Mi patagonia, de Cristina Rascón Castro

Por Luis Felipe Lomelí

Algún crítico estadounidense decía que cada escritor blanco que ha ido a México se ha encontrado con su propio México. Graham Green halló a unos pobres católicos amenazadísimos por los violentos socialistas y Malcolm Lowry vio, en esos mismos católicos, una amenaza fascista. De algún modo eso es viajar y escribir sobre el viaje: dejar que tus miedos, anhelos y prejuicios salgan a flote. Y, en el mejor de los casos, enfrentarte a ellos.

Tope Folarin, escritor y crítico estadounidense de ascendencia nigeriana, se preguntaba el año pasado si un escritor no blanco podía escribir una novela de autoficción. La pregunta, obviamente, no se refería a si el autor era «capaz» el autor de hacerlo. Más bien, a si la crítica primermundista y blanca sería capaz de considerar una novela escrita por alguien no blanco como parte de la última moda de la literatura mainstream. Su respuesta es que aún no, que las novelas escritas por alguien no blanco son catalogadas en el rubro de lo «autobiográfico», de la «ficción autobiográfica» o de las «novelas de inmigrantes», pero no de la «autoficción». En el caso latinoamericano podríamos añadir otra categoría: el testimonio, ese tipo de libro donde se resalta el drama colectivo en contraposición con el individualismo de la novela autoficcional.

Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí, crítica feminista nigeriana, desmenuzó hace unos años en La invención de la mujer cómo ésta dicotomía de género machista de las sociedades blancas (tan en boga ahora como hace un siglo) fue una imposición colonial inglesa que nada tenía que ver con el performance de género de la sociedad yoruba.

Por último, el mismo Tope Folarin hace cinco años publicó una diatriba en contra de la literatura «accesible«: ésa que puede estar maravillosamente escrita pero sólo le da al lector lo que ya espera, lo que corrobora sus prejuicios. Por ejemplo, Green y Lowry podían tener visiones opuestas con respecto al catolicismo pero coincidían en algo que también esperaban todos sus blancos y primermundistas lectores potenciales: la idea de que México era un lugar violento e irredimible. Sin sorpresas.

¿Y todo esto qué tiene que ver con Mi Patagonia, de Cristina Rascón Castro?

Que aquí, en este libro, usted no va a encontrar lo que esperaría encontrar en una típica novela autoficcional de viajes promocionada como bestseller literario.

Me explico.

Hoy día, una novela accesible, en términos de Folarin, sería la de una escritora mexicana de clase alta, preferiblemente nacida en Ciudad de México, que va a buscarse a sí misma en París o en Londres siguiendo los pasos de Françoise Sagan o Virginia Woolf. O, en el caso de ir a Brasil, como sucede al inicio del libro de Rascón, seguiría los pasos de Clarice Lispector. En cualquiera de los escenarios, usted ya sabe de antemano lo que va a leer, ya sabe cómo la personaje va a empoderarse a sí misma y cómo va a liberarse de las ataduras del machismo mexicano. Se puede imaginar la trama desde ya.

(Y, claro, muchas veces son excelentes novelas, como sucede con Antonia, de María Luisa Puga).

Pero el Mi Patagonia, de Cristina Rascón Castro no es eso. De entrada, la personaje autoficcional no es de clase alta ni es capitalina ni nació entre libros: es de clase media y de Ciudad Obregón, Sonora. Qué cosa tan extraña para la literatura mexicana, ¿cierto?

Peor aún: en su búsqueda interior no se la pasa refiriendo a un cúmulo de autoras y autores blanquitos y, de preferencia, europeos para dejar en claro que es muy culta, leída e instruida sino que el encuentro con sus propios miedos, anhelos y prejuicios se da a través de su reconocimiento con los orixás. Sí, su reconocimiento con las deidades yorubas de la cultura de Oyèrónkẹ́ Oyěwùmí, ahí donde el performance de género no está marcado por la dicotomía machista europecéntrica que terminamos heredando en México.

Así, ésta es la mejor razón que puedo dar para leer Mi Patagonia, de Cristina Rascón Castro (aparte de que está muy bien escrito): usted se va a encontrar con algo distinto, algo que le hará sentir el mundo de otra forma, un libro donde:

«La coraje es una mujer. La viaje es una mujer. La origen, la lenguaje. Los sustantivos que anhelo ser son del género femenino, aquí.»

Y esto, en el mundo actual de literatura accesible con sus etiquetas críticas diferenciadas, es invaluable.

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