Estética de la penuria (2 parte)

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Fotografía satelital de San Luis Gonzaga Chiriyaqui
GOOGLE MAPS, DIGITAL GLOBE, MAP DATA © 2017, GOOGLE, INEGI

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Fotografía satelital de San Luis Gonzaga Chiriyaqui
GOOGLE MAPS, DIGITAL GLOBE, MAP DATA © 2017, GOOGLE, INEGI

Cuente las casas, las ruinas.

Aquí pasó Juan Jacobo Baegert diecisiete años de su vida. Fue longevo para su época. Murió a los cincuenta y cinco años. Y un poco más de un tercio de su existencia estuvo en este sitio, rodeado de desierto con “matorrales dispersos, malezas y árboles enanos” donde “[u]n hombre a caballo puede pasear su vista por encima de todos”.

Desierto a todo el entorno.

 
La isla.

 
Sobre este lugar escribió su único libro. Más de doscientos cincuenta folios. ¿De qué podría tratar?

 
El siglo XVIII marcó el inicio de la estampida por la catalogación en Europa. Es el siglo de las luces. La Ilustración. El siglo de la enciclopedia de D’Alambert y Diderot que habría de contener en fichas precisas y concisas todo el conocimiento humano. El siglo de Linneo que habría de estructurar de forma racionalista todas las especies animales, vegetales y minerales (sí, porque los minerales “crecían” para Linneo y demás sabios de la época y, por tanto, eran otra forma de vida). Pululan los zoológicos, conocidos todavía como “casas de fieras”; los jardines ordenados, matemáticos, como Versalles, o los que eventualmente se convertirán en museos, como el de Historia Natural de París, ahí donde la intendencia pasará de Buffon al muchacho Cuvier —al cambio de siglo— por su asombrosa capacidad de construir animales fantásticos a partir de unos cuantos huesos. Museos de historia humana, de pintura y escultura, de arte donde pueden exhibirse cualquier cantidad de cosas: el Museo Británico se inaugura en 1759, el Hermitage en 1764 y el Louvre en 1793. La diferencia entre estos catálogos materiales y los retablos de maravillas es mínima. Sólo son más grandes, cada vez más grandes. Majestuosos. Son una exposición del señorío, del poder extendido de las flotas imperiales que van y vuelven por el mundo y arrebatan a éste sus noticias. O sus tesoros. El fetichismo vuelto propaganda. Pero antes, antes sobre cubierta alguien habrá de levantar la pluma (también) para dejar constancia de todo: hacer un mapa, nombrar, nombrar como si nada tuviera nombre, nombrar en nombre del rey, porque ésa es la real-idad, lo que el rey reconoce. Nombrar es poseer.

Los náufragos de Verne y los Robinson, de Defoe y de Wyss, nombran. Estamos un siglo después, en el XIX, pero nombrar sigue siendo un anhelo. Tal vez una nostalgia. Y por eso lo que ya tiene nombre (África y todos sus interiores, allá a donde va David Livingstone buscando el nacimiento del Nilo) tiene que ser renombrado, señalado con el dedo y vuelto sujeto por alguien que esté facultado para ello, alguien quien a su vez ya tiene nombre. (Y apellido, de pre- ferencia). A lo largo de la lectura de La isla misteriosa sucede un fenómeno extraordinario o, mejor dicho, un fenómeno ordinario que no por serlo deja de ser asombroso. El lector comienza a ver la isla, a palparla, a sentirla suya una vez que se nombran sus recovecos: Las Chimeneas, el Cabo Mandíbula, el Monte Franklin, la Bahía de la Unión y el Bosque de Jacamar… El lector se ubica, sabe dónde está porque una palabra suya bastará para ubicarlo, un nombre tiene poder denotativo de mayor alcance que una explicación detallada. Nombrar es comunicar.

Y, sin embargo, el hombre que estuvo aquí por diecisiete años se abstiene.

Juan Jacobo Baegert no avienta prólijamente sustantivos nuevos o imaginarios por todo el territorio y sobre sus seres.

Ni siquiera se nombra a sí mismo. El libro fue publicado anónimamente, como “einem Prister der Oesellschaft Jesu”: un sacerdote de la Compañía de Jesús.

Y sobre los peces, dice:

“Ciertamente, no es de negarse que en las aguas, que he descri- to más antes, andan nadando algunas mojarras y carpas, sólo que yo tuve la suerte de vivir a muchas horas de distancia de estos charcos o estanques.”

Sobre las aves:

“Está fuera de toda duda que se puede viajar en California uno o dos días consecutivos, sin llegar a ver o a oír un pájaro, a no ser que aparezca, quizá un desgraciado cuervo o zopilote[1].”

¿Es que el hombre en medio del mundo, ese mismo que tuvo la paciencia de contar no menos de mil seiscientas ochenta espinas, careció del impulso para nombrar a alguna de las más de 400 especies de pájaros que existen en Baja California Sur? ¿De preguntar por sus nombres locales, más allá del zopilote, o de identificar alguno, aparte del cuervo o, poco después en el mismo párrafo, los cardenales y “los que los franceses llaman moucherons”: los colibríes? Pareciera que el hombre fue incapaz de verlos. O de describirlos.

Incluso llega a decir:

“Entre las hierbas hay una que los californios comen cruda tal como Dios la creó y la tierra la produjo, en el lugar mismo donde la hallan; esta verdura me sirvió de hortaliza y fue lo único que, por falta de una huerta, comí algunas veces.”

¿Qué hierba era? ¿Una verdolaga? ¿Cómo le llamaban los “californios” y cómo se enteró de que era ésa, y no otra, la hierba que podía comer? ¿Es posible que supiera su nombre pero prefirió no mentarla?

Sin embargo:

“Los coyotes se asemejan, en el tamaño, a un perro de mediana estatura y tienen algo de todo de su especie, es decir, algo de perro, de zorra y de lobo. Donde quiera que uno esté, se les oye aullar de noche. Si hay varios juntos, uno canta siempre en voz de tenor y cuando los otros ya han terminado, ese mismo sigue repitiendo sus requiebros cientos de veces.”

 

Uno puede imaginarlo —el mar de aullidos y el hombre— aunque nunca en vida haya visto un coyote, como seguramente era el caso de la mayoría de sus lectores.

Mejor:

“Todo el resto de plantas californianas que hasta aquí no he mencionado porque aprisionan la vista por su gran tamaño, (sin referirme a los nopales, ni a los magueyes, que ya son bien conocidos), son nabos o matas de diferente altura, figura y grueso, conforme a sus variedades. Algunas de estas plantas pueden verse ahora en Europa, en los jardines de los grandes señores, pero falta mucho para que estén tan altas y gruesas y tan llenas de espinas como las de América y especialmente las de California. Llamo a estas plantas matas porque no son ni árboles ni arbustos, las llamo nabos por no tener madera sino una sustancia jugosa y por ser tan blandas que pueden partirse en dos sin esfuerzo con un solo hachazo.”

El hombre en medio del mundo no sólo ve, también escucha, palpa, describe. Y sus descripciones son vivas. Pero no nombra. ¿Es este rechazo una posición política a la tiranía nominalista ilustrada, o a su inutilidad, como postulara Pedro Abelardo siete siglos antes?

Hay otra posibilidad: Baegert carecía de preparación para hacerlo. Era un sacerdote ignorante al que condenaron al destierro y no tenía la educación científica de la época ni las habilidades para comunicarse con alguien que no hablara su lengua. De modo que pasó sus diecisiete años en el desierto flotando de muertito.

De Eusebio Kino, quien muriera en Sonora unos cuarenta años antes de que Baegert llegara a la península, son sabidas su afición por la astronomía y sus habilidades matemáticas, de Baegert no. Sin embargo, el primer capítulo del libro ubica a la península de California en el mundo: “desde el Cabo de San Lucas a los 22 grados, hasta la desembocadura del río Colorado a los 32”. La precisión es indiscutible. Google Earth
sitúa el punto más suriano de la península en 22°52’29” latitud norte y, la desembocadura del Colorado, en el paralelo 32, si es que es posible saber con exactitud dónde comienza el mar y dónde termina el río en un delta tan extenso como el del Colorado. Respecto al ancho de la península y la forma en que calculó las distancias, aparte de pelearse y rebatir a “los cartógrafos” (entre ellos, muy probablemente, a su compañero
de congregación Fernando Consag), aclara:

“[M]e sirvo de la palabra HORA en vez de LEGUA porque las leguas no son iguales en todas partes, ni tampoco en Alemania, mientras que lo que significa una hora o una hora de camino, todo el mundo puede imaginárselo.”

El metro, como unidad de medida, aparecería hasta veinte años después de la muerte de Baegert y la idea de calcular las distancias en horas de camino podría sonar a un disparate. Cuantimás porque durante el siglo siguiente, el XIX, la legua sigue utilizándose en todo tipo de textos: Veinte mil leguas de viaje submarino, del mismo Verne, da fe de eso. Sin embargo, cuando se comparan los cálculos de Baegert con los respectivos a través de herramientas contemporáneas, el disparate desaparece. Según Google Maps, uno tarda 34 horas en llegar caminando de San Xavier (San Francisco Javier) a Bahía Magdalena (Puerto San Carlos). Según Baegert, “30 horas de camino, en línea recta”. El trazo de Google Maps no es en línea recta y hay sólo 4 horas de diferencia.

Además Baegert aclara que “el primero que hizo este viaje, necesitó 19 días”. El hombre sabe lo que la máquina desconoce: no todos los caminos son iguales ni se pueden andar a la misma velocidad. Y, no obstante esa diferencia entre la hora de camino hipotética y el recorrido verdadero en un lapso determinado, las distancias-horas de Baegert coinciden con las que hoy día puede consultar cualquier persona desde su computadora.

Por último, en el siglo XVIII está todavía por resolverse el problema de la longitud en la cartografía. Quienes lo intentan a través de las observaciones astronómicas han desembocado en una serie de cálculos extremadamente laboriosos y lentos, al grado que se comisiona la manufactura de tablas para que los marinos, poco duchos para esos cómputos, no se pierdan du- rante las travesías. Por suerte, la solución más simple llega por otro lado, de parte de un carpintero convertido en fabricante de relojes: John Harrison, quien logró hacer cronómetros que (casi) no se atrasaran ni adelantaran con el movimiento de los barcos. Sus relojes H4 y H5, que dan por zanjado el problema y le garantizan una recompensa económica de parte de la corona inglesa, se ponen a prueba en 1765 y en 1772, respectivamente. Es decir, poco menos de tres años antes de que Baegert deje el continente americano, el primero, y en el año de su muerte, el segundo, cuando aún la longitud a la que se encuentra la península de California no ha sido establecida. No obstante, Baegert escribe:

“Dicho sea de paso, parece que el sol sale para los californios aproximadamente nueve horas más tarde que para los que viven a orillas del Rhin.”

Lo dice como no queriendo y, por supuesto, así es: el cambio en el huso horario entre Alemania y La Paz son ocho horas y, entre Alemania y Tijuana, nueve. Sin abordar aún sus habilidades para comunicarse con los “californios”, esto basta para intuir que no estamos ante un ignorante, tampoco ante alguien poco observador de su entorno, pues incluso ha referido que las cactáceas que vio en California son de las mismas especies que encuentra a su vuelta en “los jardines de los grandes señores” que comienzan a pulular por Europa.

Si nombrar es comunicar, entonces es entendible que un autor que publica de forma anónima tampoco quiera mencionar el nombre del aquí donde pasó diecisiete años. El autor se borra, se oculta dentro de una superficie de 143, 396 kilómetros cuadrados, una superficie equivalente a tres cuartas partes de la isla de Gran Bretaña o a un tercio del territorio de la Alemania contemporánea. Pero, ¿de qué se oculta?
Y si nombrar es poseer, por qué este hombre que puede hacerlo dentro de sus leyes, no sólo porque tiene un nombre y un apellido reconocidos, sino porque además pertenece a una orden religiosa cuyos miembros se han ocupado precisamente de esta labor, de ser parte de los enviados imperiales que han de rebautizar al mundo —Juan María de Salvatierra, Miguel Venegas (quien nunca estuvo en la península), Fernando Consag, Miguel del Barco y después, también para la California y sin haber estado tampoco nunca, Francisco Javier Clavijero—, por qué se niega a hacerlo. ¿Es por la misma razón que lo lleva a ocultar su nombre?

¿Sirve de algo poseer una inmensidad de nada?

 

 

 

[1]En la época de Baegert se entendía por “California” sólo la península. Luego se irá extendiendo el territorio que designa la palabra, conforme las misiones se van fundando más al norte, sobre todo, después de las instrucciones del visitador José de Gálvez en 1768. Aquí se utilizará la palabra de la misma forma en que la entendía Baegert, salvo cuando sea necesaria una mayor precisión geográfica. Asimismo, “Sudcalifornia” se refiere el territorio que ahora comprende el estado de Baja California Sur y varios kilómetros más al norte, donde las condiciones climáticas siguen siendo en extremo desérticas y coinciden con la extensión territorial de los cochimíes: aproximadamente, unos 400 kilómetros al sur de Tijuana.

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