Abril está en otra parte

Por Luis Felipe Lomelí

Mónica dice  que  una  siempre  sabe con  quién  se mete, que negarlo es hacerse pendeja. Me lo dice a mí, aunque lo diga en femenino, ahora que trato de explicarle  en detalle  por qué  me separé  de Abril.  O, más bien,  que trato de decirle  que yo no me esperaba  eso, que aún me duele,  que si no fuera por que Ernesto me lo advirtió  yo habría  tratado  de solucionarlo de otra forma y, seguramente, habría  sido peor. Aún tengo la última  imagen, todos  los  días  me  atosiga  y yo  lucho para que ésta no me arrastre como  un tráiler  por una calle  de piedra.  Por eso quiero  contársela a Mónica, para ver si así me deshago  de los recuerdos.

Tomamos  un café por la mañana en Chapultepec. Es temprano y el camellón aún  no se colma  de adolescentes  en  patineta; sólo  pasan,  a ratos,  algunas personas con pancartas. Yo casi no he tocado  mis chilaquiles por estar hablando, pero no hay prisa, ella no se va a desesperar  y a preguntarme que  si no  tengo hambre,  que si se los puede comer. Mónica está a dieta perpetua  porque  después  de los treinta  ya se sabe, no es como Abril que lo devoraba  todo y luego se metía a un régimen  de espanto  que la llevaba  al baño a hurtadillas después de cada comida. Así que lo tomo con calma  y le repito,  trato de explicarle, que no, que yo no lo sabía, que no tenía ni la más reputa idea de que eso pudiera  pasar.

–Detrás  de  cada  persona  hay  un  monstruo, Miguelito, eso ya lo deberías  de saber –sentencia Mónica, en masculino porque  se trata  de monstruos, por supuesto,  mientras  mueve  con el tenedor  una  de las rebanadas de papaya  en el plato  (eran cinco,  quedan tres)–. Pero lo que  yo digo  es que  una  siempre  sabe cómo  es ese monstruo, ¿no me vas a decir que no te lo esperabas,  Miguelito?

Miguelito, otra  vez,  ya  no  estoy  acostumbrado a que  me  digan  así.  Ahora  «Miguelito» es mi  hijo, aunque no me gusten los diminutivos. Miguelito, Miguel,  al que  tuvo  a bien  mi madre  en cuidarme hoy día  para  venir  a desayunar con  Mónica. Pienso  en ella, creo que soy como ella, como mi madre.  Porque a pesar de los casi treinta  años de diferencia, estoy repitiendo sus pasos: me relaciono con puras mujeres  y hombres  divorciados (más con  mujeres),  corro  de la casa a la primaria y luego  al trabajo  y de ahí a la primaria  de vuelta  y de camino  a la casa me detengo  en la cocina  económica, como en chinga  con mi hijo,  le doy  todos  los pormenores de lo que tiene  que hacer por  la  tarde,  se queja,  le explico  con  una  paciencia que  no sé de dónde  mierdas  me sale,  le digo  que  él es el encargado de la casa, que ya está grandecito, que no puede  hacer  pendejadas porque  se lo carga el payaso y yo no puedo  andar  saliéndome de la chamba a cada  rato  porque  me  correrían  y,  entonces  sí,  no tendríamos ni para comer ni para comprarnos la nueva versión del juego de comandos militares para la computadora.  Y después,  cuando  regreso  por  la  noche,  le preguntó  cómo  le fue,  arreglamos lo  que  haya  que arreglar  y encendemos las computadoras en red para darnos  en  la  madre  virtualmente hasta  que  se hace la hora de dormir  y besitos y hasta mañana. (Con  mi madre y mi hermana jugaba a las cartas, o al Scrabble, o a lo que se nos antojara  cada noche.)

Mónica también está  divorciada, como  mi  madre, como mi hermana, como la mayoría de mis amigas y compañeros de la carrera.

–Es que así debe de ser, eso de toda la vida es algo muy  anticuado –me  responde,  dándole vueltas  a su rebanada de papaya, cuando  le pregunto  si tanta separación no será un síntoma  de este tiempo  tan jodido–. Pero no te me distraigas, Miguelito, no te pongas  de moralista; estábamos  con  que  te estabas  haciendo tonto  con Abril.

No me distraigo: ella me distrae.  Dije eso al vuelo porque  quiero  contarle  lo que me pasó y no tengo intenciones de  dilucidar qué  tan  capaces  somos  para andar  adivinando el futuro,  para  saber qué  sucederá con una persona.  Para Mónica es simple,  aún no me ha dicho  cuál fue la última razón que precipitó el divorcio  de su ex tormento –como  dijeran  las de la ge- neración de mi madre–,  pero no hace  falta: el hombre estaba  loco,  desquiciado. Eso lo sabíamos  todos y eso, exactamente, fue lo que le gustó a Mónica. No porque  quisiera  salvarlo  ni nada por el estilo (aunque quién  sabe)  sino  porque  representaba para  ella  toda liberación posible: de sus padres,  de la sociedad  burguesa  contemporánea, de la sexualidad reprimida (al fulano  le encantaba que  ella  se metiera  con  otros  y otras siempre y cuando  le contara  cómo estuvo), y no sé de qué  más ondas  que  ella  creía  que  la encadenaban.  Pero para  mí  no.  Y tiene  razón,  soy  moralista, tantos  años con jesuitas  y luego  con maristas  no podían  quedar  en el olvido.

–No, güey.  El asunto  no es tan fácil. Abril parecía una  persona  normal, tranquilita, ni  siquiera  me  di cuenta  del pedo del Rivotril  hasta  que estalló.

Vuelvo  a la imagen: la cocina-comedor de la casa, comemos  Miguel y yo; ella entra en silencio, tiene las pupilas  dilatadas.

–No  mames,  Miguelito, cómo  no  te ibas  a dar cuenta… Y no me digas güey, pinche  machista –su rebanada  de papaya  se rompió,  se le queda  mirando un momento como  si estuviera  a punto  de  reclamarle, luego  cambia  el tenedor  a otra de las dos rebanadas que siguen  completas y continúa haciendo circulitos.

–En serio…  En todo  caso  las  señales  se podían confundir con cualquier otra cosa. Deja te…

–Ajá  –circulitos, circulitos; la  otra  mano  juega con  un  mechón  de cabello  y se vuelve  a sonreírle  a un fulano  con facha de intelectual o de reportero  que acaba  de llegar  al café y pide «lo de siempre,  Jacobo» al mesero  que  levanta  sonriente el pulgar  y le da el periódico antes de irse rumbo  a la cocina.

Oquéi, oquéi.  Pero cuando me di cuenta  ya era muy  tarde  y fue difícil  sacarle  la sopa a Miguel porque…

–¡Qué!

–Que  cuando  me di cuenta  era tarde por…

–Ya ves, ya ves, te digo: una siempre  sabe –deja el tenedor  y pasa su mano  por el hombro, mirando al fulano  con barba  de tres días; él devuelve  la mirada, sonríe,  luego  regresa a su periódico y lo hojea  como si leyera  ahí algo más que el común  de los mortales.

–No, te digo,  es difícil  saberlo  por anticipado. Lo que me llamó  la atención fue que Miguelito se cayera tan seguido.

–¿Por qué, eh? –sigue mirando al fulano,  de arriba a abajo,  los zapatos  de gamuza, el pantalón de pana.

–¡Cómo que  por qué,  güeeey! No es normal  que un  niño  se caiga tan  seguido  a menos  que  esté pendejo.  El problema es que  por mi chamba  yo casi no podía  estar en la casa y no podía  hablar  con él, güeeey

–levanto  un poco la voz, acentúo  la última palabra.

–Ajá  –responde  Mónica mientras  le  sonríe  otra vez al intelectual que acaba  de recibir  su café de manos de Jacobo.

–No mames,  pinche  Mónica, ni me estás poniendo atención por andar  coqueteándole a ese cabrón: ya van dos veces que te digo…

–¿A poco no es lo mejor?

–¿Qué?

–El divorcio.

–¿Qué?

–Sí, una  es libre  de hacer  lo que  quiera  sin tener que  rendirle  cuentas  a nadie: es el  estado  perfecto. Pero bueno,  bueno,  me estabas  diciendo…

Respiro.  Una,  dos veces. Tomo un bocado  de mis chilaquiles  que  ya  están  medio   fríos  y  saben  de la chingada. El fulano  que cree entender al mundo  se levanta  de su mesa y viene para acá a pedir un encendedor.  A mí ni me mira.  Mónica, que no fuma  pero carga  con  todo  lo  que  considera necesario, se apresura a sacar de su bolsa un encendedorcito muy  nais. Sonríen. Comentan algunas  cosas: A qué te dedicas/ A mí también me caga Guadalajara/ ¿Viniste  a la ma- nifestación?/ Tengo  31 años.

No existo.  Es igual  que  en la chamba: a nadie  le importa  quién  se jodió el lomo cuidando la seguridad de la red que utilizan a diario.  Igual que mis señores ex jefes  no  entendían (y  mis  jefazos  actuales  tampoco lo entienden) que yo podía  hacer el mismo  trabajo en casa y, si así hubiera  sido, desde antes me hubiera  dado  cuenta  de  cómo  estaban  las  cosas  con Abril.  De sus frustraciones que  terminaban contra  la cara y los brazos de mi hijo.  Se cayó. Porque sí, la cagamos,  por contar  mal  los días quedamos embarazados antes de terminar  la carrera y no nos atrevimos  a abortar.  Pero supuestamente, por común  acuerdo, decidimos  que  no  queríamos tener  un  hijo  de  guardería,  que eso estaba de la chingada. Pero que no había problema porque  para cuando  el niño  ya fuera al kínder  entonces  Abril  volvería  a sus clases  y terminaría  su licenciatura, y entraría  a trabajar,  sólo que…

–Perdón,  perdón,  ¿me  decías?  Es que  este  niño está guapísimo, ¿sí lo viste?

–Ei –respondo  pensando que  fue  una  estupidez venir,  que mejor  me hubiera  ido con Miguel a andar en patines  a la Vía Recreativa.

–Híjoles,  es un cuero,  y se ve que  ha de ser bien inteligente ¿verdad? Pero bueno, ya ya, ¿qué me decías?

–Te decía  que  tienes  razón  –le respondo  con flojera–. Desde el inicio  yo sabía  que Abril  estaba  loca, nomás  que no me quería  dar cuenta

–Ya ves:  te lo dije.  Siempre  es así.  Y, bueno,  no estás tú para decirme  ni yo para saberlo  pero ¿has sabido  algo de ella últimamente?

–No  –miento– hace  unos  días  habló,   después de un mes de ausencia, porque  quería  ver a Miguel; pero él se pone muy  mal cuando  esto sucede,  así que le dije a ella que lo arreglara  con la trabajadora social.

–«¡Eres un hijo de puta!», –me gritó. ¡Me quitaste mi vida y ahora también me quieres  quitar  a mi hijo! Y le dio  un madrazo  al teléfono, uno  como  los que le ponía  a Miguel.

Vuelvo  a la imagen: Miguel llora,  Abril está parada atrás de él, sonriente.

–¿Y ya estás saliendo con alguien?

–¡Qué? –pregunto  más por asombro  que por sordera.

–Que  si estás saliendo con alguien.

–No. No, no.

–Pues deberías,  ¿eh? Por eso traes la cara que traes, lo que…

Mónica sigue hablando. Pasa gente con pancartas, también punketos. Miro  al primer  eskato en el camellón,  al rato habrá tantos  como un enjambre. Mónica me pregunta  algo más pero no la escucho.  Ya no me apetecen los chilaquiles y espero cualquier oportunidad para largarme. Llega: ella se vuelve hacia el intelectual y ambos brindan con la taza de café. Perfecto. Le digo que  me voy,  que  mi  madre  tiene  un  compromiso y tengo  que ir a recoger al chaparrito.

–Ay,  Miguelito, pues ¡ánimo! Vas a ver que  todo va a salir bien.  Luego platicamos con calma,  pero por lo pronto  aliviánate, sonríe,  ya va casi medio  año y tú sigues con tu jetota en lugar de sentirte  feliz, liberado. Fue lo mejor que te pudo  pasar, mírame  a mí, o a Ernesto: ya ves lo contento que está él también.

La dejo.  Tal vez podría  hablarle a Ernesto y relatarle todo de nuevo.  Sobre la mesa quedan los chilaquiles  que  casi  ni  toqué  y las rebanadas de papaya. Espero al muchacho del valet parking. Miro  un cartel pegado  al poste de teléfonos, tiene  el mapa  del mundo al revés, con el Sur arriba y dice: «Otro mundo  es posible».

Vuelvo  a mirar  a Mónica, quien  dialoga  ahora  de mesa  a mesa  con el tipo  que  ha de ser bien  inteligente. No era un buen  momento para hablar,  justifico, para contarle  cómo  fue que  comencé  a sospechar  que  los golpes  no  eran  accidentales, decirle  del  trabajo  que me dio lograr que Miguel me dijera  lo que pasaba,  y luego  discutir  con  Abril  para  tratar  de entender qué carajos  le sucedía,  por qué  hacía  eso;  y al principio nada: se cayó,  de veras mi amor.  Y duro  y dale  hasta que un día, cuando  regresó de con su amiga  la siquiatra, se puso como  pantera  y se soltó a mentarme que todo  era culpa  mía,  que  había  acabado  con  su vida, que  ella  no podía  realizarse  profesionalmente como yo y sí, sí, a veces lo golpeo porque  no entiende nada, está tonto  tu pinche  hijo,  yo ni lo quería.  Intenté  decir algo  en ese momento pero  pronto  me di cuenta de que yo solo no llegaría  a ningún sitio. Para qué explicarle  que también me pesaba,  que a mí me importaba  un  carajo  realizarme profesionalmente –para  lo que  se puede  lograr  en este mundo  sin  futuro,  para los putos trabajos que he tenido–  y que estaría encan- tado  de que  ella  lo hiciera  si pudiera  encontrar algo que por lo menos ajustara para comer los tres pero no, no, ya cuando Miguel entró al kínder ella no quiso volver a las clases.  Nada.  Y yo sumido  entre  las computadoras de la compañía sin tener idea hasta ese día en que me lo dijo.  Entonces  intenté  con un par de sicólogos  y hasta  con un sacerdote  y luego  decía  que  sí, que ya no lo iba a hacer,  pero volvían  a aparecer  los hematomas. Así hasta  que  Ernesto  me  dijo  que  tuviera  cuidado, que  si en  el kínder  llegaban a sospechar  violencia intrafamiliar, el que  llevaba  todas  las de  perder  era  yo.  Entonces,  con  todo  el  tacto  que pude,  convencí a Miguel de que  tenía  que  decirle  lo que  pasaba  a un  señor  que  nos iba  a ayudar. Y fuimos: ésa fue la primera  advertencia legal  que recibió Abril.  Estuvo  tranquila alrededor de  tres meses.  En ocasiones  la veía con las pupilas  dilatadas pero, como eso sólo pasaba por las noches,  yo supuse que era por la  falta  de  luz  y no  sospeché  que  su superamiga la siquiatra le estuviera  dando  recetitas  de Rivotril. No me  di  cuenta.  Aunque tiene  razón  Mónica, quien ahora  está  en  la  mesa  del  intelectual fumador, debí saberlo.

Por fin llega el muchacho del valet parking con mi coche.  Le pregunto  por qué tardó tanto y me responde  que  hay  una  manifestación frente  al  consulado gringo.  Le doy  diez  pesos.

–Aquí en chinga  a la izquierda, patrón,  pa’ que no se tope con el desmadre.

Conduzco. Vuelvo  a la imagen: Abril como  loca, como  un  monstruo, como  nunca  la  había  visto,  es mediodía, estamos  en la cocina-comedor de la casa, Miguel juega  con  un  par de monitos  sobre  la mesa mientras  yo preparo  unos  macarrones con  queso  de cajita  antes  de  volver  a la  oficina  porque  Abril  no hizo  nada,  ella  aún  no está ahí,  sigue  tumbada en la cama como cuando  llegué  y dijo que no se levantaría más; le  sirvo  su plato  a Miguel y le  digo  que  deje de jugar  porque  es hora  de la comida, sirvo el mío, aparece Abril callada, con la cabeza gacha, llega al fregadero,  se vuelve,  camina  hacia  nosotros,  tiene  las pupilas  dilatadas, mira hacia  Miguel que está haciendo  un  batidillo de  su playerita con  los  macarrones,

«¡Estoy harta  de ustedes,  harta!», de un sopapo  estre- lla  la cara  de Miguel contra  el plato,  saltan  algunos macarrones, caen los monitos  que estaban  a un lado;

«¡Qué te pasa!», me levanto, Miguel se limpia la cara con  sus manitas, le escurre  sangre  de su nariz  entre las plastas de queso, comienza a llorar, Abril está atrás de él,  sonriente, a punto  de pegarle  otra  vez,  la de- tengo, «Mi amor, tranquila», «¡Tranquila tu madre, cabrón!», se zafa,  corre hacia  el pretil,  jala  el cajón  de los cubiertos  y toma un cuchillo, se abalanza, «¡Te voy a matar  pendejo!», Miguel llora,  Abril  me  lanza  un tajo sin puntería y logro detenerle el brazo por la muñeca,  se sacude,  Miguel llora,  le  tuerzo  el  brazo  a Abril,  me golpea  en la cara, en el pecho  con la mano libre,  logro que suelte  el cuchillo, me escupe,  Miguel llora,  Abril  me mira  con  odio,  me da con  la rodilla en el muslo  y de un trancazo  la mando  al piso,  voy a golpearla de vuelta,  está temblando, encoge las piernas, llora,  Miguel llora,  lo veo, tiene  la cara revuelta entre sangre y queso,  camino  hacia  él, lo cargo.  «No pasa nada  chaparrito», sin dejar  de observar  a Abril: tomo  el teléfono.

Conduzco. Conduzco por Vallarta: sí, voy  bien. Ni siquiera  me fijé si había  o no manifestación frente al consulado gringo  y ya pasaron  varias  cuadras.  Estuvo  bien  que  no le dijera  nada  a Mónica, no era el momento, ella  estará más contenta, seguro,  ligándose a su intelectual. Tal vez tiene  razón  y yo soy un pinche moralista, porque  yo no me siento liberado ni contento porque  mi matrimonio se haya  ido a la verga. A lo mejor todo radica  en la educación jesuita,  o en que yo soy hijo  de divorciados y el divorcio  es repetir  el fracaso.  No sé. Tampoco  me hace feliz la idea de que Miguel sonría  mucho  menos  que los demás  niños.

Miro  otro póster con el mapa  al revés.

Miguel pregunta  poco  por  su mamá; pero  si lo vuelve hacer le diré que está en otra parte, que ella sigue de viaje.

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