Change-Atzimba.org

Por L. F. Lomelí

La noticia causó estrépito y conmoción en la comunidad literaria de todo Iberoamérica. Es decir, en términos estadísticos pasó totalmente desapercibida en el mundo salvo para unos cuantos individuos, individuas e individues que se pusieron a tuitear durísimo (el narrador aquí, apreciable lector, está procurando imitar el lenguaje incluyente que está tan en boga en dicha comunidad, sin embargo, como usted puede apreciar, aún no lo domina del todo y por eso no escribió “unos unas y unes cuantos cuantas y cuantes” y sólo usó la terminación neutra para el sustantivo “individuos” segregando, por supuesto, a quienes se asumen “individuxs” e “individu@s”; ruego a usted que considere que este desliz del narrador —a quien de ninguna manera hay que confundir con el autor de este texto como bien nos ha enseñado la crítica literaria post-Ricoeur— se debió menos a su adhesión ideológica o a su sexismo contra individuxs e individu@s que al miedo de ser objeta, objeto, objetx, objet@ y objete del escrache público en las redes sociales por parte de la misma comunidad… o, tal vez, sólo tiene ansias de pertenecer a un grupo). Así, mientras el planeta seguía desapaciblemente su curso alrededor del sol con otro tiroteo escolar en Estados Unidos, una masacre en Europa y mil millones de personas sufriendo de hambre crónica sobre los cinco continentes, los literatos iberoamericanos clamaban su encono y extrañeza ante los resultados de Primer Gran Premio de Novela Atzimba-Freyja. ¿Qué afrenta era ésa? ¿Cómo se atrevían?

A decir verdad, el runrún había comenzado doce meses antes de la publicación de los resultados, cuando se anunció la convocatoria. Y no había parado. Sólo que al inicio eran discretos posts que compartían las bases del concurso y otros aún más discretos mensajes directos, correos, audios, videoconferancias y unas escasas y antediluvianas llamadas telefónicas de viva voz donde se buscaba saber si alguien tenía información privilegiada sobre el galardón. No era para menos: el Atzimba-Freyja prometía un único e indivisible primer premio cuyo monto en efectivo superaba a todos los demás concursos y seudoconcursos existentes (nótese aquí, en el uso del barbarismo “seudoconcursos”, el guiño que pretende hacer el narrador a sus deseados lectores de la comunidad literaria iberoamericana; como si quisiera decirles: “yo soy parte de su grupo, no vayan a pensar que soy un neófito advenedizo que no sabe nada de nada”). Doscientos mil euros mayor que el Planeta y muchos más que el Alfaguara, el Herralde, el Clarín, el Ciudad de Bogotá e, incluso, mejor dotado que los Juegos Florales de Lagos de Moreno y que el Certamen Literario de Villa de Mijas. De modo que era entendible el revuelo: ¿qué escritor aguanta un cañonazo de ochocientos mil duros constantes y sonantes de la unificada moneda europea? “Yo escribo sólo por amor al arte, porque me duelen el mundo y sus miserias”, dijo a su mejor amigo y confidente un pudoroso poeta peruano que en su vida había llenado completos los renglones de un párrafo medio y ahora se sentía impelido a finiquitar los que fueran necesarios para alcanzar las 250 cuartillas mínimas que estipulaba la convocatoria, “pero también me gusta comer ceviche y me dan envidia esos influencers que son más famosos que yo”.

En cuanto se iban enterando de la noticia, los ilusos escritores nóveles se lanzaban enjundiosos a corregir, terminar o de plano a escribir desde cero su primera novela con esperanza de conseguir ese tan ansiado salto cuántico a la inmortalidad, a la trascendencia o, por lo menos, al retiro anticipado de todas las preocupaciones mundanales. “No sabés la rabia que le dará a mi cucho cuando gane”, le soltó a su novia un confiado escritor veintiañero de Bucaramanga que había tenido que estudiar administración de empresas por orden de su progenitor, “¡ese man va a saber quién soy!” Los escritores más avezados fueron más cautos, obviamente.

Estos comenzaron a circular sotto voce las preguntas en verdad pertinentes a todo lo largo del continente americano y allende el Atlántico y el Pacífico, porque ante tal monto, muchos filipinos recordaron que sí sabían escribir en tagalo y también en español, ¡cómo no!, porque la convocatoria estipulaba que “podrán participar todos los escritores que hayan nacido en cualquier lugar del mundo donde alguna vez se haya hablado una lengua ibérica” y, más importante todavía, “se recibirán vía correo electrónico las novelas escritas en cualquiera de las lenguas indígenas de dichos territorios, desde catalá y euskera hasta umbundu y aimara… La Fundación se reserva el derecho de publicar los nombres de los participantes”. Era demasiado bueno para ser cierto. Tenía que haber algún truco, sospechaban los campeones del sospechosismo intelectual. Y muy literariamente preguntaban: “eh, wey, ¿sabes quiénes van a ser los jurados, para ver si sí mando o nel?”. O de forma más oblicua y caribeña: “¿qué vaina es ésa de Atzimba A.C.?” Otros, confiados en la premisa de que hay que seguir el dinero para conocer las verdaderas intenciones de todo lo que existe, inquirían que de dónde era “ése tal Sr. Martínez” o en cuál editorial se iba a publicar la novela ganadora.

Pero no había respuesta. Nada. Silencio. Los escritores prominentes (sírvase notar aquí, apreciable lector, cómo nuestro narrador ya se ha olvidado por completo del lenguaje inclusivo y comienza a hablar desde lo que le sale de lo más profundo de su corazoncito, develando tal vez sus intenciones para contar esta historia y su relación con los escritores prominentes) comenzaron a dudar unos de otros. “Seguro que Varguitas está detrás de todo esto, nadie más tiene esa plata”, dijo uno. Otro sugirió que ésta era la última broma de Roberto Bolaño, tan aficionado a ganar concursos a diestra y siniestra, e incluso imaginó que seguía vivo y era vecino de Elvis Presley, Pedro Infante y Carlos Gardel en esa isla a donde se retiran todos los famosos que quieren desaparecer: sólo que esto ya no lo dijo para que no lo fueran a tachar de conspiranoico consumado. Tampoco faltó quien conjeturó que el premio era obra de María Kodama: “Mirá, che, las bases no especifican que el autor tenga que estar vivo: imaginate que gana Borges con la novela que todos sabemos que escribió y que nadie ha visto”. Sin embargo, a pesar de su inclinación natural por las tramas noir, la mayoría de las vacas sagradas (ojo con el desplazamiento, apreciable lector, nuestro narrador pasó del ecuánime “escritores prominentes” al más resentidón “vacas sagradas”) tenían una sola duda: si no pactaron conmigo el premio, ¿con quién lo hicieron esos hijuesumadres?

Cada uno se maliciaba el peor escenario posible y no faltaron los rompimientos contractuales entre autores y agentes: “No no no, Guillermo, a mí no me vai venir con esa mierda po’, si la escritora que querei promocionar es a la cubanita ésa me lo decí ahora y sanseacabó ¡me voy con Carmen!”, gritó antes de colgar uno de los más vendidos escritores chilenos. Pero el problema es que tampoco los agentes tenían idea de quién había convocado al mentado concurso y se echaban la culpa los unos a las otras, que si el Chacal o la Verónica, que si el grupito de Nueva York o el de Cataluña —“no es casualidad que pongan al catalán como lengua indígena, ¿viste?, se quieren hacer las vístimas”— que si eran los de Amazon, los alemanes, los chinos, el intento de invención de un nuevo Boom Latinoamericano por una editorial aún por aparecer, o qué. Nadie sabía. Pero en lo que sí coincidieron todos los agentes fue en recomendarles a sus autores que no participaran: “Mira, Lucía, ni yo lo estoy organizando ni sé de quién es el sainete: no entres, después del escándalo de plagio en el que te metiste no te conviene nada” (cabe aclarar, apreciable lector, que dicha autora no se había metido solita en ningún escándalo sino que había sido su propio agente quien le dijo hacía un par de años: “el libro ya está escrito, Lucha, sólo necesitamos tu nombre, ¿cómo vas con la hipoteca?”)

A la sabia recomendación de los agentes le salió el tiro por la culata. Incluso los autores más recelosos de la honestidad y transparencia de la industria editorial empezaron a imaginarse el escenario opuesto: “si nadie sabe nada, ¿será que éste sí es un concurso que no esté amañado?” Y entonces les vino a la memoria cada imagen feliz de sus años mozos, cuando ganaron el concurso de declamación piadosa de su secundaria marista recitando el Romancero de la vía dolorosa, cuando llegó luego el premio del H. Ayuntamiento de su H. Rancho y fueron a recibirlo con sus papás, sus hermanos, sus primos, la abuelita y el perico, cuando ganaron después alguno de esos concursos estatales o nacionales —en los países donde los hubo, claro, porque en la mayoría ni eso— y sintieron que ellos eran la privilegiada voz poética que el planeta estaba esperando. “¿Y si éste sí es un premio honesto?”, se preguntaban a sí mismos sin animarse a decirlo abiertamente a ninguno de sus colegas por miedo a ser tachados de ingenuos o a revelar que, bueno, alguno de ellos sí había obtenido más de un premio prepactado. Ya se sabe: la esperanza muere al último. Y si antes sí había habido concursos de ley y no sólo seudoconcursos, ¿por qué no era posible que volvieran a existir? Tal vez era sólo que el ruido de las redes sociales había creado una duda sistemática sin fundamentos, una duda alimentada por hordas de escritores mediocres con alto grado de resentimiento (ojo aquí a cómo el narrador se coloca en el sagrado punto medio, que no mediocre, no vaya usted a pensar, de la intelectualidad: no se asume a sí mismo ni como vaca sagrada ni como autor resentido). Entonces sí que había que mandar una novela. Trabajarla discretamente, en silencio, porque no fuera a ser que los demás también se animaran y entonces la competencia se pondría durísima. Participar en un concurso abierto cuando ya se es un escritor de renombre es un acto de valentía o, como concluyó un notable lingüista y escritor de Ciudad de México: “chinguesumadre, lo pior que puede pasar es que no gane”.

            Pero eso no era lo peor que podía pasar.

Poco a poco cientos de escritores de alto pelaje, de medio pelo y de pelo en pecho fueron enviando sus manuscritos a la referida dirección electrónica. Llegaban archivos desde el Paraguay y de Mozambique, de Malabo y de Los Ángeles, de todos los puntos posibles. Los autores en “lenguas indígenas” —como rezaba textualmente la convocatoria—, y quienes ya estaban acostumbrados a esa farsa de inclusión institucional que los invitaba a participar siempre y cuando también mandaran la versión traducida de su propia obra, se sorprendieron al corroborar que no tenían que enviar el duplicado de su texto en español o en portugués. Y dudaron, ¿de dónde iban a sacar jurados para tantos lenguajes? Pero al final concluyeron lo mismo que ese notable lingüista y escritor de Ciudad de México y se escuchó un “chinguesumadre” coral, polifónico, enunciado en los cientos de idiomas de los cinco continentes donde alguna vez se habló la lengua de Cervantes o de Camões —porque, claro y entendiblemente, hubo una autora de Timor Oriental y otro de las Islas Salomón que se sintieron con pleno derecho a participar—. Incluso ese pequeño grupo de narradores-académicos que dan clases en alguna universidad rural o urbana de los Estados Unidos se animaron: “y a la mierda con los desplantes de la chair del departamento si gano” (nótese, apreciable lector, cómo la pretendida apertura de género del narrador se ha ido decantando por una misoginia interiorizada).

Había esperanza. Los más adeptos a la utopía llegaron a fantasear con que el Atzimba-Freyja sería el concurso que renovaría de una vez por todas a la viciada comunidad literaria. Por fin se iba a premiar a la literatura, no a esos bodrios comerciales que se disfrazan de novelas o poemarios. Por fin iba a ganar, de nuevo, el texto en sí y no la red de conectes de un participante o, peor, alguna fallida estrategia promocional que quisiera poner de moda a tal o cual subgénero: novela histórica, novela noir, novela rosa, narconovela, autoficción o cualquiera de esas mafufadas tan alejadas del verdadero arte de escribir. De modo que pasaron los meses y esa ilusión comunal del triunfo individual fue opacando a todas las preguntas relevantes que sí se habían esgrimido al inicio… hasta que se publicaron los resultados.

El acta del jurado apareció en todos los periódicos del mundo lusófono y castellanófono, incluso en una gaceta de las mentadas Islas Salomón. Es decir, y a diferencia de los concursos tradicionales, sólo se publicó el acta del jurado íntegra en todos esos medios pero no apareció ninguna nota que la resumiera.

Fue la conmoción total.

Toda la comunidad literaria sufrió un doble shock: primero, porque nadie conocía a la ganadora —Heréndira Ramírez Chihuaque— y, segundo, porque su nombre era lo único que se podía leer en el acta. Estaba redactada en p’urhépecha.

(Note aquí, apreciable lector, ese “nosotros” implícito en el “nadie”: nuestro narrador asume, a posta o sin querer queriendo, que en “toda la comunidad literaria”, en esa ciudad letrada que mencionara Ángel Rama, no había un solo ser humano que fuera capaz de leer p’urhépecha ni lo podía haber, el hecho de que Heréndira Ramírez Chihuaque hubiera escrito una novela y con ésta hubiera ganado el Atzimba-Freyja no le daba los méritos suficientes para pertenecer a ese finísimo club del que se siente miembro nuestro narrador).

No obstante, el hecho de que nadie pudiera interpretar un carajo de lo que decía el acta, más allá de “ganó alguien más que no fui yo”, no implicó un silencio de parte de los escritores. Las redes se llenaron de posts al respecto (vale la pena volver a aclarar que aquí nuestro narrador se refiere a “sus redes”, a su grupito de amigos, enemigos y friendemies —disculparán ustedes el anglicismo—  que para él conformaban la totalidad del mundo aunque al inicio de este texto dijera lo contrario). La mayoría eran reproducciones y reposteos de la misma acta del jurado o enunciados meramente informativos: “Heréndira Ramírez Chihuaque ganó el Primer Gran Premio de Novela Atzimba-Freyja”. Los más políticos se apresuraron a externar sus escuetas felicitaciones y los más osados acompañaron su post con alguna frase que consideraran ad hoc para la ocasión: “Nuestras lenguas originarias son poderosas, espero con ansias la publicación para poder leer la novela” o “Ya era hora de que un premio literario importante lo ganara alguno de nuestros inditos”.

Mientras tanto, las cuentas de redes sociales de la ganadora fueron inundadas con seguidores y solicitudes de amistad, personas reales o escondidas tras un avatar que lo mismo la felicitaban que le preguntaban de qué iba su novela y ella, muy comedidamente, les respondía a todos… en p’urhépecha. Frustración total: Google no traducía automáticamente del p’urhépecha al español ni del p’urhépecha al portugués. Los narradores y poetas que se las daban de tener como amigos a hartos escritores indígenas resultó que no los tenían o que no eran tan amigos, porque nadie tradujo nada hasta que un obscuro profesor mormón del sur de los Estados Unidos, quien había estado de misiones en Michoacán durante su juventud, publicó en su blog la versión en español del acta del jurado. El sitio colapsó de tanta visita. Lo malo fue que el acta era una de esas actas típicas llenas de lugares comunes y especificaba que la novela había ganado el premio “por su retrato de la condición humana”, “su maravilloso uso del lenguaje” y “una trama sólida y bien definida con personajes profundos”. Decepción total. La única novedad fue que el acta estipulaba que el libro estaría a la venta en dos semanas más y pronto vendrían sus traducciones.

Así que esperar. ¿Por qué le habían dado el premio?, ¿de qué trataba la novela? y ¿de dónde diablos había salido esa autora que nadie conocía? eran las preguntas que todos se hacían, pero nadie se animaba a externar aún cualquier queja, cuestionar cosa alguna o sugerir que había habido chanchullo. Había que leer la novela para criticarla como dios manda, profesionalmente. No tanto porque no hubiera quien sospechara de un manejo turbio, sino porque todos nos sentíamos censurados a priori debido el seguro escrache que nos imaginábamos habrían de hacer las hordas de progres y wokes de todo el mundo si se nos ocurría poner el premio en tela de juicio: “¡Les da envidia que sea una mujer!, ¡les da doblemente envidia que sea una mujer indígena!”, gritarían. De modo que incluso Arturo, esa vaquita sagrada de la literatura castellana cuyas novelas son menos leídas que sus columnas de opinión en contra de cualquier idea que suene medianamente progresista, tuitió: “Aunque no haya participado yo de la convocatoria, me da enorme gusto que la señorita Ramírez se haya alzado con tan prestigioso galardón”.

 Y el ansiado día de la publicación llegó. El libro apareció, debidamente forrado con celofán y cintilla, en las principales librerías de todo Iberoamérica y también de Guinea Ecuatorial, Angola, Manila y Nueva York. Los principales sitios de venta de libros en línea lo anunciaron con bombo y platillo, la imagen de una portada excelsa en una editorial de nuevo cuño y el título en el idioma original pero también en español o en portugués: Soberbia/Soberba. La sinopsis, también en español o portugués, era de nuevo una retahíla de lugares comunes que aclaraba nada. Así que el libro se vendió como pan caliente en los primeros días e, incluso, durante las primeras semanas. Las redes sociales se llenaron de fotos de escritores sonrientes sosteniendo su ejemplar, o del libro sobre una mesa, entre floreros, sobre una cama, entre peluches, donde fuera. Y siempre con las leyendas: “¡Por fin en mis manos!”, “Súperfeliz de tenerla conmigo”, “Ahora nomás me preparo un cafecito y a leer”, “Hoy no salgo de mi casa hasta que termine esta novela” y los más osados, que nunca faltan, postearon incluso que ya la habían leído y que era excelente, “La recomiendo mil, corran a comprarla”. Todos arrobaban a la autora y la autora, o mejor dicho su encargada de redes sociales pues para estas alturas Ramírez Chihuaque ya había contratado a alguien para estos menesteres, contestaba, asumo que cordialmente, a todos los posts en p’urhépecha.

Sólo que la novela, como ya es sabido, estaba también en p’urhépecha. Nada más el título había sido traducido. Y al inicio hubo silencio al respecto, como cuando le das una cucharada a la sopa de tu abuelita que sabe horrible y les dices a tus primos que está deliciosa para que ellos también caigan en la trampa (note aquí, querido lector, cómo esta comparación de nuestro narrador tiene poco de inocente y más bien trasluce su verdadero sentir). Un youtuber haciendo unboxing fue el primero en revelar públicamente lo que ya cientos, sino miles, de lectores alrededor del mundo ya sabían pero les daba prurito confesar. Prurito: escozor, irritación. Eso es algo que tiene que rascarse, que sacarse, de modo que estos mismos compradores decepcionados fueron los primeros en señalar a los escritores y críticos que habían declarado haber leído completa la novela. Más de una vaca sagrada cayó de su pedestal: “Ese Cristóbal siempre ha sido un fraude, publica reseñas de libros que ni lee”.

Y vendrían más. Porque el encono causado por la compra de un libro que no se puede leer no es poca cosa, cuantimás si ese libro fue el causante de que te arrebataran ochocientos mil euros que ya soñabas en tu cartera. Entonces sí que vinieron las críticas. Alguien tuvo a bien buscar en internet de dónde venía el nombre de la fundación que había convocado el premio y encontró que Atzimba había sido una reina p’urhépecha en el siglo noséqué. Eso era todo lo que se necesitaba: “Es un premio de p’urhépechas para p’urhépechas”, clamaban las redes sociales, “desde el inicio fue una farsa decir que aceptaban textos en otros idiomas”, “ya estaba pactado de antemano”; Arturo, esa vaquita sagrada que publica en El País, volvió a aclarar “yo por eso no participé”. Luego alguien más encontró que el Sr. Martínez, dueño de la fundación, también era michoacano y la rabia siguió creciendo en esa línea. Varios escritores connotados se apresuraron a extender, en textos sumamente paternalistas, lo que ya había tuiteado Arturo: “Por eso siempre les digo a mis alumnos de taller literario que no hay que participar en ningún concurso, que es una pérdida de tiempo y de dinero, pero no me hacen caso, nunca me hacen caso, están obsesionados con la fama y quieren correr antes de aprender a caminar, ilusos, ignorantes, no se puede escribir desde tal ingenuidad”.

 Cuando las críticas estaban alcanzando su punto más candente y acusaban al contubernio p’urhépecha de segregación orquestada y sistemática, volvieron a circular en las redes las bases del concurso, sólo que esta vez estaba resaltada en negritas la línea “La Fundación se reserva el derecho de publicar los nombres de los participantes”. Ésa era una bomba de tiempo. Un día. Dos días. Al tercer día, como Jesucristo, apareció en todos los medios la lista con los nombres y las nacionalidades de los escritores que habían mandado manuscrito, especificando en qué fase habían sido descartados. Ahí estaba Arturo, por supuesto. También el del escritor que tildaba de ilusos e ignorantes a sus alumnos de taller literario. Y el de Lucía la del plagio, el muchacho de Bucaramanga, la autora de Timor Oriental, el chileno que se había peleado con su agente y también el de “la cubanita” que aquél creía que lo había desbancado de su posición predilecta. Todos. Estaban los nombres de todos los que se habían quejado en las redes, revistas y periódicos.

Fue el pandemónium. “Así que sus críticas eran pura envidia, gonorreas, ¿a quién le extraña?”, clamaban de un lado y se regodeaban, principalmente dramaturgos y poetas, todos los escritores que no estaban en la lista pero también algunos de los que sí aparecían, hubieran acusado o no de corrupción al premio, porque había que subirse al tren del mame y porque siempre es posible pegarle a alguien que sea más famoso que tú. Y divertirte en el proceso; es decir, mandar para otro lado el foco de atención. “Mediocres resentidos”, respondían del otro. “Resentido pero no mentiroso”, reviraban. Todos contra todos. La comunidad literaria iberoamericana se resquebrajaba a cada tuit y a cada post que se publicaba al respecto: viejos amigos escritores, de esos que se publicaban reseñas halagüeñas unos a otros, se dieron hasta con la cuchara; autores y agentes rompieron contratos en videos en vivo que superaron las mil vistas, los grandes consorcios editoriales intentaron frenar la avanzada promocional de la novela y se filtró que el Sr. Ramírez era un narco. Pero todo fue inútil y aún no venía lo peor. Lo peor seguía siendo inimaginable para la mayoría aunque podría haberse sospechado desde la primera traducción de la novela.

Tres semanas más tarde de la publicación original, Soberbia salió traducida al sueco, seguida de otros idiomas escandinavos: a fin de cuentas, el premio se llama Atzimba-Freyja y Freyja es una diosa de la mitología nórdica. Entonces nos dimos cuenta, junto con las magnas reseñas divulgadas desde la academia sueca, de que el monto del premio no sólo dependía del Sr. Martínez sino también de una hasta entonces desconocida asociación civil con sede en Estocolmo. El pánico se extendió entre los críticos afines a Bourdieu y, para más inri, el obscuro profesor mormón que había traducido el acta del jurado posteó por esos días en su blog un escueto párrafo diciendo que sí le había gustado, que la novela era como su título: soberbia. El tiraje en chino alcanzó los diez millones de ejemplares y se agotó en un mes. La edición en ruso fue de 5 millones y también fue un éxito de ventas. Ngugi wa Thiong’o, obviamente, alabó la versión en gikuyu: “es la novela que todos estábamos esperando”, dijo en un video desde su cubículo en la Universidad de California-Irvine.

Para cuando ya circulaba la convocatoria del Segundo Gran Premio de Novela Atzimba-Freyja, es decir, un año después, surgieron los tirajes en lenguas que ya podíamos leer los escritores normales: alemán, italiano, francés e inglés (sírvase, apreciable lector, de notar el uso de la primera persona del plural de parte del narrador y del adjetivo “normales” aplicado a “escritores”; le ruego de nuevo que no lo vaya a confundir con el autor). Y, para cuando se anunció al ganador del segundo concurso —un tal Nahuel Rojas, quien escribió en mapudungún o en cualquiera de esos dialectos— por fin editaron Soberbia en español y portugués. ¡Qué falta de respeto! ¡Qué ninguneo! Nunca antes se había visto una afrenta de tales proporciones. Sí, señoras y señores; compañeros, compañeras y compañeres, nos han tratado como apestados en nuestra propia tierra y esto no se puede quedar así. No podemos permitir que pisoteen nuestra dignidad.

Por eso me dirijo a ustedes, haciendo esta larga relación de una tragedia que empezó hoy hace diez años, sí, para refrescar su memoria sobre este atropello que pretende darle al traste a nuestra bonita y afable comunidad literaria, esto que sin máscaras quiere destruir cinco siglos de invaluable tradición escritural en nuestra lengua, esta osadía, claro, porque en estos diez años ningún autor de a de veras, ningún narrador que escriba en español o portugués se ha ganado jamás el Atzimba-Freyja sino que siempre han sido seudoautores que quién sabe de dónde han salido, pues nadie los conocía, y que escriben en alguna lengua extraña, sí, de alguno de esos dialectos minoritarios de los que ya pululan cientos de cursos en línea —“zapoteco para principiantes”, “tsonga para todos”, “wayú sin complicaciones”…— pero que, de todas formas y no obstante hayan entrado ya a nuestras escuelas y listas de lecturas universitarias, están condenados a desaparecer por sus nulos aportes a la civilización. Tenemos que estar juntos, juntas y juntes, compañeros. Tenemos que unirnos, otra vez, como estuvimos unidos. Porque ni las editoriales ni los agentes pudieron contener el embate de las carretadas de dinero soltadas por el Sr. Martínez y sus secuaces de la academia sueca y han convertido a la literatura, ¡a la noble literatura!, en un mero ejercicio mercantil en manos de unos cuantos. Por eso, ahora que los dos candidatos que más suenan para alzarse con el Premio Nobel de Literatura de este año, son la tal señorita Ramírez Chihuaque y el insufrible Nahuel Rojas, los invito a firmar esta carta de rechazo total a este corrupto sistema.

Que la Academia Sueca y la Fundación Atzimba sepan que romperemos de una vez por todas con ellas, que no vamos a ser sus comparsas. Hagamos grande, otra vez, a la literatura.

¡Verdaderos escritores del mundo, uníos!

Atentamente,

Edoardo Villavicencio Valles

(Huelga decir, apreciable lector, que el nombre de Edoardo Villavicencio Valles, al igual que el de muchos autores consagrados, exconsagrados y sin consagrar, ha aparecido religiosa y puntualmente, cada año, en la lista de los participantes del Gran Premio de Novela Atzimba-Freyja, pero suponer que esta carta parte de la envidia sería ejercer un juicio extraliterario sobre alguien que, a fin de cuentas, sólo es el narrador y no el autor).

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