Estética de la penuria

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Estética de la penuria

El colapso de la civilización occidental entre los guaycuras

 

“Todo lo concerniente a California es tan poca cosa,

que no vale la pena alzar la pluma para escribir algo sobre ella.”

Juan Jacobo Baegert

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Y después de apuntar esa línea alzó la pluma -una pluma de veras, estamos en la segunda mitad del siglo XVIII- para escribir más de doscientos cincuenta folios.

 

 

Una noción de infinito

El hombre está en medio del mundo, se aterra. Precisa:

“hice el propósito de contar las espinas que había en un pedazo de una mata espinosa, de un palmo de largo y del grueso de un buen puño […] no conté menos de mil seiscientas ochenta. Ahora bien, juzguemos que de estas matas está cubierto el país hasta más allá de los 31 grados Norte, donde terminan. Muchas tienen sesenta, setenta o más ramas; cada rama tiene el mismo grueso de abajo hasta arriba, braza y media de largo […] de modo que resulta, después de hacer la cuenta, que una mata tiene más de un millón de espinas”.

Luego es el silencio.

El cambio de tópico.

O casi: hablar de otras púas, del cardón y la biznaga, de sus formas puntiagudas o curvas, del color cenizo o enrojecido. ¿Podemos suponer que la primera “mata” era una choya, porque el autor no la nombra? ¿O sería más cercano pensar en una Stenocereus gummosus(el cirio flaco, la pitaya agria) descrita primero un siglo después por George Engelmann, un paisano de Baegert nacido a unos 260 kilómetros de la casa natal de Juan Jacobo, pero redescrita –porque así es esto, porque hay que describir y volver a describir para que no se pierda la naturaleza en el olvido— otros cien años más tarde, en 1979, por Gibson y Horak en los Annals of the Missouri Botanical Garden?

¿O se trataba de la pitaya dulce, de S. thurberi?

¿Importa cuál era?

¿O importa más el silencio?

Porque Beagert inicia la cuenta, en algún momento entre 1751 y 1768, de cuántas espinas hay en California y luego se detiene.

¿Ése era el horror al infinito, su pasmo?

 

 

Estar en medio del mundo

“In the desert, you can remember your name

‘cause there ain’t no one for to give you no pain”

Dewey Bunell, A Horse with No Name.

 

Julio Verne se burla, reta, miente. Todo en tres frases de La isla misteriosa. Dice:

“Les héros imaginaires de Daniel de Foé ou de Wyss, aussi bien que les Selkirk et les Raynal, naufragés à Juan-Fernandez ou à l’archipel des Auckland, ne furent jamais dans un dénuement aussi absolu. Ou ils tiraient des ressources abondantes de leur navire échoué, soint en graines, en bestiaux, en outils, en munitions, ou bien quelque épave arrivait à la côte qui leur permettait de subvenir aux premiers besoins de la vie. Ils ne se trouvaient pas tout d’abord absolument désarmé en face de la nature”[1].

El dardo va directo, obviamente, contra Daniel Defoe y Johann David Wyss: ¡sus Robinson tenían tecnología! ¡Tuvieron acceso a gramíneas y a animales domésticos que les permitieron sobrevivir! No eran, se deduce, náufragos verdaderos de su cultura decimonónica.

Luego reta al lector y a la comunidad literaria presente y futura a que se atreva a leer o escribir una novela con tal dificultad: ¡mis héroes están desprovistos de cualquier tecnología o recurso, pero saldrán victoriosos, racionalmente, porque poseen el ímpetu y el conocimiento!

Pero miente. Pues no sólo los náufragos cuentan con la ropa puesta y un par de relojes con cuyos cristales harán una lupa para proveerse de fuego (¿y qué sería de un ser humano sin la hoguera, sin hogar?), sino también porque después encontrarán un surtido de provisiones tecnológicas -armas, municiones y hasta una cámara fotográfica- de parte de ese benefactor misterioso que luego resultará ser el Capitán Nemo.

Es posible contraargumentar, con razón, que la mentira de Verne es sólo media mentira, pues dentro de la novela se yuxtaponen dos lógicas: la lógica de la tensión dramática y la lógica de la épica tecnocientífica. Así, la aparición de dicho cargamento de artefactos sucede después de que los náufragos no sólo han logrado sobrevivir desde esa “carencia también absoluta” sino que ya han logrado una transformación significativa de su entorno gracias a la implementación y desarrollo de tecnología, incluso han construido un barco pequeño. De modo que la llegada de estas provisiones no afecta el canto a la modernidad positivista -valga la redundancia- sino que sólo agrega algunos ingredientes necesarios para hacer la trama más interesante y puedan los personajes, por ejemplo, darse de balazos contra unos piratas.

Asimismo, el hecho de construir una lupa para producir fuego apunta menos hacia una argucia del tipo “no tengo idea de cómo hacer para que mis personajes hagan una hoguera” que a un punto de su agenda ideológica. Pues por un lado se extiende durante varios párrafos en mostrar la dificultad de generar fuego haciendo chocar piedras o tallando una rama contra otra, a la “manera de los salvajes”; y, por otro, expone el milagro de la transformación de la energía en un siglo donde la termodinámica y la óptica se consolidaban como áreas científicas, la primera con el librito -casi panfleto- de Sadi Carnot que explicaría cómo y por qué funcionaban las máquinas de vapor y, la segunda, por el tratado de Isaac Newton, sí, pero también y más importante, por los desarrollos holandeses a la teoría ondulatoria de la luz que entraban en contradicción con la teoría corpuscular newtoniana y habían tomado auge, precisamente, un siglo antes con el perfeccionamiento de lentes y la proliferación de telescopios.

Construir una lupa con dos vidrios y producir fuego con ella, en resumen, se blandía como estandarte, casi slogan: la tecnología siempre avanza, la ciencia progresa y sus nuevos desarrollos siempre serán más eficientes y eficaces que los previos.

Más aún: la ciencia es universal.

La tecnología nos hará libres.

¿Dónde?

Los alpinistas lo saben: subir a una cumbre despierta un tren de sensaciones. Estar en la cima no se parece a nada. O a casi nada. Alrededor tuyo queda un mar de aire, transparente, líquido. La tierra yace como un abismo que se siente cercano, al alcance de los dedos. Igual que las nubes. Uno sube a la montaña para tocarlas, para estar por encima de ellas e imaginar que se lanza al vuelo. Y cae sobre su cama acolchonadita. Entonces camina. Y siente que podría caminar por horas sobre cumulus y cirros. Infinitamente. Como podría nadar infinitamente si naufraga y queda solo sobre una isla perdida del Pacífico. Nadar hasta el ahogo.

Porque la sensación no es la misma si uno ve las nubes desde su ventanilla de pasajero en un avión. Hay un atisbo de inmensidad, sí. Pero chato. Es preciso tener una mirada periférica, circular, sin obstáculos, sin cosa alguna que interrumpa el viaje de la luz entre el infinito y tus ojos para sentirte en el medio del mundo, en el centro del mundo. Y, también, es indispensable sentirte vulnerable. Saber que, si te internas hacia allá, está la muerte.

Ésa es una isla.

Una verdadera isla.

De la que hay varios tipos. En ecología están las islas de tierra rodeadas de agua, las islas de altura -como las cimas de las montañas- envueltas en aire, pero también cualquier paraje cuyos límites se consideren infranqueables para la dispersión de las especies. Chile es una isla, por ejemplo, pues al oeste está el Pacífico con su corriente de Humboldt que produce surgencias desde el fondo del océano, al oriente está la cordillera inabordable de Los Andes, al norte el desierto de Atacama y al sur los hielos y más agua. Nada entra y nada sale. Una llanura costera con barreras biogeográficas bien definidas.

¿Y el desierto?

El desierto es bioma y barrera. Tiene esa doble naturaleza. Es un lugar con miles de plantas, aves, artrópodos, mamíferos… Más de dos mil especies vegetales para el desierto sudcaliforniano, según han contado.

Pero también es esa eco-región donde “no crece nada”, donde “todo se muere”.

Fuera de la riada o el oasis, ¿a cuántas horas está la muerte?

El desierto es isla y océano.  Es estar enla isla y estar fuerade ella. Percibiendo siempre esa vastedad de todo el entorno y estando siempre dentro de la bastedad. A salvo y vulnerable. Persistencia y ahogo. Deriva lerdísima. Ahí, donde nada tiene nombre y nada puede nombrarse.

¿Se puede distinguir la realidad de la ficción cuando estás en medio del mundo? ¿Es posible una épica tecnocientífica en el desierto o sólo una estética de la penuria? ¿Quiénes eran los Selkirk y los Reynald que menciona Verne? ¿Eran reales?

¿Y Baegert?

[1]“Los héroes imaginarios de Daniel Defoe o de Wyss, como también los Selkirk y los Raynal, náufragos en Juan Fernández o en el archipiélago de las ilsas Auckland, nunca estuvieron en un desahucio tan absoluto. O se proveían de abundantes recursos abundantes desde su navío encallado, como granos, bestias, utensilios, municiones, o bien los restos de algún naufragio que arribaba a la costa les permitía paliar las necesidades básicas de la vida. Nunca estuvieron tan absolutamente desarmados, desde el principio, frente a la naturaleza”.

 

Estética de la penuria obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Literario “Malcolm Lowry” 2018. Fue publicado por el Fondo Editorial del Estado de Morelos. Si está interesado en leer el ensayo completo, favor de contactar al Fondo Editorial o al autor en felipelomeli@gmail.com

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