El síndrome del impostor y la privatización del sistema educativo

Por Luis Felipe Lomelí

El término no es nuevo pero se ha popularizado recientemente. Más aún, se ha empezado a repetir cuando se habla de educación en Latinoamérica. El síndrome del impostor, en resumen, delimita una serie de actitudes y sentimientos que expresa una persona que siente que no “merece” estar en la posición que ha alcanzado o que no se siente lo suficientemente apta para realizar la labor que le ha sido asignada y, sin embargo, la lleva a cabo. Dicho de otro modo: no es que la persona crea que no puede lograr algo, sino que ya lo logró pero siente que no tuvo los méritos para lograrlo, que su “logro” es sólo un subproducto del sistema.

Al ser un concepto social, éste depende del contexto y éste puede o no replicarse en otras sociedades. Aquí no voy a hacer un recorrido sobre la historia del mismo (y de los sesgos de género y “raza”) en los EE.UU, donde se acuñó, sino que voy a tratar de relatar dos prácticas actuales del sistema educativo estadounidense –en primaria y en postgrado—que sirven de base para entender de qué hablamos cuando hablamos del “síndrome del impostor”.

            La primera es la app de matemáticas preferida de mi hija que cursa el segundo grado de primaria en EE.UU. La app es un videojuego –tipo Zelda, para ubicar a los lectores de mi generación— donde escoges un avatar y vas derrotando monstruos y brujos malos lanzándoles hechizos que conjuras al resolver problemas de matemáticas. Conforme más monstruos vences, más complicados se vuelven los problemas que tienes que resolver y vas subiendo de “nivel”.

            Hasta aquí, esta app que usa el sistema educativo estadounidense en las primarias públicas –y podemos suponer que pagan a la compañía por los derechos para usarla— se parece a cualquier juego educativo. El primer sesgo capitalista viene cuando, al vencer a un monstruo, no sólo recibes puntos para subir de nivel sino también “monedas de oro” para comprarle chunches a tu avatar: desde sombreros hasta mascotas, báculos y casas. Ok, dirá alguno, inculcar que el conocimiento repercute en el poder adquisitivo no está mal pues no vivimos en el comunismo utópico. Pero el primer problema viene porque, justo después de vencer a cada monstruo, la app te anuncia que si te vuelves “miembro”, entonces no sólo vas a recibir más “monedas de oro” sino que también podrás adquirir un montón de chunches maravillosas que son para “members only” y, peor todavía, vas a subir de “nivel” mucho más rápidamente.

            Por supuesto, para ser miembro, los padres tienen que pagar una cuota adicional mensual a la compañía. De modo que los hijos de los padres que pagan dicha cuota no sólo adquieren más accesorios para su avatar sino que aparentan tener un mayor conocimiento de matemáticas que los hijos de quienes no pagan. Ojo, hay que recordarlo, estamos hablando de la educación pública.

            Si la experiencia del estudiante en esta app fuera individual, ya generaría algunas relaciones causa-efecto bastante problemáticas. Pero la experiencia es social. Sí, cada estudiante puede convivir con sus compañeritos del salón dentro de la app por medio de sus avatares –¡hasta tiene una chat room!—, de modo que el estudiante cuyos padres no pagan para que sea “miembro” puede constatar a lo largo del curso que, no importa cuánto se esfuerce, siempre tendrá menos cosas que aquellos que pagan y siempre parecerá que sabe menos que aquellos que pagan.

            Y también al revés: aquellos que pagan también se dan cuenta de que saben menos que algunos de sus compañeritos que no pagan… pero la app los impulsará a seguir impostando que saben más.

            La segunda práctica sucede en los estudios de postgrado y se subdivide en tres componentes que no necesariamente tienen lugar en Latinoamérica: 1) el sistema de “asistente de profesor”, 2) las rúbricas, 3) la prohibición de publicar las notas grupales. A diferencia de otros países (como México o España) donde los estudiantes de postgrado pagan por su postgrado o reciben una beca (tipo Conacyt), en EEUU la mayoría de estudiantes de postgrado son “asistentes de profesores”. Lo anterior, en palabras llanas, significa que los estudiantes dan clases a partir de un curso diseñado por un profesor con plaza. Es decir, rara vez son “asistentes” sino que son profesores, personas con licenciatura e incluso maestría que siguen un curso establecido… y son, además, unos profesores extremadamente baratos para la universidad. Lo anterior en principio no está mal. Pero genera la sensación entre el estudiantado de que no te admitieron al doctorado porque fueras bueno o tu propuesta de tesis fuera maravillosa, sino porque el departamento necesitaba otro maestro barato. Eso: cunde la idea de que el número de estudiantes de doctorado que son admitidos cada año no depende de la calidad de los concursantes sino del número de “asistentes” que se necesitaran. Y ahí la pregunta: “¿estoy aquí porque merezco estar en el doctorado o porque soy mano de obra barata?”

            Lo anterior se complica aún más con los otros dos componentes. Las rúbricas, todo profesor lo sabe, no están diseñadas –ni pueden estarlo en la mayoría de los casos— para darle al estudiante una retroalimentación eficaz y eficiente sobre su comprensión de un tema dado: están diseñadas para justificar una calificación y minimizar los alegatos al respecto. Si sacaste 80 –o “B”, en el sistema estadounidense— por errores de formato en tu ensayo, eso no te dice nada sobre si estás entendiendo o no el tema tratado y menos te dice si tienes una idea interesante, sólo te indica que tuviste errores en el formato. Y las ideas, claro, no se pueden evaluar con rúbricas. De modo que eventualmente todos aprenden que para sacar una buena calificación sólo basta con seguir la rúbrica y no es necesario entender el tema: el conocimiento, como en el caso de la app, se imposta a partir de la apariencia.

            Por último, al estar prohibido por la ley publicar las calificaciones grupales –la típica hoja pegada en la puerta de la oficina del docente al final del curso o el típico “a ver, préstame tu examen para ver en qué la cajetié”— el estudiante no puede comparar el avance de su conocimiento con el de sus compañeros para abocarse a aquello en que necesita trabajar más. Así, sólo le queda confiar… O dudar: dudar de que realmente merezca estar ahí porque todo apunta a que sólo es una pieza más de una maquinaria económica donde quienes tienen más dinero siempre podrán simular –desde los accesorios de su avatar en una app de la primaria hasta la entrada y permanencia en las “mejores” universidades estadounidenses—, simular que saben más que los que no tienen.

            Los anteriores son sólo un par de aspectos sobre cómo se construye, de forma generalizada, el síndrome del impostor en la sociedad estadounidense a través de su sistema educativo. Habrá que reflexionar cómo sucede esto, o cómo se empieza a consolidar, acaso, en los sistemas educativos latinoamericanos.

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