Parte de familia

Por Luis Felipe Lomelí

– La peor carretera para manejar es la México-Cuernavaca.

– No manches, mano, ¿tú qué sabes?

El centro del Déefe es nostalgia ajena, tristeza compartida. No importa que no hayas nacido aquí ni hayas vivido aquí nunca, porque algo sientes que es tuyo. Pero no, nada es tuyo. Es un puto lugar de paso o un escondite. Los que se esconden son los que han morado aquí siempre o los que llegan buscando amparo. Todos ellos salen de noche porque la noche les pertenece y entonces el centro es otro, es propio, es el refugio donde felizmente te pueden matar porque venías a buscar la muerte. Y la conseguiste; si fuiste muy afortunado y las calles, la mugre, las ratas, el vómito acedo sobre las aceras y la rabia -eso, la rabia- la rabia de los otros no te adoptó como parte de la familia y ahí sigues merodeando en espera de que te maten de una vez, entonces la conseguiste.

            Pero todos ellos aún no se distinguen, ahora es temprano. Ahora sólo salen esas hordas de burócratas-turistas, de compradores, de gente para la que es un lugar de paso, un trabajo; gente a la que se le hizo tarde y prefirió venirse a perder el tiempo al café en vez de intentar hacer su transbordo, o que le habló a la amante y compró algo de lencería afuera del metro antes de llegar al hotel. Pero nosotros no somos como ninguno de los anteriores. Nosotros: yo y quienes están en la mesa de al lado discutiendo sobre carreteras.

– ¿Entonces cuál, maestro?

– La México-Querétaro, mano. A huihui. Puro tepetonguero.

– Cómo va a ser la México-Quéretaro, maestro. Si todavía me dijeras la México-Puebla, cámara, como quiera, pero la pinche México-Querétaro es cosa de niñas.

            Nosotros: el que defiende a la México-Cuernavaca es Pedro, quien tendrá unos treinta años en esto y él dice que empezó a los dieciséis. Yo le creo, yo lo recuerdo de verlo aquí y en otros cafés de la zona. El que alega que la México-Querétaro es Juanca, él inició más tarde y cuando lo cesaron después de diez años en la compañía de medicina veterinaria estaba aquí siempre con ganas de que se lo tragara el mundo. Pero nunca se animó, nunca se fue caminando así nomás a media noche. Nosotros: los dos más que están ahí con ellos y no hablan. Manuel con su bigotito de priísta y su chamarrita de nailon que algún día fue negra. Y el otro valedor que es aún más nuevo y del nunca me ha interesado saberme su nombre. No sé. Supongo que uno se cansa, que uno ya no puede seguir acumulando datos a lo baboso como si fuera una supercomputadora. Hay que recordar sólo lo esencial, decía mi abuelo. Y de los esenciales todavía quedan por ahí el Berna, quien siempre se sienta del otro lado de la barra y hace cuentas. También el Checo, que ahora no vino, y Arturo que está en la mesa del fondo. Arturo es el único otro que prefiere leer mientras espera a un cliente en lugar de estar discutiendo zonceras.

-No seas mamón, cómo que la México-Puebla. Ni que fueran los tiempos de los bandidos de Río Frío, me cai.

– ¿Hace cuánto que no la manejas, maestro?

– ¿Hace cuánto que no ves las noticias? -dice Manuel quedito.

            Yo estoy esperando a un cliente. Nosotros somos una especie en peligro de extinción: somos agentes viajeros. Así que no somos de aquí ni de ningún lado porque todos los sitios se fueron muy lejos con el tiempo y ya ningún lugar se parece a lo que era. Eso lo sabemos mejor que nadie: hemos ido constatando cómo se van los compradores, las fábricas, las amantes. Todos nuestros hijos ya se fueron a la chingada y no van a volver nunca. Bien por ellos. Ellos se compraron el cuento de que podían hacer lo que les diera su gana. Se lo compraron porque nosotros se los vendimos muy bien. O, bueno, yo no: mi pinche exvieja y su ay, Toñito, tú eres un niño muy especial, muy inteligente, si tú quieres puedes ser astronauta como Neri Vela. Y ahí está el pendejo valiendo madre y a mí ya ni caso me hace. Nosotros. O más bien ellos: yo ya salté a las grandes ligas y ahora sólo me dedico a los negocios mamalones.

– Pero vámonos a las estadísticas, maestro, vámonos a las estadísticas. ¿Sabes tú en qué carretera suceden más accidentes por cada cien mil vehículos?

– Las estadísticas qué, estamos hablando de riesgo y en la México-Querétaro hay puro valedor que nunca maneja en carretera.

– Pues por eso, maestro, ¿no que a ti te gusta mucho eso de hablar con los pelos de mi burro en la mano?

            Mi abuelo no le hizo caso a su padre y en vez de estudiar se puso un trajecito y se fue a trabajar a un banco porque le dijeron que si llegaba a gerente la iba a hacer chilladora. Y la cagó. Llegó a gerente y luego a su banco lo compró otro banco y a él lo pusieron de patitas en la calle. Entonces se mudó de Jalisco al Déefe y se puso a vender de puerta en puerta, ahí la fue llevando mientras se empeñaba en convencer a mi padre de que estudiara una carrera universitaria porque con eso sí que tendría el futuro garantizado. Y mi padre la estudió. Sólo para graduarse junto con miles de contadores públicos que más rápido que de volada se volvieron desempleados. Egresados de la UNAM favor de abstenerse, eso decían los clasificados del periódico y a mi padre le dio tal coraje que dejó de hablarle a mi abuelo y comenzó a culparlo de todo: de la caída de la bolsa en el ochenta y dos justo cuando él creía que ya salíamos de pobres con su chamba en la BMV, de la hiperinflación que lo mandó al zócalo con su letrero que rezaba Contador público, se hacen arreglos de fontanería, ahí esperando codo con codo al lado de cientos de contadores, licenciados, albañiles y pelados que sí sabían arreglar un puto escusado mejor que mi padre. Por eso nos fuimos a provincia. Por eso yo no estudié. Porque allá en Morelia mi padre también se puso a trabajar de vendedor pero nunca le dijo a mi abuelo.

– Cuál burro, pinche ajolotito. A ver, Manuel, préstame tu microscopio pa vislumbrar de qué está hablando este cabrón.

– Ya quisieras, puto -dice Pedro, quien siempre empieza a alburear nomás para terminar reculando. -A ver, maestros, ustedes que no han dicho ni pío, ¿qué carretera les parece más peligrosa?

– ¿Hoy día? -pregunta Manuel.

– Sí, hoy día.

– ¿Aquí en México? -pregunta el valedor cuyo nombre no recuerdo.

– Sí, aquí en México.

– ¿Para manejar con auto propio? -insiste Manuel.

– No, pendejo, para ir en burro prestado.

Ser agente viajero era la mejor opción de trabajo si no tenías estudios y no eras moreno. Ni pedo, las cosas como son. Así que así le bajé la cartera de clientes a varios compañeros en cualquiera de las empresas donde trabajé. Yo ni cuenta me daba pero así era. Una vez, cuando me puse a vender productos químicos para el aseo, el dueño de un restaurante me dijo: Me alegro que haya venido usted y no el otro, siempre es mejor tratar con gente como uno. Ahí me cayó el veinte. Yo podía farolear. Entrar a los grandes negocios. Y me tardé un rato porque para un buen negocio sólo se necesitan tres cosas: una idea chingona, un financiamiento adecuado y un valiente que tenga los huevos para hacerlo. Nomás que es difícil conseguir las tres al mismo tiempo y al inicio yo tampoco estaba tan seguro con eso del faroleo. Empecé quedito. Mejores trajes. Ensayar frente al espejo la actitud arrogante. Quien no tiene actitud de patrón jamás será patrón. Cambiar mi nombre en la tarjeta para que resaltara el apellido compuesto. Y sí, señor, a los Ramírez los conozco desde hace mucho, yo le di la idea a Memo de franquiciar las salas de cine. Cosas de amigos, ya sabes. De ahí nomás me cae una rentita con la que saco para los cigarros. Así el asunto: dinero llama dinero y el dinero en este país es güero. Pero lo más importante es que te muestres seguro de que tú puedes hacer eso que a ellos les da miedo. Sólo que este cabrón no llega.

– O te puedes ir en el ajolotito de Pedro, cabalgando miserias.

-Chingada madre, cabrones, no se puede tener una plática seria con ustedes.

-Ya, Periquito, no te esponjes.

-Puro cabuleo sano.

-Puro fuego amigo -dice Juanca y el valedor cuyo nombre no recuerdo se tensa.

            El Berna pide la cuenta desde el extremo de la barra. Cierra su cuadernito donde hace sumas de pedidos y resurtidos, lo mismo que hacía yo cuando me dedicaba a los negocios pirruñas. Yo miro la hora. Mi cliente viene tarde. Así son los pinches chilangos. Está bien, no hay pedo. Viene una hora tarde pero así son estos culeros. Además, es hora pico. Sólo que se necesitaría ser muy idiota para dejar ir unos milloncitos. ¿O será que me saltaron? No: el único que tiene contacto con el proveedor soy yo, acá nadie sabría de los chinos si no fuera por mí. Y ése es el negocio ahora, abrirse al mercado global. Dejar de ser provincianos. Eso es lo que trato de explicarle a mi hijo pero él está muy en lo suyo neceando igual que su mamá. Ni siquiera fue para ayudarme a traducir las cartas de los chinos. Y todos ellos están igual: sus hijos valen pa pura verga.

– Yo digo que la carretera más cabrona es cualquiera de Sinaloa si te sales de la autopista -dice Manuel.

– No mames, maestro, si por ahí no conduce nadie -revira Pedro.

-Por eso.

            Y se quedan un rato en silencio.

            El valedor cuyo nombre no recuerdo arruga su servilleta sin mirarla, sobre la mesa y con una sola mano, con los ojos puestos en una de sus rodillas.

– O la que tú quieras de Tamaulipas, sobre todo en la Frontera Chica -continúa Manuel.

            Arturo ya se acostó sobre su libro. Eso ahora es raro porque ya casi no hay agentes viajeros y ya no se puede fumar en los cafés. Antes era de lo más común. Nadie te jodía por eso. Porque éramos su única clientela nocturna y aquí teníamos que amanecernos muchas veces, porque ya no habíamos alcanzado la última corrida del camión o porque el cliente nos había cambiado la cita para el día siguiente. Esto era la casa. Tal vez más que la casa, el único hogar que permanece: ahí afuera, mientras todo se iba a la chingada, el centro del Déefe seguía siendo el mismo, guarecido, invisible, inmune por más que llegaran los desarrolladores a transformarle la fachada. Y así sigue, la cara sólo cambia para los burócratas-turistas, para los que están de paso. No para nosotros que lo vemos a todas horas. Aunque sea tras la ventana. El café. El lugar más a gusto para dormir era ese Denny’s que estaba sobre Luis Pérez Verdía en Guadalajara: ahí nos dejaban toda la sección de atrás para nosotros y hasta nos apagaban las luces. Los sillones estaban acolchonaditos de color caoba y hule espuma. Olía a madera, a aceite rojo tres en uno recién frotado en las mamparas. Olía a piel. El portafolios era la almohada. Pero eso ya se acabó: la colonia Lafayette es otra, los cafés son otros en todos lados y en un rato van a despertar a Arturo.

– O cualquiera de Tierra Caliente en Michoacán -insiste Manuel y Pedro y Juanca parece que no saben qué responderle: ellos sólo han trabajado la zona centro. Así que recala:

-O ir de pueblo en pueblo zanqueando clientes, pa’cabar pronto.

            Este cabrón no llega. El mensaje que le mandé lo dejó en visto. Así son los pinches riquillos: no saben qué hacer con su dinero y luego les da hueva hacerse más ricos. El hierro que quieren los chinos saldría de ahí de Michoacán, por Lázaro Cárdenas. Y sí, hay que acordar con los duros del área y pagar las cuotas. Así es esto. Yo ya lo tengo arreglado. El negocio de la mina de Sonora se cayó porque mataron al vendedor. Pero yo ya aprendí. Hay que irse adaptando. Mis amigos de la mesa de al lado siguen discutiendo sobre carreteras y el centro se ha ido vaciando de burócratas-turistas mientras el valedor cuyo nombre no recuerdo sigue en silencio. Va apareciendo la gente que es de aquí, los que aquí nacieron o los que llegaron en búsqueda de amparo, empieza a ser ese centro que es otro: el que pocos ven. Y cambia el aire. No lo puedo oler pero lo siento. Uno aprende a palpar el entorno como si fuera un insecto con antenas invisibles: esa sensación de familia caníbal y madrastra amorosa. Algo así decía un libro que sepa la bola cómo se llamaba, Lechuga o Carvallo o Garza era el autor. Tenía un apellido de animal o de legumbre. Pinche mesera culera ya fue a despertar a Arturo y Arturo le dijo que sí pero se volvió a acurrucar sobre su libro. No va a durar. Tampoco el resto de la clientela que ya comienza a irse.

– Pero todas ésas son exageraciones, maestro, son casos específicos. Estábamos hablando de cuál es la peor carretera para manejar y tú sales con tus mamadas de caminos rurales.

– Tiene razón mi carnal el del ajolotito. Neta que no mames, Manuel.

– A ver, maestro Kevin, tú que no has dicho nada cómo ves este borlote.

            Se llama Kevin. Oquei. Olvidaré su nombre en seguida. El tipo levanta los ojos lentamente.

– No sé. Antes de esto yo conducía un camión de abastecimiento en Afganistán. Tenía la ruta del noreste. Hasta Kabul. Lo más de la chingada era pasar por la sierra. Mi Virgencita me cuidó de las minas.

– A la madre, maestro, ¿y por qué te regresaste? Carajo, no se rían. No, chingados, que no. Lo que yo quería. No. Eso no. Lo que quería decir es. ¿Ya le paran? Chingadamadre aquí los espero. ¿Ya? Mucha pinche risa. ¿Me van a dejar hablar? Bien. Lo que yo quería decir es que si Kevin andaba por allá es porque estaba con el ejército gringo y le habrán dado su gríncar ¿no?

– Me deportaron en cuanto regresé.

            Y se quedan callados por un rato. Largo rato. Luego se para Pedro y dice que se va a su casa y así se van yendo todos poco a poco antes de que el centro saque sus garras de madre, sus uñas postizas, esmalte carcomido, mugre debajo con olor a óxido, sangre seca, brillantitos de plástico para hacer danzar la luz de los arbotantes, manos amorosas. Mi cliente ya no vino. La mesera despierta una y otra vez a Arturo y Arturo insiste en volverse a dormir. Hasta que llega el gerente. Le llamo a mi hijo. No me responde. Casi nunca lo hace y aquí ya no me quedan amantes porque todas siguieron su camino. Salgo también. Arturo está aquí junto a la puerta viendo la noche, la calle.

            Nos miramos.

            El aire ya es otro.

            Miro a Arturo y sé que piensa lo mismo que yo, que estamos a punto de hacer lo mismo.  

            Alguien silba en la distancia, un silbido elaborado, largo.

            Es una llamada, un parte de familia.

Este cuento se publicó en el libro Perorata, disponible aquí.

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