Los progres y la revuelta popular: La gente de Julio, de Nadine Gordimer

Por Luis Felipe Lomelí

Nadine Gordimer, «July’s People». Penguin, 1983, 160 pp.

Imagine que estalla una revuelta popular. Entonces un matrimonio progre y con tres hijos, adinerado —digamos: uno que vive en San Pedro Garza García, San Jerónimo Lídice o Colinas de San Javier— pero que de ningún modo se siente parte de la élite económica sino clase media, sale huyendo de la ciudad para evitar el conflicto en uno de sus dos autos: en una camioneta de ésas que se compró para ir de campamento, para que quepan todos los niños y los amigos de sus niños. Sale huyendo con uno de sus sirvientes —a la otra, a la cocinera, la dejan a su suerte porque, ni modo, no pueden llevarla consigo ni salvarlos a todos— quien amablemente les dice que los puede esconder allá en el villorio donde vive su familia vive en medio de la nada, allá a donde no llegan los caminos asfaltados, a donde va a visitar a su esposa cada uno o dos años —porque sus patrones progres le dan más permisos y vacaciones de lo habitual— y allí les prestará un jacal con un piso de tierra para que estén a salvo.

            Ésa es la premisa con la que inicia La gente de Julio (July’s People), de Nadine Gordimer. Por supuesto, no sucede en México ni en Latinoamérica sino en Sudáfrica en 1983 y es una novela de ficción especulativa: ¿qué pasaría si en Sudáfrica, como ya había sucedido recientemente en Angola, Mozambique y Zimbabue, la revuelta popular comenzara a ganar?, ¿cuál sería la reacción de las personas progresistas, intelectuales e inteligentes que sí, efectivamente, están a favor del cambio, cuando ese cambio en verdad se avecina? Porque éste es un punto importante: si usted notó algún dejo de ironía en la descripción que hice de los personajes en el primer párrafo, no la hay. Ellos se sienten progresistas y lo son en su discurso y en muchas de sus acciones. También se conciben a sí mismos como clase media porque no detentan los medios de producción: él es un arquitecto exitoso, ella es una bailarina quien, como protesta al sistema de segregación racial de su país, da clases de ballet a niñas negras. Y sí, también es feminista. Y sí, además de ser antirracistas, también son críticos del sistema capitalista y del orden hegemónico mundial.

            Sólo que son incapaces de ver cómo ese mismo sistema que critican es el que les permite disfrutar del estilo de vida que tienen (a costa, claro, de la miseria de millones de personas). Por ejemplo, los personajes son prolijos en insistir en no llamarle “boy” a Julio (algo así como esa costumbre de la clase alta mexicana de decirle “joven” al mesero que les dobla la edad) porque infantilizar a un adulto es insultante; también rechazan por razones similares que se dirijan a ellos como “master” o “madam” (el equivalente a “patrón”, “señor”, “señora”) y se sienten excelentes patrones porque a) cuando Julio se enferma, lo llevan al doctor, b) cuando ya no necesitan algo, en lugar de tirarlo, se lo dan a Julio, etcétera.  Sin embargo, les parece normalísimo haberle pagado por 15 años a Julio un sueldo tan diminuto que no le permitía ahorrar (a pesar de comer y dormir en casa de sus patrones). Es decir, no sólo les parece normalísimo que el sueldo que le pagan sea insuficiente para que la familia de Julio viva sin padecer hambre, sino que no tienen conflicto con la idea de tener un empleado de por vida que jamás pueda dejar de trabajar si no quiere morirse de hambre.

Su incapacidad para entender y ajustarse a la nueva realidad es palpable en todo momento y, de hecho, la novela inicia cuando Julio les lleva el té y ellos rechazan la leche como si fuera facilísimo conseguir leche condensada en el villorio. Más aún: son incapaces de ver cómo, a pesar de su discurso y sus acciones progresistas, no sólo replican sino que están muy a gusto con las estructuras jerárquicas (clasistas, racistas y machistas) que dicen criticar. Así, cuando están guarecidos en el villorio donde vive Julio, el marido progre se siente desplazado e incómodo al no ser él el macho alfa que tome las decisiones de la comunidad, sino Julio. En este rubro el personaje principal, la esposa, es más complejo. Su lado progresista no tiene problemas (y se vanagloria por ello) en que sus hijos jueguen con los niños del villorio; tampoco en concebir a las mujeres y hombres del lugar como sujetos. Sin embargo, por un lado, es incapaz de conceder inteligencia y conocimiento a dichas mujeres (son sujetos sólo en el sentido moral más simple del cosmosentido protestante: menstrúan o sienten celos) y, por otro lado, es incapaz de concebir a los hombres como hombres sino que los percibe como una suerte de seres menores de edad con poder, incapaces de ser sujetos de su deseo.

Hasta aquí podría parecer que Gordimer escribe una novela igual de simplista (por decir lo menos) que las últimas y aclamadas películas mexicanas: Roma (2018), de Alfonso Cuarón, Ya no estoy aquí (2019), de Fernando Frías de la Parra, o Nuevo orden (2020), de Michel Franco. Pero hay dos diferencias fundamentales. Primero, la incapacidad de comprensión de los personajes es sólo de los personajes, no de la autora. Es decir, Gordimer deja en claro la cruel ridiculez de la soberbia clasista y racista de estos. En segundo lugar, aunque está narrada desde el punto de vista de la pareja adinerada, cuando hablan Julio y los demás personajes, que no pertenecen a dicha élite que se siente progresista y clasemediera, no hablan para mostrar su agradecimiento inmenso con sus patrones (como en Roma) sino que lo hacen para retar su autoridad y establecer clara y racionalmente cuáles son sus prioridades e intereses (a diferencia de Ya no estoy aquí).

Así, es significativo cómo, mientras los cineastas mexicanos, ante la posibilidad de un reacomodo social, corren apresurados a decir que ellos sí son buenas personas aunque sean privilegiados (una lleva al hospital a su sirvienta, otra junta el dinero —¡vaya creatividad y originalidad!— también para la cuenta hospitalaria del familiar de uno de sus sirvientes), o subrayan que los pobres, ¡pobres!, son sólo víctimas de sus circunstancias, en Sudáfrica hubo alguien que tuvo el arrojo de señalar el doble discurso de ciertas personas que siempre se sienten del lado bueno de la historia.

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