departamento, cantando La Internacional como si eso le ayudara a recordar quién es, se encuentra con un tipo que viene a la carrera. ¿Por favor, puede hablarle a la policía, por favor? Parece salvadoreño y se detiene a varios metros de Askari para que éste no piense que lo va a agredir. ¿Habla inglés? ¿Puede hablar al novecientos once? A mí no me entienden. Askari dice que sí y el salvadoreño le extiende el celular. Ambos tienen la misma estatura y la misma complexión. Askari podría ser de cualquier sitio. Mientras marca el 911, el salvadoreño le cuenta: Hay una mara, ahí, en el Seven Eleven, se están llevando a mis camaradas, los van a matar, Dios mío. Y le sigue contando porque tardan en contestar, mucho, bastante más que en los programas de televisión. Dios mío, mis camaradas, Virgencita. Por fin se oye una voz y lo mandan a tono de espera. Los están subiendo en una van, los van a matar, esos hijos de puta no dejan a nadie vivo. Termina el tono de espera. Askari le dice a la telefonista, en inglés,  que se está perpetrando un crimen, un secuestro en ese momento.

What’s the color of their skin?

–What?

–You heard me. What’s victim’s skin color?

–I don’t know, it’s dark out here. I can’t see.

            Askari no entiende por qué la primera pregunta se refiere al color de piel de las víctimas y no a la dirección donde se está cometiendo el delito. Y le desconcentra tanto que ni siquiera puede alegar, sino que sigue con la corriente.

So, they are dark. Dark as in Latins or dark as in Africans?

Latin. Salvadoreños. Salvadorians.

Latinamericans, OK.

–Why are you asking me that? Why does it matters?

–We have to keep record.

–But they are abducting them right now!

            Askari levanta la voz. Quisiera que fuera como en las películas: que diera la dirección y enseguida se escuchara la sirena de una patrulla. El salvadoreño sigue hablándole, repitiéndole lo mismo que ya le ha dicho, se mueve de un lado a otro, se frota las manos contra los muslos. Luego Askari recuerda a la secretaria del director, el cambio de hora en la cita de medio día, recuerda que no hay peor estupidez que pelearse con una telefonista. Así que escucha.

–We have to follow the protocol.

–I’m sorry.

What’s van’s color?

–¿De qué color es la van?

–Blanca, es blanca ¡los están subiendo ya!

White.

And the guys that are threatening them?

–¿De qué color son los tipos de la van?

–Negros… Diosito santo.

African American.

El diálogo continúa: que si traen pistolas, de qué calibre, cómo están vestidos, que si Askari los conoce, que si los ha visto antes, que si conoce a los amenazados, que si da su nombre, dirección y teléfono para después testificar en una corte. Y Askari trata por todos los medios de terminar con las preguntas y que manden a una patrulla cuanto antes. Pero la persona del teléfono sigue con su formulario y el salvadoreño se jala el pelo, aprieta los puños, chilla, se quita la camisa.

La telefonista dice que va una unidad para allá, que si por favor podría ser tan amable de repetirle la dirección donde están ocurriendo los hechos.

Repite. Cuelga. Le pasa el teléfono al salvadoreño.

–¿Me acompaña a ver a la esquina?

Askari siente la humedad pegajosa del miedo, como un vómito de borracho, calentito, escurriendo sobre sus piernas.

–No, disculpe.

–¿Le cambio de camisa?—dice el salvadoreño extendiéndole la suya y Askari se quita el saco y se lo da.

–Te regalo mi saco.

–¿Y no quiere la camisa, pana?

–No, así está bien, déjala aquí tras la reja y mañana vuelves por ella.

El salvadoreño hace una bola con su camisa. Luego recapacita y la extiende para colgarla sobre la reja. Askari se da cuenta de que la reja pertenece a uno de esos templos o iglesias que abundan por el barrio (¿luterana?, ¿congregacionista?). El salvadoreño se pone el saco de Askari, lo abotona, da las gracias y corre a la esquina. Askari corre a su departamento.

Tiempo después, mucho tiempo después, tanto como para destapar una cerveza y tomársela toda, se escuchan las primera sirenas (Wáshington está llena de sirenas, rebozan los edificios: a toda hora, todos los días). Con mayor angustia que en todo el último mes, Askari se pregunta qué carajos hace aquí.

Y coloca el casco de la cerveza en el bote para vidrios.

 

A la mañana siguiente Askari tampoco revisa los periódicos, sólo el correo: hay cupones de descuento, la factura de la luz y una carta cuyo sobre dice “Querido Jesús, rezamos para que bendigas a alguien en esta casa… para que bendigas las manos que abran esta carta de fe”. Askari la tira a la basura sin abrirla, en el bote para papel, le sigue parpadeando el ojo derecho, cada vez más. Camina a la oficina sin mirar los templos ni los refugios nucleares ni los panfletos pegados a los postes que anuncian Marx is back!!, pasa su llave electrónica/identificación y cuando se abren las puertas mira cangrejos en lugar de personas. (Cangrejos de todos colores, de varios tamaños). Recuerda que una vez escuchó el mismo chiste contado por alguien del Tec de Monterrey y eran langostas; y luego lo escuchó por alguien de la Autónoma Agraria Antonio Narro y eran cucarachas. Sonríe: están simpáticos los cangrejos.

Un cangrejo al teléfono dice: Pero es que ya no tienes tiempo ni para mí ni para tu hija… no no no, todos tenemos que hacer lo que tú dices, seguir tu agenda… ajá… sí… lo discutimos en la noche que aquí ya hay gente.

La cangrejita mexicana cuelga y se queda mirando sus manos sobre el auricular. Askari tiene la intención de decirle que no se preocupe, que todo va a estar bien. La llama por su nombre. Pero ella sigue mirándose las manos, mirando algo que no existe, no ahí. (¿Tocarla?) Askari se levanta de la silla en la que apenas se ha sentado. Pero se detiene. Recapacita: ni ella ni el director saludan de mano o de beso a nadie en la oficina (a un mes de su llegada el director lo regañó por saludar de mano a los guardias y de beso a la recepcionista, que eso era rebajarse, que eso no se hacía –dijo—, y Askari se quedó pensando si así se comportaban ellos porque tanto el director como su secretaria particular eran capitalinos, del D.F. o porque estaban en Estados Unidos: nunca había oído algo así en La Laguna; otra opción: porque eran de una clase alta con la que rara vez había convivido). Así que mejor vuelve a sentarse. La llama de nuevo por su nombre:

nada

(así, en minúsculas, una nada chiquita pero nada a fin de cuentas).

Media hora más tarde el cangrejo director le dice a Askari que, si en verdad le interesa su trabajo, le entregue para en la tarde una serie de propuestas de investigación y desarrollo. Askari no tiene que pensar mucho, de hecho, sólo tiene que recordar lo que había venido pensando desde antes de llegar a ocupar su puesto. Las escribe. Las imprime. Las deja en el escritorio del director y sale a comer.

Las calles están repletas de cangrejos, las avenidas, los túneles. Una migración de cangrejos, un remolino. Wáshington es una cangrejera donde muchos sueñan con ser presidentes, senadores, directores del Banco Mundial o del Fondo Monetario. Askari va a la misma cafetería con la esperanza de encontrarse a la muchacha de la playera de Frida. No está. No llegará. Piensa que debió de haberle pedido su número de teléfono (o darle el suyo, que es lo que se estila por acá para evitar las demandas por acoso sexual). Piensa en eso y mira a los cangrejos sentados a las mesas, llevándose la comida a la boca igual que lo harían entre las piedras de la costa, con las manos: las papas fritas. Hay cangrejos japoneses, cangrejos eslavos, cangrejos masai y cangrejos bantú. Hay cangrejos chicos y grandes y todos miran en la televisión a un cangrejo café con leche que dice que Dios ha bendecido a este país, que con su bendición vamos a salir adelante, que sí se puede. Y todos los cangrejos dejan sus sándwiches y sus papas sobre las charolas y aplauden con sus quelas.

Askari no. Entiende que estén muy consternados porque hace un año les estalló en la cara una crisis económica que ha dejado a miles sin casa, pero no va a aplaudirle a un televisor. Así que tira su basura en el bote y coloca la charola en un estante. Sale a mezclarse con las hordas de cangrejos, los ríos revueltos.

En la oficina, la cangrejita mexicana sigue con el semblante triste. La llama por su nombre pero parece que ella no lo escucha. Desiste. Le sigue parpadeando el ojo derecho, un poco menos. Piensa en que al día siguiente debería de cocinar en su departamento en lugar de ir a la cafetería, pero recuerda que ya casi no tiene ingredientes y tendría que ir a surtirse a la tienda mexicana de los salvadoreños y entonces sabría de primera mano cómo terminó la noche anterior. Mejor no, quien quite y mañana sí ve a la muchacha de la playera de Frida.  Más tarde, el director le dice a Askari que todas sus propuestas son ridículas, que no va a hacer nada de eso. Y al salir del despacho del director ve Askari por primera vez reír a la cangrejita, mirarlo y reírse: ha escuchado todo lo sucedido.

Sale a fumarse un cigarro para bajar el coraje.

Mira una moneda: En Dios confiamos.

Al regresar escucha que el director habla, por teléfono, con alguien acerca de una de sus propuestas. Lo que resta de la tarde Askari se la pasa pensando en sus dioses. No en sus dioses exactamente, no en algo que él crea, sino en las divinidades de La Laguna y de la sierra de Durango que él imagina porque nunca ha oído hablar de ellas, hasta que escucha, como una sucesión de palos de lluvia, que se van apagando las computadoras de los cubículos y él apaga la suya y decide caminar al bar donde había tenido que ver ayer a la muchacha.

Tampoco está. Tampoco llegará. Pide una cerveza y otra y, antes de pedir la tercera, siente el vómito pegajoso sobre las piernas, el miedo, y decide salir de una vez para llegar a su departamento antes de que obscurezca.

Sale del metro en la estación de Columbia Heights y da gracias (¿a quién?) por estar fuera de la arquitectura opresiva y fascista de los túneles (no sabe a quién). Parpadea insidioso el ojo derecho. Le cuesta trabajo enfocar. Al pasar por un callejón mira a un muchacho preparatoriano, gordo, enorme, parado de espaldas a la barda y frente a éste a un negro inmenso. Ve la cara de susto del muchacho. O cree que ve eso. No sabe. Askari quiere pensar que no ve eso, que son sólo dos amigos charlando. Pero el miasma del vómito cae sobre sus pies. Mira de nuevo. Trata de enfocar y sí, carajo, el muchacho parece aterrado y Askari mira en derredor por si alguien más se da cuenta, por si sólo es parte de su paranoia que ahora le dice que huya de ahí lo más rápido posible, que no diga nada, que no llame al 911 porque terminarán por identificarlo e irán sobre él.

Y huye. Y al abrir la puerta del departamento escucha las sirenas, las carreras, los gritos. (Wáshington está llena de sirenas, su alarido reboza los edificios: a toda hora, todos los días).

 

A la mañana siguiente Askari tiene que usar lentes de sol para ocultar el tic de su ojo. Es viernes, el día de Venus. En la oficina se encuentra con que la cangrejita no ha llegado (luego le hablará llorando al director para decirle que no puede ir). Askari tiene ganas de hacer nada, se siente incapaz de cualquier cosa, se siente una mierda. Así que se pasa la mañana viendo páginas de internet al azar: varios periódicos mexicanos, uno español, dos estadounidenses, la página turística de Wáshington, de las ciudades aledañas: de Baltimore, de Richmond que anuncia con bombo y platillos el Museo de los Confederados. Vuelve a ir a la misma cafetería y ya no se detiene en observar su entorno: ni personas ni cangrejos ni a la muchacha de la playera de Frida ni televisores que dicen que sí se puede, nada.

Justo antes de terminar se acerca a él una persona con uniforme del local y le entrega un papelito. Se me olvidó dárselo ayer, dice. Es el teléfono de la muchacha. Askari lo copia a su celular y se pasa toda la tarde pensando en llamarle. Qué le va a decir: ¿que ayer vio cómo asaltaban a un chamaco y no hizo nada al respecto?, ¿que se cagó de miedo? Así que se va directo a su departamento y toma el New Yorker para distraerse: lee la historia de una lesbiana que dejó todo para vivir on the road, que en una ocasión convenció a sus secuaces de que se encontrarían a sí mismas si viajaban hasta Chichén Iztá y hacían meditación en la punta de la pirámide, pero que una vez que llegaron y subieron a El Castillo, se dieron cuenta de que los mayas hacían ritos ceremoniales asesinando mujeres, ahí, precisamente ahí, donde estaban ellas.

Askari cerró la revista sin hacer expresión alguna. Ya no podía leer (de hecho, tuvo que hacerlo sólo con el ojo izquierdo, tapándose el derecho con la mano). Se acostó. Cerró el ojo que le quedaba abierto y se dio cuenta de que el día anterior, por primera vez desde hacía más de treinta noches, no se había preguntado qué carajos hacía en Wáshington.

Esa noche tampoco lo hizo.

A la mañana siguiente fue a rentar un automóvil (gafas obscuras) y se dirigió a Richmond. Necesitaba salir de la ciudad. Y ver árboles y un cielo claro le hicieron bien (aunque en realidad necesitaba ver el desierto, o ver otros árboles, otra sierra). Su ojo derecho ya estaba del todo cerrado pero con el izquierdo se las agenció para manejar.

En Richmond fue directamente al Museo de los Confederados pensando, en su inocencia, que sería como los museos del Holocausto Nazi: un ferrocarril de atrocidades. Y que eso le ayudaría a dimensionar sus propias desgracias.

Desde la entrada vio de que sólo había cangrejitos blancos. This is madness, una locura, dijo el tipo que le vendió el boleto de la entrada, se lo dijo a su compañera despachadora y Askari supo, por primera vez en su vida, que su abuelita estaba equivocada: él no era un chichimoco agüerejado.

Lo primero que leyó al entrar al museo fue una declaración de principios: los confederados luchaban por mantener su derecho constitucional y defender su modo de vida. Askari se quedó pasmado. Defender su derecho, su modo de vida. Y de ahí en delante todo fue para peor: que si el gran General Lee era un hombre probo e íntegro (y no sólo el carro de los Duques de Hazzard), que si todos los soldados, incluso los rasos, eran gente honorable y culta y hasta leían Les misérables en el campo de batalla porque, claro, a fin de cuentas eran como los revolucionarios franceses que estaban luchando por su libertad, por sus derechos naturales, y estampas aquí y allá de la maravillosa vida de las plantaciones, y la foto repetida del mismo negro, sonriente, apacible, vistiendo el uniforme confederado, y en la cabeza de Askari la imagen de su bisabuela que sólo había visto en fotos y los disparos de la noche anterior mezclándose con los disparos en la infancia que mataron a su padre, y los confederados tan religiosos ellos, y biblias aquí y allá y a Askari se le revolvió el estómago y ya no era miedo, ya no era correr de niño después de oír los estampidos y encontrar a su padre acribillado en la acera, y una de las biblias, en una vitrina, perforada por una bala y la oración del confederado a un lado: Señor, protege a este hijo tuyo que sólo defiende los derechos que tú nos has dado (Detente bala, el Sagrado Corazón me protege). El derecho divino de usar a las personas como pertenencias. Y otra vitrina anunciando una subasta de esclavos en Virginia: las niñas, las que tenían entre siete y diez años, eran las que costaban más dinero. Y Askari salió a traspiés del museo, a punto de vomitar, con los ojos bien abiertos, imaginando sin problemas a un texano del siglo diecinueve avisándole a sus amigos que el sábado haría una carne asada, una barbaque, que recién había comprado a una niña negra y eso habían de celebrarlo, tomar unas cervezas, comer buena carne, frijoles mexicanos, elote amarillo, costillitas, y, después, por qué no, violar a la niña por turnos, o en grupo, como se les fuera ocurriendo.

Askari vomita contra la cadena del ancla de uno de los pocos barcos confederados, en la explanada del museo. Told you this was madness, you see?  Oye que dice el tipo que le vendió el boleto. Y lo mira. Ahora lo ve todo. A su bisabuela caminando por el desierto rumbo a Monterrey, huyendo después de la guerra esclavista entre los texanos y México. A su padre del que nunca ha sabido por qué lo acribillaron. Lo ve todo. A la cangrejita mexicana golpeada por su marido, al muchacho preparatoriano deteniéndose los intestinos con la mano para que no se le salgan por el tajo que hizo el negro, a los salvadoreños baleados en las afueras y arrojados a un pantano junto al Potomac. Lo ve todo. Ve las templos que proliferan en Richmond como en Wáshington. Ve que los postes no tienen carteles que anuncien la segunda venida de Marx. Se ve a sí mismo corriendo hacia el auto. Y lo enciende. Y toma las calles para salir de Richmond. Y en el entronque para tomar la autopista ve un espectacular enorme que reza:

In God’s Country

En la Tierra de Dios. ¿Qué dios es éste? Y piensa que el padre de la muchacha con la playera de Frida tiene razón, que él no quiere morir acribillado en una acera, que cuando llegue el momento tomará un automóvil y subirá en invierno a la sierra de Durango, y se empeyotará, se empastillara, se tomará dos botellas de bacanora e irá a perderse, a pie o a gatas, por el Espinazo del Diablo. Y allá se quedará dormido entre los árboles, entre sus diablos, hasta que lo encuentre la muerte.

 

(Unos kilómetros más adelante, Askari mira la desviación que va a la capilla de Stonewall Jackson: el segundo a bordo en el ejército del General Lee. Askari no tiene ganas de rezar.)

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