Introducción El ambientalismo

Llevamos en nuestros mundos que florecen
nuestros mundos que han caído.
Christopher Okigbo

En mi primaria era común que alguno de mis compañeritos llegara con el ojo morado. Y es que a los padres salesianos del Colegio Anáhuac Garibaldi de Guadalajara, en el barrio de Santa Teresita, les dio por hacer sus pininos de educación ambiental con nosotros. Eso fue a principios de los ochenta, y aunque las ideologías del movimiento ambientalista ya eran más o menos comunes, los valores tradicionales eran mucho más fuertes. De modo que nosotros salíamos de la primaria harto entusiasmados y dispuestos a regañar a cualquier
“marrano” que viéramos tirando basura en la calle o lavando la banqueta a manguerazos. Eso incluía a nuestros padres y ellos nos lo agradecían, más de las veces, con un par de cachetadas guajoloteras.

     Treinta años después la situación ha cambiado y esa primera generación de niños que recibió educación ambiental en la primaria son ahora los padres y madres jóvenes de nuestro país. La historia se repite, con los tiempos más o menos similares, en varios puntos del orbe. Es por eso que el objetivo de este libro no es hablar de la importancia de la educación ambiental —pues, de un modo u otro, ya todos estamos conscientes de la importancia de cuidar el entorno—, ni agrandar la retahíla fatalista que anuncia “el fin del mundo” (ni, por supuesto, lo contrario, decir que “todo está de maravilla”: pues no lo está).

     Asimismo, esta obra tampoco pretende ser una narración épica que ensalce a los grandes luchadores ambientalistas, ni un libro de referencia que aborde el trabajo que han llevado a cabo todos los grupos y organizaciones no gubernamentales ambientalistas.

     Hoy día, es necesario recalcarlo, la mayoría de los habitantes del mundo —de Lagos, Nigeria, a Tlaxcala, México; de Londres, Inglaterra, a Yakarta, Indonesia— tenemos de un modo u otro una consciencia del entorno y de los problemas ambientales. Y, por lo mismo, es preciso abordar los retos que esto representa. En ese sentido, los objetivos de este libro son, por un lado, hacer un balance de la situación actual de la ecología como ciencia (qué respuestas tiene, cuáles no, cuáles sí puede tener eventualmente y cuáles son imposibles que tenga) y, por otro, analizar la historia y las vertientes del discurso ambientalista (en su dimensión política, sus formas de ver el mundo o filosofías, y cómo se inserta “lo ambiental” en las ideologías tradicionales). Cuantimás, en este punto, se quiere resaltar el “lado obscuro” de la historia del ambientalismo: qué ha pasado cuando alguien, con no tan buenas intenciones, toma el discurso ambientalista para hacer política o para “justificar” públicamente una guerra.

     En otras palabras, en esta obra se da por sentado que de algún modo ya sabemos que hay un problema ambiental y que, desde los científicos hasta mi abuelita, las cuestiones son: ¿qué vamos a hacer al respecto?, ¿qué tipo de planeta queremos heredar? Estas preguntas nos involucran a todos porque todos vivimos en el mismo mundo y, salvo excepciones, queremos que éste sea habitable para nuestros hijos. Sin embargo, si bien el problema está más o menos claro, las respuestas no lo están tanto y en ocasiones parecen implicar cambios radicales en nuestro modo de vida —en las estructuras económicas y sociales, las legislaciones, nuestra cotidianidad, etcétera—. Así, en este libro se aborda la diversidad de respuestas que existen en la actualidad —sus logros y las críticas que se les hacen— y se exhorta, dado que es una cuestión que nos atañe a todos, a construir consensos políticos para hacer frente al problema ambiental y a sus subdivisiones.

    En el primer capítulo se define la ecología como área del conocimiento humano y se da una breve historia de su consolidación como ciencia y, también, una breve historia de los movimientos ambientalistas. El segundo, analiza la ecología como ciencia en la actualidad. El tercero, los diferentes tipos de ambientalismos principales y, por último, la conclusión apuntará a la importancia del consenso social y político en la búsqueda de soluciones. Cabe destacar que, si bien en el segundo capítulo se analizan las limitaciones de la ecología como ciencia, es necesario decir de una vez que, para los problemas ambientales más importantes, ésta no tiene ni tendrá las respuestas.

     La ecología como ciencia presenta un caso de estudio único para historiadores y filósofos, tanto por su dimensión social, como por lo que el filósofo francés Bruno Latour llama “el universo que mueve” y que está a medio camino entre la física y la sociología; también por
la forma “inversa” en que se lleva a cabo la “construcción social” de los fenómenos que analiza o trata —tradicionalmente se parte de que “algo no es necesario” y se termina en conclusiones del tipo: “nos iría mucho mejor si ese algo fuera eliminado o radicalmente
transformado”; mientras que en ecología se parte por lo general de que “algo”, como nuestra relación actual con la naturaleza, es malo y hay que transformarlo radicalmente para concluir que “no es necesario”—. Pero, más que eso y más aún que la medicina, la ecología es una ciencia política pues sus resoluciones impactan a la sociedad en su conjunto. Por este aspecto, único y preciso, es que en este libro no se hace una distinción entre “ecólogos” y “ecologistas” o “ambientalistas” pues, si bien los “ecologistas” no son científicos, difícilmente hay un científico en ecología que no tenga una postura política ambiental clara.

     Antes de concluir esta introducción, es importante manifestar que las diferentes vertientes y grupos de ambientalistas se abordan de un modo general y esto puede causar más de un levantamiento de ceja. Tal como sucede cuando se estudian líneas de ideología política, podrá parecer que se hace un análisis somero y que se olvidan los matices. No obstante vale recordar, como muestra el escritor argentino Jorge Luis Borges en su cuento “Funes el memorioso” (haciendo alusión al “problema de la inducción” planteado por el filósofo inglés David Hume), que el conocimiento y el análisis sólo son posibles a partir de las generalizaciones y que detenerse en las particularidades sólo conlleva a la proliferación infinita de datos: sin avance alguno. Más aún, es en estas generalidades donde se abordan las pugnas entre ambientalistas y donde se da la discusión sobre qué tenemos que hacer para “salvar” el entorno, mientras que en las particularidades pueden hallarse los puntos de acuerdo.

     De modo que, a propósito, se busca que el lector encuentre los aspectos en los que se identifica con las diferentes vertientes del ambientalismo y, así, se pueda facilitar el consenso sobre qué haremos para seguir viviendo en este planeta. No hay una solución clara, pero puede llegarse a acuerdos y, sobre todo, podemos estar alerta ante la aparición de falsos profetas e individuos que utilizan el discurso ambiental para conseguir sus propios fines.

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