Esta historia que te voy a contar es ficción porque nosotros todavía no existimos en el futuro

Por Luis Felipe Lomelí

Pasar meses en cama te cambia la forma de ver el mundo, supongo. Y más si eso te ocurre durante la infancia, durante toda ella y la enfermedad que padeces no te va a matar. O casi es imposible que te mate, si te cuidas. Pero tampoco se quita y los médicos sólo te recetan paliativos disfrazados de soluciones efectivas y novedosísimas. Los tratas todos pero nada cambia. Y, por supuesto, ves a tu madre tratar también toda receta que le pasó el primo de la amiga del jardinero que tiene una tía hierbera de allá de por Uruapan. U Ocosingo. De dónde sea. Tratas todo. Pero al siguiente año vuelves a estar en cama dos, cuatro, cinco meses.

Entonces tú mitología personal se vuelve un diosero de padecimientos y un catálogo de leyendas etiológicas, rumores sobre plagas, muertos y más muertos de peste negra y de malaria. Tenía unos cinco años cuando mi madre me contó por qué en México decimos “salud” o “Jesús te ayude” cuando alguien estornuda. La expresión viene de la última pandemia que se había sufrido, la de la influenza llamada “española” pero originada en Kansas en 1917.

Como mis abuelos ya estaban vivos para esa época, fui a corroborar con ellos la historia de mi madre. Les habré preguntado una y otra vez y otra vez, como hacen los niños de cinco años. Y ellos me habrían contado su versión una y otra vez y otra vez, como hacen los abuelos con sus nietos de cinco años. “Jesús te ayude era lo único que le podía desear uno a quien estornudaba, porque no había cura para eso y todo estaba en manos de Dios”, me dijo mi abuelo José camino al kínder, a un lado de las vías del tren que a mí me parecían tan revolucionarias y me imaginaba carros cargados de villistas.

Entonces todo dependía de la voluntad de Dios. Pero Dios a mí no me quería matar. Ni tampoco me quería tener jugando. Ni yendo a la escuela. Sino nomás ahí, en cama, sintiéndome de la chingada. La teología no me servía de mucho. O tal vez sí: me enseñó a entender que hay cosas que uno no entiende. A entender que hay problemas que no tienen solución, que la ciencia no lo puede todo, que es imposible tener todo lo que queremos en el momento preciso en que lo queremos. Porque sí, porque también alguna vez –muchísimas veces, más bien—le pregunté a mi madre si yo ya estaría curado si fuéramos ricos. Y esa vez –todas las veces—me respondió lo mismo: no, eso no depende del dinero.

Luego, quién sabe cómo, me curé. Lo más seguro es que todo se haya debido a los cambios fisiológicos que sufre cualquier ser humano durante la adolescencia. Y entonces se habrá corregido aquello que me hacía pasar meses en cama. Pero seguimos sin saber por qué y de cuando en cuando, en las reuniones familiares, volvemos al tema, a la única pregunta que me siguió por años: ¿por qué?, ¿por qué estoy enfermo?, ¿por qué estoy curado?

De modo que no soy ninguna suerte de caso representativo para hablar del encierro, las epidemias y las cuarentenas. Son algo con lo que de algún modo he convivido toda la vida: ese fantasma que no se va y que siempre sé que puede volver y materializarse. La muerte siempre está ahí a la mano en mi cabeza: lenta, dolorosa e incurable. Supongo que en esta historia también estará la razón de por qué luego trabajé como ingeniero de investigación y desarrollo en la industria médica, como consultor ISO en los hospitales y luego como académico estudiando desastres desde la filosofía y la sociología de la ciencia.

Así que ahora que ha llegado una nueva pandemia, tan similar a aquélla que nos dio las expresiones “salud” y “Jesús te ayude” a los mexicanos, me sorprende que la gente se sorprenda porque no haya una cura, porque no haya pruebas ni respiradores, porque el personal médico no esté protegido, porque las instituciones no estén preparadas, porque los mandatarios del mundo –principalmente aquéllos de los países ricos que tienen tanta fe en su ciencia y en sus fábricas e instituciones y, más que nada, en el poder de su dinero—hayan y sigan siendo lentos, torpes, contradictorios y criminales a la hora de tomar medidas profilácticas. Ésa es la terrible historia de siempre en Occidente ante cualquier desastre. Y sí, es desesperante.

Por suerte para Occidente, a ellos casi nunca les ocurren desastres. Y eso, por desgracia, actúa en su contra: creen que a las personas que les ocurren desastres es porque son tontas, incapaces, prietas, tercermundistas y subdesarrolladas. Pero la fe que tiene Occidente en la ciencia es la misma fe que yo tenía de niño: tiene que haber una cura, tienen que encontrarla (ellos, aquellos que van a encontrar la solución siempre es gente distante a la que uno no conoce). Y de algún modo es la misma que tengo ahora: la cura llegará. Vendrá de algún megacorporativo de la Big Pharma u, ojalá, de alguna otra institución menos inhumana. Y pasará esto como pasa todo. Tal vez lo único que ha cambiado es que ahora estoy convencido de que no llegará pronto ni llegará para todos. Y que nosotros, los más, los habitantes de más de un centenar de países del mundo, los millones de personas excluidas en los mismos países ricos, habremos de encontrar formas alternativas de vivir y de amar y de no morirnos de hambre durante los años siguientes.

 

Publicado originalmente en El Norte el 25 de abril de 2020.

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