Rentabilidad de la clonación

Por Luis Felipe Gómez y Jorge Félix (noviembre, 1998)

A partir del éxito embriológico de la clonación de Dolly, muchos humanistas, reporteros, científicos amarillentos y el público en general (impulsado por las publicaciones de los anteriores) sintió que la humanidad daba un paso más hacia el Apocalipsis.

Corrió el horror ante la idea de comer tacos de vaca clonada (como si a alguien le importara la identidad de la vaca). Todos los que habían leído a Huxley se sintieron alcanzados por su espeluznante Mundo feliz. En unos años todo habría de clonarse: los borregos, las chivas (y el América también), las zanahorias, los niños saldrían de una máquina autovendedora; serían verdad Jurassic Park, los ejércitos de super-hombres, los niños de Brasil; Estados Unidos formaría un batallón de Einsteins, etc.

Sin embargo, la realidad y el futuro real se encuentran muy alejados de esas perspectivas fatalistas. Suponiendo que todos los científicos del mundo carecieran de los mínimos preceptos éticos, existen argumentos económicos de peso para impedir dicho panorama alucinante.

¿Qué es un clon?

Antes de continuar, definamos lo que es un clon. Un clon es un gemelo idéntico, como un gemelo univitelino, sólo que obtenido por métodos no naturales. Y, como los gemelos, el original y el clon poseen la misma información genética. No es una copia fotostática total, sólo del ADN. Es decir, si a un hombre de 35 años le hacen un clon, no va a salir otro hombre de 35 exactamente igual en complexión física, pensamientos y hasta con la misma ropa, sino que tendremos un individuo que después de nueve meses de gestación, ya sea in vitro o in vivo, más 35 años, se parecerá físicamente a su original.

Sobre su semejanza mental podemos predecir muy poco, ya que la información genética no confiere un modo de pensar o una cosmovisión propiamente dicha.

Para ejemplificar esto, podemos tomar cualquier caso de dos gemelos idénticos en el que uno haya terminado como hippie de Puerto Escondido y el otro como un prominente científico, un formal hombre de negocios o lo que sea pero diferente. De dos individuos genéticamente iguales pueden resultar personalidades muy distintas. Parte de eso se debe a las diferencias entre fenotipo y genotipo (que ya explicamos en un artículo anterior), y la otra parte a cuestiones que no tienen que ver con la biología.

Los clones, al igual que los gemelos, son individuos diferentes. Uno no es la extensión del otro. Tampoco son dos seres con la misma identidad. Ni uno se puede clonar a sí mismo para que su otro yo haga parte de sus valores. De la misma forma, cada uno será dueño de su propia conciencia.

Aspectos técnicos y económicos

Hasta la fecha no se puede utilizar la misma técnica para clonar cualquier tipo de organismo. La metodología que se utilizó con Dolly es diferente de la que se utilizó con ratones o la que se lleva a cabo para clonar bacterias o virus. Es decir, no se ha llegado a un protocolo experimental que funcione para todas las especies.

A lo anterior se puede argüir que eso se debe a que la investigación se encuentra en pañales. Y es cierto. Pero también existen impedimentos para la clonación en el ámbito económico.

Se puede obtener la secuencia genética para producir cerdos que den una carne sabrosísima, pero el ganadero que lo logre deberá tener mucho cuidado con sus animalitos, por que si una enfermedad ataca y mata a uno de ellos, adiós negocio, los demás correrán la misma suerte debido a que tienen el mismo sistema inmunológico. La base principal de la subsistencia de las especies es la diversidad. Este ejemplo ficticio de los cerdos también se puede aplicar a cebollas, plátanos, ovejas, etc.

Si a usted la clonación de animales y plantas le tiene sin cuidado (tal vez porque no se dedica al asunto agropecuario), pero le preocupan las consecuencias de la clonación humana, he aquí dos razones por las que no nos alcanzará el Mundo feliz de Huxley:

Primero, es muy probable que sí se clone a una persona, pero lo único que va a pasar es que tendrá un gemelito.

Segundo, hacer un batallón de cien sabios estilo Einstein o Leonardo da Vinci (suponiendo que tuviéramos su ADN completo) no es cos- teable. Se tiene que mantener a los fetos desde su concepción hasta que estén en edad de producir algo de interés. Sin embargo, el medio ambiente en el que crecieron Leonardo y Einstein determinó que fueran quienes fueron, y ese es un factor muy difícil de lograr; recordemos el ejemplo del gemelo hippie y su hermano científico.

Por lo tanto, de dicho batallón sólo dos o tres se convertirían en sabios, mientras que el resto sería una onerosa carga de gastos en concepción, casa, alimento, escuela y demás. Crear un regimiento de obreros, por consiguiente, es una empresa con pérdidas catastróficas.

Como podemos ver, la clonación de mamíferos superiores, entre ellos los seres humanos, conlleva problemas -no sólo morales- que vuelven cuestionable su rentabilidad.

Así que no hay de qué preocuparse: si los científicos son seres inmorales que sólo piensan en la fama y el dinero, la clonación no será el camino hacia la riqueza, y la fama le llegará sólo al primero que logre clonar a un ser humano.

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