El cielo de Neuquén

A Marcia Molina,
a Daniela Bojórquez.

I

     Para huir sólo está la Patagonia, el fin del mundo. Eso piensa Denisse y por eso sabe que aún no se ha dejado del todo, porque aquí en Bariloche todavía tiene la cordillera de asidero, de memoria, antes de darse por vencida. Limpia el escaparate del Cielo de Neuquén con un trapo húmedo mientras mira a los niños que ya están en las esquinas aunque todavía no haya nadie a quién repartirle los volantes. Hace frío. Georgina no se dará cuenta de que hace frío, ella está a un lado de la caja registradora, con su pluma y su libreta haciendo el inventario que hace siempre, que nunca cuadra, que termina en un regaño o en un alegato para Denisse porque, mirá, las cazadoras no desaparecen como si nada y aquí nos hacen falta dos; qué querés, ¿que te eche a la calle? No, no se dará cuenta. O quién sabe. Pero Denisse lo tiene de cierto aunque sea 20 de diciembre y primavera, casi verano, 20 de diciembre y aniversario, 20 de diciembre y hace un año que ella estaba ahí afuera con los pibes, con el bodoque de hojas promocionales para repartir a los transeúntes mientras los dedos se le llenaban de escarcha y tenía que buscar el lado, el lugar donde el viento pegara con menos furia. Y hace un año casi no había gente, ni siquiera los chicos en su viaje de fin de cursos. Por eso Georgina la había despedido, porque no había plata, porque Argentina entera gritaba en las calles que se vayan todos, que se vayan.

     Y se fueron.

     Ahora es distinto. El rumor de que la nación está más barata que nunca se ha extendido y regresan los turistas, todos extranjeros. Traen dólares que ya no están a la par y rinden el triple. Por eso Georgina volvió a contratarla y Denisse tuvo que aguantarse el coraje, la dignidad: de haberla visto pasar todos los días desde la esquina donde repartía volantes y verse, verse sin verse: alguna de las dos bajaba la cabeza o miraba hacia otra parte para no tener que alzar la mano o sonreír, nada que recordara un pasado. Duraba poco la escena, medio minuto si se quiere, y a Denisse se le olvidaba el frío, el viento que baja de Los Andes como si fuera un demonio soltando dentelladas de hielo: ¿conocés el hambre?, ¿la conocés? Por su parte a Georgina un jirón de culpa le daba un lengüetazo en la nuca y tenía que paliarla buscando argumentos: no la dejaste en la calle, mirá que tiene un laburo; o qué más podés hacer Gina, no tenés un negocito para operarlo en números rojos, así es esto. Fue un acto de fraternidad contratarla de nuevo, por eso, justo cuando pudo hacerlo y no a otra: a Denisse.

     Georgina espera que ella algún día se dé cuenta.

II

     Eso aún no sucede.
Quince años son toda la diferencia pero equivalen a la extranjería, a haber nacido en países diferentes. Denisse no tiene ningún recuerdo de la Junta ni de los milicos, son recuerdos de la vieja, de la que dejó en Buenos Aires hace poco más de dos años. No es que no haya leído al respecto ni que ignore lo que significaba un Falcon color verde. No, simplemente son lejanos: como mirar la foto de la vieja cuando tenía tu edad y darte cuenta de que sí, de que algún día tuvo tu edad y aún no existías.

     La intuición de que el mundo comenzó con una misma.

     En cambio para Georgina eso es claro, cercano, el tío rojo, el único entre tantos hermanos favorables a la Junta, que desapareció un día y meses después llegó una carta diciendo que estaba en México. Y luego nada, no más nada. Sólo la rabia que fue creciendo con la adolescencia, a todo, a sí misma por su familia o porque fue una de tantas chicas que
apoyó a la patria contra los ingleses, sin darse cuenta de que apoyaba a los mismos cerdos que desaparecieron a su tío. Hasta que se convirtió en desencanto, en hartazgo, como si hubiera que contar cada hora de los últimos años, una a una y en todas estuviera el viaje a Paraguay: ella no salió a gritar que se vayan todos.

     —¿Deni, querés venir un momento? —Ahí viene el reclamo, la discusión de todas las mañanas.

     Denisse deja el escaparate y atraviesa la tienda haciendo girar el trapo alrededor de uno de sus dedos, con flojera. Intuye que la obsesión por el orden que tiene la patrona es sólo una parte visible de su inseguridad, pero no por eso la tolera.

     —¿Cuántos pulóvers teníamos ayer? —pregunta Georgina y a Denisse se le figura que le preguntan cuántas ovejas hay en la pampa, ésas que ve cuando compra una botella y renta un auto para internarse en el Oriente, para estar sola a mitad de la nada, entre el viento.

     Está a punto de responder con algún sarcasmo cuando mira en los ojos de Georgina un atisbo de tristeza, de mujer que no es patrona, de soledad.

     —¿Cuántos, querida? —el tono es otro, no el de ayer ni el de meses, es otro. Por alguna suerte ahora sí quisiera complacerla, decirle “había tantos”, pero no lo sabe y se queda muda. Sonriendo sin tener conciencia de que lo hace.

     En eso suena la campanita de la puerta, indica que alguien ha entrado y se vuelve a mirar a una pareja de turistas. Ella en ropa deportiva, él también.

     —Andá, ya me lo decís luego —dice y extiende su mano para recibir el trapo.

     Denisse se lo da y se encamina a la pareja, los mide: son de esa gente rara que siempre se levanta temprano, incluso en vacaciones; serán ecologistas, ella podría ser vegetariana.

     Costarricenses, eso dicen. Denisse atina: compran un par de buzos que tienen dibujada la silueta de cinco árboles endémicos y la leyenda “para conservarlas mañana, hay que conocerlas hoy”. Pagan. Georgina no puede evitar preguntarles si los precios en la Argentina son más baratos que en su país.

     —Casi es lo mismo —responde la mujer y Georgina sonríe. No sabe, como Denisse, que la respuesta es fabricada, que después de unos días cualquiera se da cuenta de qué quieren oír los australes, los que se creían del club primermundista.

     La pareja se va y Georgina mira a su empleada como a punto de decir: ¿vi’te?, la patria tiene futuro, la Argentina no es la casa abandonada. Sonríe. Imagina que pronto podrá volver a vacacionar en Miami, o en Cancún. Ella no vio hoy por la mañana, ni ayer camino a la tienda, a El Cielo de Neuquén, que habían vuelto a colocar carteles y pintas por todo Bariloche: porque es casi lo mismo que hace un año y es necesario recordarles que se vayan todos, que no vuelvan.

     Georgina no los vio o no los quiso ver, su segunda obsesión es la esperanza.

     Y está a punto de decirle aquello de la patria a Denisse pero se contiene, intuye que le molesta porque lo dice a diario y de aquel lado no hay complicidad: así son las chicas, se cuelgan el pesimismo como aretes.

     Sin embargo su empleada sigue frente a ella y sabe que se le nota en el rostro que está a punto de decir algo, que tiene que hacerlo si no quiere pasar por una tonta.

III

     —Vos sos porteña también, ¿cierto? —atina a decir por decir cualquier cosa. Detrás de la ventana del escaparate se mira a un niño caminar en contra del viento, arqueado, con el bodoque de volantes entre los brazos.

     —Sí —responde Denisse con la tranquilidad y la extrañeza de que su patrona haga un comentario diferente a sus obsesiones, de que no vuelva con aquello del número de pulóvers o la esperanza, o los críos. Entonces se inclina a doblar las prendas que desarreglaron los ticos y de reojo mira al niño imaginando que es ella, que pudo ser ella.

     —¿Por qué te mudaste para acá? —pregunta Georgina sin malicia, tal vez por querer oír una respuesta que se parezca a la alegría.

      —Quería conocer el sur —dice Denisse en automático, como siempre que se tiene una mentira armada, una mentira como coraza para no tener que decir que dejó Buenos Aires porque ya no aguantaba a su vieja, porque le exasperaba aquello de que se creyera su amiga y anduviera por los mismos boliches y en las mismas fiestas.

     Dice eso porque tampoco va a relatar el fracaso.

     Dejó la capital, la carrera en el primer año, porque quería plata y recordó que en Bariloche había plata, que cuando vino en su viaje de fin de cursos, con sus compañeros que sólo se dedicaron a emborracharse y a tirarse entre ellos, miró que había plata en este pueblo de montaña, en esta ciudad de turistas. Y había que hacerla, ¿para qué la licenciatura si los recién egresados no ganaban mucho más que una cajera de banco? Una pérdida de tiempo: mejor aprovechar esos años para ahorrar y luego dar rienda, poner un negocio, quién sabe qué cosa.

     —¿Y vos? —pregunta la empleada.

     —También, crecí en La Recoleta —responde Georgina sin tener idea de que su evasiva, más que eso, más que querer evitar la historia del Paraguay, tilda una diferencia de clase: yo soy tu patrona, siempre lo he sido, todos mis ancestros.

     —Ya —dice Denisse mientras termina de doblar las prendas y observa a otro pibe que camina arqueado por la calle, se para, le extiende un volante a una mujer que lo rechaza sin mirarlo a los ojos. Su madre era igual, también como Georgina, con esa ansiedad por resaltar el pasado para no tener que pensar en este presente de mierda.

     —¿Y no extrañás pasar Navidades con tu vieja?

     —No.

IV

Tampoco Año Nuevo, qué va. Navidad era ir a casa de la abuela por la cena y escuchar las mismas bromas de siempre, los mismos comentarios. El tío Germán, la luz de la abuela, charlando de negocios y política. Su madre, la más joven, luciendo el cuerpo para envidia de sus tías; y ella, Denisse, en espera de la hora para poderse largar a la disco. O al menos eso en un par de ocasiones porque después resultó que su madre estaba ahí: en casa de la abuela y también en la disco. Porque quince años equivalen a la extranjería pero no del todo, no cuando la madre cree que sigue siendo una chica:

     —Tenés treinta y cuatro años, vos no podés hacer lo mismo que yo.

     —Por qué no, soy joven.

     —¡No, sos una vieja!

     Si bien cuando niña le gustaba que le dijeran que su mamá no parecía mamá, que parecía su hermana, sólo un tanto más grande, luego Denisse habría querido que su madre pareciera madre: no que llegara borracha junto con ella los domingos a las siete. Su madre era igual que sus amigas tontas, que las chicas del bachillerato que se entretenían en dietas y en tratamientos para el cabello. Su madre. Igual que sus amigas tontas. Ésas en las que se fijaban los chicos, de las que hablaban los chicos. Y luego abrieron una nueva disco que fue el furor y ahí estaba su madre. Y a pesar de que Denisse quiso esconderse, ella la vio. Fue la cagada: se convirtió en el alma del grupo. Al día siguiente nadie hablaba de otra cosa en los recesos:

     —Tu vieja es súper cool, mirá que la mía… —y Denisse queriendo volverse un ovillo que se fuera por el wáter porque, claro, todos decían eso menos Óscar.

     Óscar ni siquiera la miró a los ojos.

     —¡Dejá de comportarte como una chica!

     —Somos amigas, Denisse.

     —¡No somos amigas! ¡Eres mi madre!

     Denisse está a la puerta del Cielo de Neuquén, espera al siguiente turista para jalarlo a la tienda. Hace frío. El viento trae el hielo de Los Andes pero no se lleva ni un recuerdo. En la esquina ríen los niños de los volantes y en la acera de enfrente cada local tiene un empleado a la puerta: el muchacho de traje que renta autos, la chica mapuche de las artesanías, el anciano que vende chocolates, el mesero del boliche que está justo al cruzar la calle y que la mira. Y sonríe aunque Denisse no responda porque está pensando que es una boludez tener hijos. Ella nunca lo hará. Y si sucede, por accidente, procurará ser madre y no amiga.

     —Ése chico es lindo —la voz viene de atrás, de cerca, de Georgina.

      —¿Y vos? ¿Qué hacés para Navidad?

V

     —Una no puede largar el negocio, querida.

     Cuando volvió del Paraguay, la noticia corrió como un millón de ratas. No hizo falta que se supiera de cierto: se supo. Antes al Paraguay se iba por una acta de matrimonio que permitiera el divorcio, ahora se sigue yendo para conseguir todo aquello que es ilegal en la Argentina. Para eso fue ella, porque el chico le dijo que estaba idiota si creía que iba a endosar su vida así de rápido.

     —Pero…

     —Pero nada, a ver qué hacés.

      Georgina tampoco quería al crío, lo que quería era no tener que ir sola. Pero el chico resultó ser más canalla de lo previsto. Y fue sola, a Ciudad del Este. Y se metió a la casa ésa que le habían dicho, con el miedo, con el aplomo que creía suficiente para ocultarlo.

     No le pidieron más datos que la plata sobre el escritorio de la enfermera. Ella le dijo: hacés lo correcto, tranquila, pasá para allá que ahora va el doctor.

     Y luego volver el mismo día en el bus. Temblando: las manos, las piernas, los muslos. Sin saber si se sentía libre o culpable mientras miraba al horizonte a través de la ventanilla, queriendo convencerse de lo primero cuando no pensaba que le podía venir una hemorragia ahí mismo, sobre el asiento. Y qué haría.

     No sucedió ahí. Fue ya que estaba en casa y entonces se cayeron las lámparas a gritos. También los espejos. Su casa entera.

     —¡Cómo pudiste?

     Georgina encerrada en el cuarto de baño.

     —¡Es atroz lo que hizo!

     Su padre tras la puerta. Llanto.

     Georgina cobra cinco poleras, tres cuellos que creía no iba a vender hasta el invierno, una cazadora, diez gorros de acrilán, un traje de baño porque un pibe insiste en que quiere meterse al lago, cuatro pulóvers, seis buzos con estampa y dos con bordado. Ni tiempo le da para preguntar si Argentina es más barato. Así es esto, pareciera que los turistas se ponen de acuerdo para llegar todos juntos y volverlas locas: mostrar, desdoblar, cobrar, doblar de nuevo para poner las prendas dentro de las bolsas de papel estraza que tienen unas montañas y unos pinos (alguien le dijo que quitara los pinos y pusiera coihues para ir ad hoc con el tono ecológico y Georgina cree que tiene razón pero primero hay que acabarse todas las bolsas porque no está una para andar tirando) y sonreír, siempre, con la sonrisa del Cielo de Neuquén.

     Siempre.

     Casi es momento de la comida y tiene hambre. Pero así es esto, los turistas tienen horarios diferentes. No puede dejar sola a Denisse y, además, ya falta poco y podrían ir a comer juntas al restaurán de enfrente, al del mesero lindo que le sonríe a su empleada.

     —Deni, ¿querés ir a almorzar conmigo?

     La pregunta le desconcierta. Nunca han almorzado juntas, para qué: no pueden ser amigas. La Navidad torna cursi a cualquiera, piensa la chica.

     —Yo pago —insiste Georgina con tono maternal.

VI

      –Dale.

     Y le dieron. El mesero lindo se desvivió por atender a Denisse, por ser simpático. Y ella, nada. Lo mismo que la charla de ambas. Pudieron haber hablado de quiénes eran. De por qué estaban en Bariloche realmente. O acerca de los sueños de riqueza que tienen ambas: una, de volver a serlo; la otra, de tener plata para poder decidir sobre su vida, que por algo dejó la carrera. Pero no. Todo fue sobre el laburo al que volvieron como cualquier otro día en el que no almorzaran juntas.

     Y la tarde idéntica.

     A la noche, Georgina no se despidió mientras su empleada bajaba la cortina y ponía los candados en medio del vendaval. Esperó, con las manos se detenía el cabello. También se atrevió a mirar a los niños de los volantes. ¿Cómo es que no se enferman?, pensó. Luego se puso a calcular sus edades.

     Cuando Denisse terminó de cerrar, no supo por qué su patrona seguía ahí. El mesero lindo se asomó por la puerta del restaurán y se volvió a meter. Las mujeres estaban en silencio, de frente. Qué me querés decir, Georgina. Denisse incómoda. Georgina rió un poco. Denisse a punto de decir hasta mañana. Uno de los niños soltó una carcajada y se echó sobre la banqueta, con los bracitos en la panza.

     —¿Deni, vos querés tener hijos? —la tercer obsesión de su patrona, ahí, presente, como si el día no pudiera acabar sin mencionarla.

     —No no ¿y vos?

     —Sí —respondió Georgina; para no estar nunca sola, habría aclarado.

     —Ya.

     El viento les iba entumeciendo las yemas de los dedos. Georgina se detenía el cabello con las manos. El mesero lindo salió del restaurán con dos vasos de unicel.

     —Cortesía de la casa —dijo sonriendo justo para marcharse con la misma premura con la que había aparecido.

     Ahora Denisse anda cerro arriba con el expresso doble entre sus manos. Piensa que tal vez sí está lindo el chico, que podría dejar de estar sola. Mira los carteles del aniversario, de un año después de que dejara a su vieja: que se vayan todos, que se vayan. Sigue caminando. Le sopla al café porque le gusta ver cómo se esparce el vaho, luego da un sorbo. Piensa en Georgina, puede que mañana vuelva a estar como antes o, quién sabe, incluso la invite a cenar el veinticuatro. Le revienta que la gente se ponga sentimental en estas fechas, le parece odioso, y sin embargo no puede evitarlo: a ella también le pasa. Tal vez por eso continúe pensando en su patrona mientras camina y mira a uno de los niños de
los volantes bajar por la otra acera. Denisse se detiene. Lo observa: es un niño bello. Le mira las mejillas rojas por el frío, los ojos bien abiertos. Denisse sonríe sin darse cuenta y luego sacude la cabeza. Niega. ¿Qué le pasá a Georgina?, dice muy quedo y niega de vuelta. ¿Qué le pasá que quiere tener un pibe para que la odie?, exhala fuerte, como yegua. Siente coraje y gira el rostro para seguir caminando cerro arriba, hacia el departamento diminuto que renta. Recorre las cuadras a zancadas, le cae un poco de café en los dedos. Sigue. Le duele jalar el aire. Sigue y pasa la calle donde habita. Llega más arriba, varias calles más arriba. Por fin se detiene y mira a Bariloche titilar bajo las estrellas, bajo la luna que ilumina el lago. Y luego la pampa. Piensa, para huir sólo está la Patagonia. Atrás y a sus costados queda la cordillera, su asidero de nieve.

     Da un trago a su café, a lo que resta. Para huir sólo está la Patagonia. Respira. Y sabe sin saberlo que por eso están ahí, a las puertas del fin del mundo, justo a las puertas porque todavía no, aún no van a dejarse del todo.

     Baja hacia su departamento, despacio. Y no sabe por qué pero se siente más tranquila, segura.

Premio Latinoamericano de Cuento “Edmundo Valadés” 2004.

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