Byung-Chul Han y el arte de aplaudirte a ti mismo

Han, Byung-Chul. Loa a la tierra: un viaje al jardín. Ed. Herder, 2019.

Hacía mucho que no me desagradaba tanto un libro como lo ha hecho Loa a la tierra: un viaje al jardín, de Byung-Chul Han; y eso que soy como el abuelo Simpson leyendo sobre ambientalismo y me la paso gritándole a las nubes. Pero, independientemente de los berrinches que haga y de la vertiente ambientalista del autor, siempre trato de encontrar algo que valga la pena y este libro no es la excepción.

Loa a la tierra

Así que comenzaré aclarando por qué no me desagradan ciertos aspectos que podrían ser criticables desde posturas más radicales o fundamentalistas que la mía, luego hablaré de la estructura del libro y diré qué es lo que sí me desagrada, para terminar con la única idea de Han que me parece convergente con otras versiones del ambientalismo.

  1. No me desagrada que sea un libro escrito desde el ambientalismo religioso, católico, como declara el propio Han, “Yo nací en el seno de la fe, y en él fui resguardado. Rezaba a diario el rosario” (160), y seguramente por eso los tópicos recurrentes de su fascinación ante los procesos biológicos sean el “Jardín del Edén” (12), la “redención” (27), la “resurrección” (116) y su imperativo ético, tal como en el capítulo II del Génesis, es el del “cuidado” (13). El ambientalismo tiene diversas versiones, varias de ellas contrapuestas entre sí, y salvo por el ecofascismo, no descarto ninguna de ellas a rajatabla. Así, la segunda encíclica del papa Francisco I por ejemplo, Laudato si’ (Alabado seas), publicada en 2015, es también un exhorto al ambientalismo desde la vía católica franciscana y jesuita. Pero es un texto mucho más inteligente y, de cierto, más católico que el de Han. En el campo filosófico católico también hay libros de mucho mejor factura que tratan temas biológicos, como De Aristóteles a Darwin y vuelta(1971), de Étienne Gilson.
  2. Tampoco me molesta que se diga que es un libro escrito por un rockstar de la filosofía, por un bestseller más cercano a la mercadotectia y al fashion que a la filosofía misma. No sé qué tanto tenga de cierta esta afirmación pues éste es el único libro que he leído de Han pero, por otro lado, el ambientalismo como movimiento o conjunto de movimientos políticos suele estar respaldado o hacer uso de figuras mediáticas. El documental Before the flood (2016) es narrado y coproducido por Leonardo DiCaprio y también es un documento mucho más interesante e informado que el libro de Han.
  3. Por último, tampoco me desagrada que el libro pretenda ser divulgativo (algo así como el nuevo Fernando Savater del ambientalismo). Es decir, no me molesta que no sea “filosofía seria” sino filosofía “para las masas”. Al contrario: el ambientalismo, como todo movimiento que busca un cambio social, depende de textos divulgativos para comunicar su agenda y, por lo tanto, exigir a un movimiento que sólo produzca textos especializados es decapitar su carácter social. Así, estoy totalmente a favor de que haya muchos más filósofos divulgativos que traten temas ambientales.

Estrucuralmente, el libro está dividido en dos partes.

La primera es un ensayo filosófico tejido a partir de pequeñas estampas o reflexiones y la segunda es un diario filosófico con observaciones naturalistas. Así, estructuralmente es una versión invertida del clásico ambientalista A Sand County Almanac (1949), de Aldo Leopold. Como otros libros que abordan especies vegetales específicas –como Medicinal Wild Plants of the Praire (1992), de Kelly Kindscher, o Around the World in 80 trees (2018), de Jonathan Drori— el de Han está ilustrado por Isabella Gresser. Sólo que ni están ilustradas todas las especies mencionadas ni tampoco las ilustraciones están colocadas junto al texto que habla de las especies en cuestión, de modo que las ilustraciones parecen obedecer más a un impulso estético que a un afán comunicativo (pues termina siendo más fácil buscar en internet la fotografía de la especie que te llame la atención que buscarla entre las páginas).

El libro de Han es un ensayo personal donde el autor es el centro del texto, una estrategia común en la actualidad –ver, por ejemplo The Mushroom at the End of the World (2015), de Anna L. Tsing— que supuestamente busca evitar las enunciaciones categóricas y universalistas al referirlo todo desde punto de vista del sujeto enunciante y, así, declarar su ignorancia y “curarse en salud”: si dije algo que no es cierto para todas las personas del mundo, es por lo menos cierto para mí. En este sentido, Han inicia su libro diciendo:

“Un día sentí una profunda añoranza, e incluso una aguda necesidad de estar cerca de la tierra. Así que tomé la resolución de practicar a diario la jardinería” (11).

Después:

“Por primera vez en mi vida he cavado en el suelo” (31).

Y luego nos comparte, producto de su resolución:

“Hasta ahora desconocía esta sensación de dicha. También es algo bastante corporal. Jamás fui tan activo corporalmente. Jamás toqué la tierra con tanta intensidad… “trabajo de jardinería” no es, por tanto, una expresión correcta. Trabajo significa originalmente tormento y fatiga. Por el contrario, la jardinería nos llena de dicha” (80).

En algunas secciones, también, Han utiliza la primera persona del plural, el “nosotros”. Ésta es la típica estrategia retórica del discurso político para construir una comunidad imaginada. El libro ambientalista más famoso en el mundo, Silent Spring (1962), de Rachel Carson, también la utiliza. Y tiene sentido porque, cuando se trata de un fenómeno que implica un colapso o una salvación colectiva, como en el caso de las catástrofes ambientales y el cambio climático, es preciso interpelar a una comunidad, en todos los niveles políticos, más que a individuos aislados que hagan cambios particulares. Así, Han dice:

“Hemos perdido por completo la veneración a la tierra. Hemos dejado de verla y de oírla” (13).

Y luego:

“Deberíamos ser siempre conscientes de que existimos en un planeta pequeño… de que somos un ser planetario. Es necesaria una conciencia planetaria. Es lamentable que hoy se explote la tierra tan brutalmente. Casi se está desangrando” (32-33).

Aquí yace el primer problema retórico del libro: en el salto lógico que va del discurso personalísimo al imperativo ético colectivo. Si este salto no es mediado, o atenuado, entonces dicha postura individual –con toda su ignorancia y falsa humildad— se convierte en la medida de todas las cosas. El “yo” del autor se convierte en el centro del universo y todos debemos percibir el mundo como él. Más aún, debemos ser como él. Y eso es precisamente lo que hace Han: él es bueno, él es el modelo a seguir. Y es tan bueno y tan humilde, que siente la necesidad de recordárnoslo:

“De niño yo cazaba libélulas con el cazamariposas, pero luego las liberaba. No entendía la crueldad de mis compañeros, que las mutilaban. También me gustaba pescar. Los peces que pescaba también volvía a dejarlos libres. Al fin y al cabo, pescar era sólo una meditación” (170-171).

Cualquier ambientalista, cualquier persona con algo de preocupación ecológica que esté leyendo este texto seguro estará ahora asombradísimo preguntándose: “Cómo es que a mí no se me ocurrió cuando niño volver a liberar las libélulas en lugar de despedazarlas parte por parte –una alita por aquí, otra patita por allá–, ¡qué malo soy!”

Pero me estoy adelantando con mis sarcasmos (ya dije que soy como el abuelo Simpson). Volvamos al salto lógico de Han como el centro del universo. Tenemos a un tipo que de repente siente que padece esa perturbación sicológica que Richard Louv llamó en 2005 “desorden por deficiencia de naturaleza” (Nature-defficit disorder). Una persona que creció en un entorno urbano, Seúl, y religioso. Alguien que nunca ha tenido que hacer trabajo corporal porque su situación socioeconómica así se lo ha permitido. Entonces decide, porque su riqueza así se lo facilita, dedicarse a su jardín.

Han no aclara si vive en un departamento en Berlín, como la mayoría de las personas en esa ciudad, o en una casa. Pero siempre es su jardín y dispone de éste como dueño absoluto. De modo que, en el caso del apartamento, le tiene sin católico cuidado que el jardín sea un área común y, en el de la casa, reafirma el carácter privilegiado del autor que es incapaz de darse cuenta que tanto el trabajo en la jardinería como el trabajo en el campo sigue siendo un trabajo –y muy mal pagado—para miles de millones de personas en el mundo, y no “una dicha”. Así como la pesca tampoco es para miles de personas “una meditación” sino una soberana chinga donde muchos pescadores terminan muertos o mutilados a causa de las faenas y, por regla general, también pobres (ver por ejemplo Memorias de un pescador en el Golfo de California, de Guillermo Castro Miranda). Pero eso no impide que Han siga creyendo que todas las personas del mundo sean como él era antes de tener su mística revelación naturalista causada a partir de un desorden por deficiencia de naturaleza: “Hemos perdido por completo la veneración a la tierra”.

Dicho coloquialmente: si yo que soy tan inteligente y culto apenas me doy cuenta, seguramente tú no porque eres de esos niños odiosos que destripaban libélulas. Todos son malos menos yo.

Por supuesto, Han ignora o finge ignorar todos los movimientos ambientalistas que lo han precedido y siguen en pie de lucha; especialmente todos los movimientos indígenas (y también católicos, aunque sean menos conocidos) que hablan precisamente de la veneración a la tierra que nunca han perdido.

Doy la posibilidad de que finja ignorar porque me da la impresión de que no lo ignora. Así como seguramente no ignoraba la publicación de Laudato si’, aparecida dos años antes de la primera edición de su libro en alemán, y es por eso que dice que “las líneas que siguen son himnos, cánticos de alabanza a la tierra” (13), aunque no mencione la encíclica que, como dije, se traduce como «Alabado sea». Esta falsa ignorancia es parte de su estrategia retórica.

A lo largo de todo el libro, Han sólo dialoga en condición de equidad con autores muertos. Muertos, machos, blancos, centroeuropeos y pop. Menciona a Novalis, Hölderlin, Goethe, Barthes, Kant e incluso afirma que le encanta cantar a Schumann. Todos ellos autores que un lector de libros de Editorial Herder debe de conocer. No importa que no los conozca, pero “le suenan”. Así sigue tejiendo Han esta suerte de complicidad con su lector ideal: ése que tampoco ha tenido que hacer trabajo corporal nunca en su vida, ése que puede disponer de un jardín y que, como Han, siente que es más bueno y más inteligente que el resto de los mortales.

O, mejor aún, es una complicidad aspiracional: no has leído a los autores mencionados pero puedes fingir que los has leído (y eso haces en las cenas familiares), no puedes darte el lujo de tener un jardín pero aspiras a tenerlo y hasta sientes que es tu derecho; sabes que no eres ni tan bueno ni tan inteligente pero eres capaz de fingirlo y de dicha actuación depende la definición pública de tu identidad. Mejor aún: tú sufres por ser tan inteligente y envidias a tantos campesinos y pescadores por llevar una vida simple y dichosa (aunque padezcan de hambre crónica).

¿Existe una mejor manera de justificar la desigualdad social y, aún así, seguir sintiéndote un ente pensante y bondadoso?: Sí las hay, pero ésta es una de ellas. Dicha estrategia para generar complicidad con el lector ideal se fortalece, por lo menos, con otras dos técnicas retóricas.

Primero está la técnica de definir o sobreexplicar aquello que es obvio para el lector ideal y luego obviar aquello que probablemente le será desconocido. Por ejemplo:

“Gracias a la jardinería estoy aprendiendo nuevas palabras… La palabra liana me parece maravillosa. Se llaman lianas las plantas trepadoras con tronco lignificado… En el tipo de filotaxis decusada o verticilada salen dos o más hojas del mismo verticilo. Yo ya conocía la palabra Quirl, “vértice”, pero la palabra Wirtel, “vórtice”, me era desconocida” (108-109).

Usted, querida lectora, muy probablemente habrá oído de Tarzán y de las lianas y no requería que se las explicaran. También habrá oído de “vértices” y “vórtices”, pero muy probablemente no sepa qué es “lignificado” ni “verticiclo” y Han no se toma la molestia de explicarlo. De modo que establece la complicidad a partir de lo que el lector ya sabe (una liana) para luego colocarse por encima del lector (yo sí sé qué es un verticiclo, lero lero) y después regresar a la complicidad con una declaración falsamente modesta: híjoles, yo no sabía qué era un vórtice. De modo que invita al lector a continuar con la farsa de fingir que sabe de qué le están hablando para no romper la complicidad.

Luego está la técnica retórica popularmente conocida como el “pendejeo” de todos aquellos que no pertenezcan a nuestra cofradía de illuminati:

“Contemplando el Vesubio tocaba todos los días las Variaciones Goldberg de Bach. He mandado instalar un piano en mi cabaña junto al mar. La marca del piano es Horugel. Pero los italianos no pronuncian la consonante h. El encargado de la tienda de Nápoles que me alquiló el piano me dijo por teléfono que era un órgano. Yo le respondí que lo que necesitaba era un piano… Toco a Bach todos los días en mi jardín a la orilla del mar” (152-153).

Ja ja ja: el italiano ignorante confundió el instrumento porque no es políglota como yo.  Y a ti, querido lector que aspiras a ser macho y elitista y a tener una cabaña frente al mar donde pases tus veranos tocando a Bach, te debe de causar también muchísima gracia porque es precisamente por esa gente ignorante que el mundo está como está, por esos “impíos napolitanos, que piensan que la montaña sagrada es un vertedero de basura y le prenden fuego” (151-152), por esos “desconsiderados turistas” que “se hacían selfis delante del altar, delante del Espíritu Santo” y a los que “traté de expulsar” porque “comprendo a Jesús, que expulsó a los mercaderes del templo. El dinero destruye el espíritu. La tierra es preciosa e impagable” (160-161) y cuando estaba en mi jardín napolitano “lo único que estropeaba la fragante calma de la naturaleza fue la penetrante pestilencia de lo humano, incluso de lo demasiado humano” (166).

Sí, el autor tiene un jardín en Berlín y otro en su cabaña frente al mar Mediterráneo, pero eso no le impide decir que “el dinero destruye el espíritu”.

Así se fortalece, otra vez, esa complicidad con su lector ideal: ya sea con otro macho elitista que de facto tenga el poder adquisitivo de Han y que esté seguro de que la catástrofe ambiental es siempre culpa de alguien más (porque en su imaginación el consumo está disociado de la huella ecológica y él es bueno e inocente porque no destripaba libélulas de niño) o con alguien que aspire a ser, o a vivir con y disfrutar de los privilegios de un macho elitista como Han con la consciencia tranquila.

El machismo desde la perspectiva ambiental, como bien se ha establecido desde el ecofeminismo en Vandana Shiva, Mies y otras autoras, se estructura desde la asimetría de poder donde el sujeto (el macho) se coloca a sí mismo por encima del resto de los seres vivos y la naturaleza (incluidas las mujeres, los niños y demás seres humanos que éste considere inferiores) es su propiedad; y su existencia misma, su razón de ser en el mundo, está en función del macho. El macho es también el hacedor, el tirano, el único capaz de mejorar la naturaleza y/o de mantener su buen funcionamiento (porque como buen macho civilizado, la naturaleza debe de ser como una máquina). Así, tomando prestado el término de Mbembe, el macho dicta la necropolítica de un mundo al que considera su jardín: él decide quién puede vivir y extermina a quien “merezca” la muerte. Y, por supuesto, se considera a sí mismo bueno y amoroso porque protege a esos seres inferiores cuya vida es permitida.

Para Han, como había mencionado, su jardín es su jardín. Es su propiedad y de su noble dedicación depende la sobrevivencia de los seres vivos que habiten ahí. Hasta aquí pareciera no haber mucha diferencia con el concepto más popular de la jardinería, salvo tal vez por el pequeño detalle de que en la jardinería germanófona –a diferencia de la francesa o la árabe, por ejemplo—hay una tradición fuerte tanto de jardines comunitarios como de jardines “naturales”, es decir, de parcelas donde siguen creciendo las plantas que ya crecían ahí antes de que fuera urbanizado el entorno. A México, esta tradición la llevó Max Cetto y cualquiera la puede apreciar en los jardines de la Universidad Nacional, particularmente en el Espacio Escultórico: ahí el valor del jardín reside en que eso es lo que es, en que vive sin depender del autoproclamado macho protector.

Espacio escultórico

Espacio escultórico de la UNAM, obra de Federico Silva, Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Roberto Acuña, Mathías Goeritz, Hersúa y Sebastián.

 

Pero a Han, obviamente, no le llamaron la atención estas tradiciones y se decidió por un jardín que fuera de su propiedad en todos los sentidos. Mejor aún, así como los machos suelen jugar a las luchitas y agarrarse a golpes para demostrar quién es más fuerte y más macho y Han revitalizara su machismo con el “trabajo corporal” que antes había desdeñado, también revitaliza su machismo siendo más inteligente -es ironía- que el resto: Han decide hacer un jardín desconocido para los berlineses, un jardín donde haya “una segunda primavera en pleno invierno” (115).

Y para hacerlo decide usar e introducir un montón de especies que no son nativas al entorno alemán sino preferentemente, por supuesto, del “Extremo Oriente” (61): “Este año me he traído de Corea muchas semillas para mi jardín” (105). Le importa un pepino (a Han, como veremos, no le gustan los pepinos) si eso puede o no causar una catástrofe ambiental. Sí, las especies introducidas –como el caso del kudzu, también de “Extremo Oriente”—pueden causar la destrucción de hábitats locales e incluso la extinción de especies nativas. Pero esto a Han le tiene sin ecológico cuidado porque él es el macho hacedor, el mejor de todos: el que puede hacer un jardín que florezca en invierno para demostrarle a los impíos alemanes cómo se deben de hacer las cosas.

Si Han supiera un poco de ecología, su frágil masculinidad se iría al traste al saber que la mayoría de personas en este mundo viven en lugares donde siempre hay flores en invierno, que el suyo fue un esfuerzo inútil para un rango de latitudes específicas muy cercanas a los círculos polares.

Pero es que la ecología, en realidad, no es lo suyo. No importa que se aviente parrafadas wikipédicas para tratar de hacerle creer al lector que algo entiende al respecto (como la que hace acerca de los suelos berlineses en las páginas 31 y 32). No lo entiende ni le importa entenderlo. Porque además él es el macho tirano que dicta la necropolítica de su jardín: las especies que “salva” son las que le parecen bellas y son bellas las que tienen bellas flores. Ninguna otra parte de la planta le importa y la floración ése es el momento más importante de la vida de toda planta: cuando se reproduce. Si Han delimita la valía de otro ser vivo a su capacidad reproductiva y a sus órganos genitales, no es de extrañar entonces que para él todas las plantas sean de género femenino y que sufra mucho cuando “mi sauce, mi amada, se ha desangrado” por culpa de “un roedor” (104). Entonces, como buen romántico alemán dieciochesco –ya había mencionado que cita a Goethe y a Novalis—:

“La herida era tan grande que no pudo ser salvada… El 25 de diciembre de 2016 me quedé mucho tiempo, hasta entrada la noche, junto al cadáver erguido de mi amada. La estuve velando y lloré su muerte en compañía de las anémonas otoñales” (104-105).

Han salva lo que a él le parece bello y, consecuentemente, condena o extermina lo que no considera elegante o es, para él, simplemente vulgar, ya sean plantas o insectos, por ejemplo:

“También proliferan los pepinos y los tomates. Proliferan sin medida. No me gusta esta desmesura” (102).

O:

“siento aversión hacia ciertas plantas que son muy destructivas y desconsideradas. Desbancan a las plantas nobles, que justamente son débiles” (136).

O:

“Las dalias resultan algo ordinarias o vulgares. No son elegantes. Además, atraen a las babosas. Me gustan los caracoles con su propia casa a cuestas. Se parecen a mí. Además, son tan lentos y parsimoniosos como yo. Las babosas me resultan demasiado desnudas, demasiado transeúntes. Pero no siento compasión por ellas. Me resultan demasiado impertinentes” (87).

[Así como las tradiciones de jardinería austroalemanas le tienen sin cuidado, a Han tampoco le importa que haya sido precisamente una alemana, Maria Sibylla Merian, contemporánea de Novalis, quien le haya explicado a su comunidad la importancia ecológica de los insectos, de todos, no sólo de los que se parecen a ti].

O:

“No me gustan nada las hojas de roble. Son muy bastas y robustas. Por eso tardan en pudrirse. Me gustan las hojas más tiernas y débiles, que prefieren desaparecer, fundirse enseguida con la tierra, regresar a la tierra. Las hojas del roble insisten. Por eso no las encuentro bellas. Quiero quemarlas cuanto antes” (114).

O lo que es lo mismo, para Han: calladita (tierna y débil) me veo más bonita.

Luego dice que las hojas de roble:

 “son los muertos vivientes de mi jardín. En nuestra sociedad proliferan los muertos vivientes que todo lo igualan… Casi coléricamente he sacado hoy todas las hojas de roble del jardín” (118).

Cómo no recordar en este punto a esos “desconsiderados turistas” que se tomaban selfis delante del altar a quienes Han trató de expulsar y entonces sintió que comprendía “a Jesús, que expulsó a los mercaderes del templo” (161).

Cómo no recordar en este punto su burla al encargado de la tienda de pianos en Nápoles, su rabia contra los “impíos napolitanos” que queman basura mientras él toca a Bach en su jardín frente al mar (porque la huella ecológica de viajar de Berlín a Seúl y luego a Nápoles es piadosísima).

 

Byung-Chul Han, quien tal vez haya hecho un trabajo filosófico notable en alguna otra área que desconozco pues, como dije, de él sólo he leído este libro, en este trabajo no sólo hace patente su ignorancia, y su soberbia de macho elitista, sobre ecología y biología, sino que también su retórica es, en el mejor de los casos, sólo peligrosamente cercana al ecofascismo que dicta que sólo un puñado de elegidos, de iluminados, deberían de dictar por la fuerza lo que debe de hacer la humanidad en su conjunto pues ésa es la única forma para contener a esas hordas de personas impías, ordinarias, desconsideradas, destructivas y vulgares.

 

Suponiendo que Byung-Chul Han no sea un ecofascista que sueñe con exterminar personas como exterminó dalias y babosas, la única idea que sería convergente con otras luchas ambientalistas no criminales –que no aportación pues no tiene nada de novedad— es su invitación a respetar la tierra, “tratarla con esmero, en lugar de explotarla tan brutalmente” (177). El problema es que, incluso en este mejor de los casos, tratarla con esmero significa actuar como él y, por ejemplo, traficar intercontinental e impunemente semillas sin el menor reparo de las consecuencias ambientales que esto pueda tener. Significa ser un ignorante, igual que los potentados del discurso machista durante toda la épica del progreso ecocida europeo, y aplaudirte a ti mismo por ser así.

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