Antropoceno: 1492

Por Luis Felipe Lomelí

(Publicado en Letras Libres, enero 2017)

Es la época en que vivimos. Es cultura popular. Es buenísima idea. Es un concepto redundante. Es ciencia. Es política, sobre todo, política.

Vayamos a algunos números: la palabra “superstring” (supercuerda), aparece en Nature 1985 y tiene una frecuencia de 3.75 veces por año hasta la fecha; “Anthropocene” hace su salto a la fama justamente en la misma revista en 2002 y, en menos de quince años, ha alcanzado una frecuencia de 12.87. En Google Scholar: 46,000 entradas, pero entre 1980 y 2001 sólo 864. ¿Podemos decir que es un término que se ha consolidado en la comunidad académica a pesar de su reciente aparición?

Sí. Sin embargo su consolidación ha traído un debate mucho más grande de lo que suelen conllevar la mayoría de términos científicos. Tal vez una controversia que no se veía desde el siglo XIX, con los conceptos acuñados por Lyell y Darwin. Y, de cierto, la mayor discusión en la que toma parte la estratigrafía desde que los Álvarez postularon que un meteorito había acabado con los dinosaurios.

El antropoceno, en palabras llanas, se define como la época en que el impacto causado por los seres humanos en el planeta ha adquirido la magnitud de una fuerza geológica. Es decir, una fuerza capaz de modificar tanto el paisaje como los ciclos biogeoquímicos, la distribución y abundancia de las especies (y su extinción), la composición atmosférica, las corrientes marinas, etcétera, dejando un rastro claramente identificable: el plástico, la capa de concreto, el aumento en la concentración de CO2, la acidificación de los océanos, el polen y el excremento de especies introducidas en todos los continentes (el maíz, el trigo, el ganado…), etcétera. A primera vista parece que el concepto queda claro, pero si lo piensa un poco verá que no lo es tanto.

En la arena meramente científica el debate se ha dado entre el bando de los geólogos y estratígrafos y el bando de los científicos que, desde otras áreas, estudian el calentamiento global. Los primeros (como Autin y Holbrook) han dicho que, en resumen, aunque el término tiene claras ventajas desde el punto de vista social, es necesario seguir los procedimientos propios de la ciencia para datar su inicio, establecer los criterios -si los hay- para definirlo y encontrar eso que llaman el “golden spike” o “clavo dorado”, el sitio y el punto donde se establezca sin lugar a dudas el cambio de época geológica. En el caso de la extinción de los dinosaurios tuvieron que pasar varios años entre la hipótesis de los Álvarez, el análisis de los estratos de Gubbio, Italia, el hallazgo del cráter de Chicxulub y el acuerdo de que el “golden spike” estaría en El Kef, Túnez.

Antropoceno

Foto tomada en el archivo del Kansas Geological Survey. La “frontera” entre los dos colores corresponde a la invasión del centro de los EE.UU. por colonos blancos y, en consecuencia, a la modificación causada por la agricultura generalizada.

En respuesta, el bando de científicos que estudian calentamiento global (como Crutzen, quien diera fama al término y antes ganara el Nobel de Química junto con Mario Molina y Sherwood Rowland por su estudio sobre el adelgazamiento de la capa de ozono) han aportado toda una serie de criterios sobre cómo y dónde se puede buscar este cambio, como los señalados en el párrafo ante-anterior. Pero es justo aquí, en qué criterio se prefiere para buscar, donde el debate se va volviendo político.

Se ha propuesto: A) el antropoceno es igual al holoceno (Martin o Ruddiman), ya sea por el impacto de la agricultura o por la extinción de la megafauna hace unos once mil años, desde entonces la humanidad y los prístinos cazadores-recolectores son una fuerza geológica; B) comienza con el Renacimiento (Lewis y Maslin) y habría que llamarlo “capitaloceno” (Moore), pues con la invención del capitalismo inicia la verdadera devastación; C) inicia con la Revolución Industrial, pues ahí comienzan a incrementarse los niveles de CO2 atmosférico (Crutzen), D) principia con la “gran aceleración” después de 1945 (Waters, Steffen), pues ahí de verdad inicia la debacle y la presencia de isótopos radioactivos artificiales (las bombas atómicas) es contundente.

Estas cuatro opciones son posibles. Pero cada una tiene consecuencias políticas: A) es nuestra naturaleza, no hay nadie a quien culpar y, como dijera José López Portillo, “la solución somos todos”; B) es culpa de un sistema económico específico y del imperialismo colonial de unos cuantos, sobre ellos cae la responsabilidad de la solución; C) es culpa de un cambio tecnológico específico (la máquina de vapor) y, por tanto, la solución habrá de ser tecnológica (y, por ende, primermundista); D) es culpa de todos, ¿ven?, desde que comenzaron a desarrollarse los países tercermundisas todo va para peor, así que hay que jalar parejos.

Aquí el “golden spike” de los estratígrafos se torna pretexto para otro debate, el que realmente tiene que ver sobre lo que estamos dispuestos a realizar para seguir en este planeta. ¿A qué tipo de investigación se le deben de asignar más recursos? ¿Qué cambios tenemos que hacer en nuestros sistemas de producción y consumo? ¿Quién tiene que designar más recursos y qué implicaciones políticas, sociales y económicas conllevaría? En resumen, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de “calidad de vida”?

Por lo pronto, el término antropoceno ya está ahí, en la mesa de discusión, y ha logrado que humanistas, científicos sociales y naturales tengan un punto en común para dialogar. Tal vez éste sea el primer paso para, como mencionaran Funtowicz y Ravetz, se consolide una ciencia post-normal donde el riesgo, el riesgo social a corto, mediano y largo plazo, y la responsabilidad de los actores (políticos, empresarios, etcétera) sean parámetros insoslayables.

Si a mí me preguntaran, yo propondría 1492 como inicio del antropoceno: una fecha que nos deja en claro, no sólo la conversión ilusa del mundo en una fuente inagotable de recursos, sino también, y más importante, el inicio de una masacre sistemática por parte de unos grupos de seres humanos sobre otros.

Si la fecha de inicio no ha de apuntar a la presencia de sedimentos -como señalan los geólogos- sino a las causas -como señala el resto-, transformar la épica colonialista en una historia de la destrucción del planeta sería buen punto de partida. Además, como se puede ver en la fotografía, sí hay cambios claros en los sedimentos.

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