El cisne (roji-)negro

Por Luis Felipe Lomelí

Uno comienza a irle al Aclas cuando se da cuenta de que la vida es así, como el equipo mismo y su trayectoria histórica. Hay personas que eligen apoyar a un club que cumpla con el tamaño de sus expectativas, de sus aspiraciones y sueños, entonces eligen a un equipo ganador, uno que compense sus derrotas cotidianas con los triunfos en el estadio cada temporada: “yo soy un perdedor, pero mi equipo no”. O su versión similar: “yo soy un ganador como mi equipo, sólo que me chingué la rodilla”.

Otros eligen ser aficionados de un club perdedor porque lo que los mueve es la esperanza misma de que la utopía algún día se concrete; son idealistas, pues, y anhelan ese futuro prometido como la materialización del fin de la lucha de clases o la ansiada llegada del reino de dios a este mundo: son fans apocalípticos y el triunfo (imposible) de su equipo significaría el juicio final que pondrá los puntos sobre las íes.

También están los que deciden irle a un equipo particular de futbol sólo para caerle mal a todos sus amiguitos: “Ódiame más”. Y por último hay otros más, mucho menos interesantes, que le van a un club porque estudiaron en esa universidad, nacieron en ese rancho o era el equipo al que le iban su papá y sus compañeros de la primaria. Pero irle al Aclas no se parece a nada de eso.

Irle al Aclas es, primero que nada, aprender a reírte de ti mismo: y por eso hay que decirle “Aclas” y no “Atlas”, “Atlas” es un nombre muy engreído que apunta a un inexistente vato bien mamadolores. Así que mejor “Aclas”, más realista. Porque una vez que uno aprende a reírse de sí mismo, entonces la vida es un presente impredecible que puede vivirse al máximo.

Y cada juego del Aclas es impredecible, lo sabemos bien sus aficionados. Un día le podemos meter una goliza al superlíder en un juego maravilloso y, al siguiente fin de semana, perder estrepitosamente contra el peor equipo de la tabla. Un día damos un partido con toda la garra y la furia y al final perdemos, cómo no, también espectacularmente; y otro día jugamos un partido aburridísimo donde todos los jugadores andan papando moscas y sin embargo, claro que sí, ganamos uno a cero. Irle al Aclas, pues, es atender a la vida misma donde poco se puede asegurar de antemano, donde jugar de lujo no garantiza el triunfo ni jugar del nabo garantiza la derrota. Y, por lo mismo, todo puede suceder: el peor juego del torneo, el mejor de todos, la mediocridad absoluta, la genialidad desbordada, la entrega sin cortapisas y la apatía total, el drama del descenso y el descenso mismo e, incluso, el irrefutable triunfo que alza la copa. Irle al Aclas es estar al pendiente de un “cisne negro”, esa metáfora estadística acuñada por Nassib Taleb que nos indica que un evento impactante, fuera de toda expectativa racional es, no obstante, siempre posible.

Así, lo que pase este miércoles y este sábado contra el Puebla es lo de menos. En cualquier caso el Aclas jugará “a lo Aclas”.

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