El monstruo y la delicia: estrategias de fomento a la lectura

Por Luis Felipe Gómez Lomelí*

Pues para aprender — me dice mi hija de ocho años cuando le pregunto para qué sirve leer libros—, para saber ortografía, matemáticas y eso — y dice “eso” ya con un tono desganado, como que se quiere ir a hacer otra cosa.

— ¿Y los libros de la biblioteca? —Alcanzo a preguntarle antes de que se vaya imaginando lo que sea que ya comienza a fantasear con sus muñequitos.

— Ay no, papá, esos son pura diversión.

Hablar de estrategias de fomento a la lectura implica, antes de cualquier otra cosa, preguntarnos qué nos motiva a emprender tal tarea. ¿Por qué queremos que alguien más lea? ¿Para qué queremos que esa otra persona que no lee, lo haga? Y esto conlleva preguntarnos, primero, si quienes decimos que leemos en realidad leemos, y qué leemos, o si sólo es un discurso aprendido que ya nos acostumbramos a repetir: “sí sí, la lectura es súperimportante, mijito, tienes que leer treinta minutos diarios”.

Hacer este primer examen de conciencia —“autocrítica”, dirían los comunistas, y “autoevaluación”, dirían los profesores hoy día— es una parte fundamental del proceso de fomento a la lectura. Al hacerla — y los invito a que la hagan — la mayoría de ustedes se dará cuenta, primero, de que lee muchos menos libros de los que dice que lee y, segundo, de que los motivos por los cuáles lee suelen no parecerse ni de asomo a las razones que usted, o yo o quien sea, suele esgrimir para tratar de convencer a alguien más sobre la importancia de generar un hábito de lectura.

Así, al darnos cuenta de que leemos mucho menos que lo que decimos que leemos, entendemos también que, por lo menos en un determinado círculo social, leer está asociado a una suerte de capital cultural, político y moral. Dicho en ranchero: decir que leemos nos hace sentir superiores al resto de nuestros compañeritos y compadres. Yo soy culto y tú no. Y las personas cultas somos mucho más listas. Por lo tanto, mi opinión vale más que la tuya. Es más: yo soy quien debería de tomar las decisiones en la comunidad y tú no. Peor aún: las personas más listas somos mejores personas moralmente, somos más buenas y tú — pobre analfabeto funcional — seguramente vas por el camino de la delincuencia (recuérdese aquí, por ejemplo, todas esas películas donde un convicto “se vuelve mejor persona” durante sus años carcelarios).

Planteadas desde este sentido, cualquier estrategia de fomento a la lectura tendría, al menos, una de dos finalidades:

  1. Mantener y fortalecer a la mafia de los elegidos: Te estoy invitando a mi Club de Toby, al de los illuminati, sígueme y resaltaras sobre las masas ignorantes.
  2. Engrosar las filas de la resistencia: ellos son quienes tienen el control del mundo (los illuminati malos, los políticos), sígueme y hagamos la revolución.

¡Es como una novela de aventuras! ¡O de gangsters! Una novela maniquea donde hay buenos y malos y hay que elegir un bando: pertenecer al grupo que mantiene el poder y gozar de sus privilegios o ser de los subversivos que sueñan con cambiar al mundo… tal vez, sólo cambiarlo hasta suplir al grupo que estaba y entonces gozar de los privilegios que creemos que nos correspondían. Y ahí terminó el cambio.

¿Es eficiente y eficaz esta estrategia de fomento a la lectura: “leer para que seas más sabio y mejor persona”? Aunque tiene su encanto dramático pensar en los libros como herramientas de poder conservador o rebelde, lo dudo.

Puesto que, al ser las premisas iniciales sumamente egoístas, hasta el grado de la ciega egolatría — yo leo y soy más culto y más listo y más bueno —, es difícil convencer a un gran número de personas de adherirse a nuestra causa a partir de argumentos que subrayen la exclusión de las mayorías. Y es que, a diferencia de quienes ya se creyeron que leer los hace seres superiores, divinos e intocables, la mayoría de las personas llegarán a otras conclusiones que también son perfectamente lógicas. Por ejemplo: ¿si es tan exclusivo, por qué andan invitando a medio mundo?, ¿por qué quiero yo pertenecer a un grupo de gente soberbia? o ¡qué te crea tu abuela que los políticos son muy cultos!

Peor aún: a diferencia de esa pequeña minoría mundial que lleva siglos, generaciones de familiares que sí saben leer y escribir, todos los demás tenemos o tuvimos a alguien en nuestra familia que consideramos sabio y recto moralmente y que es o fue, por supuesto, analfabeta. O que sabía leer y escribir pero nunca andaba leyendo ni compraba libros. Y, además, también es probable que conozcamos a alguien muy leído e instruido que no sólo es un soberano pelmazo sino que incluso dudaríamos en dejarle encargado a nuestro perrito una tarde porque no sabemos si lo va a torturar.

De modo que este argumento de fomento a la lectura que equipara el acercarse a los libros con volverte una mejor persona, alguien más sabio y más culto, se desquebraja por todos sus costados.

Y se vuelve una situación tragicómica, por ejemplo, cuando algún profesor ya convenció a un par de huercos de que serán más inteligentes si se ponen a leer… y entonces les da La Ilíada: “Canta, oh musa, la cólera del pélida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades…” Weit weit weit, abarajame la bañera, vamos por partes, piensan los huercos:

Canta, oh musa = cuéntame, morra.

La cólera = andaba con berrinche o traía diarrea.

Del pélida Aquiles = de tu brodi el Aquiles.

Cólera funesta que causó infinitos males = definitivamente fue un berrinchazo o una diarrea pandémica.

A los aqueos = a la tropa, a la banda.

Pero si hasta ese momento pude ir yo más o menos traduciendo lo que leía cuando estaba en primero de preparatoria — perdón, no estoy hablando de mí sino de estos dos jovenazos imaginarios a quienes su profesor les dio a leer La Ilíada; yo, como todos los escritores latinoamericanos leí completitas La Ilíada y La Odisea cuando tenía dos años en griego clásico —. Disculpen la digresión. Decía que si hasta este momento, la primera línea de La Ilíada, nuestros dos adolescentes ejemplares e imaginarios pueden ir intuyendo de qué tratará el libro…, una página después, cuando leí “cerrado carcaj en los hombros, las saetas resonaron”, ahí sí que me sentí un ser inferior, un reverendo idiota. Si leer era una actividad para personas inteligentes, y éste era el libro que para iniciarme había escogido alguien decididamente inteligente porque él leía mucho, ¡mi profesor de español!, entonces me quedaba clarísimo que eso no era para mí. No tenía ni la inteligencia mínima necesaria para poder acceder a esas herramientas, los libros, que habrían de convertirme en un supersabio. Mejor le echaba ganas en la obra como peón electricista. Pero ésa es otra historia.

A algunos de ustedes estas situaciones, y el desglose de estos argumentos, le podrá sonar exagerado. Lamentablemente no lo son. En estos minutos, habrán podido ver las reacciones de algunos de los aquí presentes y deducir que hay más personas a quienes les ha pasado algo similar: desde tener un profesor de español que trata a todo el grupo con aires de superioridad hasta haber escuchado a algún escritor mexicano decir en una entrevista que leyó el Quijote antes de entrar a la primaria… ¡O los versos de Li Po en chino mandarín tradicional!

No, yo tampoco sé por qué mis colegas escritores dicen esas cosas. Ni sé si sea cierto. Y si sí es cierto, tampoco entiendo la finalidad de contarlo: cuando yo estaba en tercero de kínder aún me comía la tierra de las macetas.

Pero más allá de estos episodios de complejo de superioridad que pueden ser meramente anecdóticos, concebir la lectura como una forma de superación es también el precepto base de propuestas elitistas — y normalmente no sólo clasistas sino también racistas — como legislar para que sea requisito tener un grado de maestría o doctorado para acceder a un cargo de elección popular. “Yo sí sé, tú no; yo debo de tomar las decisiones por todos ustedes”. Si nos echamos un clavado a la historia del derecho al sufragio, tanto para hombres como para mujeres, nos encontraremos con que el argumento de la “cultura” — y su compinche, la manipulación, porque a los incultos, nos dicen, es muy fácil manipularlos — ha sido uno de los argumentos preferidos de las élites para negar la voz y la representación política de las mayorías. Peor aún: la equiparación del “culto” — antes de la Revolución Francesa decían “noble”, que era sinónimo de “aristócrata” — con ser una persona moralmente íntegra, también ha conllevado a que se redacten leyes y se establezcan prácticas segregativas que asuman que alguien que no lee — y en el caso de México, alguien que no lee en español, alguien que no habla español — es más propenso a la criminalidad que, digamos, un maestro en administración pública por la Universidad de Harvard… como Carlos Salinas de Gortari.

No hay, y esto hay que decirlo claramente, una consecución lógica entre leer más y ser mejor persona.

(Lamento si alguien pensaba que iba a escuchar lo contrario).

Ésa es una falacia elitista.

Ahora bien, tal vez alguno de ustedes creció muy cercano a luchadores sociales y concibe el fomento a la lectura como una herramienta de emancipación popular. Esta versión revolucionaria fue común entre los movimientos de liberación y construcción o reconstrucción nacional durante el siglo XX: de Angola con el MPLA (dirigido por un poeta, Agostinho Neto) a la gesta del Congreso Nacional Africano con Nelson Mandela (también gran lector), de la Revolución Maoísta que simplificó por ley los caracteres de la escritura china para que fuera más sencillo enseñarlos a la Revolución de Terciopelo en Checoslovaquia (también dirigida por otro escritor, Václav Havel), o antes, ahí en Europa, con las Milicias de la Cultura y las Brigadas Volantes de Lucha contra el Analfabetismo de la Segunda República Española y La Barraca ambulante de Federico García Lorca; de la Revolución Mexicana a la Revolución Cubana pasando por las luchas de los afroestadounidenses para que hubiera, en primer lugar, escuelas a las que pudieran ir ellos y sus hijos y, en segundo lugar, para que dichas escuelas tuvieran un mínimo de calidad satisfactorio (y luego vendría la lucha, misma que aún continúa, para que no haya segregación en el sistema educativo estadounidense).

En todos estos casos, y muchísimos otros, claro que se buscaba el empoderamiento popular a partir del acceso a la palabra escrita. Y fueron movimientos y programas no sólo loables sino indispensables para poder entender el devenir de dichas sociedades. Pero su objetivo era la alfabetización, no el fomento a la lectura. E incluyó, ciertamente, la creación y traducción de contenidos, el establecimiento de instituciones como la SEP y el FCE, para el caso mexicano.

Así, grosso modo, el fomento a la lectura es una actividad con naturaleza diferente a la de las brigadas de alfabetización. Me refiero aquí sólo al fomento a la lectura en entornos urbanos e hispanoparlantes de México donde, según datos oficiales, más del 90% de las personas ya sabe leer y además se cuenta con cierta estructura: hay alguna biblioteca pública, alguna librería, alguna sala de lectura y — a veces sí y a veces no, dependiendo del director y los docentes de la escuela — también se cuenta con ese maravilloso acervo llamado Los Libros del Rincón. Obviamente, en otro tipo de espacios y en todas las 64 lenguas distintas al español que se hablan en nuestro país la cuestión sería diferente. Pero sobre este último punto, sobre la necesidad de crear infraestructura y contenidos en otros idiomas mexicanos, muchísimos profesores y escritores bilingües y políglotas les podrían platicar mucho mejor que yo.

Así que volvamos, ya de forma acotada, a las preguntas iniciales: ¿por qué queremos que alguien más, alguien que vive en una población con cierta infraestructura y ya sabe leer en español, lea más?, ¿para qué queremos que esa otra persona que no lee, aunque pueda hacerlo, lo haga?

   Ya mencioné que el consabido argumento “lee más para ser mejor” es por lo menos problemático. Esto no significa que sea del todo inútil. Si una niña quiere “ser mejor” — es decir, más rápida y más asertiva — al mencionar de memoria cincuenta nombres de dinosaurios, o de piedras o de árboles, o quiere saber más sobre los planetas y poder recitar, de mayor a menor tamaño, los nombres de cien asteroides, obviamente se le puede incentivar con dicho argumento: “Mira, con este libro vas a aprender más”. Y si no le basta sólo ese libro, se le pueden sugerir otros tantos.

(Mi hija tiene como diez libros o catálogos sobre rocas, por ejemplo, porque lleva como cuatro años pidiéndolos de Navidad y de cumpleaños y, una vez que termina uno, quiere otro que sí le responda lo que el que tiene no le pudo responder; y así sucesivamente).

Pero si hacemos esta reflexión que propuse hace unos minutos sobre qué nos impulsa a nosotros mismos a leer, nos encontraremos con que para la mayoría de nosotros “aprender” es un argumento marginal, una anomalía. Eso es lo que leemos por trabajo, en el caso de las personas que tenemos que leer por trabajo (sí, luego descubrí que como peón electricista y, peor aún, como peón albañil, entendía mucho menos que tratando de leer La Ilíada… así que me quedó claro que mi vida laboral consistiría en conseguir becas para seguir estudiando, leyendo, porque eso es para lo que soy menos inútil y ahora estoy en mi segundo doctorado).

Expandir el argumento “leer para aprender” a “leer lo importante para que aprendas lo que tienes que aprender” es aún más inútil y bordea los límites de lo ridículo. Por poner un ejemplo a la mano, si nosotros quienes estamos aquí nos asumimos lectores y creemos que es necesario leer para aprender, que hay que aprender de los mejores autores posibles, y que es aún más importante leer aquello que tenga relevancia para nuestras propias vidas en la actualidad, entonces consecuentemente, a un año de pandemia, todos nosotros ya habríamos leído uno o dos libros académicos sobre micobiología para entender bien a bien el ciclo de vida de un retrovirus, podríamos explicar sin problemas sus diferencias con el de un virus con ADN y ya nos sería facilísimo distinguir a cualquiera de estos de una bacteria, un protozoario, una cianobacteria o un hongo. Las bases para entender un libro académico de microbiología ya las teníamos: todos llevamos biología en secundaria y los libros de microbiología suelen ser bastante didácticos pues están redactados precisamente para eso: para enseñar a quien no sabe.

Y sin embargo no lo hicimos, ¿cierto?

Pusimos cualquier pretexto y algunos de ustedes estarán pensando ahora mismo en otros pretextos. Pero todos nosotros podríamos haberlo hecho, simplemente no quisimos hacerlo.

 Así, convencer a alguien para que lea “por trabajo”, o porque es importante, es por lo menos una estrategia inocente de fomento a la lectura.

Ahora recuerden, reflexionen, por qué razones a ustedes mismos no les gusta leer.

Por qué razones detestan leer.

Acuérdense de ese maestro o de esa profesora, de esa persona que las fastidiaba tantísimo con la misma cantaleta de por qué, según ellas, ustedes tenían que leer. Y ustedes salían corriendo en sentido contrario.

Eso.

Para pensar en estrategias eficaces de fomento a la lectura no sólo tenemos que reflexionar en las razones por las cuáles sí nos gusta leer a nosotros mismos sino también en las razones por las cuales leer nos ha parecido una actividad sumamente desagradable.

Hace algunos años, cuando di una clase sobre literatura infantil y juvenil a profesores normalistas que estaban estudiando una maestría, hicimos estas dos reflexiones.

De un lado del pizarrón anotamos primero todas las razones por las cuales sus alumnos debían leer.

Del otro lado del pizarrón anotamos después todas las razones por las cuales ellos mismos habían detestado la lectura alguna vez en su vida.

Luego nos dimos cuenta de lo que ya varios de ustedes se han de estar imaginando: sí, la mayoría de las razones de uno y otro lado del pizarrón eran exactamente las mismas.

Entre éstas estaban las que ya hemos mencionado (lee por obligación, lee para ser alguien en la vida, “porque ahora eres irrelevante”; lee para aprender, “porque eres un ignorante”, etc…). Y otras distintas aunque similares: lee para que no te manipulen (ahora eres un pobre baboso), lee para escribir con ortografía (uy, qué emoción), tienes que leer a los clásicos (canta, oh musa, la cólera de tu pélida lector), etc…

La conclusión fue dolorosa pero obvia: no vamos a convencer a nadie de que lea si usamos los mismos argumentos que a nosotros nos han resultado aberrantes.

Más aún porque ya sabemos, o podemos intuir, que nuestro escucha, que esa persona a la que intentamos convencer, va a esgrimir para no hacerlo exactamente los mismos argumentos que ustedes pensaron ahorita para justificar por qué no han leído un libro de microbiología durante la pandemia: es que eso es muy difícil, están muy caros los libros académicos, no voy a leer para deprimirme, es súperaburrido leer libros de texto, seguro ni le voy a entender, no voy a tener con quién platicarlo y, si lo hago, no me van a bajar de sangrón, etc…

 En esta discusión entre leer y no leer, un libro de microbiología o cualquier otro, ya saben qué grupo de argumentos va a terminar imperando ¿cierto?

Entonces volvemos a eso que me contestó mi huerca de ocho años cuando le pregunté por los libros de la biblioteca: “Ay, papá, esos son pura diversión”.

Aquí tenemos, entre las razones por las que alguien sí lee por gusto, más allá del trabajo, dos motivos interrelacionados: la diversión y la identificación. Empezaré por la primera.

Diversión y diverso son palabras que tienen la misma raíz. Un cumpleaños le añade diversidad al calendario porque es el día en que partimos un pastel y aventamos confeti. Es un día diferente. Luego de observar a mi hija y a otros tantos niños, de cuestionarlos y escuchar sus razones sobre qué les gusta leer y por qué les gusta leer, he encontrado que la diversión, en el sentido más amplio y etimológico de la palabra, es una de las causas fundamentales.

No sé si en su ciudad las bibliotecas públicas cuenten también con una ludoteca. O si haya una librería con una sección para niños. Si no las hay, exíjanlas. Organícense para que existan, joroben todos los días por redes sociales a sus diputados locales y federales para que consigan al menos el espacio (la Cámara de Diputados cuenta o contaba con un fondo para proyectos culturales). Si conocen a algún vecino que tenga una Sala de Lectura, ayúdenlo no sólo a acondicionar un espacio para la plebada (nada de que aquí es el templo del saber y hay que estar calladitos) y túrnense para echarle un ojo a los chamacos. En el caso de las librerías es mucho más fácil: porque los libros infantiles y juveniles son la segunda categoría que más se vende y ni modo que el librero no quiera vender (hay gárgamels y cascarrabias, sí, pero no son todos los libreros). En este sentido, convencer a las editoriales para que donen ejemplares a una biblioteca o hagan miniferias del libro itinerantes por las escuelas de su ciudad también es relativamente sencillo: ellas saben que van a vender, saben que van a invertir pero también van a vender y, probablemente, generarán un mercado cautivo que de cuando en cuando chantajeará con ojos de borreguito a sus papás para que compren más libros.

(Y esos ojos de borreguito son irresistibles, todos los padres lo sabemos).

Porque cuando una niña entra a la sección infantil de una biblioteca, librería o Sala de Lectura, el mundo se transforma. Si ya la conoce, sabe que encontrará ahí esa diversidad que está buscando. Si le gustan las mariposas, sabe que encontrará libros de mariposas y que estos podrán tener dibujitos lindos o fotografías detalladas de las larvas y de las crisálidas; si le gustan los puentes o las monster trucks, hallará libros de puentes y de camionetotas inmensas que se destruyen unas a otras dándose de catorrazos; si ese día está interesada en las enfermedades gastrointestinales o en las Barbies o en las anémonas o si quiere leer la versión impresa de una caricatura de Peppa Pig que ya vio o le llama la atención cómo se programa una computadora o quiere saber cómo y por qué mataban a otras mujeres (como ella, pero más grandes) a las que llamaban brujas, o por qué los esbirros de Trujillo asesinaron a tres de las cuatro hermanas Mirabal que se oponían a la dictadura: sabe que puede encontrar todo eso. Y lo mejor del caso es que todo eso, y mucho más, pueden ser los gustos de la misma niña.

De hecho, les estoy hablando de mi hija de ocho años.

Mi hija ya sabe lo que puede encontrar en una biblioteca o librería: diversidad y maravillas. Delicias y también monstruos. De modo que a veces va y busca algo que ya quiere de antemano y en otras sólo se pone a dar la vuelta y a hojear libros hasta que alguno le llama la atención. O no. Porque sí, también a veces, como a ustedes, ninguno le llama la atención.

¿Y cómo llegamos a esto, a saber qué se puede encontrar en una biblioteca o librería? Pues yendo. Y de preferencia yendo regularmente. En las tres ciudades en que nos ha tocado vivir hemos tenido la suerte de que haya habido tanto bibliotecas como librerías con sección infantil. En Puebla estaba la ludoteca de la BUAP y la Librería Profética. En Colima estaba la biblioteca pública del estado (además, ahí junto, tenían lugar todos estos talleres y eventos preciosos del programa federal “Alas y Raíces”) y la librería del Fondo de Cultura Económica que, sin duda, es la cadena de librerías en México con mejor sección infantil y juvenil. En el pueblo donde vivimos ahora, Lawrence, Kansas, resulta que hay una de las bibliotecas más bonitas de todo Estados Unidos, con una gran sección para niños y, aunque en lo que se refiere a librerías no estamos tan bien como en Colima o Puebla, hay por lo menos una de usados con una sección infantil más o menos decente.

Esto es importante: a diferencia del fetichismo adulto que gusta de coleccionar y tener libreros con hartos ejemplares que nadie va a volver a hojear nunca, los niños pueden leer muchos libros y no tienen problema alguno en regalárselos después a otros niños. De modo que es más o menos sencillo, por ejemplo, a falta de una librería de usados o de una biblioteca en el barrio, poner un pequeño acervo de libros que se presten en la tiendita de la esquina (me refiero a hacerlo en ese momento en que por fin se acabe la pandemia, por supuesto).

Y sí, yo sé, ¡claro que lo sé! Ir a una librería o biblioteca con un chamaco de uno o dos años da terror: uno cree que el escuincle se va a guacarear en los libros, que los va a romper, que se va a quitar el pañal y va a hacer experimentos de absorción de pipí en distintas portadas. Uno tiene ésas y miles de pesadillas más. (Mismas que, al igual que cuando uno sueña que está entre las olitas del mar y le dan ganas de hacer pipí, estos son sueños que sí se hacen realidad). Pero la idea es que el plebe sienta que ese espacio — la biblioteca, la librería, la sala de lectura — es de todos, lo que significa que también es suyo si sigue un conjunto de normas básicas, como no embarrarle los mocos al libro de los murcielaguitos. Así que hay que apechugar, guardar nuestras ansiedades y dejarlos que busquen y descubran la diversidad que les hace falta en su propia casa y en su escuela. Y sí, dije uno o dos años, porque la relación con los libros puede empezar desde antes de saber leer.

Al inicio, también, hay que ayudarlos a encontrar esta diversidad. Esto significa que uno tiene que conocer la biblioteca o la librería también. O irla conociendo a su lado. Y no sólo aventar al chamaco ahí como si fuera una estancia de cuidado parvulario. Si uno no la conoce, entonces tiene que hacer lo que quisiera que su huerco haga después por sí mismo: quitarse el miedo y preguntarle a quien sí sabe. Para después animar al plebe a que él vaya solito y lo haga. Porque ésta es una de las maravillas de ir a la biblioteca ya cuando puedes leer por ti mismo: puedes leer todos esos libros que tus papás no quieren que leas.

Pero me estoy adelantando.

En esta etapa inicial de acompañamiento a la persona (quien puede ser un niño de un año pero, como se estarán imaginando, también puede ser alguien mucho más grande) es importante la lectura compartida. Si el chiquilín no sabe leer, uno le lee. Si uno va con alguien mayor, se puede leer y hojear el libro en conjunto y comentarlo. ¿Por qué es importante? Porque si el chamaco no sabe leer, alguien tiene que hacerlo y qué mejor que su acompañante. Y si la persona a quien uno acompaña sí sabe leer, pues porque los libros dan miedo, nos los han presentado como algo monstruoso que nos corroborará que somos idiotas porque de seguro segurísimo no vamos a entender nada: sí, ese mismo miedo que habrán sentido algunos de ustedes cuando mencioné el libro de microbiología. En cambio, leer un libro y comentarlo en compañía es una actividad bastante agradable si ninguna de las dos personas se sienta en el trono de la soberbia y trata de aprovechar la oportunidad para hacer sentir mal al otro (ya saben, la típica escena de taller literario o de presentación de libro de poemas donde algún fulano se pone a citar autores rarísimos con la única intención de presumir que él ha leído más que todos en el barrio).

 Permitir el diálogo a viva voz en la mayor parte del edificio es una de las prácticas que se ha ido popularizando en las bibliotecas del mundo: han ido dejando de ser estos lugares aterradores y silenciosos para convertirse en sitios de convivencia, ahí donde se habla y se ríe y se platica y los niños leen un rato y luego se ponen a jugar, porque hay juegos — legos, carritos, cojines y dinosaurios — y qué mejor que ponerte a jugar, con otro huerquillo que acabas de conocer ahí, justo la historia de la ratoncita pirata que acabas de leer.

Tanto en las escuelas de México como de Estados Unidos, leerles en voz alta a los escuincles antes de mandarlos a buscar algún ejemplar entre los Libros del Rincón o las estanterías de la biblioteca se ha ido convirtiendo también en una práctica cada vez más común (salvo, claro, durante las clases en línea). Ahí entonces los niños tienen un primer acercamiento a una muestra de esa diversidad que podrán conocer. Y les puede gustar o no. Aquellos a quienes les gustó pueden preguntarle a su maestro o maestra por algo similar (o si son ustedes yendo con la plebada a la biblioteca o librería y leyéndoles en voz alta, preguntarles a ustedes). Y entonces ya lanzarse a la aventura de buscar algo que se le apetezca.

Si no le gustó, asunto bastante común, entonces ahí procede preguntarle al niño qué le gusta (dinosaurios, fantasmas, libros de guerra, vidas de santos, jardinería, etc…) y llevarlo la primera vez a la estantería donde se encuentran y luego sólo indicarle dónde los puede hallar. O, si no tiene ganas de leer en lo más mínimo, dejarlo a que se ponga a dibujar, jugar, o hacer manualidades o lo que sea.

Esto, tal cual, es lo que hacen en la escuela de mi hija el día de lectura. Les cuento por partes.

Primero, hay un día especial de lectura y es un docente distinto el que llega a leer (se pueden intercambiar de grupo y grado los profesores, por ejemplo).

Segundo, les lee un texto previamente escogido.

Tercero, hacen una actividad al respecto que puede ser un dibujo o un collar, un collage o una construcción con sus útiles escolares.

Cuarto, la profesora o el maestro les pregunta qué les pareció lo que leyeron, y quien tiene ganas muestra lo que hizo en la actividad.

Aquí hay un asunto importante que difiere mucho de cómo fueron mis profesores en la primaria: los maestros de mi hija no le dicen de qué trata la historia ni cuál es la moraleja. ¿Por qué? Pues porque todo libro tiene múltiples interpretaciones y, si el profesor blande cuál es la válida o la mejor, el 99% de los estudiantes se sentirán tarados.

Las actividades tercera y cuarta son intercambiables en su orden: pueden cotorrear primero el libro y luego hacer la actividad o viceversa. Pero siempre viene luego la quinta:

Tienen una suerte de recreo sin salir del recinto. Esto es, los que quieren se van a buscar otros libros (con un tema parecido o de otro, de robots, detectives o haditas del bosque) y, los que no, se quedan ahí jugando o continuando con el dibujo o la construcción que estaban haciendo.

Voy a recapitular aquí tres puntos que me parecen importantes.

Uno, si queremos fomentar el gusto por la lectura, hay que guardarnos todos nuestros sapientísimos comentarios sobre qué tiene que leer la gente, qué es eso importante que hay que leer (ninguno de ustedes saldrá de aquí a leer un libro de microbiología, por ejemplo, aunque sea importantísimo).

Dos, hay que evitar decir qué tienen que haber entendido del libro. Tu interpretación no es más interesante que la de él o la de ella. Esto, claro, no aplica para un manual de fisicoquímica o matemáticas, pero sí para uno de sociología.

Tres, hay que dejar de pensar la lectura como una obligación. A todos nos dan pereza y fastidio las obligaciones (imagínense ahora que tienen que leer a fuerza ese libro de microbiología completo porque van a tener un examen).

Dicho de otro modo, en positivo:

Uno: si queremos fomentar el gusto por la lectura, hay que inspirar a que las personas lean lo que se les dé su regalada gana. Punto. Es decir, que la lectura sea libre.

Dos: hay que interesarnos por entender lo que ellos interpretan del libro. Que la lectura sea diálogo.

Tres: hay que vincular la lectura con el aspecto lúdico de la vida. Que la lectura sea juego.

Sólo así leer se vuelve una diversión y nos abre las puertas a la maravilla de la diversidad en el cosmos. Ya sea que estemos leyendo una historia que nos parezca cómica, un poema tristísimo o un manual sobre cómo funcionan las cerraduras de las puertas.

En el caso de ser padres hay una actividad extra que debemos hacer: tenemos que interesarnos por todo aquello que nuestros hijos encuentren en un libro y nos quieran compartir (sólo aquello que nos quieran compartir, ojo, tampoco hay que andar de insidiosos). A mí las piedras, por ejemplo, me importaban menos que dos pepinos, y ahora distingo ígneas de sedimentarias y también estratos geológicos por culpa de mi hija. También tuve que aprender a hacer operaciones aritméticas con código binario cuando a ella se le ocurrió que quería saber de eso. Y, por supuesto, he leído más libros de ponis mágicos y haditas y de George el curioso de los que jamás pensé que deberían de existir en el mundo.

La lógica detrás de lo anterior es simple, aunque aún no he probado su grado de funcionalidad: si yo no me intereso por los libros que a ella le importan, ¿por qué ella me habría de hacer caso cuando a mí se me ocurra sugerirle alguno?

Ahora bien, cuando los niños (o las personas de cualquier edad, pero es más fácil verlo con los niños simplemente porque son más y están juntos en la escuela) comienzan a conocer un acervo de libros suceden al menos dos situaciones casi mágicas.

Por un lado, como mencionaba, los chamacos comienzan a buscar y leer todos esos libros que sus papás no quieren que lean.

No se espanten.

La categoría “Los libros que tus papás no quieren que leas” puede incluir cualquier cosa. Por ejemplo, a mí se me ocurrió decirle a mi hija un día que no estaba seguro que los fantasmas y las casas embrujadas existieran en realidad. Así lo dije “no estoy seguro”. Nada más. Pero mi huerca lo tradujo como “mi papá no cree en fantasmas ni casas embrujadas”. Y se encontró en la escuela con otras dos chamacas hijas de papás incrédulos. De modo que al alegre triunvirato le parece maravillosamente transgresor ir a buscar libros de fantasmas y casas embrujadas — sí, en ese tiempo que tienen después de la lectura en voz alta —, leérselos en susurros la una a las otras, apartadas de sus compañeritos, y después jugar a los espantos durante el recreo.

(Ya se imaginarán la cara de mi hija cuando por fin se animó a contármelo, cómo yo tuve que fingir sorpresa y casi consternación porque estaba leyendo “esas cosas” y cómo terminó la plática con mi hija diciéndome: “Está bien, papá, a mí no me da miedo, pero si no quieres no te cuento para que no tengas pesadillas”).

De modo que basta con que sea un tema que se mantenga ajeno a la charla familiar, para entrar en la lista. Si un día dijiste que te daban flojera las historias de bandidos, la poesía, las matemáticas, la historia de las revoluciones… todo eso caerá en dicha categoría siempre y cuando el plebe tenga interés en el tema. Y lo mismo más grandes cuando uno dice que “de eso no se habla en la casa” y, más aún cuando de “eso que no se habla”, en realidad se habla mucho pero cuando el hijo pregunta se le responde con evasivas. Por ejemplo, la sexualidad, los narcos, la violencia, la corrupción política, la identidad de género, los crímenes familiares, la locura y la locura hereditaria, la muerte, la diferencia entre el bien y el mal, los derechos de los animales, el sentido de la existencia, el abuso policíaco, los feminicidos, las relaciones amorosas, etcétera.

Como pueden ver, aquí es donde nos acercamos a esos grandes temas de la literatura, a esos temas importantes.

Valgan dos pequeñas anécdotas. Hace unos años una maestra de secundaria de cierto municipio conurbado a una gran ciudad mexicana me dijo que el director quería comprar libros para la escuela, que cuáles compraba. Le respondí que les preguntaran a los estudiantes qué querían leer. Y ahí fue el flamante director a preguntarles, todos juntos en el patio el lunes de honores a la bandera, que “qué autores querían leer”. Obviamente, sólo se escucharon los grillitos del silencio por toda respuesta. ¿Quién carajos conoce el nombre de “autores” cuando está en la secundaria?: Nadie. Pero sagazmente el director cambió la pregunta: “¿de qué temas quieren leer lo que van a leer a fuerza porque vamos a comprar libros?” Los morros, sabiendo que de todas formas iban a tener que leer por obligación, se animaron: “¡De narcos!” El director fue, otra vez, sagaz en hacerles caso y compró un tambachote de narconovelas y novelas policíacas y de detectives de varios autores que sugerí junto con otros libros de otros temas. Al inicio, todos los estudiantes estaban leyendo, como siempre, con toda la desidia del mundo. Pero luego uno de ellos cayó en cuenta de que lo que relataba una novela de Élmer Mendoza era algo que no se decía en los noticieros pero que explicaba mucho mejor que esos, y que todas las pláticas de su familia, lo que estaba pasando en su entorno inmediato. Ahí vino la transformación, él y sus amigos y después buena parte de sus compañeros cayeron en cuenta de que es en los libros donde puedes hallar las respuestas que no encuentras ni en los medios masivos de comunicación ni entre tus interlocutores. Así que eventualmente, siguiendo con la lectura de narconovelas o no, se pusieron a leer esos otros libros, que también había comprado el director, que pudieran tener respuesta esas otras inquietudes que les interesaban muchísimo, tanto, que les daba pena decirlas en voz alta, ahí, en medio del patio y delante de todos un lunes de honores a la bandera.

Otra maestra de preparatoria de una ciudad media del país me decía que ya había convencido a sus estudiantes varones de leer (con lo más común, con esos temas “útiles” y muy machitos que les da por leer a los hombres: manuales de carpintería, libros de guerras, etc…) pero que sus estudiantes mujeres estaban la mar de reacias, todo tema les parecía inútil y las típicas historias rosas, de amor aspiracional, les causaban náuseas. Entonces nos pusimos a platicar sobre qué era lo que anhelábamos cuando éramos adolescentes y caímos en cuenta de algo que saben muy bien los editores de revistas para público femenino: ninguna mujer de “veintitantos” lee la revista Veintitantos, ninguna muchacha de dieciséis lee Sixteen Magazine, etcétera. Siempre son más jóvenes. Porque, como dice el bueno de Jorge Volpi, uno lee también para predecir el futuro, para anticiparlo, para saber qué hacer en una situación y no regarla gacho. Ése iba a ser nuestro punto de partida. Y como, a diferencia de los morros de la otra secundaria, estaban tan renuentes a leer cualquier cosa por obligación. Entonces el plan fue que la maestra durante los recreos, a la vista de todas pero “apartada”, iba a sentarse a leer una novela, la misma, todos los días. Las muchachas comenzaron a acercarse a preguntar qué leía y ella les mostraba el libro (en la portada está la foto de una muchacha). Cuando le preguntaban de qué trataba, ella les decía que podían leer las primeras páginas. Perra brava, de Orfa Alarcón, tiene un inicio arrollador, de esos que no quieres soltar. Y la protagonista es una mujer un poco mayor que una estudiante de preparatoria. Fue un hitazo. Más aún cuando las muchachas, angustiadas porque ya había sonado el timbre del final de recreo y obviamente no habían terminado de leer, preguntaban por qué no les dejaba esa novela en clase. “Es que el tema es un poco delicado y se pueden molestar algunos papás” (la protagonista es la pareja amorosa de un sicario en Monterrey). “¿Me lo presta?” “Es que es el único que tengo”. “Ándele ándele, porfis”. Pandemonio.  Al final del año escolar no hubo una sola muchacha del grupo que no hubiera leído, no sólo la novela de Orfa, sino varias más. Como en el caso de los muchachos de la secundaria, ellas habían encontrado también esa increíble diversidad que hay en los libros.

Aquí vale la pena apuntar un par de puntos antes de abordar lo último que voy a contar sobre estrategias de fomento a la lectura, la importancia de la identificación.

Primero, lo que es válido para las lectoras de Ventitantos y las mencionadas estudiantes de preparatoria, es válido también para todos los jóvenes, adolescentes y niños. Si quieren hacer sentir tonto a un niño de siete años, regálenle de cumpleaños un libro para niños de kínder (de esos que enseñan las vocales o los sonidos de los animales de la granja). Si quieren hacerlo sentir inteligente, regálenle uno que en la portada diga que es para niños de 8 o más años. O de nueve o más. Pero tampoco se vayan a pasar de tueste regalándole la versión académica y comentada del Mío Cid que editó por Castalia. Como en las revistas, tienen que ser libros para niños sólo un poco mayores, donde los personajes sean un poquito más grandes. Ninguna niña de 11 años lee Veintitantos ¿cierto? Y si saben, de antemano, que tal vez el libro le pueda resultar difícil al chamaco, léanlo juntos, acompáñenlo en la lectura.

Segundo, la idea de que los libros son artefactos peligrosísimos que pueden pervertir a los párvulos lectores es resabio de un mundo donde no existían ni los periódicos ni la televisión ni internet ni todas estas plataformas donde cualquier niño o adolescente puede leer y ver cualquier cantidad de atrocidades imaginables e inimaginables. Hay que decirlo con claridad, básicamente no hay ningún libro que muestre escenas más terribles que ésas a las que ya está tristemente habituado por otros medios cualquier adolescente en México. Más aún, pensar que el joven lector es un tipo manipulable y carente de criterio propio también es una idea que parte, no sólo de la tradición y el miedo, sino del complejo de superioridad que solemos tener los adultos.

Los niños lectores desarrollan rápidamente un criterio de segregación de lecturas muy eficaz y son, a mi juicio, mucho más inteligentes que los adultos. No tienen, por ejemplo, esta tarabilla suata de “yo termino todo libro que empiezo, no me gusta dejar nada a medias”. No, los niños sí dejan montones de libros a medias. Y aquello que les comienza a dar miedo, o que sienten que los empieza a adentrar en un mundo perturbador, simplemente lo dejan, para siempre o para “después”, cuando ya puedan dialogarlo y procesarlo y entenderlo.

En el caso de mi hija ha sucedido en dos ocasiones. Una, cuando me pidió que le leyera y platicara sobre la Segunda Guerra Mundial porque tiene un compañerito que “sabe todo de esa guerra, papá”. Me detuvo casi al inicio, cuando empezó a percibir el horror de los bombardeos y cambió la lectura por charlar sobre las razones que propician las guerras. Hemos pasado varios meses en eso. Va y vuelve con el tema. Lo analiza. Luego regresa. A veces me pide que le lea un poco más. Me vuelve a detener. Vuelve a preguntar. Etcétera. Y ahí la llevamos: ella va marcando el ritmo. Aún nos falta muchísimo para llegar a los campos de concentración.

La otra ocasión fue cuando decidió decirme que sí le gustaban las historias de terror, las de los fantasmas y casas embrujadas y demás, y me preguntó si yo conocía alguna que fuera en verdad aterradora, que si la podía leer con ella si a mí no me daba miedo. Le dije que sí me daba miedo pero que leyéramos y leímos El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga. Ella tenía 7 años aún. Y aunque pudo predecir el final, aunque ya sabía que había algo en la almohada, la aterró. Primero me dijo que nunca más quería leer algo así, que a ella le gustaban sus historias de terror porque sabía que no eran reales, pero no mis historias de terror que sí parecían reales. Y nos pasamos varios días donde ella iba y venía con preguntas al respecto: que cómo se evita que haya insectos en la cama, que si existen bichos así en la realidad, que por qué aparece un médico si la historia es ficción, etc… Hasta que un día me dijo que ya no le daba miedo el cuento pero que de todas formas no quería volver a leer ninguna historia así… “por algunos meses, papá”.

Ellos determinan sus tiempos, ellos se conocen muy muy bien a sí mismos y pueden determinar perfectamente qué les gusta y qué no, qué pueden leer ahora y qué es mejor dejar para después. Lo mejor, por supuesto, es que tengan con quién dialogarlo.

Serenidad y paciencia, pues, promotores de lectura.

Aquí llegamos a la última parte, la identificación. Ya he hablado de cómo esas muchachas de preparatoria se identificaron con un libro que les hablaba de lo que podía ocurrirles, de un futuro indeseable pero posible, de cómo los muchachos de secundaria se identificaron con novelas que les hablaban de la principal problemática de su propio entorno, de cómo mi hija y sus amigas se identificaron a través de un tema que les gustaba y que creen distante a sus padres, los fantasmas, etcétera.

Y es que con los libros no sólo accedemos a esta diversidad de la que he estado hablando, la que no encontramos en otros medios y otros interlocutores, sino que también nos encontramos a nosotros mismos: a quienes fuimos, a quienes somos, a quienes podemos ser y a quienes pudimos haber sido si hubiéramos tomado otras decisiones, encontramos el lugar donde somos y el lugar donde crecimos.

El problema, y esto sí que es un problema con muchos programas de fomento a la lectura alrededor del mundo, es que muchas veces todos o la mayoría de los títulos del acervo cuentan historias que:

  1. suceden en lugares que no se parecen en lo más mínimo al entorno donde vive el posible lector,
  2. suceden hace muchísimo tiempo,
  3. los personajes no sólo no se parecen a nadie que conozca el posible lector sino que incluso son imposibles de imaginar ahí donde el lector vive.

Cuando esto es así, cuando al niño de Irapuato, por ejemplo, le dan a leer sólo historias de caballeros y princesas de la edad media, historias que suceden en Europa con una vegetación que no se parece en lo más mínimo al Bajío y, además, tienen lugar en castillos, pero los únicos castillos que conoce el chamaco son los de la construcción donde trabaja su tío de albañil, cuando esto sucede, hay por lo menos dos consecuencias muy claras. Por un lado, en el posible lector se genera la idea de que la literatura es algo que sucede en un lugar muy muy lejano en un tiempo muy muy lejano. Por otro, que las historias dignas de aparecer en un libro sólo les pueden suceder a personas que no se parecen ni tantito a él sino que son ricos, blancos, rubios y extranjeros. Nada mejor para inocular la idea de que la literatura es algo que no te corresponde, porque sucedió en otro tiempo y otro lugar, nunca en el tuyo, porque los personajes no se parecen a ti sino a los ricos y famosos de la televisión internacional, porque ninguno de los autores tiene un apellido como el tuyo.  

 

Estoy hablando de historias, de literatura, pero tristemente sucede en muchas otras áreas. Desde esos libros sobre animales que suele haber en los jardines de niños hasta libros sobre urbanismo que se encuentran en las bibliotecas universitarias. Imagine, por ejemplo, que su hijo quiere ser científico y usted quiere regalarle un libro, para que le quede claro que él también puede hacerlo, con minibiografías de grandes científicos guanajuatenses. OK. ¿De grandes científicos mexicanos? Bueno, ¿aunque sea de latinoamericanos? ¿De científicos cuya lengua materna fue el español?

Y no es que no hay ni haya habido grandes científicos mexicanos, lo que no hay son libros para niños al respecto.

Ahora imagine que su hijo no es niño sino niña.

Imagine ahora que su hijo no encaja en la heteronorma y está fascinado con la oceanografía.

            De esta alienación causada por los sistemas educativos, a través de los títulos que se elegían como lectura obligatoria en las escuelas, se dieron cuenta los fundadores de todos estos programas de alfabetización revolucionaria que mencioné casi al inicio de la plática: de Angola a España y de China a Cuba. Y se imprimieron y tradujeron muchísimos libros que sí tuvieran que ver con el posible lector. Por ejemplo, en Cuba se imprimió el libro de cuentos de Luís Bernardo Honwana, de Mozambique, los poemas de Agostinho Neto, de Angola, y la poesía y los ensayos tanto de Aimé Césaire, de Martinica, como de Amílcar Cabral, de Guinea Bisáu. Si a usted no le suenan ninguno de estos cuatro autores, es porque en México básicamente nunca se han distribuido sus títulos. Pero si se acerca a leerlos, se dará cuenta de que las realidades y problemáticas que describen le serán muchísimo más cercanas que las de cualquier título que ande vendiendo hoy día como bestseller alguna megaeditorial transnacional. De hecho, yo he terminado medio especializándome en literatura africana contemporánea porque encontré que esos autores, al hablar de África hoy día, terminanan describiendo mejor a México que lo que logramos yo y mis colegas escritores mexicanos. Por supuesto, los escritores africanos vivos no tienen idea de que sin-querer-queriendo están retratando a México con una precisión inusitada.

En el caso del México postrevolucionario, la línea editorial que se siguió fue nacionalista. Y se hizo una curaduría maravillosa con los libros de la SEP para educación primaria, sobre todo durante la dirigencia de Agustín Yáñez. Ahora, ya que esas lecturas han quedado “antiguas” puesto que obviamente en ninguna de ellas aparece un solo teléfono celular porque simplemente no existían en los 70, se ha continuado el esfuerzo a través de los Libros del Rincón. El asunto es que los huercos se enteren. Y antes, claro está, que se enteren los maestros y los padres de familia.

Así, una de las actividades que hicimos con los profesores de primaria para que los huercos se acercaran a los libros fue que les pidieran a los chamacos que fueran a buscar entre los Libros del Rincón los títulos con historias que sucedieran en México o cuyos dibujos se parecieran al lugar en el que vivían. Para algunos, los que ya tenían libros en su casa y sus papás los llevaban de vez en cuando a la librería o a la biblioteca, la actividad no tuvo chiste. Pero para la gran mayoría fue una revelación: no tenían idea de que eso existía. Peor aún: acostumbrados por la televisión o el internet a cuentos de princesas y gnomos y castillos, pensaban que esos libros no podían existir. Para la siguiente sesión en que la maestra o el profesor ya les dio “chance” de tomar alguno y leerlo, adivinen cuáles fueron los libros que buscaron.

Exactamente. Esos: los que sucedían en “México”, los que traían dibujos con niños y niñas que se parecían a ellos, no a Ricitos de Oro ni a Blanca Nieves.

Actualmente, como les contaba, vivimos en un pueblo en Estados Unidos. Mi pareja es afromexicana y a mi hija le ha tocado crecer entre las manifestaciones por el asesinato de George Floyd, que pasaron por enfrente del infonavyt gringo donde vivimos, y la extrañeza que causa una cotidianidad bilingüe: el español en casa y el inglés en su escuela. Mi hija tiene tres libros preferidos desde que estaba en primero de primaria, ya va para tercero.

El primero es un libro para niñas con pelo rizado, de nube, que escribió Toni Morrison, autora afroestadounidense que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1993. Lo escogió de la biblioteca, precisamente, porque la portada muestra a una mujer que se parece a su madre y a una niña que se parece a ella. Tony Morrison es una de mis autoras preferidas, así que ya se imaginarán mi sorpresa y susto cuando la vi salir con ese libro de la escuela.

Pero el segundo fue peor.

El segundo es el único libro para niños que ha escrito Junot Díaz. Trata sobre una niña afrodominicana que asiste a la escuela en los Estados Unidos y un día la maestra les pide de tarea que hagan un dibujo sobre su país de origen. Pero ella salió tan pequeña de Santo Domingo que no tiene recuerdos claros y tiene que preguntarle a la gente del barrio qué es lo que más recuerdan. Entonces va también con el conserje del edificio, porque le dicen que él es quien lo recuerda todo mejor, y él le habla de un monstruo que acabó con una isla hermosa pero hubo gente valiente que lo enfrentó, cuatro hermanas por ejemplo, y al final lograron sacarlo. Pero, mientras todo el horror sucedía, muchos de ellos, como el conserje mismo o los padres de la niña, tuvieron que salir del país y por eso están en Estados Unidos. Por supuesto, el monstruo es el dictador Trujillo y las hermanas son las hermanas Mirabal.

El primer libro prefiere leerlo con su mamá. El segundo, conmigo. Terminamos comprándolos cuando vimos que no era un gusto pasajero sino que los sacaba una y otra vez de la biblioteca. Y es que la identificación en la lectura también se da a través del cariño y es su mamá la que está en el libro de Tony Morrison y por eso tiene que leerlo con ella. Y soy yo, tal vez, el conserje del libro de Díaz, a quien le pregunta de asuntos monstruosos como la guerra y por eso, me imagino, prefiere leerlo conmigo. Es su forma de decirnos “te quiero”.

Su tercer libro preferido, y sospecho que favorito sobre los otros dos porque ese nunca se aparta de su cama, lo escribió y dibujó una autora colombiana, Lorena Álvarez, y se lo regaló un amigo de la familia (el Míkel). Ese libro trata de una niña que es hija única, como mi hija, que tiene una amiga imaginaria, también como mi hija, y le gusta muchísimo dibujar (sí, como a mi hija).

Es ella pues, ahí, en su mundo. Es su delicia.

Así que ese libro prefiere leerlo solita, sin mamá ni papá.

*Conferencia dada de forma remota en la Feria del Libro de Irapuato, el 19 de julio de 2021.

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