Lluvia Lucía

Por Luis Felipe Lomelí

A Lucía Pérez-Duarte

 

“Cada vez que alguien se enamora,

llueve en Monterrey.”

Álvaro Cueva

DETRÁS DE LA VENTANA ESTÁ LUCÍA, mirando al Cerro de la Silla con sus farallones y ese color verde que desde lejos la hace sentir como si todo estuviera cubierto de un follaje exuberante, de un bosque en donde hubiera podido ir a jugar cuando era niña y usaba esos vestiditos blancos con lazo y florecitas de encaje en punto de cruz.  Habría jugado a encontrar duendes que la hicieran reír debajo de un olmo, que la llevaran a donde está la olla inmensa con monedas de oro, en una tarde húmeda y lluviosa, después de la lluvia, al final del arcoiris.  Imaginaba ser la niña con tobilleras dentro de los cuentos que le leía su madre, una vez que la arropaba con las cobijas, antes de darle el beso de las buenas noches.  En una tarde lluviosa, después de la lluvia; abrazando a “Tin” su perrito de peluche.   Y es tan extraño que llueva en Monterrey.  Pero Lucía ve cómo se van agolpando las nubes encima del cerro, sobre la antena, las parabólicas, cómo sueltan su vaho en la ventana y cómo es que ya no está “Tin” para abrazarlo.  Se perdió en una mudanza y su madre le compró un perrito nuevo, pero no era el mismo ni podía ser el mismo:  “Tin” se había llevado su aroma en el aroma del sueño, en la oreja deshilachada.  Tuvieron que pasar varios años para poder recuperarlo y que la piel de Lucía oliera a piel de Lucía.  Octavio también se llevó su aroma.  Se llevó sus besos, las palabras que decía al levantarse y la libertad de blandear los dedos.

 

Lucía contempla la tarde, se vuelve tarde diluida en un tango de sabor bonaerense,  por los muros de su casa.  Lucía niña sentada en el balcón,  escuchando el mismo tango revuelto con gladiolas.  Hace tiempo y luego, entre silencio y silencio, escucha los autos en la avenida pasando como pasan las olas y quiere sentarse sobre un arrecife, salir de vacaciones, beberse una botella de vino.  Para ver si así olvida los días que han pasado, el alambre en la patita de sus lentes y las cuentas bancarias.  Enumera las nubes sin buscarles forma, recreando las gotas que no han caído y tal vez no caigan, porque así es este valle de lechos secos, los nubarrones pasan y se niegan a tocar la tierra por tristeza.  Por eso Lucía no llora, porque sus lágrimas sembrarían grietas en vez de líquenes, porque sus lágrimas se irían secando en las mejillas, en la misma blusa que puede ser otra y que son todas y que traía puesta el día que se despidió en el aeropuerto, el día en que se enteró de lo del viaje, el día que se reventó el teclado de la computadora, el día que se llevaron su carro al depósito, el día, el día.

 

Lucía forma hilos de saliva, quiere enhebrar las causas, la madeja que se fue deshilvanando hace tantos meses que ya no sabe cómo contarlos y, sin embargo, oculta, aprisiona, no ha pasado nada, es sólo por un ratito, una semana y me recupero, dos horas más, un café, sólo necesito dormir.  (Necesito).

 

Olvidar.  Recordar.  Ningún acierto cuando la sangre fluye y los ojos se agrandan.  Y se quiere exhalar un por qué desde los pies descalzos hasta los senos dormidos pero no puede, los nubarrones se han aglutinado en la garganta.  Olvidar.  Recordar.  Pega las palmas en el cristal para percibir el frío que se filtra por los poros y evoca cosas imposibles, agazapadas entre sus labios resecos con quienes se distrae arrancando pellejitos, aunque en realidad quisiera arrancar retazos del pasado, tasajear con las tijeras que su madre usaba para hacerle vestiditos de encaje.  ¿Qué pasó?   Se pregunta y se responde con la misma pregunta, recordando sus rodillas raspadas cuando jugaba en el triciclo, cuando chocó de vuelta del aeropuerto y luego llegó la grúa para llevarse el carro.  Lloré como una tonta, se repite, el oficial de tránsito no sabía qué hacer para consolarme.  Intenta sonreír antes de golpear la frente contra la ventana.  ¿Hace cuánto fue aquello?  Era de noche y creía nadar entre estrellas por el eje vial, quería estar fuera de todo lo que pudiera verter su nombre como lajas, a mitad del espacio, entre estrellas, pero sola sola sola, sin tener que responder a las preguntas que después vendrían del ¿cuándo se casan?  ¿Por qué no trajiste a Octavio?  ¿Por qué no vino?  ¿Por qué?  ¿Por qué?  ¿Por qué?  Y un por qué trastavillea en su lengua y se pega al vidrio que cada vez pinta más nubes y colores azules.

 

Lucía imagina el sol que se escondió tras la Huasteca.  Tal como lo veía con su madre sentadas en las mecedoras del porche y la Joya de manzana que a veces se caía y se iba rodando hasta desembocar a media calle, se iba rodando como el tornillo de una de las patitas de sus lentes, una vez que se le cayó en la oficina, escalera abajo.  Tuvo que ponerle un alambrito provisional que ya lleva tres años.  Estaba triste, había sido la gota sobre el vaso lleno, y ella sin poder refrenar las ganas de hablar con Octavio pero él excusándose por padecer una migraña tremenda que lo tenía en cama.  La migraña duró varios días.  En la oficina de ella hubo recorte de personal y le rebajaron el sueldo.  Mi amor, quiero contarte lo que me ha pasado.  Pero sólo respondía la contestadora y ella se quedaba con el auricular en la mano, queriendo ver dentro de la casa de él, darle un beso en la nuca.  Tuvo que recurrir a las amigas de preparatoria y licenciatura con el pretexto de extrañarlas y saber qué había sido de sus vidas.  A cada supermercado el dinero alcanzaba para menos, dejó de comprarse mermeladas, yogurts y Octavio se fue haciendo más distante a través de llamadas esporádicas de hola, ¿cómo estás, mi amor?  Bueno, tengo que irme.  Y se fue a la Ciudad de México en un viaje de negocios.

 

El cielo está totalmente cubierto.  Lucía se moja los dedos en la boca y dibuja por su cara los trazos del maquillaje de payaso que le pusieron en primaria para salir en una obra teatral.  Tenía un papel insignificante pero era todo para ella, después de la última función lloró como desatada con su trajecito bombacho de colores y su peluca pelisroja.  Esa fue la penúltima vez que lloró y no se ha podido perdonar las grietas sobre el entablillado, sobre el pavimento a lado del oficial de vialidad y tránsito y la grúa remolcando el carro.  Así que fue en ese viaje, mi amor.  Sí allá la conocí, fue un error.  Las lozas pulidas del aeropuerto debajo de la voz de la señorita que anunciaba la salida del vuelo.  Los pasajeros corriendo con sus maletas que de repente desaparecieron para sólo dejar el rostro de él con su saco de lana.  Todo sonido, color, persona.  Fueron desapareciendo.  Tengo que cumplir con mis obligaciones, dijo él.  Con tus pinches pinches, pinches obligaciones.

 

El puño golpea el ventanal. Retumba. Ha caído un rayo.  Y recuerda, mientras se van encendiendo las casas y los faros, cuando se da cuanta de que el “Sabor a Buenos Aires” se ha dejado  de oír, del teclado de la computadora en su oficina y cómo brincaron las teclas al aventarlo contra el piso.  Se lo descontaron de la paga y la tarjeta de crédito fue engordando con deudas.  Deudas para ir al cine y olvidarlo e irreparablemente encontrarlo en la pantalla, en el café, en las flores del mercado y su florero.  Deudas de niña adolescente a los veintiocho que quiere recobrar lo que se ha ido.

 

Lucía extiende los brazos y trata de asir la obscuridad, cortar el aire en sus pestañas.  Huele el polvo húmedo del pretil de la ventana y reaparece el mismo olor de la malla de alambre que había en la puerta de su casa, a donde repegaba la cara hasta que se marcaran los cuadritos para después ir a enseñárselos a su mamá que le diría qué boba ¿por qué haces eso?  Pero mira mi lengua má.  Ay, niña, ve a lavarte porque ya va a llegar tu papi a comer.  La niña corriendo, paladeando el sabor de la malla de alambre, a óxido, a sangre.  El cuello de Octavio en una mordida la noche que volvió de México y se disculpó por el distanciamiento diciendo que le hacía falta, que le sirvió para pensar bien las cosas, para tener la certeza de quererla como a nadie.  Y volver al enamoramiento de los colores brillantes y todas esas cosas.  Volvieron las flores, las llamadas de cuatro veces al día nada más para saber cómo estabas, el sudor mezclado entre los dedos, las cenas en la noche y esta semana ¿en tu casa o en la mía?  Podían guarecerse en último plano los recibos del teléfono, la oficina, tantos y tantos asuntos.  Se habló de boda sin importar que le hubieran reducido el sueldo.  A él le iba bien con las finanzas.  Fueron haciendo preparativos para seis meses con todo y los parientes lejanos que vendrían a la fiesta.  Una semana tras otra…  Sólo tres meses.  De nuevo el aeropuerto.  La voz que anuncia el vuelo.  El piso lustrado.  Los zapatos.  La boca de él que explica diciendo.  Diciendo sin que se escuchen las palabras.  Diciendo.  Diciendo nada.  Diciendo.  Diciendo.

 

Bajo el cielo estrecho de las nubes deambula una ambulancia.  Lucía parpadea y trata de guardar al cielo en sus pupilas.  Abrazar a “Tin”.  Guardar este cielo como los cuentos que leía su madre acerca de hadas y elfos y un país verde en donde llovía todas las tardes para hacer bajar la bruma.  La bruma de los gastos inútiles.  El dinero que se va achicando más y más a golpe de desorden, de errores en la política económica y sed de olvido.  No ha podido salir de vacaciones ni tomarse una botella de vino.  La lavadora se descompuso y no la ha llevado a reparar.  El calentador.  La T.V.  El auto sigue en el corralón y el alambre en la patita del lente.  El olvido.  De ella.  De él.  Las palabras que siguen como péndulo:  aeropuerto, tránsito, hubiera, hubiera.  Así que embarazaste a la pendeja, imbécil; pensó en decirle.  El viaje a México.  Obligaciones.  Así que embarazaste  a la pendeja.  Así que pendeja.  Así que embarazaste.  Así que imbécil.  Así que.  Así que.  Así.  Así. Así.

 

Detrás de la ventana está Lucía, mirando al Cerro de la Silla.  Ha comenzado a llover.  Mañana, con el sol, Monterrey se bordará de grietas.

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