Fidelidad al amo

Por Luis Felipe Lomelí

Te conté que estuve en Colombia, ¿verdad?  Sí, en Medellín, de hecho me hospedé en el mismísimo hotel donde se queda el Binomio de Oro cuando va para allá.  La primera los vi en el comedor, desayunándose, yo no sabía quiénes eran pero la mesera me lo dijo.  Chisme completo: nombres, historias, qué instrumento toca cada uno, todo el rollo.  Porque era el Binomio de Oro de América, no los originales, y ahí estaban todos echándose su almuerzo antioqueño con sus arepas, que son así como gorditas de maíz desabridas, su rebanada de queso y su jugo de lulo o de maracuyá, que son unas frutas que se dan mucho en Colombia.  Son bien sabrosas, nomás que aquí no hay.

¡A chingá!, no te burles: te estoy platicando chido y yo pensé que no sabías.  Bueno, no  me esponjo, pero no le pegues al Mandrake.  Además el asunto no es sobre el Binomio sino sobre el vecino de un amigo de allá.  Lo que pasa es que el día que me los encontré almorzando fue el día en que mi amigo me invitó al Parque Zen con su familia y de regreso a su casa, donde íbamos a cenar, nos encontramos el relajo: la bola de gente alrededor, viendo, aventándoles de pedradas a los perros que después de lamer la sangre de la banqueta se aventaban para arrancarles otro pedazo u otro hueso, y los militares que llegaron a dispersar entre camarógrafos y reporteros y personas que iban soltando su versión de los hechos.  Los hijos de mi amigo, Fredy, a la chille y chille y luego que a alguien se le ocurre decir que sabía quién había sido y que se arma el pedo antes de que los milicos pudieran hacer algo.

¿Qué!

Bueno, es que me sacas de onda y se me va el avión.  Con eso de que dices que ya sabes, pues.  Además tampoco soy chido para contar historias.  Pero ahí va de nuez, por partes, y tú interrúmpeme cuando algo no te quede claro, nomás no te claves y ya pásame la guama que te estás haciendo pato para chingártela solo.

Chido.

Fredy fue quien me contó casi todo.  Es un amigo que conocí allá.  Trabaja de consultor de empresas y me daba una clase sobre manejo de personal.  Sólo que cuando eres extranjero medio mundo quiere platicar contigo, te invitan a un lado y a otro, y como Fredy quiere venirse a vivir a México/  En serio, no te rías: quiere venirse a México, así como hay raza que se quiere ir a vivir al otro lado, él se quiere venir para acá.  Lo que pasa es que allá la situación es más dura, de veras.  Y por eso me invitaba a cada rato, para que le platicara qué onda: en qué lugares hay trabajo, a dónde le convenía llegar, todo el pedo.

Pero volviendo.  Ya antes me había platicado de su vecino, una tarde que me convidó a probar el aguardiente antioqueño: está bien sabroso, tiene sabor a anís, que es algo así como dulcezón. Y yo le pregunté acerca de los secuestros, que si en realidad los hacía la guerrilla o quiénes eran los que secuestraban.  Estábamos en una cantina de un centro comercial que está en lo alto, de modo que se puede ver toda la ciudad: más o menos como desde aquí podemos ver Monterrey.  Y me dijo que sí, que sí era cierto lo de los secuestros, que había que tener cuidado.  Algunas veces los secuestradores son de la guerrilla, me dijo, pero también a los narcos y a los paramilitares les da por competir en el negocio.  Y para ejemplificar me comentó de un tío suyo, que era diputado, a quien no pudieron rescatar y luego los secuestradores lo aventaron de un auto a las escaleras del palacio legislativo: amarrado, hasta con tiro de gracia en la sien.  A él, a su tío, lo había secuestrado la guerrilla pero a su vecino –me dijo ese día y después lo supe de cierto—lo había secuestrado el narco.

¿Un cigarro?:  Va.  El vecino de Fredy se llamaba Walter Restrepo Moreno.  Sí, chistoso el nombre: si yo hubiera sido él, jamás habría dicho mis dos apellidos juntos: si fuera moreno, sí; pero si no, pues no.  En fin, el fulano Restrepo, era veterinario y criador de perros, no entrenador: criador nomás, de ésos que se ponen a cruzar unos perros con otros para sacar cachorritos que se venden bien caros.  Quién sabe qué tan rentable sea la empresa, el caso es que la mayoría de la gente siempre quiere ganar más lana, ¿qué no?  Y pues, según luego se publicó en El Colombiano –el principal periódico–, supuestamente este compa se dedicaba a preparar a sus perros para transportar coca.  El proceso es similar al que se usa con las personas.  Se les da a tragar unas cosillas así como ampolletas pero de plástico llenas de polvo y ahí va el chucho con putimil dólares en la panza.  Bueno, primero se les da un purgante para que les quepa más y estén bien hambreados, de modo que cuando les dan las ampolletas cubiertas con jamón ni siquiera las mastican: enteritas se las echan.  Claro que también les dan algo para estreñirlos y que no anden cagando bolsitas de coca por el camino.  Imagínate: el apañadero de raza así como en las piñatas.  ¡A huevo!

Y ya con el perro así, nomás es cuestión de mandarlo a donde se quiera con el cargamento.  Quién va a sospechar de un perro, ¿verdad?, y menos si es de uno de esos grandotes, un mastín, un rotwailer: quién se va a poner a revisarlo.  Luego, ya que llega a su destino en el gabacho o las europas, te esperas a que cague y limpias las ampolletas.  Pinche asco, pero ahí está la lana. A veces a la raza le vale madres, y para no andar luego cuidando a los animales, pues les pasan la filera por la panza y chingue a veinte: fuera coca y el perro a la basura.

Todo iba bien para el veterinario con el negocito, llenando perros de talco para que se fueran a dar el rol, nomás que lo que pasó fue que al compa se le ocurrió jugar por ambos bandos y soltó el pitazo.  O bueno, eso era lo que decía el periódico. Y lo que sigue no lo decía pero me imagino que los narcos tenían orejas en la cuica y, antes de que pudiera pintarse de colores, le cayeron a la casa sus socios.  El día de los aguardientes, cuando ya iban quince días que no se tenía noticia del fulano, Fredy me dijo cómo estuvo, que una noche había escuchado un desmadre y se asomó a la ventana sin prender las luces, no fuera a ser.  Que en la calle estaban dos camionetas Toyota y, metralletas en mano, un grupo de cabrones trepaban a su vecino junto con la esposa y el hijo y/

No, no le hizo el paro la banda.  Allá la gente no se mete hasta que se encabrona.  Es otra onda.  Bueno, depende la colonia, es como aquí: si acá se sube alguien a armarla de pedo, se lo chingan ¿no?, pero allí abajo, en Contry, nel: nadie se mete, ¿verdad?  Y, bueno, pues Fredy vive en una colonia como Contry.  Así que nadie movió un dedo a pesar de que mi amigo vio a varios que también estaban de fisgones.

¿Ya te acabaste la cheve?  Pinche wey, así le voy a hacer cuando tú lleves el cotorreo.

No hicieron un carajo.  O tal vez sí, pero no se supo o sirvió de una chingada.  Ni esa vez ni cuando, me dijo Fredy que le contó su esposa, volvieron las Toyota y las cargaron con los perros del veterinario.  Eso me lo platicó el día que fuimos al parque, el día que durante el desayuno conocí a los del Binomio de Oro en el restaurante del hotel, me dijo que hacía siete días habían ido por los perros.  Íbamos caminando descalzos sobre las piedras del par/  No, es chido, lo que pasa es que dicen que es la copia de un parque japonés y la idea es caminar descalzo para que te den masaje las piedritas y la arena y un montón de ondas que tienen allí.  Sí, es público.  Y gratis.  Y tiene una zona para los niños, así que se la pasa uno bien tranquilo.  Claro que al inicio te da asco poner las patas donde las ha puesto un chorro de gente, pero Fredy estaba bien contento presumiéndome el parque y ni modo de decirle que no.  Luego me puse a pensar en otra cosa y sí se siente chido, neta: me cae.  ¡Ah que la chingada!  No, no tengo hongos en las patas.  Y ya deja te termino de contar.  Pásame los cigarros.

Del parque nos fuimos a mercar un disco del Binomio para conseguir el autógrafo al día siguiente y luego a casa de Fredy, porque me había invitado a cenar con su esposa y sus hijos –como te había dicho.  Allí estaba el desmadre.  Se dijo que hacía veinte minutos se habían ido las mismas camionetas Toyota después de amarrar a la reja al veterinario y a su familia y soltarles a los perros.  Los niños se pusieron a la chille y chille cuando vieron el pedo y Fredy mandó a su esposa para que se metieran todos a la cocina y cerraran la casa.  Nosotros nos quedamos.  Allí estaba lo que quedaba de los cuerpos del veterinario, su esposa y su hijo.  Pura pedacera, tirlangas sanguaseadas. La gente medio ahuyentaba a los perros pero éstos no se iban lejos a pesar de las piedras y a cada rato volvían, primero, a lamer la sangre de la banqueta otra vez y, luego, a avalanzarse contra los cadáveres mientras los reporteros filmaban entre preguntas a la raza y otros lanzamientos hasta que llegaron los milicos y, derecho, se pusieron a plomear a los mastines y a los rotwailer.  Que, como quiera, ya estaban más tranqueques, porque ya llevaban un rato entrándoles al veterinario y su familia.  Es más, uno ya se andaba yendo con la pantorrilla del huerco en el hocico, como que ya con eso tenía suficiente.

Luego llegó la ambulancia, o ya había llegado, o quién sabe.  El caso es que de todos modos estaba de oquis porque nomás sirvió para trasladar los cuerpos una vez que los desamarraron de las rejas. A los cadáveres de los perros los tiraron a la caja de una de las camionetas de los militares.  También llegaron los bomberos, para limpiar a chorrazos la sangre y los trozos de lo-que-sea que habían quedado tirados.  Todos seguíamos ahí.  Luego un fulano dijo que sabía quiénes eran los cabrones de las camionetas, y dónde vivían.  Entonces se prendió la raza y los militares se hicieron guajes: tiraron a lión que la banda se estaba organizando, diciendo que les iban a ir a partir su mandarina en gajos.  Fredy me dio las llaves de su coche para que me largara al hotel, que eso era cosa suya y no me correspondía, que como extranjero podía tener broncas si participaba.

Y pues le hice caso, compa, ¿tú qué hubieras hecho?  No, pues yo sí soy sacatón.

Al día siguiente Fredy no me quiso comentar de lo ocurrido pero en el restaurante del hotel, mientras esperaba con mi disco a que bajaran los del Binomio, vi en El Colombiano la foto los cuerpos del veterinario y su familia amarrados a las rejas, chingos de sangre, los intestinos azules del morrillo chorreados por el piso, a la ñora y al compa les colgaba la carne como si fueran hebras, y faltaban dedos y manos y pedazos grandotes porque ya ves que los perros esos tienen un hocico bien machín. Pero también estaba la foto de unos cabrones desollados, con la piel arrancada, atados a unos postes de teléfono.  La nota decía que un grupo de civiles los habían desollado en venganza, y yo creo que fueron mi camarada y sus compas aunque el Fredy ya no quiso tocar el tema y cuando le preguntaba se hacía pato –así como tú te haces pato con la guama.

Los del Binomio ya no bajaron a almorzar, la mesera me dijo que se habían ido muy temprano. Me quedé sin el pinche autógrafo.

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