Lo nuestro fue amor a primera vista

Eso dijo Patricia Laurent Kullick alguna vez, cuando alguien nos preguntó de dónde nos conocíamos.

“Fue porque tenemos vicios complementarios”, respondió en otra ocasión a la misma pregunta, “o mejor dicho: porque nuestro vicio es el mismo pero siempre está incompleto… hasta que nos encontramos”. Y era cierto.

“Los güeros feos siempre sabemos encontrarnos los unos a los otros”, dijo así otra vez, como si fuera una verdad tan evidente como metafísica, tanto que desde entonces respondimos eso mismo a quien fuera que nos preguntara de dónde, cómo o por qué nos conocíamos. Respondíamos eso y le agregábamos alguna de las respuestas anteriores. O una mentira. Un cuento. Porque la verdad es que nunca pudimos recordar con certeza cuándo nos habíamos visto por primera vez.

—Fue en el Galaxia.

—Noooo. La primera vez que te vi en el Galaxia yo ya te conocía.

—¿Segura?

—Sí, porque en cuanto te vi pensé: ¡claro!, si yo ya sabía que el güerito era gay.

Yo no recuerdo una ocasión anterior. Tampoco entendía entonces por qué a medio mundo le parecía que era gay ni, valga la inocencia, tampoco tenía idea de que el Galaxia era, efectivamente, una “cantina gay”. Sólo sé que estaba ahí muy a gusto, tomando una chevecita para bajar el calor de la canícula antes de que empezara la variedad, cuando llegó una güera —no sé si también sola esa vez, porque luego sí que nos encontramos seguido varias veces solos en alguna cantina del centro— y ella o yo traía los cigarros y ella o yo traía el encendedor. “Yo fumo para hacer amigos”, me había dicho antes Ramón Martínez, quien se imaginara que el océano todo llegaría hasta Monterrey justo para la noche de Walpurgis, de las brujas (sí, ayer mismo, Paty; dale un abrazote de mi parte). Así que entre pedir el encendedor y pedir cigarros terminamos mejor compartiendo mesa y hablando de cualquier cosa porque el Galaxia era eso: una constelación aparte donde uno podía perderse para olvidarse de los días terrenales.

No sé cuándo fue la siguiente vez que la vi. Sé que fueron muchas. Siempre en alguna cantina del centro a deshoras (digamos, a las once de la mañana) o en uno de los pocos cafés de Monterrey que estaban abiertos toda la noche en esos años de mediados de los noventa: el Fastory, el Café Brasil, el Palax del Obispado. Y siempre alguien traía los cerillos y alguien los cigarros. Sin falla. También sé que ya había leído a Paty antes de saber que Paty era Paty. Primero en la antología del concurso de cuento del municipio de Guadalupe y luego en las ediciones de El topógrafo y la tarántula y Están por todas partes. Y quería conocerla porque sus textos me parecían una monstruosidad, un prodigio.  A todos los escritores a quienes les preguntaba me respondían algo como “sí, por supuesto, la Paty es chingona, siempre anda por aquí, luego seguro te la encuentras”. Pero nomás nada. Es decir, nos seguíamos encontrando en cantinas y cafés y yo seguía sin tener idea de que la güera con la que cotorreaba tan a gusto era la mismísima Paty. Porque Paty siempre estaba llena de historias, una más asombrosa que la anterior. Al grado que después de muchas, de muchísimas, ya empezaba uno a dudar si todas eran ciertas o siquiera alguna. Yo creía que sí. Lo de Nueva York y lo del Kibutz.

—Tú también has de ser judío.

—No sé.

—No sabes pero has de ser.

            Yo creía que sí eran ciertas todas las historias porque me gustaba creer que sí. No sé cuánto tiempo después ya supe que Paty era Paty. Habrá sido en el Reforma o en el Café Brasil. O tal vez en el Teatro de la Ciudad en alguna de las lecturas que se organizaban y estaban Parra y Toscana y los Mancuspios y demás y yo iba nomás a oír porque me daba una pena tremenda leer mis tarugadas. Así que cuando supe que Paty era Paty mejor fingí demencia para seguir hablando de cualquier cosa cada que nos encontrábamos.

            Y nos seguimos hallando muchísimas veces. Se fueron enmadejando las historias sobre otras historias y hasta me dijeron que no le creyera ninguna porque las inventaba todas. Pero las propias historias que nos iban sucediendo—ahí, en Monterrey, antes del fin del milenio—también suenan inverosímiles ahora, a una galaxia de distancia. Entonces me fui y nos fuimos y sin embargo siempre nos seguimos encontrando ya fuera en persona o a través de otros: como cuando me encontré a su hermana en Wáshington y nos empezamos a llevar muy bien hasta que el acento levantó sospechas.

—¿Tú eres de Monterrey, huerco?

—Eeeei.

—¿Serio?

—Bueno, no. Pero casi.

            Así que resultó cierto lo de Nueva York y el Kibutz y todo lo demás. Vuelto a referir en un escenario totalmente distinto pero como si estuviéramos todos ahí. Porque siempre estuvo Paty, porque siempre sigue estando. Por eso cuando por fin, muchos años después, Verónica Flores se animó a preguntarme por un escritor que de verdad fuera excepcional, por alguien con quien fuera imposible seguir siendo la misma persona después de leerlo para publicarlo en Tusquets, no le dudé ni tantito.

—Pues no sé si éste sigue siendo su correo electrónico ni si siga escribiendo, pero ella.

            “Sólo se puede escribir desde la tristeza; mejor deja de hacerlo, güero”, me había dicho Paty cuando pasé por Monterrey después de trabajar en la maquiladora de Juárez y me la encontré, como siempre, por casualidad. Yo iba para La Paz a intentar ser un biólogo feliz. Lo procuré bastante. No escribí por casi dos años. Después a Paty le darían la beca del Sistema Nacional de Creadores, se mudaría a vivir a la playa y, por supuesto, también dejaría de escribir una vez más. Hasta que tuvo que volver a hacerlo.

            Y sí que había vuelto a escribir cuando le escribió Verónica. Pero no tenía muchas ganas de mandarle la novela. Más bien, hasta me gané algunos insultos por andar de chismoso y hocicón. “Wey, no chilles, es Paty”, me dijo el Iván Trejo cuando le conté que estaba entre encabronado y sentido (sí, también dale un abrazo a ese pela’o cuando lo veas). Alguien la convenció. No sé quién. El caso es que se publicó La giganta y se reeditó El camino de Santiago. Y Paty me volvió a mentar la madre por haberle dado su correo a Verónica.

            Pinche Paty. La vida es muy rara, Paty. Porque tenías toda la razón en mentarme la madre, en enojarte conmigo todas las veces en que te enojaste conmigo: ¿recuerdas que me las recordaste todas, todas y cada una, por orden cronológico, cuando nos vimos en Comala? Tenía que ser Comala, ¿cierto? Mi única defensa es una defensa taruga que no te iba a decir ahí porque me salió el rebozo una vez más. Pero creo que ya la sabías: es la defensa de un fan. Y como buen fan egoísta, yo nomás quería que hubiera más raza con quien hablar sobre ti. Pero la vida es más rara, Paty, porque cuando te invité a Comala ya sabía que era la última vez que nos íbamos a encontrar. Fue un desmadre que fueras, el Hippie se rifó. Sé que fuiste porque también me querías un chingo. ¿Nos lo dijimos alguna vez? Pues sí, cada que decíamos que lo nuestro era amor a primera vista, que nuestro vicio era el mismo pero siempre estaba incompleto, que los güeros feos sabemos encontrarnos, en ésta o en otra Galaxia: allá donde todo sea una constelación aparte.

            Muchas gracias por todo, Paty, espero que allá no tengas que volver a escribir una sola palabra.

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5 comentarios en “Lo nuestro fue amor a primera vista

  1. Las vidas a veces se encuentran empalmando las palabras unas con otras…Gracias por compartir los encuentros, los quereres y desquereres entre quienes le apuestan a nombrar o dar voz a las multifasceticas Galaxias de este mundo.
    Que desde allá donde ande Paty se encuentre muy a gusto….

    Le gusta a 1 persona

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