Pepetela y el #MeToo

“Los ibéricos arreglamos el racismo con el machismo: las violaron a todas”, me dijo una vez un filósofo español, “y como a los ingleses eso les daba asco, es nuestra justificación para decir que no somos racistas”.

La idea de la pureza de sangre en la Península Ibérica, debido a los 800 años de mestizaje con los pueblos africanos que los conquistaron, era diferente a la de los ingleses y franceses: tenía que ver mucho más con la religión (con ser católico, apostólico y romano) que con el color de piel.

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De hecho, como consta en las fes de bautizo americanas de la época de ocupación colonial, eran los peninsulares los que solían tener que mostrar papeles para que les creyeran que, pese a su tez obscura, no eran mestizos, mulatos o moriscos. Sí, de ahí viene la palabra “moreno”, de “moro”, un término que no tiene traducción al inglés, por ejemplo y que, si bien ahora se asocia sólo a un tono de piel, por siglos su connotación más importante era la de una línea religiosa impura.

Taken from the Sunday Magazine of 1890

Tal vez por eso es que, en el sur de África (Angola, Sudáfrica, Mozambique, etc..), la palabra más despectiva para referirse a una persona es “kaffir”, un vocablo de origen árabe que fue iberizado por los portugueses como “cafre” y que, si bien en México se usa para designar a los pésimos conductores automovilísticos, significa “hereje”. E implica “persona que puede ser esclavizada”.

Angola y Mozambique, como Latinoamérica, son naciones mestizas. Pepetela, autor angoleño nacido en 1941, cuenta en su novela Yaka (1984) cómo solía darse este mestizaje. La novela inicia a finales del siglo XIX y transcurre durante las primeras décadas del siglo XX. Cuenta la historia de Benguela, la ciudad natal del autor, y regiones aledañas. Dice que un portugués:

“No estaba tan preocupado por la desaparición de su hijo, quien era mulato y uno hacía mulatos hasta sin querer, sino porque había invertido mucho dinero en la caravana”.

¿Y qué significa “hacer mulatos hasta sin querer”?

Yaka

Más adelante la novela lo aclara. Un grupo de adolescentes menores de catorce años juegan a pelearse con otros grupos de adolescentes, a jinetear burros ferales en el monte, a la versión angoleña de “indios y vaqueros”, las guerras bailundas: donde el único adolescente negro de la pandilla, Tuca, tiene que ser Mutu-ya-Kevela, el último rebelde indígena recién derrotado y los muchachos portugueses juegan a derrotarlo y se divierten muchísimo y, de hecho, ésa es la única razón por la cual han aceptado al negro en su grupo, porque ése es su juego favorito y no pueden jugarlo sin un negro.

Pero luego comienzan otro juego: se van al campo y allá un muchacho cuenta historias para que los demás se masturben. Hasta que un día pasa una muchacha negra, también adolescente menor de catorce años, y la violan.

Por turnos.

Ordenados de acuerdo a su jerarquía en la pandilla.

Así se hacen mestizos “sin querer”.

La violan todos.

Todos, salvo, por el muchacho negro.

Cuando el resto se da cuenta de que no participó, lo increpan. Pero, a diferencia del cuento del mozambiqueño Luís Bernardo Honwana, Nosotros matamos al perro sarnoso (1978), donde los muchachos blancos cuestionan la hombría del mulato por no querer hacer la atrocidad que le piden que haga –matar al perro—, en Yaka no ponen en entredicho su masculinidad sino su filiación racial:

Nos matamos o cao

“–¿Porque ella es negra también?

Tuca estaba molesto, estrujándose las manos.

–No por eso, sino porque ella no quería. A ella no le gustó, se los puedo asegurar.

–Claro que le gustó—dijo Arnaldo. —Lo  disfrutó como lo disfrutan todas las negras.

–No le gustó, se los puedo asegurar—Insistió Tuca.

–¿Y qué importa si le gustó o no? —preguntó Alexandre.—Lo que importa es que nosotros lo disfrutamos, ella no cuenta.

–Es por eso que a mí no me gustó—recalcó Tuca.

–¿Pero si hubiera sido blanca te habría gustado?—le preguntó Arnaldo.

–Cállate el hocico—interrumpió Amílcar.—Eso es pecado.”

 

La discusión sigue pero los blancos están seguros de eso: violar multitudinariamente a una muchacha blanca “es pecado”; hacérselo a una muchacha negra está bien, es una de las formas de hacer “mulatos sin querer”. No la única. Ni tampoco ésa es la única vez que lo hacen. De hecho, la hipersexualización de los hombres negros, su caricatura animalizada sedienta de sexo, ya se ha dicho mucho, es menos una descripción de los negros que una proyección de las actividades que realizaban los blancos consuetudinariamente en los territorios invadidos. Y, a su vez, la caricaturización de las mujeres negras como hembras lujuriosas adictas al sexo (y particularmente al sexo agresivo, violento), es un intento de justificación perversa de parte de los blancos (o de las clases privilegiadas) para minimizar la culpa de sus atrocidades.

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Por eso es que Franz Fanon afirma que el blanco, el invasor, sólo entiende el lenguaje de la violencia: porque es el único que conoce. Y por eso también, a diferencia del personaje de Yaka, es que Fanon dice en su perfil sicológico del colonizado que el colonizado sueña con vivir en la casa del colonizador, con dormir en la cama del colonizador, de preferencia con la esposa del colonizador… con la colonizadora: la cómplice de los crímenes de su marido. Ella, quien se sabe privilegiada y protegida (porque “es pecado”) quien, como la personaje de la canción Brown Sugar de los Rolling Stones, sólo se pregunta cuándo va a dejar su marido de violar a las muchachitas negras.

(Y la canción de los Rolling es alegre, no tenga usted duda alguna. O, si acaso, aquí la puede escuchar: todo un himno de la violación cotidiana de las mujeres esclavizadas).

Y esta pregunta tiene poco que ver con la compasión o la sororidad. Lo que perturba es la infidelidad: el riesgo de que su macho, asalvajado, se vaya con la otra, el riesgo de que el dinero del macho se vaya con la otra. Porque sus machos eran buenos pero, dice una personaje blanca y le responde la otra:

“–Estos hombres ya no tienen vergüenza, ya ni siquiera se comportan como blancos.

–Por andar juntándose tanto con los negros.

–Y va usted a creer que la puta vino hoy con su hija. Una mulatita de un año, con la cara igualita a la de él. La muy puta quería su mesada.”

Gone with the wind

El comportamiento de los personajes femeninos ante los crímenes de género se muestra racialmente diferenciado en las novelas, ya sean escritas por hombres o por mujeres, que hablan de la invasión colonial en el Sur de África. Aunque tal vez la mejor muestra de la normalización del racismo perpetuado por mujeres sea la romantización de una novela de otra latitud, «America’s most beloved epic novel»: Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell.

Para los invasores, hubo más de estas dos formas de “hacer mulatos sin querer”. Y, por desgracia, ambas siguen presentes. La más atroz, la violación multitudinaria perpetrada por una pandilla de muchachos ricos, ha alcanzado los diarios en los últimos dos años: La Manada, en España; Los Porkys, en México… Pero no es una novedad, es la continuación de una tradición muy arraigada, por lo menos, en la clase alta de las culturas invasoras europeas.

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6 comentarios en “Pepetela y el #MeToo

  1. Qué buen texto, master. Es genial poder ver la cantidad de atrocidades que los conquistadores legaron a los africanos y cómo estos las fueron asimilando en sus formas de vida. Aunque supongo que la cultura del machismo es un ente que igual ha ido mutado de región en región independientemente del demonio belicista colonizador. Bueno, supongo. Me quedé con ganas de leer más. Aunque las primeras referencias son densas, muy densas.

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