Esperanto a Gödel

Por Luis Felipe Lomelí

A Ernenek

 

Para variar, la comida de la maquiladora es una mierda.  Pero es gratis.  Así que venimos casi todos los días, tomamos nuestra charola, pedimos que nos sirvan lo menos nauseabundo, pasamos el código de barras del gafet por el lector óptico y nos vamos a sentar rogándole a la estadística que esta vez no sepa tan pinche.  O como dijera Roberto: dios sí existe, pero no nos quiere.

Yo ordené unas tostadas de carne deshebrada con winnie, también Eusebio.  Y nos las estamos comiendo con la queja y el reclamo guardados, entre manchas de silencio por una conversación sin huesos mientras lo que queremos expectorar es la hilera de desencantos que llegan a la mesa como un vendaval de piedras.  Es mejor no decir nada.  Éste es el tercero o cuarto o quinto sábado consecutivo que tenemos que venir a la planta porque el trabajo no sale y ya tenemos que empezar producción para que el cliente, el jefe, el jefe del jefe y el jefe del jefe del jefe dejen de estar chingando.  Por suerte ya casi acabamos y nos vamos a ir al cine con Graciela y Heréndira, sólo hay que tomar unas muestras, analizarlas, checar las etiquetas y llevarle unos lentes a la operadora que está en el horno de ultravioleta porque, a pesar de que le dije que no lo hiciera, la pendeja ha seguido asomándose al horno y no se vaya a quedar ciega.

A veces me vuelve esta gana comunistoide, el sentirme como en una fábrica londinense del siglo XIX, y me convierto en Mr. Nice Guy y le llevo unas orejeras a la chava que está frente a la máquina que hace mucho ruido y les advierto a las que están en el horno ultravioleta que si están embarazadas se deben de cambiar de lugar porque si no, puede tener problemas el mocoso.  Sin embargo no les digo que de todos modos las está mutando, que les puede causar cáncer la lucesita, que los pinches solventes que manejan les están haciendo caca las neuronas.  Y ayer, que en la mañana me puse el saco de Lenin, por la tarde mandé a la chingada a una ñora de cincuenta años que me dijo que la estaba mareando el pegamento.  Sé que son ciclones sobre una taza de café, que son cruzadas por no olvidar las ideas que tenía hace unos meses, cuando era estudiante.  Al rato me va a valer madre, como a todos, y ya no voy a estar pensando en diseñar un sistema de ventilación que funcione ni querré ponerle una guarda aisladora al aparato de radiofrecuencia.  It’s just a matter of time.  Quiero ir al cine.

Recorrer una buena cantidad de kilómetros, de postes de teléfono y luz.  Find a place and refuse to settle.  Tratar de hallar otro cielo que no tenga color durazno por las noches, que no esté cercado por farallones ni que atraviese una madeja de cables para llegar al pavimento.  Un señor con sombrero sobre su camioneta en el eje vial.  Una socióloga francesa que colecciona posters de Marcos y Zapata y pasa la navidad en su casa de descanso en Martinica.  Apartarse para encontrar lo que no se sabe, lo que no se es, los símbolos de identidad y sus viñetas mercadas en el mall, entre cervezas.

 

           

            La puta que me parió, ya no alcanzamos el cine.  Habíamos quedado a las tres y son las tres y media.  Voy en la troca de Eusebio tramando qué carajos podemos hacer para despejar la cabeza. Another saturday nigth and I hate got nobody.  The soundtrack.  Todo porque el cabrón que nos tenía que entregar las etiquetas y los pouches se desapareció como cuatro horas.  En fin, no tengo muchas ganas de llegar al Holiday Inn (que es lo que me paga la empresa mientras me consiguen casa) ni tampoco quiero ir a un café para hablar de las broncas de la chamba.

–Lo bueno es que ya salió, ¿no?

–Sí, ojalá y el lunes no nos topemos con la sorpresita de que pura madre.

–Simón, ¿qué hacemos?

–No sé.

Ayer habíamos quedado con Heréndira y Graciela que iríamos a las dunas que están a cuarenta y cinco minutos.  Algo para salir de la rutina y la ciudad No. 1 según Juan Gabriel.  Tengo ganas de ir al Noa Noa pero a Eusebio como que le da culo.  Dicen que es un lugar bien pinche donde sí navajean y te sacan la fusca nomás a ver qué cara pones.  Me late que Juanga es como un Alfonso Reyes para Juárez, personas que nunca vivieron en el mentado pueblo pero que se idolatran porque no hay a nadie más.

Pasamos por un espectacular de Hush Puppies rayoneado con espray.  Después hay una barda que dice “chicanos forever”.  Quiero comprar unos rollos para mi cámara y mandarles de este tipo de postales a mis cuates, sólo habría que enmicar las fotografías para que no se madrién en el correo.  Texanos, publicidad en spanglish, chavos banda y norteñotes, las placas de los autos en un semáforo (frontera, New Mexico, Texas, Chihuahua, D.F.)  Aún me desespera la melaza del shock cultural.

El otro día fuimos a un antro, creo que se llama Viva, en donde cantan mariachis y después aparecen unos weyes encuerados performando la danza del venado con tintes de gimnasia acrobática.  Luego, unos jarochos con su marimba y un charro floreando una reata fosforescente, y a lot of gringos bien prendidotes que creen que esto es the pure and exotic country of México.  Es cagante, soy ingeniero de product development y la semana pasada le dije a la auditora del FDA que me venía al trabajo en burro.  Eso fue en el aeropuerto, cuando la fui a recoger en la van de la empresa, y al llegar a la planta me preguntó dónde estaba el estacionamiento de los burros.  Le dije que allá atrás, donde se ve pastito, así su alimentación nos sale gratis, es una prestación más que nos da la maquila.  Oh, that’s great, she said.

–Oye wey, al Lamberto le caga que le digan que es chicano, ¿verdad?

–Sí, se encabrona bien ojete.

–Y entonces ¿qué?  ¿Según él qué es?

–American Citizen.

–No mames.

Seguimos por una de las tantas calles atascadas de cantinas y table dances.  Con una vialidad de la punta del carajo y la tripa rugiendo porque sólo me comí la mitad de las tostadas y no desayuné.  Quiero ir a comer a algún lado, pero estoy hasta la madre de que me cobren como si ganara en dólares.  No digo que gane mal.  Comparando con lo que me ofrecían en el resto de la República, me pagan como el doble.

–Oye wey, pero no todos los chicanos son como el Lamberto, ¿verdad?

–Sí wey, no chingues, ése cuate tiene pedos…  Entonces ¿qué?  ¿A dónde vamos a comer?  ¿O qué hacemos?

–No sé.  ¿Y si vamos a las dunas?

–¿Ahorita?

–En calinte.

–¿O tomamos la carretera y a ver a dónde chingados nos lleva?

–Va.

–Pero del lado gringo.

–Sobres, nomás vamos por los pasaportes ¿traes dólares?

–Nel, hay que ir a la casa de cambio y a tu casa.  Yo sí traigo pasaporte, siempre me lo llevo a la chamba porque a cada rato se ofrece.

–Y compramos algo en un drive-thru y comemos en el puente.

Me duelen las luces de halógeno, las paredes blancas.  Este aguijón de cubículos horarios con pulmones antisépticos.  El sol se ha vuelto el extraño que aún no aparece a las seis de la mañana y que se ha ido a las siete de la noche.   Varias serpentinas de sol a través de un helecho y el trajinar de los insectos.  Un dedo que se mueve lento hacia la gota.  Un niño tirado de panza en el zacate.  La cara inmersa en la noria.  Un hombre conectado a su celular y su laptop.  La pareja frente a la televisión para no tener que hablar de nada.  Una mujer cargada de presupuestos.

Estamos en el Puente Cordova, otra Carretera del Sur si seguimos a Cortázar.  Cadenas de coches como un polímero salpicado de vendedores ambulantes sindicalizados.  La mirada al frente, los oídos al estéreo, los cristales hasta el tope para que cada uno conserve su clima artificial.  Y, entre las burbujas, los mandiles del Frente Francisco Villa mostrando peluches, rosas, botellas de agua y juguetes chinos de los de a dólar.  Es normal expender entre una hora o quince cigarros sobre este paisaje.

–Chale, deberíamos poner una gama de servicios en el puente.

–Simón, un carril donde te laven el auto.

–Un McDónald’s Bridge-Thru—dice Eusebio entre pedazos de su Quarter Pounder que compramos en el centro.

–Un carril del Terror, como en las ferias.

–Otro donde alineen y balanceen llantas.

Seguimos saltando entre carriles con aerobics, con conexiones remotas a Internet y demás pendejadas.  Esta es la sala de espera para el escape, siempre (unas cinco ocasiones) lo he sentido así.  Cruzar una línea y dejar atrás a la cotidianidad, aunque cada vez que vuelvo a México siento un alivio también.  No sé cómo.

La cadena se arrastra lento entre estas dos ciudades de nadie.  La mexicana, que no es —-como yo pensaba– una barda de maquiladoras y antros bordeada por racimos de casas de cartón sino que sí tiene sus aromas de ciudad; y la gringa,  que hasta el arribo del ferrocarril no fue más que un regadero de casuchas.  Se me ocurre la comparación estúpida de que la vida es como la vialidad.  A veces me pongo muy cursi.  Le voy agregando palabras de más al recuerdo de la universidad hasta rayar en la canción grupera.  El recuerdo es una fosa, un cubo de aire rígido, por eso es imposible escapar de él; aunque se quiera.  Uno da dos pasos, diez, gira, se tumba en espirales y no deja de estar inmerso.  La única manera de resistir y que no me jalen los cordones del pasado es evitar nombrarlo, enfocarme en lo nuevo, mantener la tregua a las arterias.  Pero siempre están los acomedidos que preguntan, las simpáticas inquisiciones sobre la extrañeza.

–Chale, tomaste el carril más lento.  ¿Por qué no te cambias?

–Me caga.

–Mhm.

–Sí, güey, soy chilango pero me caga el irme cambiando de carril a lo imbécil como los babosos del periférico.  Eso aumenta la tensión.  Eso hace Rubén y ve cómo está.

–‘Ta bien.

–Sólo es desesperarte más porque si te cambias de carril y resulta que el otro es más lento, luego te encabronas contigo mismo por lo pendejo que fuiste al cambiarte.  Entonces te cambias de nuevo y la probabilidad de que te ocurra igual es muy alta, así que te vuelves a encabronar y te cambias y te encabronas más y etcétera.  Hay ocasiones en que tienes suerte pero es jugar demasiado a la intuición, al sexto sentido, o al análisis y, la neta, prefiero mantener mi cabeza en otros pinches asuntos.  ¿Si me entiendes cómo?

–Buena cátedra, mi Courvosier Watsoniano.

–Chinga a tu madre.

Ya se alcanza a ver la caseta de inmigración.  Estamos a punto de cruzar la línea que separa la pobreza generalizada de la pobreza selectiva.  Del lado de allá está una asta con la bandera gringa hecha jirones y, de este, tenemos una asta pelona.  Rebotan las lecturas sobre cabrones que hablan de las líneas creadas por el hombre para separar al hombre.  Se siente la expectativa.  ¿Cuántos carros traerán mota?  ¿Cuántos a algún “ilegal” asfixiándose en la cajuela?

–Yaaaaaaaaaaaq, ya vamos a cruzar la línea.

–Nooooooooooooooooooooooooooooooooooo.

–¡Somos chicanos potenciales!

–¡Nos va a agarrar la migra!

–¡El mundo se va a acabar!

–Ya tenemos las patas en Estados Unidos.

–I beg your pardon.  I’m an american citizen and I don’t understand that native lenguage that you’re bourping.

La cochinilla que se enrosca sobre sí misma, como un balín de cerámica.  Un caracol.  La tortuga a la que le duelen las luces de halógeno.  Cinco mil millones de avestruces ponchando tarjeta.  Las orugas de falsosojos en la espalda.  Una elite de cangrejos progresistas.  Aves Roc con las alas entumidas, dejando podrir sus huevos.  Cientos de perros que le hacen fiesta a la esperanza cada vez que la ven de vuelta.  Canarios con comederos de plástico. 

–¿Tomamos la 10 o la 180?

–La que quieras.

–¿Vamos a Texas o a Nuevo México?

–Whatever.

–Nuevo México.  De hecho podríamos ir a Las Cruces, tengo un cuate allá.  ¿No te agüita que sea gay?

–Ya estás empezando a planear.

–Entonces sí te agüita.

–No, wey, no me agüita que sea gay tu cuate, lo que no quiero es ir marcando el itinerario, no quiero parecer turista rosa con cámara y bermudas.

Vamos sobre el freeway, en medio de una estriada de coches hechos la chingada.  A mi lado izquierdo queda México donde, ahora sí, se ven las casas de lámina acanalada entre serpientes de tierra.  Un cacho baldío y luego la malla ciclónica que nos deja de este lado, en el punto que se desvía hacia el norte el Río Grande.  Pasamos de largo a unos ofimierdas de la Border Patrol que miran de frente a unos paisas que los están mirando, un señalamiento que reza: Porfirio Diaz Dr. ½ Mile.  Benjamin Franklin Av. 2 Miles.

–La Frontera de Cristal.

–Mhm.

–No mames, ese libro me está latiendo un chingo.  Tal vez porque lo estoy leyendo aquí y puedo ver el pedo.  Me siento identificado.  Carlos Fuentes está cabrón.

–Fuentes es un pendejo.  A mí me cagó.  El imbécil no tiene idea de lo que está pasando realmente.

–Estás orate.  Ese güey es un genio.

–Simón…  Lo que pasa es que tú también tienes una visión burguesita del asunto.

–Uy, qué lenguaje tan comunista.  Ya estás pasado de moda.

–Fíjate cómo te vistes.

–El rojo hablando como yuppi.  Te estás volviendo como Rubén.

–Cabrón, no hables de la chamba.  No menciones a los güeyes de la chamba.  NO QUIERO HABLAR DE CHAMBA, OK?

¿Cuánto gastará el gobierno gringo en poner señalamientos con reglas y prohibiciones?  A lo mejor es por eso que me desespera después de un rato.  Este miedo latente por saber que si cometo cualquier error cotidiano me pueden poner una multa de trescientos dólares o meterme al bote.  Fumar en el mall, tirar la envoltura de un chocolate en la calle.  Los gringos, tan lindos ellos, tan monolingües.  Con su american way, su american dream, su american money y sus american rebels.  Cada vez que tengo que hablar con un gringo por teléfono me esfuerzo en que las palabras hispanas, como mi nombre, suenen lo más hispano posible.  Lo malo es que mi nombre es más o menos fácil y traducible.  El Eusebio tiene ventaja.

–Oye, Sebus.

–¡Ah, pinche gringa mamona!  No me la recuerdes, cómo que Sebus.  La pendeja lo hizo adrede.  Porque no creo que no se haya fijado que en el sender del mail decía Eu-se-bio.

–No te apures, suena bien.

Una mano que proyecta una sombra después de recorrer una buena cantidad de luces.  Una sombra sobre el párpado de ladrillo rayoneado:  insignias de lo que separa el aire.  Andar descalzo sobre las lozas de barro recién humedecidas.  Oler a tierra mojada, a jacaranda marchita.  El chubasco ante el ventanal.  Pardear la tarde con el cuerpo en la banqueta, repasando las nubes, y crear lluvia con las manos, sombras sobre los párpados.  Un caracol.

 

 

La máquina se apaga.  Estamos en uno de esos puestos de información turística.  New Mexico,  No visa needed.  Primero habíamos tomado la Transmountain Road pero Eusebio no confió mucho en su troca y mejor nos retachamos.  Así que vamos rumbo a Las Cruces.  Este wey lo que quiere es ver a su cuate y a mí como que no me late porque estaríamos en ciudad, otra ciudad pero ciudad y lo que quiero es llegar a un lugar donde ya no haya anuncios publicitarios ni postes.

Si se hubiera de agregar otro reglamento a los del puesto turístico sería el uso obligatorio de guantes de latex.  Don’t fall off the sidewalk.  Don’t throw the trash in the green areas.  Don’t piss away from the bathrooms.  Bajamos a orinar porque ya nos urgía una bolsita.  También queríamos ver el mapa.

White Sands, dicen que está chingón pero está dentro de una zona militar y te la hacen de pedo.  Roswell, UFO’s Land, porque supuestamente allí bajó un OVNI.  Grutas, Trinity Site (great prices for japanesses, specially for those from Hiroshima and Nagasaki), Los Álamos, Santa Fe.  Alguna vez leí, creo, que en Nuevo México estuvieron los campos de concentración gringos de la Segunda Guerra para todos los cabrones que tuvieran rasgos chales, sin importar el número de generación nacida en este continente.  A los cuales los liberaron hasta 1960.

Por todo el camino que llevamos no han dejado de aparecer los espectaculares en spanglish, o meramente en español, vi uno de la K-buena, otro de bienes raíces y varios más.  Parece que nunca vamos a llegar a un lugar donde no haya vestigios civilizadores, menos porque este cabrón está empeñado en ver a su amiguita.

–Entonces a Las Cruces, ¿no?

–Pos qué otra.

Recorrer una buena cantidad de teléfonos.  Tratar de hallar un señor con sombrero color durazno.  Al deshilachar la vida en soplitos asmáticos, en intentos repetidamente frustrados por guardar el aire entre las manos.  Encontrarse para apartar los malls identatarios…

Otra vez sobre la carretera y siento que las sensaciones me olean la cabeza de palabras.  La compañía en la que trabajo consta de empleados mexicanos, italianos, gringos, caribeños, judíos, protestantes, new agers, escépticos que comen pescado los viernes de cuaresma, y demás alimañas.  El idioma oficial es el inglés, pero también nos hacen tomar clases de la lengua de Dante modernizada.  Al final, todos acabamos hablando como se nos hinchen las papilas.  Rubén es un pocho acérrimo.  Alfonso, que antes estuvo en una compañía petrolera dándole la vuelta al planeta, de repente saca sus fracesitas en francés y alguno que otro insulto en swahili.  A Graciela también le da por hablar como Asterix.  Según dicen algunos letrados, me parece que entre ellos el poeta chicano Tino Villanueva, Shakespeare pocheaba en francés; Góngora, en italiano; Rabelais, en latín, etcétera.  Como que el pochismo es una madre que se repite de época a época y de lugar a lugar.

–Oye, wey, ¿tú sabes bien a bien qué pedo con el Eterno Retorno de Nieztsche?  A mí siempre me ha dado hueva leerlo.

–Nel, yo a ese güey lo empecé a leer pero me deprimí.  Y en esos años lo que menos quería era otra depresión.  Pero creo que Hegel también habla de eso.

–¿El wey más complicado de la historia?  No mames, yo naufragué como tres meses en las primeras cinco páginas del prólogo de su Fenomenología del Espíritu.  No me chingues con que un fan de Fuentes lo leyó y le quedó bien claro.

–No, pues nel.  No lo he leído, pero sé que habla de eso.  Y deja de estar chingando a Fuentes,  que es un chingón.

Lo chingón que tiene Fuentes es que ha visitado muchos lugares del mundo.  Yo nada más conozco un 60% de México y unas veinte ciudades gringas.  Me gustaría ahorrar, agarrar la mochila y largarme, volverme un reportero free-lance para poder conseguir con qué comer.  Desde chico me la pasé pegado a las enciclopedias, a los atlas, después a las pocas obras literarias que se pueden conseguir de países no europeos ni americanos.  Y acá, convertido en un juarense por necesidad (como debería de decir una canción inédita del Tri), me la paso tratando de sacarle anécdotas al Alfonso.  El otro día me contó sobre las diferencias en las costumbres para orinar.  Dice que en Nigeria las mujeres no se sientan sino que, en el pradito que les guste, sólo se arremangan la falda, abren las piernas y así, paradas, dejan caer el chisguete.  En Arabia Saudita los hombres se suben la bata (o como se llame), se ponen en cuclillas y lanzan el chorro en dirección horizontal a la tierra.  Se veía cagado el cabrón contándomelo gráficamente.  También me dijo que una vez tuvo que trabajar en una zona de la delta del Níger donde hay una comunidad que, supuestamente, es caníbal y guerrera.  Que los asaltaron, los tuvieron rodeados por cuatro días y que, los caníbales, mandaron un fax a Londres pidiendo lana por su libertad.  Todo se arregló con un buen escuadrón de helicópteros.

El silencio se tiende como sombras sobre los párpados.  Católica, indiscriminadamente.  Cae sobre los farallones zapatistas.  Sobre los ejes viales con pósters de sociólogas francesas.  Amalgama entre nubes a las avestruces que ponchan su tarjeta.  Atraviesa este desierto globalizado, se inserta en la Internet de nuestra neurosis.  Un bebé juega en multimedia.

Por fin llegamos a Las Cruces y fuimos a la casa del amigo gay de Eusebio  (buen pedo el cuate, es culto y no se empeña en alburear ni en hacer referencias para que me lo coja; a lo mejor, simplemente, no le gusto).  Vive con un bengalí paralítico que estudia su segunda maestría, la primera fue en Bussines y, ahora, en Computers.  Quiere poner una maquila de chips en su tierra, a la cual se refiere como la India aunque dice que los indúes son unos ojetes.  Es un musulmán comunista, he says so, con aspiraciones billgatecianas que habla de la mierda el inglés.

Vamos en el coche, qué coincidencia.  Esteban o Steve, el amigo gay, nos dijo que había una latin party en su Universidad.  Así que vamos a la residencia universitaria donde vive el que de seguro ha de ser su pareja.  Nos habla de su carrera, que quiere hacer una especialización en geosociología de países latinoamericanos, de lo grande y moderno que es el Campus.

–Oye wey, y ¿qué pedo?  ¿Las clases las toman por Internet?  ¿Pueden mandar sus tareas por e-mail?  ¿o tienen que ir a los salones a escuchar al maestro?

–Hmh.  We still take classes in the classrooms.  Tenemos un edificio de computers muy bien equipado, well, casi siempre está full.  Y nou, no podemos mandar las tareas por e-mail.

Miro a Eusebio de reojo y me pregunto dónde está la chingada modernidad del campus.  Bueno, tal vez decía “moderno” refiriéndose al estilo arquitectónico del edificio, pero no creo porque él estudia geografía y, como buen gringo, ha de saber nombres de un chingo de ríos y montañas pero ni madre de otras áreas de conocimiento.  En el Tec de Monterrey ya todos están conectados a su laptop (obligatoria, no importa si eres becado y no tienes lana) y mandan sus tareas vía e-mail.  Siento como si hubiera saltado en el tiempo, además este pueblito-ciudad se parece mucho a los que conocí en Wisconsin hace trece años.

Vamos llegando a la universidad, Steve nos señala las vacas que pastan en un prado a lado del campus.

–They are the most exotic animals in town—dice en una broma que trasluce desesperanza.

Todos volteamos a ver las vacas.  Y Eusebio hace referencia a un sobrinito chilango suyo que hasta los seis años las pudo ver en vivo y a todo color.

–No te apures, wey, tus hijos ya no van a estudiar la producción de la leche partiendo de las vacas, sino de un reactor bioquímico.  Así que no se van a traumar si hasta los seis o diez años las conocen.

Llegamos al estacionamiento, malauguradamente vacío.  Eusebio ha estado preguntándole a Steve qué onda con las chavas, qué tan fácil aflojan, etcétera.  Y Steve ha procurado desanimarlo en todas sus respuestas, que si la sexual harassment demand, que ninguna afloja, que son muy puritanas por ser una ciudad chica y demás.  Como que lo está celando, como hermana mayor, como prima con la que jugaste a los esposos cuando tenían nueve años.  Eusebio sigue insistiendo y a Steve como que le empieza a temblar la voz.

–Oye, Esteban –Esteban, sí nomás por chingar—lo que me decías de la geosociología, ¿tiene que ver con la psicogeografía o con madres biológicas, o ambas?–  Admito que es una pregunta pendeja, pero ya me está cagando el estira y afloje sexual de estos cuates.

–Both.  De hecho me he estado estudiando más los genetic affairs.  Hay un trabajo muy bueno que prueba las diásporas humanas en base a las mutaciones genéticas.  Ya que si venimos de unos ancestros comunes, entonces las diferencias en el DNA, causadas por el azar y la aclimatación, deben ser mucho menores entre la población donde se originó el hombre y grater between the social communities de los lugares más apartados, como América.  Es impresionante cómo pequeños cambios en una misma cosa, a través de cien mil años, han conducido a las diferencias actuales.  De hecho, variaciones over the first live being han creado the diversification of the species hasta el grado de crear sus propias antítesis, o contradicciones, con los herbívoros y carnívoros que se alimentan de la vida misma, a diferencia de las primeras bacterias y muchas…

Steve continúa hablando.  Malhora en que quise cambiar el tema, ya se clavó como niño chiuqito y yo, con mis propios alucines tengo.

Caracolear una buena tortuga de postes.  Un párpado de canario con jacarandas marchitas.  Un cielo faralloneado por multimedia durazno.  Find a settle and refuse to place it.  Ancianar los ejes viales con camionetas.  Dolorear las paredes blancas con cerveza.  Panzear a los niños con zacate de Internet.  Sembrar un hijo, escribir un árbol y plantar a un libro.

Después de recoger a la supuesta pareja gay colombiana, que nos hizo cara de “no me quieres poner competencia, ¿verdad?”, fuimos a darle una interminable vuelta al campus.  No sé si fue Eusebio el que dijo que lo quería ver, yo no.  De todas formas los chavos estaban bien emocionadotes mostrándonos los edificios vacíos e iluminados.  Yo me puse a platicar con el colombiano sobre el Festival Vallenato, ya que hace un año me invitaron a ir (y no fui) para que diera una conferencia sobre el impacto de la música vallenata entre los chavos banda de Monterrey.  El impactado fue Ramón, el gay colombiano, cuando le dije que los pandilleros (sí, Ramón, los pandilleros, los que asaltan, los que rayan las paredes, los que balean) son hiperfans de la cumbia vallenata.  Me dijo que no podía ser posible, que el vallenato es una tradición muy arraigada y respetada en su país, que el festival, llevado a cabo, por supuesto, en Valledupar, es una fiesta nacional, que se paran las labores y todos la respetan.

–Sí, wey, ésa misma música.  El Binomio de Oro, la “Cumbia Doris”, etcétera.   En Monterrey, si no me equivoco, el que la inició fue un cuate llamado Celso Piña.

Me contó la leyenda vallenata, que ya sabía pero no quise interrumpirlo, y yo le conté la leyenda del duelo entre el acordionista y el diablo.  Luego, y con mis pies casi hinchados,  llegamos al salón dónde iba a ser la fiesta pero, como casi no había nadie, nos largamos a cenar.

Después de andar como José y María buscando un restaurante que tuviera sección de fumar, acabamos por resignarnos y nos metimos a un Applebee’s.  El mesero notó (a huevo) que éramos mexicanos, así que se hizo el mamón, como que no nos entendía.  Lo bueno fue que lo reportamos y alcancé a ver como la gerente le ponía una cagotiza.  El Applebee’s estaba raro, como atrapado en los ochentas, en la Texalhoma actualizada de Coupland.  Las chavas con flecos a la Sasha, los juegos de video eran Pac-man y Galaxian, los cuates con sombrero y, en la música ambiental, cambiaron de “Blue Balloon” a “mickye” y a “Billy Jean”.

Ahora estamos de vuelta en el salón de la latin party donde se congregan algunos maestros, gringos nerds o de algo que parece ser un grupo religioso y unos treinta hispanoamericanos: puertorriqueños, panameños, más colombianos, mexicanos, chicanos, bolivianos, guatemaltecos, etcétera.  Estamos escuchando a Maná, después de “Los Mariachis Locos”, una salsa cubana, “Las persianas” de Café Tacuba, “Piel Canela”.  No me acostumbro a estos cambios tan rápidos de género.

Como no venden bebidas alcohólicas estoy fumando como chacuaco.  El gay Steve (Ramón se fue a no-sé-dónde y no me interesa), que aún no se declara gay conmigo, me está hablando de gays y de que en Monterrey y en Guadalajara hay un chingo de gays y de gays famosos, de gays históricos y demás joterías.  Realmente no me late esta pinche fiesta.  No quiero bailar, no quiero hablar de gays, no me late ligar a nadie.  Siento que volví a mis épocas de estudiante pero no me late.  Preferiría estar sentado en un pinche café.  Tirado boca arriba sobre las dunas.

Caracolear una buena tortuga de avestruces. Acanariarse para simbolizar lo que no se identifica.  Niñar progresivamente a los cangrejos de mi espalda.  Me orugan los dolores celestes. Me recorren las sociólogas viales, los zapatistas en las sombras de las nubes, el silencio de Martinica, el durazno en los ancianos.

 

           

Como dice Roberto, “dios sí existe pero no nos quiere”.  Acabó la pinche fiesta del mismo modo que cuando llegamos, con las ligeras variantes de que a Eusebio lo sacó a bailar una gringa estudiante de antropología que lo estuvo, y lo sigue, sicoanalizando como si fuera chango; y  de que un pinche gringo mamón me arrebató el cigarro y lo apagó en un vaso de coca-cola gritando como histérica que you can’t smoke here, what do you think you are?  This is a non-smoking bulding, for God’s sake.  Yo le respondí que era bóer, que era mi primer estancia en los E.E.U.U. y que no sabía pero, como el wey seguía gritando como si su casa estuviera en llamas, le pregunté que si sabía qué era un bóer y yo también me puse a gritarle que era un pinche ignorante, que si lo único que conocía del mundo era su pinche non-smoking bulding, que de qué le servía estar en una fucking university si no conocía la historia de Sudáfrica, etcétera, etcétera.  Y, como buen ignorante, fue agachando la cabeza, apaciguando el tono y calmando sus ademanes hasta que me deshice de él.  Sin embargo, después tuve que calmar a Steve porque se prendió bien cabrón y dijo que le iba a partir el hocico, que estaban del size.

Pero dios no nos quiere porque al salir de la party cooperamos para comprar una botella de tequila (que resultó ser Sauza Blanco, para desgracia de cualquier Jalisciense) y nos venimos a la casa de una fraternidad  de latinos a continuar (Sjl, o algo así) la borrachera, y está peor que en la latin party.  Parece que todos están, estamos, esperando a qué pase algo, una pequeña variación que cambie las cosas, a lo mejor esperando al dealer, porque hace unos momentos apareció una gringa con ojos de conejo diciendo pendejadas.  Esperando a que alguien encarne al showman de la noche.  Esperando acabar la carrera.  Esperando una mejor chamba, un poco de arena de las dunas, un poco de arena de las dunas del Sahara que tiene Alfonso.  Esperando que Eusebio se harte de la antropóloga y nos larguemos de vuelta a Juárez.

Mientras tanto, las pláticas circulan sobre la nada, principalmente sobre las diferencias de procedencia geográfica y todos hablamos en espanglish, hasta la antropóloga.  Se rolan los caballitos de tequila-thiner.  Steve, como todo el tiempo que estuvimos en la latin party, sigue celando a Eusebio.  Cada que puede le dice alguna pendejada sobre la antropóloga, la última fue que sabía de buena fuente que la vieja is HIV’s possitive.  Y parece que se acerca el pleito marital de Steve y Ramón.  De hecho, tuvimos que rogarle al colombiano para que viniera con nosotros a la fraternidad party porque ya andaba haciendo berrinche y se quería regresar a su depa.

–Oye, Ramón, ¿cada cuándo vas a Medellín?

–Cah’i no voy.  Mi’ relaciones con mi’ padres no son buena’.

–Ah.

Eusebio voltea y me dice para que yo nada más oiga:  ya ves, La Frontera de Cristal, el cuento del güey que se va a Cornell.

–So, you eres de Guatemala?–  Me pregunta la antropóloga.

–Sí, soy sobrino de Rigoberta Menchú.

–Hmh…  ohm…  Oh!   Ja ja ja ja.  You’re kidding, bromeando.  Ja ja ja ja.

Se siente una nata de apatía taponeando los oídos.

–Eusebio,  ¿parte nous?–  Le pregunto en mi más pinche francés.

Ejear settlers de zacate avestruzando las cervezas mallerianas que, cada cangrejo que vializan, se internetean espaldando places for silencio paredeable.  Plastinarios que nochean al cablurtugar a los niñedia zaparallones.  Idencontramos las socirugas en los rayalos de sológeno.  Anciafonamos refuses to the asmabederos, to the escrimonetas plantarboladas. Para recopadear nuestras sombruraznas y no amalonchar nuestras nubilencias.

Vamos en el coche, qué coincidencia, a la residencia universitaria donde vive el que de seguro ha de ser pareja de Steve.  Nos habla de su carrera, que quiere hacer una especialización en geosociología de países latinoamericanos, de lo grande y moderno que es el Campus.

Llegamos al estacionamiento, malauguradamente vacío.  Eusebio ha estado preguntándole a Steve qué onda con las chavas, qué tan fácil aflojan, etcétera.  Y Steve ha procurado desanimarlo en todas sus respuestas, que si la sexual harassment demand, que ninguna afloja, que son muy puritanas por ser una ciudad chica y demás.  Como que lo está celando, como hermana mayor, como prima con la que jugaste a los esposos cuando tenían nueve años.  Eusebio sigue insistiendo y a Steve como que le empieza a temblar la voz.  Ramón está callado, callado como se callaba mi exnovia cuando se encabronaba conmigo.

 

Cuento ganador del (extinto) Premio Nacional de Cuento “Viceversa” 2000

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