El tigre de Santiago

«¡Hojarascas, le están pegando a dar!»
Juan José Arreola, La Feria.

Para Daniel, por supuesto.

     Ni quién lo viera ahí nomás, sentadito, no como antes. Y ni quién lo viera tampoco a él, desidioso, no corajudo como la fama, pateando tierra en sus vueltas de entrar y no entrar al zoológico en vez de estar allá, en la esquina a la plaza, sobre su silla de lámina frente a la mesa con su cuadrado a cuadros, y sus corcholatas, para la partida de damas tras los comentarios de política o el zumbido narrativo de la radio en un encuentro de las «Chivas Rayadas». Ni quién los viera le habría gustado, pero los tenían bien vistos, al menos en ese momento, el «flaco» Juan Gerardo desde su uniforme de guardia y doña Alis, doña Alicia Stevenson, la dueña del predio con sus animales; y en otro momento, en todos, en las conversaciones, el oasis entero de Santiago más los turistas que con algo de tiempo y una pizca de curiosidad hacían escala en su ir a Cabo Pulmo o del Cardonal a San José. Ellos también importaban, cómo no, tanto habrían de acordarse, claro, y repetirían por sus lugares lo del compadrito, lo de su compadre Emeterio, ¡carajo! Tal como en los pueblos aledaños, similares a los de allá, a los del continente, cuando acompañaba a su padre a los jornales para irse haciendo hombrecito, antes de que les hiciera justicia la Revolución con las tierras de acá, y oía nomás la exclamación: ¡Ah, son de an’ca el loquito que ayuda a cruzar el río! Mientras él, José Guadalupe niño, miraba al progenitor suyo hacer guasa del tarado y eso servía para entrar en calor, para hacer migas. Entre más burlón, mejor. A trastocar anécdotas. A decir que si se le escupía en vez de soltarle un veinte por el servicio de todos modos sonreía el idiota. Pero ya no, ya cómo, si bien el mongol había sido su amigo, si bien lo defendía el sacerdote y le había puesto ese oficio para que no lo condenara el ocio, si bien todo eso y nada, sólo para servir de anecdotario simpático. Pero ya no, ya cómo, pues acá era su mero compadre y no otro, con el que se había venido desde el norte a un mejor terruño, a uno con agua, con el que había visto crecer y correr a los chamacos. Y seguía pateando tierra sin querer entrar, presionado por los eventuales que ya venían y pasarían de largo a resanar la brecha, no sin que algún chulo soltara con sorna cualquier majadería. Pateando tierra pues, pensando pues, que endenantes debió de haber tomado providencias sin dejarle nomás al Santísimo la encomienda, sin mandarle recaditos con el Espíritu Santo que tan mal mensajero resultó. Desde antes, desde que el benjamín había agarrado rumbo de San Lucas para servirles la cena a los gringos, o cuando la Yénifer se fue de puta al mismo lugar según decían, o cuando la comadre, ¡carajo! O ya de plano cuando la Dionisia regresó en cinta. Pero no, cobarde, esperando qué. Hasta el final, ¿el final? Porque tampoco pensó ni pudo que las cosas se fueran juntando tan así, tan juntitas, tan todas, si ni que fuera qué o qué. Hasta sospechoso de asesinar al gringo y luego los ecologistas esos que, para acabarla, se llevaron al tigre. Y sí, pensó que con eso amarraría cordura y sin embargo… José Guadalupe hombre, compadre, ni un mongol desconocido, anterior a sus recuerdos, que sirviera para jalar la reata de la canastilla en que otros pasaban sobre el río sin mojarse. No, el mismo Emeterio platicándole a los barrotes sin tigre detrás, sin el tigre con el que se iba a pasar ratos a hurtadillas hasta que se hizo público. José Guadalupe, pensando pues, carrereándose ante el achicamiento de distancia con los eventuales, se metió al zoológico sin saludar a Juan Gerardo ni a la gringa, se metió para ir allá a donde estaba su compadre Emeterio, nomás sentadito, no como antes.

     Se acercó con tiento, como si su compadre fuera de los sonámbulos esos a los que no hay que despertar bruscamente, y se quedó a unos pasos, atrasito. Pensando pues, sin animarse a entrar de lleno, con la memoria puesta en búsqueda de algo que le sirviera para ir abriendo cancha y que las palabras después del saludo no fueran cayendo tan de zopetón. Pero tampoco podía pensar mucho, las guacamayas de las jaulas a su espalda reverberaban en harta alharaca, junto con el calor y con todo. Con ese todo que era nomás ver a su compadre ahí sentado, hablándole de sus rayas al tigre inexistente, de sus rayas o de quién sabe qué cosas pero hablándole. Y a José Guadalupe se le antojó que era de sus rayas, porque de qué más se le puede hablar a un tigre. Tal vez ahí estaba el meollo, en la razón misma de la plática, en que a un tigre igual pero quién sabe. Emeterio levantó la mano como si quisiera quitarse las lagañas. Unas lagañas que podrían ser iguales a las del mongol del río, nomás que no lo eran y había que tener cuidado. A él le tocó ver, de niño Guadalupe, cómo el idiota encabritado zarandeaba la reata a los que, poco prudentes, se les había ocurrido jorobarlo aún en la canastilla, a mitad del caudal. Y cómo pronto de los chistes se pasaba a las injurias, a las sentencias, del que cagado en pánico le queda lo bravero todavía. Para que al final sucediera lo de esperarse sólo que a José Guadalupe niño no le parecía tan obvio a esas edades y se preguntara al momento y en la noche a su padre y otros años después con lo mismo, con el por qué habían agarrado a chingadazos al tarado hasta dejarlo más tarado y en encierro. Que para protegerlos a todos, cuantimás a los plebes; que con los mongoles no se sabe. Y lo mismo habrían de hacerle a Emeterio si se retobaba. Los loquillos estaban bien para el cotorreo, sin mucha otra cosa, nomás que su compadre no estaba loco, cómo pues. Y aún el miedo. La memoria.

     La memoria que iba y enjaretaba un día de vuelta de la sierra con maderos. Diciéndose el uno al otro que la juventud había tomado viada hacia otro recoveco, que ya no estaban para esos trotes. Compadre. Justo tres días trepados, a machete, tomando lo necesario y creces para el techo, para el corral, para lo que se ofrezca. Sólo que en cuclillas, bajo la queja a la vejez reconocida estaba otra, más vívida, más de corazón y manos, a los hijos. No reproche, no. Pura desilusión de veras. Dos a Los Cabos, a garrotearle por dólares, con la idea del gabacho puesta de alcanzar a los dos mayores; y el otro, uno de los suyos, a estudiar a La Paz según mentaba, pero a saber, porque al muchacho parecía que ni de asomo le daban ganas de que le fueran sus padres a hacer una visita. No, que guárdense el dinero, que mejor voy yo. Hasta que la reiteración de la negativa infunde sospecha sin menester de mucha suspicacia. Nomás que el punto no era ése sino el hecho. Enmontados por tres días para traer con qué resanar lo que sería luego de quién sabe, así de plano y comentándolo un tanto entre chistes a modo de no sentirse más inútiles de lo que de por sí. Un jueguito de damas, recordaba que le dijo, que le insinuó a Emeterio. Sólo que él se disculpó por la comadre, que ahí para la otra, y entraron a la casa arrebozados con las risas de los que quieren avisar que llegaron con bien. Hasta que ¡téngale!, de cuajo la comadre mandó clausurar juerga para que la dejaran oír la telenovela de una buena vez. José Guadalupe se enchiló, cómo no, pero guardó sus reparos a sabiendas de que ya ni los consejos hacían, pues Emeterio era incapaz de sorrajarle sus trancazos a la esposa para que entendiera, esto sí, de una chingada vez. En su lugar dijo entonces: ¿unas damas? Y se fueron ancanona, puercos, hediendo a humo de fogata, la leña botada al umbral, a la mesa de lámina con su cuadro a cuadros. Y jugaron.

     Emeterio perdió cuatro de siete en seis episodios.

     En la revancha, José Guadalupe se engolosinó y descuidó su última línea, así que el compadre coronó rápido y reina primera hizo tremenda masacre.

     En algún punto del pardeo vespertino Emeterio refirió que Yénifer había llevado el aparato y que desde entonces así estaba. Guadalupe no dijo palabra, mugió quizá, por ser cuerda delicada la hija y también causa de chismerío en Santiago: que Alberto Jacobo, el hijo de Ananás, la había visto bailando en pelotas sobre una mesa; que María de los Refugios, cuando fue a la clínica de San Lucas, se la encontró con un vestido muy acá, muy indecente. Ni modo que su compadre fuera ajeno a los rumores, no faltaría algún insensato. Chitón, así mejor. Dios gracias que lo bendijo a él: nomás con una mujercita ya casada y con prole con alguien de la comunidad, con gente decente pues, el hijo de Manuel, Manolito. Un albur que por regla arrastra sus desgracias cual pedradas, porque luego vendría la Dionisia con su domingo siete y ya andaban diciendo que le taloneaba a la par su hermana. Habladurías igual, pero cómo meter las manos al fuego si no hay certeza de que la monedita es de oro. Meterlas por su compadre, se intentaba, ahí parado detrás de él, sin
animarse, sin agallas para tocar al sonámbulo. De no ser por el mongol de su infancia habría pensado que era una telenovela como las que veía con su esposa, a quien harto le satisfacían sendamente. Guadalupe no se lo diría a nadie, pero le cuadraba eso del lloradero. Y los mongoles, los loquillos, ni se daban en guía ni tampoco habría por qué asombrarse a su ocurrencia. Algo así había hociconeado el metiche flaco de Juan Gerardo el mismo día de la partida de damas, que tuvo que sacar a rastras a Emeterio del zoológico pues no quería dejar de platicar como imbécil con el tigre. No se lo había dicho a él, a José Guadalupe, por supuesto, pero ciertamente lo escuchó en la plaza. Nomás que al que tildó de imbécil fue al guardia, e igualmente siguió acentuando a cuanto fulano le llevara noticia, pero lo mismo: tanto va el pinche cántaro al pozo que hasta, bueno, sólo que le seguían huyendo los ímpetus para saludar a su compadre.

     Decirle: Emeterio.

     ¿Y luego qué?

     Y como no le asestaba a ese qué que viene después del luego, decidió darse la vuelta, por un ratito, para despabilarse, tomar vuelo y hacer la entrona: Emeterio. Dio callados como el parque todo sus pasos hacia las guacamayas, que ya callaban lo mismo, hacia los faisanes dorados, bonitos los canijos, sabrosos le parecían. Sin entender los billetes a despilfarro nomás para tenerlos de adorno, sin provecho pues, peor el oso negro de la jaula tras de la que estuviera el tigre: bonito el cabrón, sí, un buen petate, pero ahí como rumiando de oquis, y luego con sus cerototes de centenaria pestilencia. Si fuera de un paisano tendría que ser narco, lavado de morralla, versión a según la corriente porque quién en sus cabales. Pero era de una gringa, excentricidades que parecen tradiciones y pues, asunto resuelto. José Guadalupe lo conocía, el zoológico, ni modo de lo contrario, de prevaricar a estentórea inauguración de soberano aposento. Ahí fue con la raza, con su mujer y con su hijo, José Guadalupe, que había caído a saludar para el domingo. Que a las diez, pues a las nueve ya estaba a las puertas el gentío. Los chamacos se hacían pie de ladrón para encaramarse a la barda y divisar el acomodo, ya habían visto a los animales en el traslado, siguiendo a gritos las camionetas, pero como que no era lo mismo, como que eran más animales allí adentro que sobre las trocas. José Guadalupe padre se enmuinó a causa de la turba y de la espera y de que había vuelto a acontecer la discusión de siempre con su retoño, a quien no le gustaba que le dijeran Guadalupe porque ése era nombre de vieja. ¿Me estás diciendo que tengo nombre de mujer? Trifulca contenida por la madre-esposa bajo argumentos que sacaba cual conejos y otras suertes de un sombrero. Consecuencia de que la rechifla por la espera trepidó: ninguno de los dos se dio por enterado de los insultos que se propinaban a labios juntos. No obstante la dignidad y ni cómo quedarse ahí mero, José Guadalupe padre se desafanó y fue a pararse atrasito de la muchedumbre, donde estaba Emeterio con cara de caballo. Resúltase que la Dionisia también andaba visitando y nomás no quería entender razones de que dejara de trabajar con el gringo ése en Todos Santos para que le viniera a hacer de compañía a su madre. Mira que ya está vieja y yo no le puedo procurar de/ Y no se dijo más porque en el umbral del Zoológico apareció doña Alis, dio un discurso que se supo más eterno que sermón y la gente entró a traspiés y empujones a ver a los animales. Como si la ponencia de la gringa no hubiera sido sobre los cuidados que había de tener, feliz estaba la bola aventándoles comida y haciendo enojar a los santos en sus jaulas. Y casi se arma la gresca cuando, después de estar embobado, Emeterio saltó para que dejaran de chingar al tigre o se metieran con él. Casi se meten, casi, sólo porque José Guadalupe hizo segunda, y aunque ya viejo la fama queda. Recularon, desidiosos recularon, ante los compadres que también acabaron yéndose con precipitación. Desidiosos ellos, él haciéndose creer que las guacamayas estaban reteinteresantes mientras su compadre seguía platicándole al tigre inexistente. Cosa peor, si por lo menos siguiera habiendo tigre. Por lo menos que se cambiara a otra jaula, con otro animal, como con el águila calva con la que todo frasco quedaría chico. Bella, caraja. Cómo no la había visto antes. Sus pinches garrotas, has de volar que da espanto. Conmigo todavía se enfrían, pensó, ni quién me encierre. Sí, con el águila estaría bien, así igual y el cambio no era tan de rajalazo. Pian pianito, para que fuera madurando cordura. Porque tarado no, menos mongoloide, su mismo compadre.

     Emeterio.

     A lo lejos se oyó una carcajada. No fue Emeterio, tal vez alguno de los eventuales allá lejos, en la brecha, en el desierto fuera del oasis, rumbo a la sierra.

     Cuando la vieron por primera, la sierra, verde a poner contento, pensaron que ahora sí, no como les mintieron a sus padres, les había hecho justicia la Revolución. Porque sus padres creyeron que sí pero a la hora de la hora no, si hasta se semblanteaba chula la oferta pero bien por aquel dicho que de color de rosa el diablo pinta hasta los pedos. Ingenieros y delegado habrían de haberse presentado lustrocitos, fotos y papeles en mano, a plantear la disyuntiva: las quieren aquí o se van para allá donde tendrán diez veces más de terreno. Primero un tanto reacios a saber a qué santo tan bella promoción, para que un ingeniero dijera, a secas, que porque estaba lejos no había gente; y luego, el delegado, explayándose en retórica, que los cerdos capitalistas de los Estados Unidos se querían adueñar de aquella preciada porción de nuestro territorio, nomás que ya no éramos Santa-Annas y por la casta de este pueblo bendito, que hará en futuro relumbrar la Historia, había que impedírselos y, por ende, poblar. Les vibraron las cuerdas nacionales tanto a los progenitores de Emeterio como a los de José Guadalupe, sí señor. Y también les vibró la ambición dado que en las imágenes impresas el paraje se antojaba más que sabroso. Benditos por adelantados se sintieron. Lo de después fue una interminable cuerda de nudos en la garganta. En barco y en trocas de redilas, todo pagado por el sumo gobierno. Habrían de haberse preguntado, con la garganta seca, un titipuchal de ocasiones que para cuándo el arribo. Aún cuando se pararon los motores a mitad de la chingada nada, llena de plantas espinosas, con un hilito de arena a modo de brecha, y les dijeron ¡órale, para abajo! Y a los incrédulos se les convenció a punta de pistola. «Todo esto es suyo, hijos míos», carcajeantes en su huida choferes y compinches, « no dejen que se los quiten los gringos». En ese todo alucinante nació al poco Emeterio; y José Guadalupe soñaría a veces con el río y con el mongol de la canastilla por puritita sed, hasta que el recuerdo le pareciera sueño. Corriosos los muchachos salieron, háigase visto, y cómo no, entre la chamacada que se moría como para más arrebolar los atardeceres, pues la clínica de salud cercana estaba en ningún lado y en la travesía bien se podía petatear cualquiera de una simple gripa. Todo punto cardinal parecía apuntar a donde mismo, como si uno se fuera al infinito por la derecha y luego se encontrara regresando por el infinito de la izquierda. De más allá de lontananza se sabía perdida la tierra primera de los padres: Nayarit, Sinaloa, Sonora, la comarca lagunera. Y más acá, pero igual de inasequibles, a ratos llegaban los rumores de que en unas bahías del Pacífico otros ejidatarios habían mandado a Pifas las tierras y se dedicaban a sacar moluscos para vendérselos a los barcos estadounidenses, que otros andaban matando ballenas con noruegos para no morirse de hambre, que había unos oasis pero ya estaban todos ocupados, que si se llegaba al Golfo se podía tener la suerte de que lo recogiera algún camaronero. Para las recogidas se estaba a las caiditas, cuantimás las muchachas, nomás en ver que se acercara una camioneta grandota de cualquier gringo loco: se le vendía comida y al día siguiente alguien faltaba, ya ni lamentos. La sorpresa cuando se apostaron unos civiles que había comisionado el mismísimo presidente Echeverría para hacer una carretera, la primera y única de la península, ya que Emeterio y José Guadalupe estaban harto peluditos. Inauguración. Camiones de línea. ¡A conocer mundo! Sólo que los compadres, que ya andaban en eso del compadrazgo, tercos en ser buenos hijos, no se iban a largar así porque sí. Emeterio fue el que arregló el negocio en historia larga y en demasía ardua cuyo resultado es ya sabido: se vinieron al sur de la península con toda la familia, a Santiago, a otras tierras menos descorazonadas, a las fadas de la sierra de la Laguna, a donde pudieran trazarles un porvenir mejor a quién. Tú cómo ves, dijo José Guadalupe con la preocupación cual loza pero sin mirar a su compadre que seguía a varios metros sentado frente a la jaula del tigre.

     Le picó un zancudo en el cuello, pardeaba.

     José Guadalupe alzó las pestañas lo suficiente para que las niñas de sus ojos se echaran un clavado al cielo. La chacotiza de los eventuales ya se oía venir, en retorno. Qué rápido pasa el tiempo aun cuando se ha aprendido a medir en base de siembras y cosechas. Y así como se llevan harto en madurar los frutos para ir cayendo todos juntos, en sendo desparramadero había dado costalazo el tren de sucesos con su compadre Emeterio. O tal vez no, porque si se mira a lupa… Pero Guadalupe lo había mirado nomás desde su mesa con su cuadro a cuadros, faro vigía de toda información, o casi. Un día la llegada de un supuesto biólogo con la nariz chueca, una gringa, y un bonche de estudiantes de La Paz, entre los que, para qué decirlo, no estaba su hijo. Congregaron a la gente en la plaza nomás a escuchar una sarta de sandeces, según se rumoraba por lo bajo: quién se creía ese fulano para decirles cómo hacer lo que habían hecho siempre. No faltó el que se sentara ante las corcholatas a echarse una partidita para quitarse la aburrición, bueno, ¡que sirviera de algo haber ido al kiosko! Después arremetió el biólogo contra doña Alis por el trato inhumano que se les daba a los animales. ¡Pues si son animales! Hervía la gresca a punto de silbar, el delegado del municipio y la gringa exhortaron al hombre para que se dejara de palabrería y mostrara documentos, que sólo así. Para su mala suerte traía en legajos casi los mismísimos evangelios, dando como resultado que la bola terminara yendo al zoológico para ver cómo inyectaban al tigre y luego, entre varios, a la cae que no cae, cual si fuera una enorme gelatina, lo treparan a una camioneta. Emeterio ahí, porque Guadalupe había dejado las damas para ir de mirón, sereno Emeterio, no con cara de caballo sino otra más obtusa: de perro vapuleado podría ser. Se fueron todos menos el compadrito que quedó frente a la jaula, y el viacrucis que a José Guadalupe se le antojaba en su última estación mostraría que aún faltaban las caídas. Jornadas fueron pocas para la aparición de Dionisia tristísima con su valija. El compadre dejó su silla de lámina para acompañarla an’ca su progenitor. Regocijo, sí, pero corto y maldición sería después porque a la mañana entrante, madrugador y chismoso el compadre en casa de Emeterio, llegó una comisión policiaca con un pregunterío para marear a cualquiera: que qué hicieron ayer, que si poseían armas, que
si la muchacha tenía que ver querencias con su expatrón gabacho, que si estaban al tanto de aquello. Sorpresa que se entrecruzaba con miradas de enojo y rutina: amenazantes. En resumen la sangre tiesa del gringo bajo las auras. Llanto inconsolable de Dionisia. ¿No que no había querencia? Tache: sospechosos de asesinato: el padre, por vengar la dignidad; y la hija, por despecho. Condenados al infierno de la convivencia bajo arraigo domiciliario. Que no se los llevaron porque no cupieron en la patrulla, váyase a saber. Donde más quejas hubo fue de los gendarmes que a cercén se quedaron en custodia de la familia y del compadre que, por estar presente, se sacó la lotería. Los reclamos a sombrerazos terminaron a la cuarta tarde que volvió la patrulla, no para llevárselos a La Paz sino con el ahí usted disculpe, ya agarramos al criminal. Desdichados en su oficio por causar pesares. Un compadre volvió a su jaula sin tigre ya y el otro a su mesa de lámina hasta que el gusano lerdo de las dudas barrenó lo suficiente en sus músculos. Lerdo porque la Dionisia comenzó a mostrar panza y luego, a decires, se largó a Los Cabos. Gusano dinamita que requiere chispa en mecha para tronar, y ésta fue dada por un comentario si se quiere atinado: el mongol del zoológico. Mongol no, cómo, ¿su compadre? Mongol el del río allá cuando era niño, idiota que dejaba caer la baba. ¿Emeterio? Ya no podría permitir Guadalupe que la Providencia se encargara sola del asunto, había que ir a hablarle, decirle.

     Emeterio.

     Sin embargo no se animaba. ¿Si fuera como los sonámbulos?

     José Guadalupe, frente a las rejas del águila calva, oyó primero la voz nasal de doña Alis decir algo; segundo, el gritar a garganta de Juan Gerardo que ya iban a cerrar; y tercero, las palabras de otro vato en chacota a causar risas sobre el par de compadres tarados. Se encabritó. Vio que Emeterio caminaba tranquilo y despacio hacia la puerta. Vio que eran todos los eventuales que se carcajeaban. Y aunque la fama de pelionero seguía, eran muchos y jóvenes y él solo. Mejor hacerse guaje. Volver al día siguiente al zoológico, a ver si ahora sí se animaba.

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