Continuidad del régimen

Por Luis Felipe Lomelí

 

Imagen de El Vedado I

El aire huele a sal, a sexo, y ella mira a las prostitutas. Ha decidido ir al cine, a ver una película canadiense que presentan en el festival, porque necesita algo de espacio, de habitación propia, e imaginaba que él diría que no, que cómo iba ir a encerrarse dos horas o más para observar una historia conocida, cercana, después de haber viajado con varias escalas a esta ciudad que otrora quisiera ser imitación de la suya, imitación que se nota en la arquitectura de tantos edificios que sucedieron a los cascos españoles –no sólo El Capitolio–: el mismo fraccionamiento donde ahora Mariana mira a las prostitutas en espera de Rodrigo es uno de los últimos jirones del urbanismo estadounidense. Esto lo maravilla a él tanto como las isleñas, por eso estaba segura de que no la acompañaría al cine, de que podía tener un momento de soledad entre la multitud.

Lo necesita.
Siempre los necesita.
Sin embargo ahora piensa que, en cuanto se vaya, todas las prostitutas que están en el café se acercarán a Rodrigo. Ya lo ha visto: en el malecón, en los paladares. El europeo sexagenario con la negra de quince. El par de turistas al que se le acerca un cubano con dos mujeres. Y ayer mismo, en el restorán del hotel, cuando la pareja de un argentino se distanció un poco de la mesa, se acercó a él la mulata que llevaba media hora sola con una bebida. Ya les conoce: su proceder, su ropa. Cuando Rodrigo le dijo que si iban a La Habana ella lo tenía que acompañar a ver las prostitutas, Mariana pensó que tendrían que hacer un viaje especial a la zona de tolerancia: igual que si fuera Valparaíso o Santiago de Chile. Pero desde el primer día que llegaron y fueron al fuerte de El Morro se dio cuenta de que eso no sería necesario, que están en todas partes: en cualquier sitio donde se pague en dólares, en cualquier calle donde camine una mujer con ropa nueva, importada. Allí donde ahora mira a Rodrigo volver por entre las sillas se paga en dólares, y las prostitutas están de a una o de a dos en cada mesa, con su falda caribe, con los hombros descubiertos, a la espera del turismo.

A la espera de Rodrigo en cuanto se quede solo. Llega. Le pregunta si de veras va a ir al cine como si eso fuera algo inconcebible. Alguna vez le escribió que las historias no se ven, se viven; ella le contestó que las historias se cuentan, se imaginan porque la vida es corta.

–Sí voy, po’, no pude asistir cuando estuvo en Valpo. Él sonríe, un poco engreído. A ella le gusta que sea así, que diga que es ingeniero, cuando da clases de filosofía, cuando lleva varios años sin ejercer la carrera que estudió. También sabe que eso se puede convertir en un defecto, que algún día le podrá resultar chocante. Pero no ahora, ahora le gusta todo.

–Vai a estar a merced de las isleñas, güevón, ¿cachai cuánto te quiero?

–Y tú te vas para estar a merced de los isleños. Lo mismo, sudaquita, cualquiera de éstos es más atractivo que yo.

En otra ocasión ella habría de negarlo, no ahora. Desde antes de viajar a la isla, en los correos electrónicos, le habían escrito sobre la belleza de los cubanos y, desde que están aquí, no falta el comentario entre bromas de que deberían dejarse libres para hacer lo que sea, o que deberían invitar a alguien. Por eso no lo niega, sólo sonríe y lo besa para luego arrepentirse de haberlo hecho: se imagina que está marcando territorio y no es necesario. Para eso está la confianza.

Él ríe como si supiera qué pensó Mariana. Le dice que la cola del cine ya empezó a avanzar. Ella se vuelve hacia la esquina que está al cruzar la calle y corrobora que es cierto, que la la de mujeres y hombres, de adolescentes hermosos, se mueve. Antes de despedirse ella le propone un trato.

–Si hacei algo con alguna de estas minas, me contai. ¿Oquéi?

–Estamos, po’ –responde él imitando su acento, con la nostalgia de saber que el propio se le perdió sobre los años de vivir por Nueva York y Washington.

Mariana sale, él la observa, luego mira hacia las prostitutas.

 

 

Dos minutos para Rodrigo Arronis

Le respondieron que no lo hiciera porque no valía la pena arriesgarse, ya caería el régimen, ya podrían verse en cualquier otro sitio. Incluso más barato. No se lo preguntó a mucha gente, por lo mismo, sólo a los más allegados: Naguib y Flavio, de la faculty; Rosa Romero, del restorán La Flor de Yucatán. Todos estuvieron en contra, por lo menos al inicio. También su propia familia desde Ciudad Juárez, cuando se los soltó a boca de jarro, nomás para que supieran dónde iba a estar por si ocurría alguna desgracia.

Flavio, como siempre, le dijo que mujeres había muchas: Just look around, my mexicancico friend; Romanticism died with the 19th century. Naguib fue más cauto. Primero le dijo que lo pensara bien y, al día siguiente, muy circunspecto fue a su cubículo para invitarlo to have dinner at home, my home.

Allá, durante la sobremesa, ya que Jadicha los había dejado solos, Naguib le hizo cuantas preguntas consideró necesarias para entenderlo. Luego le relató de nuevo cómo conoció a su esposa, la descripción del puente sobre el Nilo en el que se veían, el dolor al partir de El Cairo cuando le dieron la beca y los afanes que sufrió para regresar por ella y traerla a América.

–So, are you in love with her?
–Yeap, Naguib, that’s it.
Naguib juntó las manos y miró hacia el techo como si tratara de recordar un sura sobre el amor. Ya no valía la pena advertirle sobre el peligro de que en la universidad se enteraran del viaje; para Naguib, a diferencia de Flavio, el problema no estaba ni en el trabajo ni en el sexo. Everything for love, dijo, pero luego agregó lo que consideraba el único inconveniente: el capricho. ¿Por qué esa mujer, si te ama, te pone en una situación de riesgo?

Tenía razón. Por un par de días Rodrigo sugirió, sin decir nunca la causa de fondo, otros sitios: Costa Rica, Playa del Carmen, San Pedro Sula. Pero ella escribió que era «nuestra oportunidad para conocer Cuba antes de que la conviertan en Las Vegas». Así que ya no insistió, el anhelo era de ella.

–Ay, m’ijito, que no me oiga mi marido pero si usté hiciera eso por mí, yo me prendaba de usté –le dijo Rosa Romero, La Flor de Yucatán, retractándose de todo lo dicho cuando por n él se animó a revelarle que el viaje lo hacía por una mujer, que lo de conocer la isla era lo de menos–. Serías un hombre, m’ijito.

Un hombre, un héroe. Un hombre que tomó un avión para San Antonio y luego un autobús a Laredo y de ahí a la ciudad de México por la visa engrapada en su pasaporte mexicano (el otro se quedaría en casa de una tía suya, en Cuajimalpa). Y por n al aeropuerto, con la conciencia de que todo acto de heroísmo es un acto de estupidez, con la conciencia de que él, en ese momento, por Mariana, quería ser un estúpido.

 

 

Edílmar, el acompañante de Mariana Aparicio

Lo vio desde que se acercó a la fila: un muchacho esbelto, moreno, con ojos de gato, con Yemayá en el nombre y en los labios. Lo vio ahí, con sus bermudas caqui y su camiseta blanca, desde antes de volver para despedirse de Rodrigo con una mano en alto y confirmar lo obvio: una prostituta ya suplía su lugar en la mesa.

Mariana ríe para sí ahora que recuerda la imagen mientras la película narra la historia de una mujer canadiense que viaja a Baja California para encontrarse a sí misma. El muchacho de los ojos de gato está sentado en la butaca de junto. Parece que está solo, a unos centímetros de distancia. ¿Qué hace un muchacho solo en el cine?, piensa ella. Mariana vuelve a reír. La mujer canadiense está sentada frente a un mexicano, blanco, blanco como Rodrigo, y están en silencio porque ella no sabe español y él no habla inglés; la cámara hace un acercamiento a las manos que se mueven un poco, que quieren tocarse. Tiembla el dedo meñique de ella, la mano completa de él. La escena es larga, ninguno de los dos se atreve a sortear el abismo de la mesa y Mariana, en el cine, comienza a mover su mano para tocar la de Edílmar. No sabe que se llama así, no lo va a saber nunca a pesar de que le roza el dorso con una uña y él respinga. Mariana sonríe, le sonríe mirando sus ojos de gato. El muchacho devuelve la mirada y ya no se mueve, pero tiembla al sentir que los dedos de Mariana tocan su mano y luego su pierna. Suben por el muslo levantando el tramo de la bermuda, llegan al pene y la erección es completa, es la erección de un muchacho de trece años. Edílmar ríe, baja la cabeza mientras ella le acaricia el pene. No trae calzones. En el instante en que Mariana deja de tocarlo para cambiar de mano, el muchacho voltea con extrañeza, como si ya se hubiera acabado todo. Ella le sonríe: tranquilo. Lo besa en los labios. Lo besa. Pone su lengua sobre la suya. Edílmar muerde, succiona, besa con la desesperación de su edad y Mariana tiene que jalarle las riendas para guiarlo, para que vaya despacio. Es un potro retobado, un potrillo; ella es chalana.

La película sigue mientras Mariana abre la bragueta. Es un pene hermoso, circunciso, no le cabrá en la boca. Se agacha. Edílmar mira hacia todos lados con el miedo de ser descubierto, con la excitación de que lo descubran. Mariana circula el glande con la lengua. Lo besa, lo abraza con los labios. El glande palpita, está hinchado, hinchadísimo: es un niño, podría venirse en ese momento así que ella se incorpora, se levanta la falda. Casi sin levantarse del asiento enrolla sus calzones hasta los tobillos. Invita a Edílmar. Él está temblando, con una mano en el pene. Le pide de nuevo que se acuclille entre sus piernas. Él está temblando, mira alrededor, se le notan las tetillas erizadas bajo su camiseta.

–No te masturbes, po’.

Lo invita a que se acuclille entre sus piernas, a que forme un mar de saliva y flujo, a que las olas revienten como revientan en el malecón de La Habana.

–No te masturbes, po’, que quiero que te vengas en mi boca.

Lo cubre con la falda. Contrae el abdomen. Mariana pasa una mano por sus senos, la deja apretando el pezón derecho, el que es más sensible, e imagina a Rodrigo con la prostituta. Imagina que es Rodrigo el que está ahora entre sus piernas.

La mujer de la película está frente al océano.

 

 

Dos minutos para Mariana Aparicio

No le gusta Viña aunque ahí trabaje. Aunque tenga que pasar más tiempo en el bus, prefiere vivir en Valparaíso. No sólo porque los arrendamientos sean más económicos en Valpo sino porque Viña le parece un muerto embalsamado, plastificado en sus calles anchas y limpias, sus calles que no se tuercen ni son de piedra, sus calles que no miran al mar. El mismo sentimiento, o mejor dicho, el mismo sentimiento pero exagerado fue el que sintió cuando viajó a Manhattan para visitar a Rodrigo.

Se conocieron en Valparaíso. Rodrigo había ido a Santiago para dar una charla sobre obstáculos epistemológicos en la Universidad de Chile y un amigo mutuo le dijo que debería aprovechar para conocer la costa, que él le conseguía quién lo recibiera allá. Y así fue. Terminaba el invierno y aún no había muchos clientes en la alberca de Viña, por lo que Mariana tuvo todas las horas del cielo para mostrarle el puerto, para andar por los callejones comiendo guindas, ir a los observatorios a mirar las casas de lámina frente al Pacífico, meterse a los túneles y a los elevadores.

Si bien al inicio pensó que su huésped iba a ser un pedante –mexicano y neoyorquino, doble soberbia, doble pedantería– y sólo lo aceptó por el amor a esa tierra que le llena los ojos, poco a poco fue tomándole cariño: miraban lo mismo, miraban al mar.

Una noche después de una fiesta, con una botella de vino del Maipo sobre las escaleras de algún cerro, Rodrigo preguntó:

–Por qué, si lo tuyo es la literatura, das clases en una alberca.

–Porque amo el agua, ¿cachai?

El agua que ahí está viva y que en Nueva York no existe, sin importar que éste tenga playa y Valparaíso no. Para Mariana en Nueva York no hay mar ni agua, sólo concreto. Es peor que Viña. Aún no sabe si fue eso, o que Rodrigo la disfrazara de todas las mujeres que había amado, lo que la hizo volver al Cono Sur con un sentimiento de desasosiego. Fue una canallada, él quería un exorcismo. Eso dijo: para borrar mi pasado, tengo que reinventarlo contigo. Y Mariana aceptó ser la estudiante, la rubiecita de El Paso, la hindú que se sentaba a leer en un café de Greenwich, la prostituta de Juárez. Aceptó todo, sin saber por qué. Su madre le había dicho que el vaso más frágil es el que dura más, que aparentara fragilidad con los hombres para que la procuraran. Pero ella no quiso eso, nunca lo ha querido. Tampoco una relación de competencia y gritos como las que aparecen en las películas de Hollywood. ¿Fue por eso? Tal vez porque la ausencia de océano le quitaba las ganas, la voluntad.

Cuando se despidieron, en el aeropuerto John F. Kennedy, Rodrigo le dijo que la fidelidad nada tiene que ver con el cuerpo, sólo con la memoria. Aún así continuó el desasosiego, necesitaba el mar, estar un momento a solas.

 

 

Imagen de El Vedado II

El cabello le huele a sexo, como el aire, a sexo de mujer. Mariana lo aspira mientras enreda sus dedos y saca la lengua para probar el humor de la mulata. Seguro fue una mulata. O una negra. Cuando dobló la esquina, para entrar al cine, quien estaba en la mesa era una mulata. Aspira. Prueba.

Son las diez y veinte de la noche. Están en la habitación del hotel. Pidieron a la recepcionista que un auto pasara por ellos en media hora y acordaron entre sí que subirían a cambiarse para ir a La Casa de la Música. Ambos saben que eso era un accesorio, un cosmético, que la percha estaba en otra parte: en un trato. Mariana prueba, lame, pero no alcanza a diferenciar los sabores por esa manía que tiene Rodrigo de no bañarse diario. Él comienza a desabotonarle la blusa. Acaricia su cuello con la nariz, baja hasta la axila. Huele. Desde la calle trepan los sonidos de las máquinas americanas, los gritos entre choferes de cocotaxis en su sitio de la esquina. Rodrigo separa la tela para descubrir los senos: el derecho está un poco enrojecido. Besa el pezón. Lo jala con cuidado entre los dientes. Lo mama. Ella desenreda los dedos y le deja caer el envés de las uñas por la espalda, como si fuera una leona que tiene que limpiar sus garras. Él gime. Muerde.

La voz de una argentina rebota por el corredor y se cuela por debajo de la puerta. Se escucha: es una ordinaria, ¿vi’te?, como todas acá.

Él muerde. Mariana escupe contra la nuca de Rodrigo y ve escurrir su saliva blanca por el cuello, hacia el pecho. Quiere besarlo. A Mariana le sabe la boca a semen y quiere besarlo como lo hizo cuando salió del cine y lo encontró solo en el café. El semen de Edílmar era menos amargo, más fluido, era semen de niño y ella lo hubiera tragado de no ser por los atavismos del sida. ¿Y él?: él lo probó de sus labios y siguió besándola, aca- riciando el interior de su boca con la lengua.

Mariana regresa sus uñas por la espalda, levantándole la camisa, trazando las calles que suben desde el mar en Valparaíso. Él se arquea, aferra sus manos a las nalgas, la jala para sí y contiene el gemido pero deja escapar un hilo de saliva de sus labios, sobre el pezón enrojecido.

Ella lo separa. Quiere besarlo, mirarlo a los ojos. Podría decirle que él también tiene que ser todos los hombres que ha tenido, que tiene que ser un niño con miedo en el cine, un entrenador de nado libre, un pituco idiota pero lindo, un vecino, todos. Podría decirle eso y también que el vaso más frágil no es el que más dura, pero que ninguno puede resistir todos los golpes; o que no sea leso, que se cuide. Podría decirle. Mira el cabello revuelto, los ojos fijos.

Nadie habla.

Él también podría decirle otras tantas cosas. Pero sólo se observan, se tocan, se huelen: los sonidos vienen del corredor y de la calle.

Mariana entreabre los labios. Él la mira.

El olvido es un perro furioso. O, mejor dicho, la memoria.

Se miran. Suena el teléfono y Rodrigo se estira para decir que sí, que gracias, que enseguida bajan. Cuelga.

–No quiero que me cuentes, po’.
–Tú tampoco lo hagas.
Salen de la habitación con la misma ropa. Entran al elevador. Están solos, en silencio. Poco a poco él acerca la mano a la de ella. Entrelazan sus dedos sin mirarse y así atraviesan la puerta cuando se abre y cruzan el lobby y llegan a la calle donde los espera el auto que los llevará a La Casa de la Música.

 

El aire huele a sal.

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