Monterrey, Colombia

Por Luis Felipe Lomelí

Para Mariana

SIMÓN, ÉSE, BIEN TRISTE QUE ESTUVO.  Y aunque uno sea machín, ¿verdad?, pues tampoco halla de a cómo contener los lagrimones y ahí van saliendo, espesos, dolidos, negros como el que tengo tatuado aquí ¿sí lo wachas?  Pero peor las rucas, ellas sí que tiran el lloradero como huracán, como el Gilberto ¿te acuerdas?  Como si quisieran destruirlo todo.  Ahí estaban su jefa y las huercas, sus carnalillas, también la morra con la que iba a acantonarse, todas como si dijeran “nel, esto es de a mentiras”, pero igual “no, pues sí es cierto” y sus pinches ojotes crecidos, retehinchados, y a su morrilla le temblaban las manoplas como si anduviera en el bajón, bien ojete: dolía nomás de ver que les dolía.

 

Luces. El chorro amarillo de un arbotante contra el verde de un ficus enano, contra la negrura de un cielo sin estrellas.  Chorro desparramado sobre hormigas nocturnas que salen de una hendidura en el concreto, que marchan por la banqueta y suben a masacrar con paciencia al ficus.  Chorro reluciente sobre la savia desangrada en las mandíbulas.

 

Pero lo más culero, carnal, lo que más apretaba acá, de neta, era que el Fede y el Pato y el Yon y el Fresa estuvieron tocando todo el puto rato.  Bueno, el pinche Fede ya después no pudo y yo hice el relevo en la guacharaca:  complicado de a madres que es tocar ancanona.  Yo por eso disculpo al Fede, ese vato es resensible y sí estaba cabrón seguir.  El pinche Yon dijo que le faltaron huevos, pero nel, ése: el Chema era camarada y una cosa son los huevos y otra, lo que uno trae aquí adentro.  Y pues qué, ¿tú qué pedo?  Si uno no es un risco, ¿verdad?  Ahí está, a ver si ahorita que venga el Yon también le dices: para que le baje de yemas.  Aunque, chingá, te va a decir que eres un pinche fresita, que mejor te calles o te revienta.

 

Luces.  El hilo verde emanado por el Faro del Comercio surca Monterrey.  Se enreda entre los cables de electricidad, ilumina el humo de las chimeneas.  Fotones acoplados por encima de las casas.  Láser que se refleja en las costras de los muros, en el descarapelado sostén de los edificios centenarios.

 

Pura colombia, ése.  Puro paseo triste.  El Pato rifándosela en el acordeón, haciéndolo llorar como a todos.  Pinche Pato.  Pura cumbia lagrimera allí a ladito del pozo; a cercén, ése, con todas las tumbas dándonos vueltas.  Tocándole al pinche Chema para que se alivianara y, de pasón, a los demás muertos.  ¿A ti no te gustaría que hubiera música cuando colgaras los calcos?  ¿Verdad?  Pues a huevo, cuantimás porque el Chema era colombia.  No de esos vatos que sólo le pegan al Kalimán y traen guangos los tramos y el flequillo bien peinado, sino colombia de ley, desde huerco.  Nosotros nectábamos rock y esas ondas en inglés aunque no supiéramos ni qué vergas decían.  Bueno, el Lora es otro toque porque él canta en español y además –wacha, maestrín—ése carnal dice las netas al tiro, derecho.  ¿Si te has clavado?  A ése camarada no se le hace de tortuga para decirles rateros al gobierno:  ahí está la de “Carretera de cuota”.  ¿Si la has oído?

 

Luces.  Hervidero de luciérnagas por avenida Garza Sada, por Constitución, por el asfalto y la mente de Alfonso Reyes.  Luciérnagas a noventa kilómetros por hora.  Zumbándoles de sesgo a las bardas que delimitan la Revolución Proletaria, que demarcan las colonias, que prohiben a las luciérnagas adentrarse en las terracerías del cerro.

 

Nosotros oíamos de esas rolas.  A veces acá una de los Tigres o de los Cadetes, pero casi nel porque eso es para rucos o para la raza fresilla que sí tiene para mercarse su sombrero y sus botucas.  Bueno, también para la banda chera.  Pues, simón: les hablan de caballitos y madres de ésas que hay en los ranchos y pues les ha de cuadrar que les canten de lo que viven.  Pero aquí, ¿cuáles vacas, verdad?  A la mera y a los rucos por allí es porque les gusta, porque les llegan los recuerdos, ¿verdad?  Ei, mis jefes se descolgaron para acá del ejido, por allá del sur, por Mier y Noriega.  ¿Sí conoces?  ¿Verdad que está bien culero?  Ei, ni agua hay.  Y con eso: pues ésta ya pifó, píchate otra helódia, ¿no?

 

Luces.  Combustión danzante de butano que calca las protuberancias del rostro antes de encender la hierba seca.  Luego sólo queda el punto rojo trazando constelaciones en el vacío, en la recámara alfombrada, en la calle de tierra.  Cada línea llega a su sol al dar la bocanada.

 

¡Ah, sabroso, chingá!  Pero ya me puse a divagar, verga.  Te decía que nosotros nectábamos de esas ondas y un día que estábamos aquí en la esquina pisteando llegó el pinche Chema, que en paz descanse, con una cinta:  era el mismísimo Celso Piña, ése.  Y nel, al inicio todos acá con nuestras jetas de qué pedo.  Como que rifaba, pero calladitos porque luego lo agarran a uno de rebane.  El Chema nos preguntó si estaba chingona: todos nos hicimos patos.  ¡Ea, qué bueno que no anda este camarada por aquí porque luego se agüita!: le pusimos así porque siempre se hace wey.   ¿Tú no conoces vatos así?  Ahí está.  Sólo cuando ya está muy prendido o bien pasto, entonces sí se aplica.  ¡Cómo hay raza, verdad?  Oye, pues sácate los tabacos para acompañar la guama, ¿no?  ¡No se haga pato, ése!

 

            Luces.  Semillas de vacío rociadas sobre la capital neoleonesa.  Hacia el occidente, distantes y el camino al cielo de Chipinque.  Al centro el puño empuñado de estrellas.  Y sobre las lomas, ramerío de cables ilegales coronados de bombillas.

 

Y pues ya después de un ratón aceptamos que estaban con madre las rolas.  Y para qué te hago el cuento largo, ése: nos hicimos colombias.  Así como me ves.  Nos pusimos a talonearle para sacar la lana de los instrumentos.  Porque el pinche Chema, que Dios lo tenga en su gloria, nos convenció de que había que formar un grupillo: pues ésta era música de raza, el Celso es de la Indepen’ y Chema también nos dijo que ya había otros morros tocando acá:  sobre lo que nos pasa.  Y allí anduvimos hasta la Del Valle,  lavándole sus carrotes a la banda burguesa.  Como huercos nos pusimos a vender chicles acá en Garza Sada.  El pinche Yon, que le da por dárselas de machín, se puso de tragafuego y, como era el que sacaba más feria, pues los demás también…  No mames, ése, cómo que por qué no nos pusimos a jalar:  pues porque no nos dan jale, carnal, si lo ven a uno acá con dibujos: le hacen el fuchi.  Sí jalamos un rato en la obra, pero es una chinga y se saca menos lana.

 

            Luces.  Azules y rojas.  Atacando en círculos. Cercando al prófugo desde la torreta.  Amagándole salidas.  Tatuándole las faltas.  Luces pesadillas.  Luces el error de ser quien eres.  Luces agazapadas tras el interruptor de corriente.  Luces al acecho dentro del vehículo.  Dentro el monstruo que propiciará la fuga y acorralará entre luces.  Luces.

 

Ya con el acordeón de segunda, lo demás fue panal conseguir.  Todos, a huevo, queríamos darle a las teclas pero ninguno sabía ni qué vergas:  el Pato fue el que la movió.  Yo le calé en todos los instrumentos, nomás que soy rebestia, ése: hasta con la guacha pierdo el ritmo.  No se ría, vato, que luego lo pongo a usted a que le juegue: ¿a ver qué tranza?  ¿Eh?  Bueno.  Después de un putero ya por fin nos aprendimos unas rolas y pues nos lanzamos a los camiones, ahí por el Tec y en el centro.  Y luego acá en las fiestecillas de las rucas y hasta hemos tocado dos veces en un salón Star.  ¿Qué yo qué?  Nel, vato, yo sólo le hacía de coros al Chema.  Ese wey le rugía con harto sentimiento.  Neta, se ponía uno chinito de las de acá, bien reata.  Lo hubieras oído.  ¿A ti te late la colombia, o qué?  Ándale, morro, es que eres fresilla, ¿verdad?  Simón.  Pero para que veas que soy raza, te voy a lendear unas cintas para que te claves.  Van a ser en empréstamo, ¿eh?:  luego las retachas.

 

            Luces.  Instantáneas cual relámpago o disparo.  Relámpagos sin lluvia ni corriente eléctrica.  Hirientes desde su estallido, desde su trueno que retumba en los cristales, desde su aroma incendiario.  Luces sepulcro.  Relámpagos que crearán algunos ríos  por donde la sangre irá fluyendo.  Y se acercarán las moscas con tiento, sacudirán sus patas, y se pondrán a beber con luces o sin luces.

 

Nel, ése, tampoco creas que es la historia acá de película del grupo machín que iba a ser retefamoso y se lo cargó la chingada:  Nel, somos maletones; con ganas, pero maleteros.  El coto es porque le estuvimos tocando al chema en su entierro, ¿verdad?  El Yon le pegó a la cantada.  Aúlla reculero el vato pero a quién le iba importar:  éramos sus compas.  Allí sobre el pinche terregal del panteón, sin creer que ahí mero estaba el Chema, carajo.  Como una bola de jotetes a la chille y chille.  Pero es que uno se pone bien niña, carnal.  Así como en las pinches películas de ésas que les gustan a las morrillas: donde todo es harto sentimiento por cualquier pendejada y luego las huercas se enamoran del güero de  la pantalla.  Así mero.  Hasta imaginarme al Chema a ladito del pozo, en cuclillas, cajueleando una vacha.  Y bien sonriente el puto, burlándose de lo culero que tocamos. De que hubiéramos arrojado las limas encima del ataúd.  Neta, a uno le da por pensar mamadas.  ¿A ti se te ha muerto algún compa?  ¿Simón?  Pues entonces también te a tocado, ¿no?:  que te imaginas que llega y lo saludas de nuez como cualquier otro día.

 

            Luces.  Luce el amanecer después del velorio.  Luz de combustión atómica, solar, que cual cientos de niños corre entre los árboles, entre las lápidas.  Luz que juega sobre un acordeón que llora.  Luz que acompaña a la tierra cuando va a tapar el pozo y se queda ahí, quieta, como si quisiera colarse en la madera.

 

De regreso del panteón ni el pinche Pato ni el pinche Yoni quisieron dejar de cantar.  El jefe del Chema nos ofreció tirada en su taxi: que sí cabíamos, bien apretadillos pero cabíamos.  Le dijimos que nel, que mejor se llevara nomás a las rucas y a las huercas: también a la morra del Chema.  Nos queríamos quedar allí a la puerta cantando pero el puto tumbero, o como se llame el pendejo ése del cementerio, quién sabe qué vergas hociconeó que ya el Fede había sacado la punta para rebanarle su pinche barriga cervecera.  Lo detuvimos, pues ¿para qué chingados?  A los pinches imbéciles hay que tirarlos a lión.  Le caminamos hasta la parada del 127.  Y nos trepamos.  Y estuvimos tocando toda la ruta.  Hasta que nos bajaron. En la terminal. Y nos trepamos a otro camión.  Y volvimos a cantar sin pedir un pinche peso.  Y la raza agarraba la onda de que no era por varo. También los choferes. Y ahí estuvimos tocando de camión en camión, de terminal a terminal todo el puto día tratando de contener los lagrimones que de cuando en cuando salían desparramados. Hasta que el último camión nos tiró anca San Nicolás y nos regresamos a la Revu caminando.

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