Cincuenta ciudades y una isla: Auschwitz

Por Luis Felipe Lomelí

50°01’35” Norte

19°12’17” Este

En el momento en que casi no logro contener las arcadas —por la desesperación, el asco, el pavor, la náusea, el dolor, el espasmo, la rabia, la convulsión en los brazos, el grito, las punzadas en las sientes y en la nuca, el vértigo, el hormigueo en las piernas, todo eso a punto de salir en un solo vómito de bilis— decidí salir de la barraca para esperar a Iván y decirle nomás que yo ya me regresaba, que si él quería seguir recorriendo el antiguo campo de exterminio estaba en todo su derecho pero que yo me volvía ya hacia Cracovia y nos veíamos más tarde en la casa o donde fuera.

             Había ido allí por él, para acompañarlo porque quería buscar los vestigios de su familia y esos viajes no se deben de hacer solo. Me llamó a Madrid desde Monterrey una noche:

—Quiero que vaya conmigo, compadre.

—No tengo dinero —mentí de pura cobardía.

—Yo pago.

            Y nos vimos en París y tomamos un tren y otro y otro más, hasta que llegamos a la casa que él había conseguido en Cracovia con unos amigos poetas y luego abordamos el autobús que habría de llevarnos a buscar a sus ancestros (o mejor dicho, a encontrar una línea o dos en un libro de registros que le corroboraran que ahí los habían asesinado, tal vez incluso saber cómo se había consumado el crimen: cámara de gases, paredón de fusilamiento, hambre…)

            Afuera de la barraca me senté a un lado del camino, sobre un prado con pasto. Comencé a regular mi respiración, a tratar de pensar en otra cosa, a mover las manos y los brazos para que circulara la sangre. Así fueron disminuyendo el dolor de cabeza y el hormigueo, no el asco ni la frustración. Miré la tierra para pensar en la tierra. Miré el pasto para pensar en el pasto. Vi una margarita, la corté, la puse en medio de mi libreta.

            Dos días después, los amigos poetas de Iván nos llevaron con unos teatreros a departir tras bambalinas. Aquello parecía Misión de Apoyo de Naciones Unidas: la escenógrafa era finlandesa; el vestuarista, turco; el director habrá sido ucraniano… No recuerdo qué obra iban a montar pero mi memoria quiere que sea El lenguaje de la montaña, de Harold Pinter. Iván acaparó el escenario, el centro de la charla. Iba contando con lujo de detalles su épica genealógica: las lecturas del Talmud a lado de su padre antes del abandono, el momento en que una gitana húngara y regiomontana lo detuvo a mitad de la Macroplaza para decirle que tenía que ir a buscar sus raíces, todo. Todos escuchaban. Sólo de vez en cuando la escenógrafa, al igual que yo y a mi lado, alzaba la vista y miraba hacia otra parte: al juego de cuerdas y poleas entre los telones, a la sima negra del cielo del teatro. Yo no quería escuchar de vuelta. No quería recordarlo. Así que me levanté pretextando ir al baño y al erguirme fue a dar contra el suelo mi libreta y salió de entre sus hojas la margarita.

            La escenógrafa finlandesa la miró. Iba a recogerla por mí pero se detuvo para que yo lo hiciera.

            Dijo:

—Y sin embargo renace la vida, florece. Yo también corté una ahí, para no olvidarlo.

(Fragmento del audiolibro Cincuenta ciudades y una isla, disponible aquí):

https://books.apple.com/us/audiobook/cincuenta-ciudades-y-una-isla-fifty-cities-island-unabridged/id1575777998

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