Gente sencilla del campo

Por Luis Felipe Lomelí

Tenía que estudiar antes de irme al concierto con Alicia. Pero en lugar de hacer eso estaba, bajo treinta y cinco grados y frente al ventilador, escribiendo por doscientos pesos un ensayo sobre el racismo para que un amigo arquitecto aprobara su materia de valores socioculturales.  Tarea fácil, de eso sacaba para las cheves y algo más.  Total, quién habría de sospechar de un estudiante de ingeniería.  Así que estaba yo explayándome acerca del porcentaje de morenos y blancos en el área metropolitana de Monterrey, dividida previamente en zonas según los datos del INEGI sobre el ingreso económico, cuando oí que desde la calle gritaba Roberto.

–¿Lobo estás ahí?

–Nooooooo, me estoy bañando.

–Jugaremos en el bosque/ mientras el lobo no está/ porque si el lobo aparece/ a todos nos comerá.  ¿Lobo estás ahí?

–Nooooo, estoy haciendo fraude académico con un ensayo sobre el racismo en Monterrey.

–Ji ji ji ji ji.  ¡Ya ábreme cabrón!

Roberto siempre encontraba alguna estupidez nueva para gritarme, yo era menos imaginativo pero me latía seguirle la corriente.  Una vez el cabrón gritó: ¿no estoy yo aquí que soy tu madre?  Y terminamos con la cabeza gacha escuchando la perorata de una ñora, de ésas que nunca se quitan el delantal, que por casualidad barría la banqueta en esos momentos: sí, señora, usted disculpe, no lo volveremos a hacer.  Por lo menos al Beto sí le caía el veinte de cuándo tenía que dejarse de mamadas para no meterme en broncas, a diferencia del Ruso que era especialista en cagarles los ovarios a las meseras del Vips al grado que estuvimos a punto de que no nos volvieran a dejar entrar.

Le aventé las llaves por el hoyito del mosquitero y el enrejado de la ventana de mi apartamento.  Volví a mi Olivetti con ganas de terminar el ensayo con algo así como: sí, la sociedad regiomontana es una mierda.  El problema es que mi cuate el arquitecto había nacido en Monterrey.  Bueh, lo podría terminar más tarde, a fin de cuentas él tenía que entregarlo después de la comida y aún quedaba harta noche y harta madrugada para darle y luego estudiar para el estúpido examen de Electrónica I.  Eso pensé, aunque lo más seguro es que no fuera a estudiar –como en efecto pasó—pues me parecía una pendejada la dichosa materia, una estupidez que nos hicieran armar circuitos con chips obsoletos que sólo se vendían con fines pedagógicos en las repúblicas bananeras como México, prefería que nos pusieran a reparar hornos de microondas o algo más práctico que armar interfases análogo-digitales: lamentablemente, las preferencias de un estudiante no son exactamente las preferencias de los maestros.

–¿Qué onda, wey?  Traje a una amiga—dijo Roberto sacando una caguama de la bolsa de su pantalón.

–¡Chingón, my friend!  ¿Y qué pedo, te la robaste como los cabrones de la película de Kids?

–A huevo, wey.

–¿Te cae?

–Nel, wey, eso quería pero los vatos del Super 7 de acá están bien a las vivas, como que han de ser una bola de ratas los estudiantes de por aquí.

La destapamos.  Me comentó de la hermana de una amiga de él que se había sentido Alfonsina y, después de emperifollarse, caminó por la arena hasta terminar ahogada entre el petróleo y el agua salada de Tampico.  Luego nos preguntamos sobre si aún existía alguna manera de suicidarse que fuera original.  No encontramos ninguna.  Le platiqué sobre la mona que escribió que mañana me llenarán la boca de flores, sobre el tío chef que decidió asesinar a mi tía con ligeras dosis de cianuro, sobre otro tío que –en su camino al seminario—durmió en Roma entre las ruinas de la Segunda Guerra y al despertarse entre ratas y a lado de una calavera sintió hartas ganas de desayunarse unos chilaquiles.

–No mames, wey, hay que dejar de leer.

–¿Por qué?

–Pues porque, wey, es de la mierda ver que hay un chingo de banda a la que sí le ocurren cosas interesantes, mientras que nosotros lo más cabrón que le podemos contar a nuestros nietos es que pasamos algunas borracheras y ¡putas! sí, podemos aderezar un chingo la anécdota, pero a fin de cuentas nomás nos damos atole con el dedo y siempre nos queda el desasosiego de saber que nuestra vida es de lo más pinche aburrida del mundo, wey, que nunca nos ha pasado nada que valga la pena y hacernos chaquetas mentales sobre por qué Livingstone se quedó a vivir entre los pinches africanos cuando bien pudo haberse regresado a coger a cuanta londinense pudiera engatusar con sus historias del continente negro.  Por eso estamos solos y por eso hay que chingarnos esta guama.

Prendimos un par de Alitas.  Nadie usa palabras como desasosiego más que Pessoa y los que hemos perdido el tiempo leyéndolo.  Así que hablamos sobre el portugués mientras nos terminábamos la cheve y yo miraba de cuando en cuando hacia mi libro de electrónica, hacia mi máquina cuya hoja mostraba el ensayo inconcluso.  Por qué no ser como Pessoa quiso que fuera Álvaro de Campos.  Por qué leer a Pessoa cuando a uno se lo carga la mierda, por qué no esperarse a estar tan feliz como para sentirse parte de los árboles y de los cables de acero que atan a los postes de teléfono.  Pero de Pessoa pasamos a hablar del Tajo y de los ríos, a contar anécdotas de la infancia que tuvieran ríos y piedras de río, de cuando quise atrapar chacales para que una señora me hiciera una sopa de langostino y terminé con los dedos hinchados por las quelas.

–¡A qué pendejo estás, wey!

–Ya te quiero ver, cabrón, atrapando langostinos.  No es fácil, pendejo.

–Oh, chingá, wey, no te esponjes.  ¿Qué vas a hacer hoy?  –preguntó antes de empinarse de filo lo que quedaba de cerveza.  Siempre ha tomado más rápido que yo el cabrón y, por tanto, siempre me toca menos.

–A las nueve y media me quedé de ver con Alicia para ir al concierto de Milanés.

–¿Y te la vas a coger, mi rey?

–No sé.  Sólo si ella hace algo.  Ya ves que soy bien pendejo.

–Bueno, wey, pues en ese caso: vámonos al desierto.  ¿A poco no estás hasta la madre de la ciudad?

Estira y afloje.  Le dije que no la podía dejar plantada porque ya lo había hecho las dos veces anteriores y además ella me había regalado el boleto.  Que sí tenía un chingo de ganas de largarme de la paradisiaca ciudad de Monterrey pero que teníamos que llegar a tiempo de vuelta, que no fuera a salir con mamadas de que había que pasar la noche a la intemperie ni pendejadas de ésas.

Guardé los Alitas en la bolsa de la camisa.  Tomé la botella de whisky que recién había comprado (sabor no tan pinche y borrachera garantizada con la mítica promesa de que el escocés no genera cruda).  Roberto dijo que por eso me quería y preguntó si no tenía algunas tortillas o lo que fuera por si nos daba hambre.  Tomé una bolsa de papas fritas de Sebastián, mi compañero de depa,  y bajamos del edificio hablando de Lawrence de Arabia y demás estupideces desérticas que dieron para seguir la conversación hasta que quité el bastón de seguridad, el coche se calentó después de un cronometrado cigarro, y tomamos por Avenida Garza Sada y luego por Avenida Constitución.  Las manos me brincaban de tanto en tanto, ya quería llegar a la carretera para poder tomar sin miramientos de la botella, para que por fin dejaran de desfilar los edificios a cien kilómetros por hora y nos encontráramos en otro desierto, en uno que no hirviera en desesperanza de adolescentes que rondan por la Macroplaza en busca de algo más que algodones de azúcar.

Sintonizamos el estéreo en Radio Nuevo León para ponernos a identificar las rolas de música clásica con comerciales de la tele.

Entramos al municipio de Santa Catarina entre las fábricas y los arrabales que penden del Cerro de las Mitras hasta el lecho del río, a lado de los tráilers y las filas de gente en las paradas de los camiones urbanos, en esta zona en donde la ciudad se siente más percudida que de costumbre: un pinche mugrero, como dijeran los regios.  Ciudad embadurnada con hollín y grasa, ceniza de crematorio.  Tráilers y filas de gente.

–No mames, wey, a de ser bien cabrón ser trailero ¿no?

–Se me ocurren varias razones, pero suelta primero tu idea.

–Pues porque te la pasas todo el tiempo solo.  Y lo culero no es la soledad en sí, lo culero es tener tanto tiempo para pensar en ti mismo, wey, para aventarte tus terapiadas hasta recordar por qué fue que una vez te masturbaste con aguacate o cualquier pendejada: por qué te da miedo ser tú el de la iniciativa con las viejas o hasta por qué no te gustan los garbanzos.

–Eso sería lo de menos, ca’on.  Supón que tienes un pedo porque crees que tu vieja coje con tu carnal y te toca la corrida de Ciudad Juárez a Ciudad de México.  No mames, sería como el chiste del wey que va a pedir un gato para cambiar su llanta: de tanto pensar en el asunto terminas convenciéndote del peor caso y llegas a tu casa, cruceta en mano, y en cuanto tu vieja sale a recibirte le sorrajas de putazos con el fierro gritándole que es una puta.

–A huevo, wey.  Puede que eso sea divertido ¿no?

–Igual.

–Neta, cómo se sentirá darle de putazos a alguien con un tubo.

–¿A poco nunca lo has hecho?

Nos detuvimos en el último Super 7 que hay en la carretera de Monterrey a Saltillo.  Dimos vueltas por el establecimiento.  Tomamos una bolsa de cacahuates japoneses, unas botellas de agua.  Compramos otras dos cajetillas de Alitas.  A la salida, mientras yo checaba el aire de las llantas, Roberto se puso a platicar con un ruco que boleaba zapatos.  Me acerqué a ellos.  Roberto tenía en las manos Muerte en Venecia y, nada más y nada menos que, Absalón, Absalón.  Eran del bolaeador y nos dijo que los mostraba a trueque porque ya los había leído, que nos recomendaba el de Faulkner.  Corrí a la cajuela del coche, donde a veces dejaba olvidados los libros que no habían sido de mi agrado, para ver si encontraba algo con qué hacer el negocio: carajo, recién había limpiado el auto después de un buen.  Le preguntamos al ñor si siempre se ponía ahí, dijo que ey, que la mayoría de las veces, y quedamos en volver para catafixiarle unos librucos.

Los agradables treinta y cinco grados iban descendiendo de a poquito mientras salíamos del estacionamiento tragando cacahuates japoneses y hablando de una película en donde el boleador de zapatos era el vato más cabrón de todos, el más culto, el que tenía la información más choncha, al que iban a visitar detectives y astrólogos, y que de seguro el ruco con el que nos acabábamos de topar tenía doctorado pero requería pasar de incógnito porque era un perseguido político o que, a lo mejor, el compa se había encontrado los libros tirados y nomás decía que los tenía a trueque para ver qué cara ponía la banda.  Ideamos varias historias, todas igual de malas o igual de clichés: el sesentayochero que se perdió en las drogas, el escritorcito que nunca quiso venderse al sistema y demás pendejadas.

Por fin la ciudad se fue quedando atrás y sólo rebotaban contra los cristales del auto los trozos de concreto desperdigados que salpican el desierto, como semillas de la ciudad que será después: las vulcanizadoras que se recorrerán varios kilómetros con los años, los chatarrales.  Le di un trago largo a la botella de whisky antes de tomar la desviación a Villa de García.  Desierto. En lontananza las dos fábricas que resguardan la carretera como monumentos de algo que fue o que será.  Roberto sacó la cabeza por la ventana, como los perritos.  Luego la metió y me preguntó si había visto lo cabrón que se veían las fábricas al atardecer, así como sacadas de una película futurista de los años treintas.

–Pues sí, cabrón, veníamos juntos cuando las vimos.

–¿Te cae?

Pero aún faltaban dos horas para el atardecer, a lo mejor de regreso nos tocaba revivir la panorámica.  Por lo pronto nos podíamos contar historias sobre fantasmas con olor a herrumbre.  Todo sería cuestión de parar y contársela al velador para que en corto se convirtiera en verdad a voces: pues dicen que por acá, en las noches en las que se le forma el halo ése a la luna, el como circulito, en el cuarto de las calderas…  Así habíamos hecho cuando se nos ocurrió la historia de un Ruta 1 fantasma que se lo había llevado la corriente del Santa Catarina cuando el Gilberto y desde entonces aparecía y desaparecía en las tardes de tormenta: fuimos y se la contamos a dos o tres choferes de la misma ruta y, un año después, platicando con otro chofer del Tec-San Nicolás, él me reseñó nuestra historia con harto aderezo.  Fue un buen paliativo: si de nuestras vidas no había nada interesante que contar, por lo menos podríamos crear leyendas urbanas.

–Oye, wey, ¿dijiste que ibas a ir con Raquel al concierto?

–Nope, con Alicia.

–Mal pedo, ¿la vieja se sigue dando su taco?

–¿No quieres mejor que hablemos de la taxonomía de los invertebrados endémicos a Madagascar?

–‘Ta bueno, wey, no te enojes.

El oasis de Villa de García a la vista.  Justo antes de entrar a la parte de la carretera con camellón bajé la velocidad para que no me fueran a chingar los tránsitos del pueblo.  Por suerte sólo había tránsitos por aquí y no judiciales ni sorchos como en Real de Catorce, así que siempre era una mejor opción venir para acá por peyote.

–¿Y tú qué pedo con Lucía?

–Pus ahí va, wey, aún se coje rico.

Pasamos Villa de García para enfilarnos hacia Icamole y luego agarrar hacia Las Azufrosas.  Le comenté que a lo mejor conseguía que nos dieran un espacio en la radio para que hiciéramos un programita, dijo que estaría chingón, que siempre es a toda madre saber que la banda escucha tus pendejadas.  Y fue lo último que se dijo de ahí hasta Icamole: un recorrido de cigarros sin filtro y tragos de whisky, de gobernadoras a treinta grados y Brahms en tres movimientos.  Luego silencio de motor de auto, apagar el estéreo.  Silencio que no necesita de nada para estar a gusto.

En el falso pueblo fantasma de Icamole estuve apunto de atropellar a un morrillo y a Roberto le dio tristeza un viejo que fumaba solo sobre una piedra.  Vimos algunas gallinas, un burro.

–¿Leíste Platero y yo, wey?

–Simón.

–¿Y te latió?

–Nel, pinche vato maricón y cursi empelotado por su puto burrito.

–Órale, wey, a mí sí me latió.  Cuando viví en Oaxaca de niño tenía un burrito y era pocamadre dormirse arriba de él.  Están bien acolchonados los cabrones.

–Pus chido, ca’on.  Pero igual se me hace recursi y ridículo el libro.

–Lero lero, tú no tuviste burrito, tú no tuviste burrito.

–Pus no, ca’on.  ¿Que no te has fijado que es medio cabrón tener burros en un edificio de departamentos?

–Tú no tuviste burrito, tú no tuviste burrito.

–Pero tú no tuviste pecesitos.

–Sí tuve.

–¿Y conejos?

–También.

–¿Y tortugas?

–A huevo, mi rey.

–Pues chinga a tu madre, cabrón.

Una vez en la brecha rumbo a Las Azufrosas acomodé el bastón de seguridad en el acelerador para sacar el cuerpo y sentarme en el filo de la ventana del carro.  Roberto también se sentó en el filo de su ventana, así que quedamos con el techo de por medio, sintiendo el aire tibio pasar entre las axilas.  Con la mano izquierda hacía como que controlaba el volante y dos o tres veces tuve que volver al asiento para acomodar otra vez el bastón puesto que el auto quedaba o acelerado de más o de menos.  Alrededor sólo yucas, gobernadoras, viznagas, algún huisache perdido y chaparro y tierra, mucha tierra, tan vasta y tan inútil como la meta de cualquiera.

–Neta que esto es bien instintivo, ca’on.

–A huevo, wey.  Imagínate a un león sacando la cabeza por la ventana.  Se a de sentir bien chingón el aire en la melena ¿no?

Seguimos así, hablando de cualquier tontería, acabándonos los cigarros, rolando la botella y yo, de cuando en cuando, bajando hasta el volante para sortear los hoyos de la brecha.  Un rato después nos detuvimos para echar una miada, como dice Sabina, haciendo circulitos.  Del lado izquierdo del automóvil quedaba un cerro un tanto empinado, pelón, y nada ni nadie más en la cañada de cerros alzados en farallones.

–Qué pedo, ca’on, unas carreritas a ver quién llega primero a la punta del cerro.

–No mames, wey, yo me quería tirar en la arena.

–Luego te tiras, no seas huevón.

Después del consabido “en sus marcas” retamos a nuestros pulmones y a nuestro hígado para que nos llevaran hasta la cima.  Roberto cogió la delantera, al llegar a las faldas del cerro se alerdó y conseguí rebasarlo.  Iba asombrado de que mis bronquios no se me hubieran salido por la boca mientras alcanzaba tres cuartas partes del cerro cuando voltee a ver a Roberto justo en el instante en que se tropezaba con una piedra y se iba de bruces.

–Qué pedo, ca’on, ¿te caes de hambre?

–Vete a la verga, wey: ya ganaste.

Nos quedamos sentados un rato, cada quien en su lugar del cerro.  No alcanzaba a verse ningún vestigio de civilización y los caminos se difuminaban entre la tierra árida.  Me quité la camisa.  Y bien me daban ganas de encuerarme pero me daba más hueva volverme a vestir, así que nomás me bajé los pantalones para sentir el aire entre los testículos.  Harto refrescante el asunto en una tarde que menguaba después del calor de inicios del supuesto otoño regiomontano.

Luego regresamos al carro corriendo, dando vueltas por la ladera del cerro (aunque, claro, ya con los pantalones puestos).  En un resbalón me llené la mano derecha de aguates de una viznaguita que me hizo mentar de madres y anhelar que, si hubiera sido peyote, en lugar de dolor me habría dispuesto a contemplar todo con colores más bonitos.  Pero no, nomás un pinche whisky que por más tragos que le daba se empeñaba en no causarme ningún efecto.

–No mames, ca’on.  Un día de estos deberíamos de traernos dos viejas para cogérnoslas aquí.

–Ay sí, wey, y qué tal si en una de ésas volteo y te veo tus pinches nalgas albinas: ¡me vas a cortar toda la puta inspiración!

–Y qué pedo: ¿tú crees que me excita verte tus pinches tatuajes?

–Ah, ¿a poco no te late el de mi cuate el Quetza?

–Bueno, cabrón, te aviento por aquí y yo me voy a coger un kilómetro más pa’llá.

Volvimos a andar en el auto y unos minutos más adelante nos encontramos con un páramo de pura tierra.

–¿Unos trompitos, wey?

Aceleré el coche.  Di el volantazo.  El pinche carro ni siquiera se coleó. Volví a acelerar, a dar el volantazo metiendo el freno de mano (como previamente me había dicho Roberto cagado de risa).  Ahora sí que dimos vueltas y quedamos estacionados, tosiendo a mitad de una inmensa nube de tierra.

–Va de nuez, ¿no?  Pero ahora sí le subimos al vidrio.

Uno y otro más.  Y otro. Y otro.  Sentía que el pinche coche en una de ésas se iba a dar el volteón.  Un trago de whisky, una calada al cigarro y otra vez a dar vueltas, a sentirnos partícipes de la Baja 1000 o de la París-Dakar.  Roberto puso un caset de Korn, subió el volumen y yo salí del páramo para meterme a la brecha a lo más que podía acelerar.  El auto rebotaba en los hoyos y contra las piedras.  Otros tragos de whisky y justo pasar la botella para rectificar el volante y no terminar contra el tronco de un mezquite.  Las bocinas sonaban a todo.  Hacer mierda los amortiguadores.  Hacernos mierda contra una roca.  Más whisky.  Otro cigarro.  Roberto se dio un putazo en la cabeza contra el techo del carro, y yo ya no podía mantener las manos en el volante cuando nos encontramos frente a una encrucijada.

–¡Trompito, trompito!

Paramos apenas antes de darle en la madre al letrero de madera que dice “Las Azufrosas”.

–¿Para dónde, ca’on?

–Para allá.

Y le dimos para allá, sin acelerarle tanto para poder bajar los cristales.  Roberto bajó el volumen del estéreo y comenzó a hablar sobre el pedo de los caníbales rusos, que ahora que había terminado el comunismo –donde les enseñaban tanto a querer a sus prójimos, siempre y cuando no tuvieran ojos chales o rasgos árabes—algunos vatos querían terminar de terminar el comunismo comiéndose a unos cuantos conciudadanos para demostrar que eso de la cofradía y El Nuevo Hombre Soviético eran pura mamada.

–Y arribar al capitalismo con sus quince minutos de fama.

–Para eternizar a Warhol.

–A huevo.

Comentamos que deberíamos de hacer algo así para darle un poco de emoción a los días, para encender la chispa de la vida.  Tal vez no comer banda pero ¿qué tal ir a asaltar camiones vestiditos de traje y corbata como en la Ciudad de México?  ¿O asaltar bancos?  ¿O navajear indigentes?  Saltaban las ideas y al mismo tiempo las íbamos desechando por ser, a fin de cuentas, copias de lo que habían hecho otros vatos: así como la pendeja que se creyó Alfonsina.  Pero igual llegaban otras ideas entre tragos de whisky y ya habríamos de encontrar algo: niños bomba, coches bomba, camellos bomba, perros callejeros bomba, gatos bomba.  Terrorismo en el campo con vacas bomba.

–¿Y si mejor nomás nos bajamos a buscar peyote, wey, porque esta pendejada no me ha hecho efecto?

–Va.

Y estacioné el auto y bajamos a buscar el peyote aunque en realidad el único que buscaba de veras era Roberto pues a mí ya se me hacía que era hora de agarrar viada de vuelta a Monterrey para estar a tiempo del concierto con Alicia.  Caminamos separados para abarcar más superficie.  Al inicio hacía como que me fijaba bajo las gobernadoras, después ya nomás caminaba por caminar: mirando hacia ningún lado, al cielo.  Empecé ¡por fin! a sentir la tranquilidad del whisky.  Busqué el sol, ya se había metido y lo mejor del caso es que jamás me di cuenta de cuándo había sido el atardecer.  Sólo pardeaba.  La temperatura era ya agradable, tal vez unos veintiocho grados.  Caminar y caminar.  Hacer el Camino de Santiago.  Volverse matachín.  Tal vez ése podría ser todo el asunto, eso pensé: de qué sirven las grandes anécdotas, ¿es sólo que el camino es diferente? ¿o que las grandes anécdotas son de aquellos pendejos que se fueron por la vereda más pinche?  Caminar.  Se hacía tarde, se hacía noche la noche y alcé la cara para ubicar a Roberto.  Nada a la redonda.  Un par de gritos, la voz lejana.  Y síguele gritando para ir en la dirección correcta.

–¿Algo de peyote?

–Ja ja ja ja.  Nada, este lado del desierto vale para pura chingada. Ja ja ja.

–Je je je.  Ni pedo.  Oye, mejor ya vámonos porque sí quiero llegar con Alicia.  Je je je.  No mames, sino la pinche vieja si se va a encabronar, je je, y yo voy a seguir en ayuno.

Nomás que cuando quisimos ubicar el coche, el coche ya no estaba.   Sólo desierto al entorno y el mareo del whisky, ahí sí, comenzando a trepar cual montones de hormigas arrieras desde los pies hasta la columna, por los muslos, por los brazos.  La pregunta entre risa del no mames, wey, pa dónde está el coche.  Y la risa que siguió después de que cada quien señalara una dirección diferente.  Atisbo de miedo.  Pero la risa y la moda del consenso nos llevaron a tomar la dirección que quedaba en medio de los vectores de las manos.

–No mames, wey, como que ya se me subió el pinche whisquito.

–Chingón, ¿no?  A ver si llegando pedo, ahora sí me animo a tirarle sus cantadas a la Alicia.

Seguimos andando pero de mi cochecito ni la sombra.  Cada vez era más complicado distinguir los objetos a distancia.  En el cielo iban apareciendo las estrellas y se mudaba del azul al negro.  Tampoco se miraba luz alguna a la redonda, sólo desierto.

–Chale, ca’on, creo que ya estoy pedo.  Tú nomás aguado para que en cuanto veas una mancha blanca, ahí nos vamos tendidos.  ¡Coche!  ¿’On’ ‘tás, cabrón?

–Pinche coche culero que no responde, ¿edá?

–Ei.

Y siguió sin responder mientras la luna era eructada por un cerro y no te separes, wey, que ahora sí no se ve casi ni madres.  Detrás del horizonte el reflejo de la olla de luz regiomontana.  En lugar de llegar a la brecha donde estaba estacionado el auto, nos encontramos contra un lienzo de alambre de púas.  Tomamos otra dirección.  Volver a caminar.  Se obscurecía.  Se hizo obscuro.  La luna a un cuarto hacía posible ver a dos metros de distancia.  Ni una veredita, nada.  Pero con el alcohol la vida es más sabrosa y nos reíamos.  Cada quien contaba de alguna otra ocasión en que se hubiera perdido, casi siempre era en ciudades, entre edificios, salvo una vez en que Roberto se perdió en una milpa y otra en que yo me perdí por los bosques de Tapalpa y terminé empachándome con zarzamoras para matar el hambre.

Pasé de la preocupación por dejar plantada a Alicia a reírme porque no me iba a creer que me había perdido en el desierto y allí iba a terminar el pedo, adiós a la posibilidad de cogérmela como conejitos.  El ensayo del racismo no me tenía con pendiente pues aún faltaban muchas horas y el examen de electrónica me importaba tanto como el consumo de proteínas en Lituania.  Luego encontramos una vereda y nos fuimos por ella bajo el supuesto de que todos los caminos llevan a Roma, a la brecha principal.

–Se ven chidas las estrellas, ¿no?

–Simón, aunque se verían mejor si no hubiera luna.

–Ei.  ¿Por qué crees que a la banda le da por pensar en Dios cuando ve las estrellas?

–Tal vez porque se sienten chiquitos y como siempre les han enseñado que lo pueden todo, al toparse con algo tan grande, tienen que suponer que debe de haber alguien más que pueda con ello, que sea su autor.

–Qué cagado, ¿no?

Íbamos tranquilos, confiados en que la vereda nos llevaría a la brecha.  Pero la vereda nomás llegó a un páramo pelón donde no continuaba a lugar alguno.

–No mames, wey, ahora sí que estamos bien perdidos.  Ja ja ja ja.

–Je je je, a huevo.  Ahora para dónde.

–Pos pa’ donde chingados sea.  ¿Tú tienes alguna idea de dónde está el coche?

–Nel. Je je je.

–Ja ja ja.  Ni yo tampoco, wey, ya valimos verga.

Y otra vez a caminar entre las gobernadoras, a decirnos de cosas hasta que se nos acabó la plática y nada más quedaba caminar, darles vuelta a los asuntos propios del silencio.  La euforia del whisky se pasaba y nos iba cercando el vacío.  Entonces escuchamos un ladrido de perro y, como un perro siempre es señal de civilización cercana, nos dirigimos al lugar de donde provenía.  Ladraba el perro, caminábamos.  Comencé a sentir sed pero no dije nada al respecto para no empezar con la desesperación.  Ladraba el perro.  En un momento de entusiasmo repentino decidimos correr pero la poca visibilidad y los arañazos nos hicieron desistir.  Lo malo del asunto es que, no obstante los ladridos, no se veía bombilla eléctrica alguna.

La sed siguió en creccendo y las piernas comenzaban a dar de sí.  Cómo será morir en el desierto, esperar entre desmayos a que lleguen los zopilotes, las hormigas, las ratas.  Dear Hemingway, I was thinking about your snows of Kilimanjaro cuando me dieron ganas de rascarme un huevo.  En eso, oh sí, una lucesita.  Ahí, derecho.  A de ser de una casa, ya la hicimos.  A huevo.  Y las platicas que llegaron con la alegría de volver a Monterrey y cenar unos tacos de barbacoa, decidir entre las taquerías posibles: cuántos vas a querer.

Conforme nos íbamos acercando comenzamos a escuchar voces.  Mejor aún, así no tendríamos que despertar a nadie.  Tal vez hasta nos invitaban a cenar y acariciábamos al perro salvador.  Pero no nos invitaron ni un carajo.  De hecho, cuando llegamos, las señoras se metieron a la casa con los niños y un par de rancherotes muy amables nos preguntaron que qué chingados queríamos.  Y ahí estuvimos de sumisos: buenas noches, cómo llegamos al camino.

–Cuál camino, pela’os.

–Bueno, a Las Azufrosas.

–Denle para allá.  Y rapidito, pela’os, porque se ve que ustedes no son de por aquí y como que no me agrada verlos.

–Es que andamos perdidos.

–Eso dicen todos.

–Gracias, con permiso.

–Y mucho cuidado que si me entero que hacen alguna tontera, aquí los ajusticiamos y los dejamos en pelotas amarrados de un tronco.

–Con permiso, gracias.

Nos alejamos en chinga, “para allá”, en silencio, después de despedirnos de los tres perros.  Ya que estábamos un tanto retirados nos pusimos a mentarle de madres al pinche rancherote culero y a su compadre.  Pues qué pedo, a poco nos vemos tan gañanes o qué chingados.  Pero otra vez estábamos contentos a pesar de que la sed crecía y la borrachera se comenzaba a convertir en cruda y los pies amagaban con una huelga próxima:  llegaríamos a Azufrosas, nos darían de beber, yo traía veinte dólares y con eso podríamos pagar una habitación y hasta mañana, o de Azufrosas a la encrucijada y al auto y a Monterrey con sus tacos y algo qué contar para el día siguiente.  Lo que no sabíamos es que habría de sucedernos como al personaje de Norman Mailer que tiene que reconstruir toda la noche anterior a causa de un tatuaje y al olvido causado por el whisky.  No sabíamos que los cabrones de Azufrosas no habrían de aceptar dólares, que todos los demás rancheros serían tan cándidos como los dos anteriores, que la sed nos iría rasgando la garganta al grado de tomar con gusto el agua que nos dio un vato de Azufrosas en un bote de pintura Comex, y olía a mierda, pero estaba fresca, y sentíamos que unas cosas suavecitas se resbalaban por la garganta y la lengua, pero estaba fresca y no teníamos la más mínima intención de mirarla, de comprobar que esas cosas suavecitas eran lama o algo más.  Y nos dolían las piernas y mentábamos de madres por la hospitalidad de la gente mientras la cruda nos propinaba un dolor de cabeza tremendo y llegamos a la encrucijada del letrero de madera pero no sabíamos hacia dónde habíamos tomado, Roberto ni siquiera recordaba la encrucijada.  Entonces sí a reconstruir el pasado con jirones de recuerdo, a contarnos a nosotros mismos lo que ya dije: identificar el lugar donde hicimos los trompitos sin saber si eso había sido antes o después de la encrucijada, mientras tanto la sed volvía a rebanar las ganas y las piernas gritaban que ya, carajo, y el dolor de cabeza y caer en cuenta de que había dejado las llaves pegadas en el auto.

Cuánto tiempo pasó.  Sólo hasta que llegamos al cerro de las carreritas, la memoria fue clara en que todo eso había sido antes de dar vuelta.  Así que regresamos por el mismo camino, en la encrucijada tomamos por la derecha y seguimos, ahora con frío, quién sabe cuántos grados, y menor visibilidad pues el cielo se llenaba de nubes.  Pensar en que lo único que nos faltaba era un aguacero y luego rectificar porque, claro, podían pasar cosas peores: qué tal si alguien se había robado el coche que bien podía ser esa mancha, allá: en frente.  Bien podía ser pero mejor no decir nada para no causar júbilo a lo pendejo.  Mancha que aparece y se va y vuelve a aparecer.  ¿Será?  ¿Habrá sido así?  Y nos volteamos a ver varias veces.  Silencio. Otra vez.  Mancha que se hace más grande pero no se distingue.

–¿Tú qué crees, wey?

–Pus igual, ¿no?

–¿Te cae?

–A correr.

Sí fue.  Sí era y no eran exageraciones todas esas lecturas sobre náufragos y perdidos en el desierto.  Corrimos como imbéciles.  Corrimos.  Cada quien tomó una de las botellas de agua que habíamos dejado en el carro.  Y a la cabeza para calmar el dolor, a la boca: de corrido, traguiteada, haciendo buches.

A las cuatro y media de la mañana llegamos a Monterrey y tuvimos que esperar a que fueran las cinco para zamparnos unos tacos mañaneros (previa parada en el cajero automático).  Aventé a Roberto en su casa y quedamos en volver donde el boleador para intercambiar librucos.  Terminé el ensayo sobre el racismo agregándole algo sobre la desconfianza de los norteños.  Presenté mi examen de electrónica cabeceando sobre la butaca.  Luego volví al departamento para dormir sin rienda.  Después le hablaría a Alicia confiado en que jamás habría de salir con ella de nuevo.  Nadie sospecha de un estudiante de ingeniería, carajo, y pensé que tal vez estaría bien hacer eso que dijimos luego de hablar de los caníbales rusos.

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