Carta en el tercer año de mi hija

Por Luis Felipe Gómez Lomelí (enero, 2016).

Es la risa, Alicia. La risa clara, sincera, la que irrumpe de un momento a otro y cambia al mundo. La que lo vuelve más amable, más grato, la que le da otra tonalidad al cielo y a las nubes, a los colores de tus juguetes y transforma una plantita en una vaca y a una vaca en una especia. La que hace que un olor desagradable se convierta en un abrazo.

La risa, la que aparece como si nada, de la nada, y entonces subvierte el orden de las cosas. Hace que huyan el llanto y la tristeza, que un momento anodino sea maravilloso, que una tarea sea un juego y el juego nos recuerde que es esto la vida: el contacto humano, la mirada. Porque la risa es revolucionaria, Alicia, nada puede contra la risa. Decía David Toscana: “nadie puede vencer a un Ejército que canta” y nada detiene a alguien que siempre lleva consigo a la música… y baila y ríe.

¿Te has dado cuenta de la serenidad que se siente después de una buena carcajada?: todos los miedos desaparecen y toda la ansiedad. Ya lo sabes: este año descubriste cómo hacer reír a otros. Y no sólo haciendo cosquillitas sino también gracias al lenguaje: cambiando un poco las palabras, haciendo asociaciones absurdas, diciendo albures y contando historias. La risa es lo único que nos salva, Alicia. Y, parafraseando a Emil Cioran, es muy difícil reír solo.

Este año que viene se empezarán a sentir los efectos, cada vez más graves, de algo que se llama “devaluación”. Los economistas tienen, para eso, explicaciones que ya conocerás después y que, a juicio de tu padre, tampoco importan mucho para el día a día. Porque lo que verás es que, de repente, como si hubiera ocurrido algo maléfico y extraordinario, la gente estará más triste y más enojada. Y esto es porque una devaluación causa que se rompan muchos sueños: el sueño de tener por fin una casa propia, de ir a la universidad, de que ese negocio al que se le invirtió tanto tiempo y trabajo (por ejemplo, la tiendita de la esquina donde compramos cocadas) tenga que cerrar y sus dueños (ellos, quienes te saludan cada que volvemos de la guardería) tengan que buscar otro empleo. Y la cosa es que, cuando hay una devaluación, mucha gente se queda sin empleo ni trabajo ni hay manera de conseguir uno nuevo. Entonces comienza a haber menos dinero: escasean y se acaban los regalos (o, mejor dicho, cambian: ya no son cosas que se compren, como la retroexcavadora que te dio Tata, sino cosas que se hacen, como el maderito que le diste a tu tía Dafne), ya no se puede comer lo que uno quiere sino lo que se puede y cuando se puede y, en muchísimas ocasiones, ya no se pueden comprar las medicinas que necesitamos para aliviarnos y tenemos que esperar a que alguien nos socorra o a que nuestro cuerpo –si la enfermedad no es grave- se reponga solito de la enfermedad.

Una devaluación causa efectos gravísimos. Mucha gente deja de tener un lugar en dónde vivir, otros pierden los ahorros de toda su vida y otros más son incapaces de resistir y deciden irse para siempre. A tus papás les tocó vivir con eso desde niños y así como tú conoces, por el lugar donde vivimos y lo que te ha tocado ver, palabras como “volcán” y “huracán”, nosotros aprendimos muy pronto palabras como “crisis”, “devaluación” e “inflación”. Algún día le podrás preguntar a tu Meme cada cuánto había carne para la comida en casa de tu papi (y por lo general era hígado o riñones, porque era lo más barato) o sobre los meses que pasamos peregrinando en búsqueda de una casa en dónde vivir, una que pudiéramos pagar, y sobre la alegría que sintió tu abuela cuando por fin terminó de pagar su casita de interés social.

Ahora no te puedo decir qué es lo que va a suceder. No lo sé. Puede no ser tan grave como lo que nos tocó vivir a nosotros de niños. O puede ser aún peor. Lo que sí puedo decirte es eso: que la risa es lo único que nos salva, Alicia, la risa con tu familia, con tus amigos, con la gente que uno encuentra en la calle.

Por supuesto, habrá que trabajar muchísimo más y vivir con muchísimo menos. Y ciertamente, como ciudadanos, como pueblo, tenemos que luchar para cambiar las condiciones políticas y económicas para que esta angustia que verás, provocada por la devaluación, no se repita. Pero como dice David, “nadie puede vencer a un ejército que canta”. Porque la risa no es una evasión, es una estrategia para tomar fuerzas.

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