Treinta y cinco años, de João Melo

os marginais

Traducción de Luis Felipe Lomelí

 

Por primera vez después de treinta y cinco años, nos encontramos ayer. De los exactamente cuarenta y cinco que compartimos, treinta y cinco años atrás, sueños desencontrados, estábamos doce: un buen número, si tomáramos en cuenta los corrosivos efectos del tiempo, las dolencias, los dolores y desavenencias, sobre todo, las no dichas. La fecha fue escogida al azar, más o menos de acuerdo con las posibilidades de cada quién. Sintomáticamente, el día no tenía nada de particular: no hacía frío ni calor, no llovía ni hacía sol, no estaba alegre ni desvalido. ¿Qué sorpresas se ocultarían en un día impávido e inocuo como ése? ¿Qué pasiones estaríamos dispuestos a dejar que irrumpieran, brutales e inofensivas? ¿Qué odios resecos e inútiles seríamos capaces de revelar?

Mientras me dirigía, en el taxi, para el lugar de nuestro colectivo encuentro, iba sintiendo que descendía sobre mis hombros todo el peso del tiempo transcurrido desde nuestra separación, pero, a pesar de que me esforzara en eso, no era capaz de caracterizarlo ni mucho menos de clasificarlo. Tal vez porque al final, y según de súbito se aclaró en mí, como una terrible revelación, nunca llegó a haber una separación, auténtica y dolorosa, entre nosotros. Simplemente la vida nos fue desligando a unos de los otros sin que lo sintiéramos, como un corte hecho a láser, invisible, indoloro y sin marcas aparentes. Una amputación clean, sin gotas de sangre, como un pálido pedazo de jamón rajado con firmeza y -quién sabe- con dulzura. Ése, pensaba en el trayecto de la casa al restaurante donde acordamos cenar, un dolor más pérfido y lacerante: llorar por una pérdida de la cual no nos dimos cuenta, inmersos en la espesa y truculenta vorágine de los días.

Hace treinta y cinco años, todo parecía posible y al alcance de todos, en especial de los seres absolutamente comunes, indignos y, más que eso, innominables. Un verbo inesperado brillaba en todas las lenguas, encendidas como soles. Todavía no sabíamos que inesperado, o diferente, no quiere necesariamente decir nuevo ni, mucho menos, renovado o redentor. Por eso, cabalgábamos ese verbo como heraldos de un anti-Dios decidido a recrear el mundo, más esta vez sin descansar, por lo menos mientras todas las injusticias históricas, cargadas hasta nosotros por los milenios que nos antecedieron, no fueran superadas. No creíamos en una predestinación cualquiera sino apenas en nuestra propia voluntad, estricta, simple y pura: teníamos una elección que hacer y la hicimos. Marchamos voluntariamente al son de las canciones colectivas, creyendo que podíamos alcanzar al sol, tocarlo con nuestras propias manos y erguirlo sobre la cabeza expectante de la humanidad, para que, exorcizados de todos los crepúsculos, éste brillara eternamente sobre ella, per saecula seculorum.

Nos animaba una exaltante, constante y empedernida certeza: la multitud ansiosa no constituía, para nosotros, una sombra amorfa y peligrosa; al contrario, estaba llena de rostros conocidos y familiares. Más que eso: nuestras caras, ardientes y juveniles, podrían igualmente haber sido reconocidas entre esos rostros sorprendentemente iluminados por el tiempo y por el resoluto afán de libertad. Las barreras creadas entre nosotros por el pasado reciente, presumida y presuntuosamente inmutable, se habían diluido en el aire sin cualquier fragor, como pobres edificaciones comidas en silencio por la podredumbre, sin brillo ni gloria, mediocremente derrotadas por el simple y sereno ejercicio de la esperanza. Eran, aquellos, días de exaltación y al mismo tiempo de reencuentro, rescate y redención; y también de promesas y certezas que no cabían en nuestros ojos fijos en el futuro, ése que juzgábamos infinito. Nosotros estuvimos allá, en el epicentro de esos días de fuego con el cual deseábamos forjar ardientemente nuevas formas de amor sobre la memoria del odio, de la discriminación y la explotación.

Era en todo eso en que pensaba, mientras el taxi me conducía, indiferente y profesionalmente, al lugar de nuestro encuentro. Pasáronse treinta y cinco años desde aquellos días, cuando abandonamos todo para ayudarnos a construir un sueño común de una patria independiente, libre y, sobre todo, generosa con todos sus hijos y con todos aquellos que querían hacer de ella su única madre. Aceptamos todos los desafíos: mirar de frente a los emisarios del pasado, cuantimás a los que se presentaran delante de nosotros como genuinos e impolutos libertadores, y denunciar las macabras y secretas intenciones que ellos traían en su alforja; enfrentar a los taciturnos y elegantes pájaros de la muerte, venidos del sur; substituir a los que dirigían, con gestos brutos o disimulados, la máquina que nos controló, disminuyó y empequeñeció durante siglos, pero qué, además de aprender a dominar, precisábamos rehabilitar; inventar un pueblo, construir una nación y un país. Éramos jóvenes, luego, podíamos todo.

No hesitamos, pues, cuando el futuro en que creíamos nos apeló, vehemente e imperativamente, a comenzar a construirlo y defenderlo en todos los puntos de la tierra invadida, donde la preeminencia del tiempo imaginado y deseado se imponga, irresistible. Fuimos soldados, profesores, médicos, ingenieros, periodistas -oficios descubiertos por la madre de todos los ingenios, la necesidad, tantas veces imponderable y sangrienta. En esos días iniciales, poco sabíamos unos de otros. Pero las noticias de nuestras pérdidas particulares no se hacían esperar. Al Noélio, por ejemplo, cobardemente abandonado por aquellos que lo convocaron en nombre del futuro, lo mataron en la meseta del Bié y su cuerpo fue descuartizado y lanzado a las aguas del Kwanza. Sus pedazos vilipendiados se transformaron en flores que todavía hoy navegan por todos los ríos y afluentes de la patria entera sin que, no obstante, nadie más los vea.

Pensé: ¿alguien se acordará de recordar al Noélio?

El primer brindis fue literalmente previsible.

-¡Un brindis por nuestro encuentro!

El Barbas, que estaba sentado del lado izquierdo de la mesa, dos lugares después de mi, había sido el proponente del brindis y, por eso, estaba de pie con la copa de vino tinto en la mano. Nos levantamos prácticamente al mismo tiempo, en un movimiento único, con genuino entusiasmo.

-¡Por nuestro encuentro! ¡Y porque vengan más reencuentros de aquí en delante!

Volvimos a sentarnos, a degustar lo que teníamos en el plato y a beber el vino que habíamos encomendado, cosa que unos hacían en pequeños sorbos mientras que otros lo ingerían en porciones más generosas, mas todos con evidente satisfacción, si no con la calidad de la bebida, por lo menos con las circunstancias en que lo tomábamos. Habíamos recorrido exactamente treinta y cinco años desde que nos dejáramos de ver. Y ahí estábamos, más avejentados, pero, a según intentábamos hacernos creer, tan joviales como antes o, quizá, como alguien se arriesgó a decir, provocadora e insensatamente, hasta más porque, argumentó, ahora estamos más serenos y desencantados. Se trataba, como a todos les fue obvio, de una provocación cargada de ternura y que suscitó una amena discusión, plena de autoconmiseración, sobre la inevitabilidad histórica del desencanto. A pesar de todo, éramos parte del grupo de los vencedores, por lo que podíamos ejercitar la autoconmiseración sin riesgo de parecer dementes.

Observé a los presentes uno a uno. El Luis, sentado a mi derecha, silencioso y tutelar como, deduzco, aprendió a lo largo de los enrevesados caminos de su vida. El Barbas, atento y operacional, era el que se comunicaba con el mesero y transmitía nuestros pedidos. La Márcia, con sus intervenciones breves y certeras, entremezcladas con silencios elocuentes y miradas abarcadoras y dulces, diseñando suaves arabescos en el aire, intimidantemente seductora. La Guida, que parecía la más sorprendida de todos nosotros por el hecho de que todavía nos acordáramos de tantas historias sucedidas hace treinta y cinco años, aprovechando las pausas para añadir algún detalle que consideraba crucial. El Cortez y sus carcajadas imponderables, como si se sacudiera una sombra desconocida que lo hubiera acompañado desde el día en que dejamos de tener noticias unos de otros. El Carlos, sorbiendo todos los fluidos como quien se deleita, secretamente, con las lembranzas difusas del pasado. El Pedro, escuchando todas las conversaciones como si fuera la primera vez que las oía pero, probablemente, con la extraña sensación de conocerlas, tal vez de alguna otra dimensión de su vida. El Joaquín y sus ilusiones inocentes. El George, la imagen viva y tranquila de la bonhomía. La Linda, derramando historias, confesiones, quejas, convicciones, afirmaciones, decisiones: un torrente incansable, una voz desconocida, una fuerza sorprendente, en suma, un descubrimiento.

No resistí y me pregunté a mí mismo: ¿qué es lo que estos treinta y cinco años han hecho de nosotros? Cuando me hice esa pregunta, no experimenté ningún sobresalto particular. Al principio me sorprendí por no haber sido acometido por ninguna angustia, mas después sonreí de mi propia estupidez: nuestra aventura común no pasó de un epifenómeno histórico y, por eso, no puede causarnos, treinta y cinco años después, ningún tipo de sufrimiento, por más dolorosas que hayan sido algunas vicisitudes por las que pasamos. Observadas aislada e individualmente, tales vicisitudes pueden adquirir una dimensión altamente dramática, casi épica, pero recordadas así como lo hacíamos en aquella cena, su importancia era nula. Algunas de ellas, incluso, se prestaban más a la descripción o a la interpretación pantomímica que a la glorificación. Reducidos a nuestra propia insignificancia y tornados prácticamente invisibles por el imparable y cruel movimiento de la historia, parecíamos, a pesar de todo, propensos a compartir y a celebrar los afectos esenciales, aquellos que, no se sabe por qué misterio insondable, resisten a las perversas y a veces torpes trampas del tiempo.

Para mí, todas aquellas historias constituían una revelación inconsecuente, pero espantosa, que escuchaba con placer y delicia contenida. De algún modo, me parecían relatos ficcionales puros, que oíamos con embeleso, como si estuviéramos sentados alrededor de una fogata amena acompañando las aventuras de personajes extraños y desconocidos: lo que los convertía en más grandiosos y creíbles. Nos reímos todos, por ejemplo, cuando alguno de nosotros nos contó:

–Pasé la noche del 10 al 11 de noviembre en la cama del hospital, ¡por culpa de una apendicitis!

Esa solemne y ridícula declaración hacía parte de una suerte de juego: cada uno debía decir dónde estaba la noche en que la patria, amenazada y cercada por todos lados, hacía su entrada a la historia, orgullosa e intrépida, dispuesta a sobrevivir y afirmarse o a zozobrar. En aquella noche fascinante, en que el cielo ganó nuevas estrellas que cayeron sobre las cabezas de los hombres como una lluvia al mismo tiempo benigna y exaltante, el viejo dilema hamletiano se impuso con toda su brutalidad: la patria existiría contra todas las conspiraciones, secretas o no. El sueño que nos hizo largar todo, para perseguirlo con la urgencia y la inimputable irresponsabilidad de la juventud, ardía en la voz del hombre en el centro de la plaza. Cada uno de nosotros debía, pues, revelar dónde estaba cuando sucedió el instante preciso en que las históricas palabras hicieron eco por la tierra entera, cortaron el mapa de la patria proclamada en el dorso de todos sus ríos, fueron transportadas por la espuma de los aires, retumbaron en todos los tambores rejuvenecidos y multiplicados por las manos encantadas de los hombres redescubiertos en toda su plenitud.

Mientras iba escuchando las revelaciones de cada uno, tuve la impresión de que apenas yo le daba importancia a una paradoja inútil: ninguno de nosotros había estado realmente en la plaza pero, a pesar de eso, la plaza estaba y seguía entera dentro de nosotros, no solamente en las historias que esforzadamente intentábamos rescatar, treinta y cinco años después, en aquella cena organizada por el Barbas, después de un intercambio emails que duró casi dos meses, sino sobre todo en nuestro destino individual y colectivo. Es cierto que el destino es una realidad contradictoria y, por eso, algunos de nosotros tuvimos que asumir otros rótulos y otros papeles, algunos irreductiblemente incómodos, que se nos fueron colando por la piel a lo largo de la vida, pero aquella plaza, en realidad, es una especie de cicatriz indeleble que cargamos para siempre entre nuestros ojos. Tal vez porque nuestra presencia en la plaza, aquella noche inicial en que pensamos que todo estaba por comenzar por primera vez, más que una evidencia, sea hoy un recuerdo permanentemente reconstruido.

–Yo estuve toda la noche encima de un Unimog, ¡a la espera de la orden de avanzar rumbo a Kifangondo!

La patria nacía sobre la amenaza de las botas y de los ceños extranjeros. También tuvimos, pues, nuestros guerreros, que no dudaron en desnudar el pecho delante de los tenebrosos emisarios de la muerte, estupidificados ante tamaña osadía, tan irresponsable como creativa. Soldados imberbes pero resueltos y conscientes, protegíamos el sueño que germinaba, creyéndolo translúcido. Dijimos: si es necesario, regaremos esta simiente inaugural con nuestra propia sangre, para que de ella crezca y se fortalezca un árbol extraordinario cuya sombra bienhechora contemple a todos los hombres y mujeres, en especial a los que siempre fueron castigados por la vil inclemencia de los días, noches, meses, años, siglos. Esa convicción que nos hacía creer, inmunes al sufrimiento: la patria naciente tenía que ser protegida y sólo nosotros podíamos hacerlo, pues no sólo éramos fuertes sino también limpios y puros.

La conversa comenzó a ser encaminada para los detalles. Era imperioso contarlos pues, al final, éstos explicaban nuestro destino. No lo revelamos -¿era necesario?- pero todos aprendimos que de eso mismo es que está tejida la existencia humana. Ni predestinación ni predeterminación: lo que define las elecciones de los hombres y de las mujeres es el azar y los detalles. Sin ovlidar, también, las paradojas.

La Linda, por ejemplo, se volvió comunista por influencia del catolicismo. Siempre que, ignara adolescente, salía de misa los domingos con la severa compañía de sus papás, pensamientos perturbadores tomaban cuenta de su cabeza. ¿Qué podría explicar el extraño hecho de que sus propios padres -blancos pobres y explotados, sin ninguna ambigüedad o matiz, por otros blancos- trataran con tanto desprecio, a pesar de ser empedernidamente católicos, a los negros con quienes lidiaban? Todavía hoy ella busca una respuesta, lo que tal vez explique por qué razón continúa, con su sanguínea y ancestral fe católica, creyendo en el comunismo. El Barbas se vio de repente solo en Luanda, después de la partida de sus padres para Portugal y del traslado de su hermano mayor, que servía en el ejército colonial, para la entonces “Nueva Lisboa”. Se puso entonces a almorzar todos los días en la casa de la Tía Armida, donde escuchó por primera vez ciertas palabras prohibidas -libertad, revolución, independencia- que lo volvieron prisionero de un alborozo que, felizmente, hasta hoy perdura. La Márcia comandó una huelga en el liceo, en protesta cuando expulsaron al Eloi de una clase porque la profesora no conseguía ocultar su pavor ante el rabioso y agresivo mutismo del joven. A pesar de parecer inconsecuente, esa huelga anticipó las opciones que ella tomaría posteriormente, a lo largo de la vida.

Hasta que los detalles fueron perdiendo su brillo y su fulgor, como acontece, dijo cierto día un poeta, con la corrosión histórica de los metales, y al poco tiempo fueron insuficientes para seguir alimentando el ejercicio de nuestro sueño común. Ortos detalles y azares los substituirían, graves y ponderosos, llevándose a cada uno de nosotros a andar, con o sin pasión, por otros rumbos que nos hicieron perdernos los unos a los otros durante los últimos treinta y cinco años.

Nadie, sin embargo, se atrevía a hacer la pregunta.

¿Cuándo fue que comenzamos a perdernos?

En verdad, ninguno de nosotros hizo esa pregunta por una razón elemental: nadie sabía la respuesta. Además, intentar formularla implicaba, por cierto, tener que desvendar algunos de los no-dichos improbables pero, al mismo tiempo, terriblemente claros y transparentes. Pero la historia nos enseña que la exégesis de ciertos hechos sin explicación y sin solución, además de imposible, es profundamente dolorosa y puede, incluso, causar conflictos altamente destructivos. Como es obvio, no era ése el objetivo de nuestra primera cena treinta y cinco años después.

Miré ocasionalmente por la ventana del restaurante. Caía, con exasperante lentitud, una lluvia risible lo que, tal vez injustamente, me llevó a concluir que, en verdad, no pasábamos de ser una docena de hombres y mujeres patéticos intentando construir, a los cincuenta años, una utopía más que imposible, como lo son todas ellas, difusa y extraña. Experimente una insoportable voluntad de mirar nuevamente a todos, uno por uno, intentando alcanzar las regiones más inconfesables que todos ocultamos dentro de nosotros, en busca de la verdadera razón -remordimiento, calculismo o, quien sabe, morbo- de aquella cena pero luego descubrí que el problema estaba en mí y no en los otros. Una vez más, mi escepticismo imperceptible me traicionaba.

La historia nos juntó y la historia nos separó, cuando hicimos nuestra elección, hace treinta y cinco años, sin preguntarnos de dónde veníamos. Habíamos llegado juntos a aquel tiempo y a aquel lugar que urgía transformar en otro tiempo y en otro lugar donde todos nos reinventaríamos, independientemente de los orígenes de cada uno. Nos unía el futuro y no el pasado. Lo que, dramática e infantilmente, olvidamos fue que el futuro no acontece como simple o mera consecuencia del tiempo: es construido violentamente por el presente, el cual, muchas veces, no duda en inventar, adulterar o eludir el pasado. El presente es siempre truculento.

Algunos comenzaron a ser delatados por un mísero detalle: el color de piel. La historia transformó ese detalle en un factor primordial, repleto de dolor, lágrimas y sangre, y los vilipendiados de ayer encontraron que había llegado la hora de la reparación. El escarnio y el sufrimiento del pasado no sabían que la historia es ambigua, por lo que no podían reconocer sus matices. ¿Cómo aceptar aquella auténtica aberración estética: una tonalidad presuntuosamente translúcida cargada de tantos recuerdos sombríos y trágicos? Otros, simplemente, no soportaron el doloroso peso de las cosas: las amenazas e invasiones externas, los conflictos internos, las carencias insuperables y generalizadas, las insuficiencias, en suma, la degradación y la destrucción aparentemente total e irreparable. No me olvido, tampoco, de los que no fueron capaces de resistir a las frágiles y desesperadas súplicas de aquellos -padres, esposos…– sin cuyo vínculo ellos se habrían sentido amputados de todo, desprovistos de toda la fuerza, solitarios, sin sentido e inútiles.

Por eso, si no más exaltantes, por lo menos más seguros. La mayoría asumió -tuvo que hacerlo- nuevas identidades. Algunos, sin embargo, no sé si los más fuertes o los más flacos, se transformaron en seres en tránsito, dislocándose permanentemente entre parajes dispares e inusitados. Durante nuestra cena de anoche hablamos de ellos con cariño. ¿Con envidia?

Era de lo que yo quería hablar, mas no lo conseguí: ¿quiénes somos realmente nosotros, después de estos treinta y cinco años? Rememorando hoy nuestra cena, no puedo dejar de sentir un leve sabor amargo en la boca pues, aparentemente, el único acosado por esa angustia inútil era yo. Es verdad que todos se refirieron a su profesión, describiendo vagamente lo que hacen ahora, pero mi desespero no se satisfizo con esas respuestas burocráticas. ¿Qué fue lo que cada uno de nosotros hizo con nuestro sueño?

¿Puede un sueño, después de muerto, seguir inspirando y movilizando a alguien? Ayer, mientras cada uno iba evocando un detalle, en verdad cada vez más distante e insuficiente para mantener el ardor y la vehemencia de nuestro encuentro, yo me limitaba a pensar, cada vez más perturbado: ¿nuestro grande sueño está muerto, qué hacemos nosotros aquí? Hace treinta y cinco años nos juntamos para ayudar a hacer una nación y un país. Hoy el país está hecho, la nación se consolida, pero ya no nos pertenece, por lo menos formalmente, a todos.

Me dieron ganas de gritar:

-La nación perdió a algunos de sus hijos en otras naciones, ¿querrá algún día rescatarlos?

Sin embargo, ese grito, que exprime una suerte de parábola del hijo pródigo al revés, quedó sofocado en mi garganta durante toda la cena.

Alguien -¿quién?- debe de haber percibido mi escepticismo. Por eso, y a fin de rehabilitar el espíritu del encuentro, propuso un nuevo brindis:

-Pero por encima de todo, ¡por nuestro afecto!

Y yo me levanté, también a pesar de todo, de la silla con genuino entusiasmo y alegría y uní mi copa al brindis general y confuso. Sí, afecto. ¿Pero qué combustible lo puede alimentar treinta y cinco años después? ¿Apenas nuestros recuerdos? ¿Serán suficientes para mantener nuestra complicidad a pesar de la separación que poco a poco fue aconteciendo entre nosotros? Es verdad que no se trató de una separación deseada y que no fuimos, por lo menos individualmente, culpables. En algunos casos, la separación ocurrió brutalmente, dictada por las grandes tragedias que condicionaron y moldearon el nacimiento del país que queríamos ayudar a construir con la convicción arrogante e ilusoria de que todo el pasado es inútil y que puede ser obliterado por un simple acto de voluntad. En otros, sucedió de manera imperceptible mas irrevocable, como fracturas creadas por el sólo efecto natural de la erosión y de las que fuimos tomando conciencia, entre sorprendidos y melancólicos, a través de noticias dispersas y nebulosas. Un dilema, con todo, me persigue implacable como una obsesión: en cualquier proceso histórico es posible, irrefutablemente, apuntar culpables e identificar a las víctimas, ¿pero serán todos ellos inocentes?

Hoy, lo que nos separa es ante todo una pregunta doble: ¿todavía somos los mismos que hace treinta años?, ¿todavía podemos identificar un sueño y luchar por él, con resolución e irreverencia, sin cuestionarnos mutuamente de dónde venimos sino apenas deseando construir un camino que todos podamos seguir? Esa pregunta es agravada por una inquietud sombría: ¿todavía existe ese camino?

Nuestra cena de ayer fue superagradable, pero me llegué a preguntar qué hacía yo ahí si nuestro camino ya no existe más. Dicho de otra forma, los caminos comunes murieron, lo que es perturbador es el tiempo que vivimos ahora, treinta y cinco años después de habernos iniciado en un camino donde apenas prosiguen algunos de nosotros, pero sin saber, en realidad, si todavía continúa siendo el mismo camino que todos comenzamos. Es difícil, incluso, si no es que imposible, decidir si se trata de un camino o de un mero espacio abierto y sin referencias ocupado por un amontonadero desgarrado de hombres y mujeres dirigiéndose en dirección de metas desencontradas. Una cosa es cierta: la humanidad parece irremediablemente solitaria y esquizofrénica.

Lo que resta son los afectos individuales. ¿Quién, con delicada dulzura, casi un rumor de gasa, profirió esa afirmación -porque no consigo acordarme de cuál de ustedes fue? ¿Vamos, como sugirió Saramago, a fundar una Internacional de la Bondad? ¿Una conspiración de besos y abrazos traspasando fronteras, lenguas, culturas, credos, regímenes, gobiernos, ejércitos y policías y espantando odios, prejuicios, resentimientos, rabias, miedos y tristezas? No sé lo que asomó a mi rostro, si una sonrisa crédula e ingenua o una mueca elegante cargada de cinismo, pero fui despertado de mi estupor por un animado brindis hecho por el Barbas:

–¡Por nuestro Gran Encuentro del próximo año! Si después de treinta y cinco años sin vernos, todavía somos amigos es porque, a pesar de todo, ¡lo que nos une es el afecto!

No sé, hasta ahora, qué impulso me llevó a hacer lo que hice, pero erguí mi voz, en cuya tonalidad pude descubrir una inesperada vibración, y dije:

–¡Besos y abrazos! A partir de ahora, ¡ése será nuestro nuevo lema! ¡Besos y abrazos!

Cuando entré al taxi, de vuelta a casa, no resistí y comencé a llorar en silencio.

 

 

 

 

 

Nota: Não me foi possível achar ao autor deste conto nem a seu agente; se alguém soubesse quem é, faça o favor de dar a ele ou a ela meus dados para fazer o procedimento de autorização.

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