¿Cuánto tarda un niño en atravesar una calle corriendo?

Por Luis Felipe Lomelí

El niño corre. Espantado. El niño es la definición del espanto. Humberto no sabe el nombre del niño a pesar de que es el hijo del vecino y llevan cinco años compartiendo cuadra. No sabe su nombre porque Mariana y Gabriela, quienes ya entraron apresuradas a la casa y Humberto sólo se regresó para echarle llave a la reja de la puerta, son más grandes; porque ellas no van a jugar a la calle. Y sí, lo ha visto, Humberto ha visto al niño y al hombre que es su padre cuando se abre el portón eléctrico de la casa de enfrente y salen balón en mano a tirar pases sobre el concreto hidráulico. Y el hombre dice “Quiobo, vecino”. Y Humberto responde “buenas tardes” mientras sigue en la mecedora del porche echando una cervecita, a esa hora, cuando vuelven a la ciudad las parvadas del campo y llenan los árboles de trinos y graznidos, cuando Humberto ha regresado del trabajo y quiere un momento a solas, para ver el cielo, para estar consigo mismo y dejar de ser el ingeniero Villaseñor, para transformarse en silencio y poder ir luego a la cocina o a la sala convertido en el padre de sus hijas, en el marido de su esposa, de ella, de la que grita:

–¡Humberto, por el amor de Dios, métete ya!

Pero Humberto está inmóvil, con la llave larga de la reja en la mano derecha y la mano izquierda empuñando uno de los travesaños de hierro negro, quieto, mirando al niño sin nombre que corre con el espanto en los ojos; al niño que ha encontrado a veces en la tienda cuando va por tortillas de harina para la cena, al niño que hace unos meses quebró un cristal de la fachada de un balonazo y después apareció con su padre, con el hombre que es su padre, a la puerta de la casa para pedir disculpas y ofrecerse a lavar el carro durante un mes para enmendar su falta. “Es sólo un detalle”, dijo el padre, “para que aquí el muchacho aprenda que todos sus actos tienen consecuencias”. Y el hombre no dijo “el muchacho” sino que dijo el nombre del niño con todo y dos apellidos, pero Humberto no recuerda. Y quisiera. Porque de momento tiene el impulso de pronunciarlo con todas sus letras para que el niño que corre sin saber a dónde sepa cuál es una dirección posible. El mismo impulso, o similar -Humberto no sabe- que hizo decirle que sí a su vecino para que el niño lavara el auto de forma gratuita cada sábado por la mañana durante un mes, porque ésa era una lección que él también quería inculcarle a sus hijas: las consecuencias. Sólo que después le dio sentimiento, y pena, y se recordó a sí mismo cuando su padre lo obligaba a hacer cosas para las que aún no tenía la estatura ni la fuerza, e imaginó al hijo del vecino a la cae que no cae transportando la cubeta llena de agua desde el grifo de la calle hasta las inmediaciones del carro azul, lo imaginó parado de puntitas y brincando para alcanzar las partes más altas, subiéndose a un banquito para pasar el trapo mojado por el capote. Entonces no quiso ver la escena y durante un mes se inventó que cada sábado por la mañana se iría a trotar a la unidad deportiva, con unos pants casi transparentes por los años y unos tenis que ya apretaban de tan viejos. Así que no estuvo. Y ahora cree que tal vez sabría su nombre de haber sido él y no Alicia su esposa la que le abría la puerta y le daba las llaves del auto para que aspirara la tapicería, Alicia que grita:

–¡Humberto!

Pero él no se mueve, ni habla, ni puede terminar de cerrar la reja para ir con su familia –con sus viejas, como él dice, lleno de orgullo, porque las tres están rechulas, cabrones, ya quisieran un cachito de su amor; eso, lo que dice cada que algún pelado le comienza a echar tirria por no tener un varoncito, lo que siente. Irse con sus viejas y encerrarse allá atrás, donde sea, y taparse las orejas para no escuchar los disparos, tomarse de las manos, apretarlas fuerte, abrazarlas, darles un poco de confianza a pesar de que todos saben que sería inútil, que más bien es cuestión de suerte cuando llega un comando. Ahí está la camioneta blanca, pulcrísima, lavada y encerada como si recién hubiera salido de la agencia y, a un lado, a medio metro de la defensa trasera, el niño sin nombre que corre sin saber a dónde, el niño que nunca pudo dejar así de limpio y reluciente el carro azul de Humberto, el niño que corre y no habla y quién sabe cuándo podrá volver a decir palabra, el niño que tiene los ojos idos y aún no ha mirado a Humberto, a él, a quien quisiera saber su nombre para decirle que acá, que sólo tiene que cruzar la calle para encontrar un refugio, detrás de la reja donde están Mariana y Gabriela, y Alicia la señora que lo recibió cada sábado y sacó la extensión eléctrica para que pudiera conectar la aspiradora. Gritarle. Porque Humberto se imagina que el niño pueden ser sus hijas, o su esposa y, si él no estuviera ahí le gustaría que alguien tuviera las agallas para ofrecerles asilo, para quitarlas de la línea de fuego que habrían de desatar pronto un montón de cabrones vestidos de blanco, sí, albos e inmaculados como la caraja camioneta de la que descendieron, ataviados con sobretodos casi brillantes de pies a cabeza, con capuchas como en las películas sobre epidemias o desastres ambientales.

–¡Papá, ya métete!

Es la voz de Mariana. De su hija que casi nunca habla, su consentida, a la que han tenido que llevar con sicólogos porque en la escuela las maestras reportan que tiene problemas para socializar, a la que le va pésimo en los exámenes orales. “Mire, ingeniero Villaseñor, su hija necesita tratamiento, yo sé muy bien que ella sabe las respuestas pero cuando le pregunto en clase simplemente se niega”, le dijo sor Angélica en la última reunión de padres de familia. “Vamos a hablar con ella”, respondió él sin saber qué era lo que podría decirle, o cómo, o para qué si en el silencio de ella encontraba un reflejo de su propio silencio. Su consentida, eso que nunca había dicho y que ni siquiera había sido capaz de cristalizar en su cabeza, porque no, porque un padre no debe de tener un consentido sino querer a todos sus hijos por igual. Aunque no sea cierto. Y por un momento piensa que tal vez el niño que corre sin nombre sea el consentido de su padre, de su vecino. Que sea ése en el que piensa primero antes de llegar a casa por las tardes, así nomás, sin proponérselo, porque ningún padre se propone querer más a un hijo que a otro y son filias que se dan solas, porque al nacer dejó de llorar justo al instante en que el doctor puso a la nena en sus brazos, Mariana, la que habla poco pero siempre que habla dice lo que es preciso. Y Humberto mira que las hermanas del niño sin nombre no están por ningún lado, tal vez no pudieron salir de la casa cuando entraron los hombres de blanco con las metralletas negras, o tal vez están tras la camioneta. Ojalá. “No sé ni nunca lo he sabido”, eso le respondió Mariana a Sor Angélica.

–¡Papá!—grita Gabriela.

Estaban ahí en las mecedoras del porche, hace unos instantes Humberto y Alicia, tomando una cerveza después de la comida porque el clima lo permitía, viendo el cielo claro y profundo, inmenso del desierto, cuando Gabriela salió a pedir permiso para ir con sus amigas al centro comercial y Alicia dijo que sí con la condición que llevara a su hermana. “¡Pero mamá…!” “Nada de peros, son hermanas y tienen que estar juntas porque son lo único que van a tener siempre en la vida…” “Pero Mariana no se halla con nadie, mamá…” “Pues enséñale, que para algo eres la mayor”. Humberto oía sin escuchar, con la cara atenta que él cree que deben de poner los padres en esas circunstancias, pero pensando otra vez en si su hermano también renegaba de tener que llevarlo a él a todos lados cuando chicos. No lo sabe. Y por más que ha buscado en su memoria alguna frase de reparo, no la encuentra: Humberto sólo recuerda que se la pasaba muy bien con Germán su hermano, que le aprendía todo, que era su ídolo desde que cazaban lagartijas en los lotes baldíos hasta cuando iban a esperar frente a la secundaria femenil, y después, todavía: cuando uno decidió que quería ser ingeniero y luego el otro, porque si Humberto ha superado a su hermano como calculista ha sido precisamente para demostrarle que él también puede, para que Germán también se sienta orgulloso de su hermanito. “Pero dile, mamá, que me tiene que obedecer”. “Ya sabes que sí”. “Y que no se lleve sus muñecas”. Y entonces rieron todos juntos, porque quien seguía cargando con muñecas hasta hace poco era Gabriela; Mariana no, Mariana salía de casa con las manos vacías y luego iba recolectando de la calle objetos varios: piedras, hojas, alambres enroscados o panfletos. Rieron. Gabriela fue y vino por su hermana, Gabriela quien no tiene problemas para socializar y tiene una lista de amigas más grande que el directorio de Humberto. Gabriela la que vuelve a gritar:

–¡Papá, papá!

Pero Humberto no se mueve. O apenas: vuelve los ojos al niño sin nombre, al que corre con el espanto desfigurándole el rostro y entonces, por fin, sus miradas se encuentran. Y la mirada del niño cambia de momento, un poco, sólo un poco, al descubrir que tiene un lugar a dónde seguir su carrera mientras Humberto extiende la mano derecha, donde tiene las llaves de la reja, para invitarlo a que venga, a que se apure, a que corra con todas sus fuerzas porque no sabe si el niño se ha escapado o si es que los hombres de blanco lo dejaron salir para que no viera cómo se llevaban a su padre, cómo lo asesinaban, cómo lo torturaban primero ahí mismo, en el comedor, en la recámara, en el cuarto de las niñas, antes de pegarle de tiros. El niño corre, trae un par de tenis de esos que sueltan destellos rojos al golpear el piso, los que siempre calza cuando sale a tirar pases de balón con su padre, un pantalón cargo verde y una playera con un águila enorme. Él podría ser un águila. Debería de volar como un águila para llegar rápido a la reja y cerrarla, atrancar la puerta, entrar. Para que nadie los vea. Para que no vengan luego los cabrones de blanco a reclamar. Estaban ahí en el porche ya los cuatro, Alicia dándoles las últimas recomendaciones a sus hijas antes de dejarlas marcharse al centro comercial: se querían ir solas, en el autobús que pasa a dos cuadras. Y a su madre se le hizo un nudo en el estómago porque la ciudad se ha vuelto un infierno, porque no sólo ya no es lo que era antes sino que las balaceras se suceden a cada rato, porque no le gustaría perder a sus hijas por una pendejada, porque no quiere lamentarse de por vida pensando que debió haberlas llevado ella misma en el carro azul, porque no quiere perder a sus hijas ni por una pendejada ni de ninguna manera. Pero luego, ella misma: no se puede vivir mascando el miedo, va a ser peor si las cuidamos tanto y después ya no estamos aquí para protegerlas. “Su padre ya no estará aquí para protegerlo”, piensa Humberto mientras ve al niño sin nombre correr a mitad de la calle. Aún no se oyen los tiros pero qué otra cosa puede hacer un comando salvo matar. Y lo pueden hacer aquí mismo o llevárselo, desaparecerlo, disolverlo en ácido, hacer una lombricomposta, tirarlo a los basureros o a la vera del camino en el desierto. Da lo mismo, el niño con un águila al pecho es un huérfano anunciado.

–¡Humberto!

Gabriela la mayor sonrió, no pudo evitarlo, cuando sus padres le otorgaron la confianza de irse solas. Y qué otra cosa puede hacer un padre, pensó Humberto, quien se creía que el resto de la tarde la pasaría calmando cada estallido de miedo por parte de Alicia, cada intento por llamarles al celular, por preguntarles una y otra vez si estaban bien, si no se les ofrecía algo, si no querían que fuera por ellas en el carro. “Déjalas, acuérdate de cuando tenías su edad, ¿no te molestaba que mi suegra te estuviera llame y llame?” “No había celulares”. “Bueno, sí, ya sé, ¿pero no te hubiera molestado?” “Yo casi ni salía”, remataba Alicia y era cierto, era el mismo diálogo desatinado cada vez que dejaban a sus hijas, o nomás a Gabriela por lo regular, en casa de alguna amiga o en una fiesta infantil. El desatino de Humberto, inevitable, repetitivo, por pensar que su esposa había sido como él cuando eran chicos. Entonces corregir: “Bueno, tú no salías, eras como Mariana; pero Gabi es como yo, es una pata de perro”. Y sí, Alicia es como Mariana. ¿Por eso es su consentida? ¿Porque ve en ella a su esposa cuando niña o porque se ve a sí mismo, a cómo hubiera sido él sin la influencia de su hermano? El niño corre, el niño con el espanto en los ojos, el espanto que se convertirá en rabia. Tal vez. Humberto lo mira y quisiera que detrás de la camioneta blanca también aparecieran corriendo las hermanas del niño. Quisiera estar seguro de que los hombres decidieron perdonarles la vida a los infantes, a todos, a los tres. ¿Quién chingados es lo suficientemente monstruoso para matar a un padre delante de sus hijas? Y por un momento siente que le tiembla el cuerpo. Y suelta el travesaño de hierro negro. “¡Corre!”, Humberto cree que grita. Pero no exhala palabra. Humberto quiere estar seguro de que el niño ha sido perdonado.

–¡Papá!

Es la voz de Gabriela, otra vez. Son las voces que se agolpan todas juntas y es la mente de Humberto la que las separa como hebras. Y ésa es Gabriela, Gabi, la que parece que no tendrá ningún problema en la vida porque sabe dirigirse con todos, con sus compañeras y maestras, porque es tan chula como su hermana pero la seguridad siempre acrecienta la belleza. Y sabrá desplazarse, sabrá elegir bien una carrera, crearse oportunidades, ser feliz en su trabajo y conseguirse un buen marido. Porque Gabriela es como su tío Germán y nada la rompe. O casi. Cuando el abuelo murió, cuando el padre de Humberto fue a dar contra una barranca de la Sierra Madre con todo y automóvil (dicen, dicen que un autobús de pasajeros procedente de Mazatlán venía rebasando en curva, que su padre tuvo que elegir entre el desfiladero y el choche de frente), entonces Germán cambió de golpe. Y fue casi un borreguito. Juntos fueron a reconocer el cadáver pero Germán no entró al edificio, se quedó afuera fumando, no dijo ni por qué sino que sólo negaba con la cabeza mirando al piso y fue Humberto el que tuvo que entrar y decir: sí, es mi padre, es don Germán Villaseñor Martínez. Y luego llenar las actas y hacer los preparativos del velorio y recibir a quienes llegaron a darles el pésame mientras su hermano seguía fumando un cigarro tras otro, en la banqueta, en el auto, en la funeraria, en la calle, ya sin una pizca de arrojo. ¿Era su padre la seguridad de su hermano? ¿Es él mismo la seguridad de Gabriela? Entonces la duda abrasa, no sólo aguijonea. ¿Qué diablos hace parado ahí en la puerta? ¿Por qué quiere salvar al hijo de su vecino, al niño sin nombre, al hijo de un padre también sin nombre, con quien no ha intercambiado más palabras que los saludos gratuitos y esa charla sobre las consecuencias después del balonazo? ¿Qué chingados andaba haciendo ese cabrón para que vengan a matarlo, para que alguien se tome la molestia de montar una pantomima de pesadilla antes de asesinarlo? Porque sí, porque si lo quisieran matar y ya, hubieran mandado a un sicario a que lo esperara afuera de su trabajo, o le hubieran puesto un par de plomazos en un restaurante, lo habrían cazado cuando fuera a la tienda y listo: limpio y directo. Sin faramallas. No habrían mandado una camioneta blanca y reluciente a la puerta de su casa. No se habrían tomado la molestia de mandar a cinco, seis, siete tipos con sobretodos casi brillantes, níveos, con capuchas como si fueran el comando de una unidad bacteriológica, como una película sobre un apocalípsis epidémico donde sólo hicieron falta las máscaras antigases para dejar más claro que van a acabar con una rata, con un agente infeccioso. O peor: máscaras de payasos, máscaras de algún superhéroe, máscaras de El grito. Máscaras para burlarse de la muerte de un hombre en el último instante de su vida. El niño corre. Está por alcanzar la banqueta con el águila que vuela en su pecho y los tenis que emiten lucesitas rojas cuando golpean el piso.

–¡Métete, papá, ya!

Humberto vuelve a tomar el travesaño de la reja con la mano izquierda. No lo piensa. Simplemente lo hace. No sabe a qué se ha dedicado su vecino, sólo que su casa es una de las más cuidadas del barrio, la única de la cuadra que tiene portón eléctrico. Podría ser abogado. Podría haberles ayudado a lavar dinero y luego, creyéndose muy listo, aumentó su comisión sin decirle a nadie. Podría ser médico, de esos cabrones que deciden que es muy fácil ganarse unos centavos atendiendo heridos sin reportar nada a nadie. Pero quiso aumentar sus ganancias y curó también gente del otro bando. Podría ser de esos oportunistas que no tienen cosa alguna y que el narco les pone un negocio, completito –una ferretería, por ejemplo— a cambio de una comisión y de usar las instalaciones. Y sí, el vecino ha de haber pensado que podía sacar un poquito más sin que nadie se diera cuenta, porque los ambiciosos no faltan, porque al padre del niño que corre ya no le gustaba vivir en este barrio de jodidos: si por eso no se lleva con nadie en la cuadra, si por eso ni siquiera Humberto sabe su nombre, porque el vecino seguramente se creía de más alcurnia y no se iba a rebajar a tratar con la plebe. Nunca. Nunca, nunca se acercó a charlar con Humberto cuando éste salía a tomarse una cervecita en las mecedoras del porche al regreso del trabajo. Nada. Sólo a tirar pases con su hijo y decir un “Quiobo, vecino”. Pero no acercarse. Y eso no hace la gente de bien, la gente de bien conoce y procura a sus vecinos. Así que tal vez por ahí iba la enseñanza a su hijo cuando el balonazo: si cometes un error, terminarás trabajando para los que están por debajo de nuestro nivel. Eso era, seguro. ¿Qué andaba haciendo ese cabrón para que lleguen así a matarlo? Y las hermanas del niño no salen. Así que no es que se compadecieran de él, piensa, sino que el niño se escapó con el espanto en los ojos. ¿Y qué hace él allí, Humberto, arriesgando su vida para proteger al hijo de un criminal, cuando ya le llaman sus viejas, las que están rechulas: por las que cualquiera daría lo que fuera por tener un cachito de su cariño? Sus viejas, a ellas son a las que debe de proteger. Ésa es la obligación de un padre.

–¡Papi!

El hijo del criminal sube la banqueta y avanza hacia el porche. Corre. Y seguirá corriendo hasta que vengue la muerte de su padre, cuando deje de usar tenis que sueltan destellos y camisetas estampadas con animales, cuando se convierta en el sino de su familia. Porque así son. Son una estirpe. Son la maldad encarnada. Un germen, un cáncer que corroe todo lo que toca. Por eso el comando llegó vestido de blanco, como un grupo de científicos que quieren acabar con una plaga, porque a las cepas hay que cortarlas de raíz, aniquilarlas. Sí, fue un escape –piensa Humberto—, no lo habrían dejado ir porque ellos venían a matarlos a todos. Entonces no tardarán en salir a buscarlo y revisarán casa por casa si es que no alcanzan a ver ahora hacia dónde se dirige. Tumbarán todas las puertas. Amarrarán a todos para tenerlos en cuarentena, sin contacto con la peste. Hasta que encuentren a la rata y la acribillen. No importa que la rata esté pequeña, pues no hay rehabilitación para las ratas. Humberto cierra el puño de la mano derecha, donde están las llaves de la reja, da un paso atrás. En alguna película vio que también asesinaban a todos aquellos en quienes había la sospecha de contagio con el virus, sin importar que no mostraran síntomas. Pero la rata ya viene corriendo por el porche y tal vez lo mejor que podría pasar sería que ahí mismo, que en ese momento saliera alguno de los hombres de blanco y le pusiera un disparo certero en el cráneo mientras él, Humberto, alcanzara a esconderse detrás del muro. No tiene que jugar al héroe. No tiene que proteger a nadie que no sea su familia.

–¡Papá, papá, papá!

Proteger. A Mariana que no tiene habilidades sociales, que siempre anda como en la luna y es capaz de partirse la madre solita sin darse cuenta. A Gabriela con su fachada de niña superpoderosa, alegre y segura, pero que podría quebrarse irremediablemente en el momento justo. Porque sí, porque Germán perdió el empleo después de la muerte de su padre y su mujer intentó por tres años sacarlo adelante, hasta que se hartó, hasta que ya no pudo arrear con el lastre de un hombre deprimido y se fue a buscar una mejor vida para ella y para sus hijos. A Alicia, a quien nunca le ha dicho ni le dirá que es lo que más le importa en el mundo, a quien no le ha dicho ni le dirá que las discusiones regulares son su propia culpa y no la de ella, a quien no le ha dicho ni le dirá nada de eso porque le da miedo que se vaya, que vea en él a un hombre frágil y decida irse. ¿Y qué significa ser fuerte? Humberto mira tras los barrotes de la reja los tenis y sus destellos rojos sobre el porche de su casa, mira el águila volando en el pecho de la playera, sobre unas montañas llenas de pinos y algunas nevadas. Mira el rostro del espanto, las lágrimas que llenan los ojos sin salir aún. Mira el rostro del niño y es un niño, aterrado, aunque el terror apenas comience. Humberto parpadea. Duda. Se imagina a sí mismo corriendo en la primaria, huyendo de la pandilla de 3º “B” que le quería poner una arrastrada en el baño, corriendo por el patio y luego los pasillos, subiendo por las escaleras hacia el piso donde estaban los salones de quinto y sexto, tomándose del barandal lleno de gargajos, porque sí, porque nomás, porque a los niños les daba por escupir ahí sus flemas para que se embarraran los otros niños que subían o bajaban despreocupados. Y ni siquiera se quedaban a ver su hazaña, a ver la cara de asco cuando la mano sentía la humedad pastosa y luego los ojos comprobaban que era un escupitajo verde. No, parecía que les bastaba sólo imaginarlo, regodearse en el recreo diciéndoles a otros: “dejé tres pollos así de grandotes en el barandal, a ver quién es el pendejo que se embarra”. Y subió corriendo hasta el piso de quinto y sexto, con la mano derecha embarrada de baba, con la jauría atrás, y pasó por el salón de su hermano, quienes tenían el recreo diferido, y Germán lo vio corriendo y no le importó que lo fueran a regañar en clase. Salió al pasillo. Se paró frente a los muchachos y se liaron a golpes. Todos. Hasta que los profesores de quinto y sexto salieron a separarlos.

El niño que no tiene nombre sonríe, como un reflejo automático, cuando corre a la mitad del porche y mira a los ojos de Humberto, al señor dueño del auto que estuvo lavando gratis durante un mes, para enmendar su falta por haber quebrado el vidrio de un balonazo. Vino a pagar sus consecuencias. Pero tal vez el padre del niño no está pagando consecuencia alguna, tal vez sólo fue un error, o sólo es saña. Tal vez no supo con quién estaba tratando un negocio y han venido a ajusticiarlo los enemigos de ese cliente. Tal vez tuvo que hacer ese negocio porque no le quedaba de otra, y lo hizo bajo coacción, amenazado a punta de pistola o peor tantito. Tal vez el hombre no tuvo nada que ver y un día llegaron a su ferretería, a su consultorio, a su despacho y le dijeron que tenía que pagar una cuota que rebasaba por mucho sus ingresos. Y no tuvo dinero para irse, nada, porque ya se sabe: hay gente que se endeuda sólo para aparentar que tiene lo que no tiene, porque creen que el dinero llama al dinero y eso les ayudará a subir de estrato económico. Porque tal vez el hombre que es su vecino no sea un engreído a quien le moleste convivir con la gente del barrio porque están jodidos, sino que nomás carezca de habilidades sociales, como Mariana, y le dé pena tratar con la gente.

–¡Papá!

Es la voz de Alicia, es la voz diciéndole “papá” como le empezó a decir desde el momento en que supo que estaban embarazados de Gabriela. Es la voz que usa casi siempre, salvo cuando está muy nerviosa o muy enojada. Es la voz que le recuerda cuál es su lugar en el mundo: “papá”. Y Humberto suda. No se da cuenta que suda. El hombre que es su vecino quiso enseñarle a su hijo que todo acto tiene consecuencias y el niño va corriendo a tres cuartos del porche. Humberto tiene la mano izquierda en el travesaño de la reja. ¿Se perdonaría que algo le pasara a su familia por salvar a un niño sin nombre? ¿Que mataran a sus hijas por salvar a un niño sin nombre? Y qué diría. Qué diría si el niño queda acribillado ahí en la puerta de su casa. El interrogatorio ante la policía: “no vimos nada, estábamos todos acá adentro”. Cómo protegería a sus hijas. Cómo puede proteger a sus hijas un padre mentiroso. ¿Pero si salen a buscar al niño y rompen casa por casa, los sicarios? Si el niño entra y los matan: si sólo los matan es lo de menos. Aún puede cerrar la puerta. Cerrar la reja y luego la puerta. Cerrársela en la cara al niño. Germán. Alicia.

–¿Papá?

Humberto siente los deditos de Mariana tomarlo de la camisa.

–¡Córrele, Santiago!

Dice Mariana.

Y el niño que ya tiene nombre va llegando. Humberto abre un poco la reja. Si los matan a todos, nadie quedará para vivir con culpa.

 

 

 

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