La ceniza roja de una fogata grande

Jalisco es México

Eso han dicho las placas de la matrícula vehicular del estado. Pero los símbolos de Jalisco han dejado de ser de Jalisco para ser nacionales, para ir allende esos cerros y transformarse, y ser la imagen de México en la “Plaza Garibaldi” de Bogotá, en la “Catena Zapata” de Hsinchu, Taiwán, o en los restaurantes “mexicanos” de empresarios salvadoreños en Washington. El tequila, el charro, el mariachi… son de Jalisco; pero son de todos. Y cada uno, en cada lugar, los ha ido adaptando para sí mismo: para ser un “mero macho”, como dicen los chilenos.

            De igual forma, los grandes narradores de jaliscienses son nuestros y son de cualquier lector en cualquier lugar del mundo. Sus novelas y cuentos cambian según el entorno, entonces los personajes de Rulfo o Yáñez son campesinos oaxaqueños, o chinos, o polacos. Porque nuestra mejor herencia es tan nuestra que es universal.

            Y, como toda herencia, tiene las manos correosas del pasado y los ojos frescos de los niños.

Sólo cambia el paisaje.

            Y es, precisamente, en estos cambios del paisaje jalisciense documentados por nuestros narradores que podemos ser testigos también de las riquezas que vamos perdiendo (nuestros árboles, bosques, sierras, llanos, selvas y desiertos) y la caballada de la tecnología y las empresas económicas que a veces se desbocan. Jalisco ha bregado siempre entre ese fenómeno que llaman “modernidad” y lo que nosotros seguimos nombrando, con cariño, “el campo” (¿será por eso que muy pocas novelas suceden en Guadalajara?).

            Jalisco es esta tela enhebrada con hilos antagónicos: fábricas y telares, maquiladoras. Por eso es un oleaje y serpentea, y nunca parece la misma y siempre parece la misma.

Quien reniega del presente, no merece el porvenir

Venga el lugar común: los escritores jaliscienses sentaron un canon. Le pusieron sus arreos, lo ensillaron, abrieron brecha entre las matas y la brecha se convirtió en autopista de muchos carriles. “Aquí cualquiera escribe de burritos y casas de adobe”, me dijo hace años un escritor tapatío que daba talleres literarios por Guadalajara. Y uno no sabe qué mosco les picó a nuestros narradores, o si cada araña iba por su hebra cuando se dieron a la tarea monumental de retratar el paisaje y horadar en la condición humana de nuestros abuelos. Lo que sí es que el pasado no pesa, más bien nos habita como nos habitan los fantasmas.

            El primer fantasma famoso y galán de la literatura mexicana es El ánima de Sayula, de Teófilo Pedroza. O tal vez no era tan galán este muchacho decimonónico, pues precisaba de prometer oro para conseguir sus amoríos. Lo cierto es que los fantasmas siguieron. O, más bien, las ánimas. Porque nuestros fantasmas no son esos seres del bosque congoleño ni los djinns del desierto, mucho menos los espectros terroríficos anglosajones. Tampoco son, justamente, las almas del purgatorio ni las presencias de los altares michoacanos de Día de Muertos.

Nuestros fantasmas son nuestros difuntos, cierto, pero somos nosotros mismos. Es nuestro penar en este mundo y son nuestros ancestros. Son nuestra genealogía, son quienes nos despiertan antes del alba (¡ánimas que amanezca!…), son las cenizas de mi abuelo, Yeto, que me esperan en el despacho de mi tío Luis, el ingeniero, para que vaya a platicarles cómo me ha ido. Son los que sembraron los primeros árboles en el monte de Los Pericos de López Portillo y Rojas, son los cuetones de la feria de Zapotlán de Arreola, los hijos de las mujeres enlutadas de Al filo del agua, los mártires cristeros, el amor perdido de cualquier cacique y de cualquier persona (y oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma… “suelta más hilo”); los revolucionarios de Azuela, los peregrinos a San Juan de los Lagos de Rojas González y los peregrinos que siguen andando para encontrar su parábola del tuerto; son el cadáver de un albañil en Leñero y el tequila impregnado en los alambiques, la melaza de la caña, las grullas.

(Y los niños y jóvenes y todos los que salieron volando el día que se abrió la tierra en la calle de Gante un 22 de abril).

Nuestras ánimas son la frontera de dos mundos que ni sabemos si existen.

Ése es mi mero gusto

Jalisco es una frontera. O muchas. Es ahí donde se quedan rondando las historias y, nomás de prestarles tantito oído, se levantan en tolvaneras, en marejadas que arremeten contra las piedras, y estallan, truenan, taladran la roca y cimbran la costa; basta estar aguzado a sus susurros para que éstos corten de tajo los llanos y abran barrancos.

            Jalisco no es ni el norte ni el sur. Su nomenclatura es nahua pero ahí mismo se guardaban los pueblos que más al sur llamaban chichimecas. Es tierra de alfareros y caminantes de rostros tatuados. Jalisco vivió los dos procesos de invasión que vivió México: la de los conquistadores y la de los aventureros, el sometimiento y el presidio, las alianzas. Por eso el natural de Jalisco puede clamar que antes las tierras eran suyas, antes del arrebato, pero también que siempre han sido suyas.

            Jalisco es la frontera entre el campo y la ciudad, entre la modernidad porfiriana y el feudalismo charro con su chaqueta de herrajes de plata; el liberal de levita y el conservadurismo católico (¿qué otra región de América ha dado más santos al Vaticano?). En Jalisco, Azuela hace estallar una máquina de escribir porque un escritor en serio sólo puede narrar a mano, pero también en Jalisco se escriben las dos novelas, del siglo xx, más innovadoras de habla hispana en estructura y lenguaje (y Barragán crea la primera arquitectura de vanguardia mexicana al retomar, precisamente, lo más tradicional de nuestros ranchos).

            En Jalisco confluyen los dos reinos biogeográficos del continente. El neártico inunda desde el norte con sus pinos por la sierra y el neotropical trepa por la costa. Jalisco es la frontera entre el jaguar de Chamela y el pitahayo de Yahualica, entre las parotas de Mismaloya y los huisaches de Arandas. Jalisco es la tierra yerma, los magueyales azules, los piélagos de caña que cubren hombres a caballo, los bosques de robles con colores verdes y arrayanes, los cocotales, las coníferas de Tapalpa, de Mascota, el encinar, la tierra roja por la que brinca el chiverío. Jalisco es un lago repleto de charales, una isla de alacranes, una ladera de obsidiana y caracoles.

            Jalisco es su tierra. Su nombre nombra la tierra.

¡Hojarascas, le están pegando a dar!

José López Portillo y Rojas, Mariano Azuela, Agustín Yáñez, Francisco Rojas González, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Guadalupe Dueñas y Vicente Leñero son sólo ocho de los mejores narradores jaliscienses. Una probadita. Un deleite. Todos ellos son culpables de ponerle sabor al caldo, de darle su manita de gato a esta estampa de nuestra tierra y nuestra gente que es la literatura. Una gota de rocío si se quiere, cada palabra de ellos, pero con todas arremolinadas se congrega la creciente del río Ameca, ésa que se lleva vacas y puentes y rancheros amodorrados que no aprecian su rugido. Con todas ellas se desgajan las nubes para arrancar de sopetón un chubasco fuerte, tapatío, uno de fin del mundo y de principio de los tiempos: cada gota de agua tiene las virtudes de toda el agua.

            La literatura jalisciense puede estudiarse de tantas formas como uno pueda imaginar. Pueden leerse las luchas del poder, los arrebatos amorosos, la locura, la miseria y la avaricia, el irrefrenable paso del tiempo que como un tren de carga hace trepidar la tierra. Podemos trazar en ella la continuidad de nuestros mitos y nuestros sueños, el jolgorio de nuestras fiestas y la perplejidad que nos causa el horizonte.

Ahí están las líneas de nuestras palmas para leer el destino. Y también los senderos por los que hemos forjado nuestra identidad a través del lenguaje. Un lenguaje propio, uno que abreva de los diccionarios de la academia y de los arrieros, desde Isabel Prieto de Landázuri o José López Portillo y Rojas. Uno que inventa sus términos y cadencia en Yáñez o en Rulfo, en las niñoserías de Dante Medina. Es nuestra forma de hablar, nuestra manera de sentir este mundo que vemos con palabras.

            Reunir a estos ocho narradores de Jalisco es presentar un mínimo álbum de familia, un daguerrotipo tomado junto a la fuente del patio con su granado y limoneros: ahí está el abuelo, el primo, el tío que se fue a la capital y que, por lo mismo, sigue siendo más jalisciense que el tejuino. Su obra está cargada de flores como una jacaranda o una llamarada, de anécdotas en las que está nuestro pasado y nuestro porvenir. Porque son pavesas. Estos pequeños fragmentos de nuestros narradores son la ceniza roja de una fogata grande, tremenda, con todo el calor para reactivar el fuego primigenio.

            Son Jalisco. Son México. Son los cerros en lontananza, el paisaje que reverdece y el paisaje derruido. Son este espejo de nosotros mismos que nos hermana con cualquier ser humano en cualquier lugar del mundo.

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